Sartaguda y Larraga
Llovió a las 7 y a las 21 horas. Llovió durante todo el día, llovió en el camino, en la ofrenda y al regreso. Y con el paraguas en la mano, el 10 de mayo de 2008 y en Sartaguda, miles de hombres y mujeres vertimos y adobamos con laurel, tomillo, orégano y frutos del bosque aquel estofado de carne brava, que una jauría salvaje navarra nos sirvió hace ahora 76 años.
Ayer, 28 de abril del 2012 y también bajo paraguas y entre charcos, se inauguró en Larraga, otro pueblo navarro, el monolito de 47 agujeros de bala que recordará en el futuro Parque de
No es verdad y además es mentira que el hombre sencillo de campo o ciudad, el campuzo o el urbanita, el obrero, el hombre de la calle, el hombre medio, el gris parduzco... sea bueno por naturaleza, porque sí, por cuna y nacimiento o por designio divino. La prueba es el paredón negro de Sartaguda o el monolito de 47 agujeros de Larraga, rúbrica con sangre del caciquismo y la imbecilidad navarra. Tampoco el 10 de mayo del 2008 hubo una flor en la pieza de Saldías de Sarasate junto a la carretera para Hipólito Indart de Eguaras.
En un día negro del verano del 36 sonaron en la madrugada dos tiros secos en la ezponda derecha de la carretera de Irurzun a Pamplona a la altura del cruce de Sarasate. Al alba yacía yerto Hipólito Indart, y porque fue malenterrado en el trigal, primero los perros y luego el arado año tras año fue desenterrando los huesos de aquel hombre asesinado. Y esta escena de revuelta militar, de alzamiento, de “Dios, patria y rey” se repitió miles de veces en cunetas, simas, arbolados, entre matas, en acequias..., 3420 veces como queda escrito a buril con nombre y apellidos en el muro negro de Sartaguda o a taladro en el monolito de Larraga. Nunca en Sarasate hubo flores para Hipólito y sí cuchicheos y comentarios en la matanza del cerdo con el diario “El Pensamiento Navarro” sobre la mesa de mondongo. Aquella jauría rabiosa, fascista y malencarada navarra también estuvo compuesta de hombres sencillos, de campuzos, de obreros, villanos y ciudadanos de la capital. Fueron a luchar con la bendición del cura y el escapulario de la virgen del Carmen con su ¡detente bala!, gente ordinaria de misa de domingo y fiestas de guardar, de rosario casi a diario en las largas tardes de invierno; huevos de aldea.
El hombre se hace, se cultiva y se convierte con el tiempo en grano o mala hierba, en solidario o explotador, en tirano o compañero generoso, en verdugo o amigo de sentimientos nobles. Es la persona quien pone rumbo a su vida, y da finalidad y contenido a sus actos. Son muchos los hombres sencillos y grises que golpean y asesinan a sus mujeres, que aterrorizan a hijos y a animales; gentes de la calle que son cardo y nunca flor. También en Navarra obreros asesinaron a obreros y mujeres escupieron y hurgaron en heridas de mujer. Ayer en Sartaguda y hoy en Larraga, tras un silencio espeso de años, vi llorar a gente en la lluvia y clavar flores en el barro y en el recuerdo. Ya estamos hartos de toda esa retahíla frailuna, de los tópicos conocidos sobre la necesidad de Dios y la panacea de la fe para curar nuestros males como si el fin y el objetivo lo pusiera Dios.
Nos recordaba a inicios de aquel mayo de 2008 Pablo Antoñana, en su excelente “Sartaguda”, al cura subido a una silla en la esquina de
El silencio espeso de recuerdo, que se alza anclado en el prado de la memoria en Sartaguda y en Larraga, es una invitación a los vivos a despojarse de dioses y a tomar las riendas de nuestra vida, porque el mito del hombre sencillo, bueno por naturaleza, del hombre de la calle, del gris parduzco es un mensaje de alineación y podredumbre. Soy yo quien debe dar sentido a mi vida y a mis actos si quiero ser hombre solidario, salvo que anhele terminar siendo verdugo borrego en la vida, como tantos en
