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16 Abr 2012

Cuando las manos saben leer Destacado

Escrito por  Michel Tournier / Memoriacción
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Pero si la lectura ordinaria es un milagro, ¿qué decir de la lectura de un texto en Braille por un ciego? Esta especie particular de lectura posee para mí una cara de insondable misterio, mas también otro aspecto tranquilizante y encantador.

Hay un milagro del que varias veces al día soy testigo y actor, y y al que sin embargo no termino de acostumbrarme: es el milagro de la lectura. Me dan un paquete de hojas de papel ennegrecidas de signos. Lo miro, y he aquí la maravilla: surgen en mi mente señores y hermosas damas, un castillo, un admirable parque poblado de estatuas y extraños animales. Allí tienen lugar historias palpitantes, cómicas o conmovedoras, de tal manera que hasta tengo dificultades para retener mis escalofríos, mis risas o mis lágrimas. Y todas esas apariciones no tienen más origen que ese papel ennegrecido. ¡Qué paradoja!

Pero si la lectura ordinaria es un milagro, ¿qué decir de la lectura de un texto en Braille por un ciego? Esta especie particular de lectura posee para mí una cara de insondable misterio, mas también otro aspecto tranquilizante y encantador. El misterio es el de la imagen mental que se forma un invidente a a partir de las palabras. Yo puedo evocar un paisaje, un rostro, un cuerpo. ¿Cómo se puede volver a formar todo eso en la mente del lector, fuera de cualquier material de líneas y colores extraído de la experiencia? ¿Pero, acaso no tienen estas apariciones otro origen que este papel ennegrecido? Pensándolo bien, hay motivo de extrañarse. ¿Y entonces, yo? ¿Y yo, el lector? Pues esta fantasmagoría que se despliega en mi mente por el milagro de la lectura es obra tanto de mi espíritu como del texto escrito. Sí, creo que un libro tiene siempre dos autores: el que lo ha escrito y el que lo lee. Un libro escrito, pero no leído, no existe de verdad. Es un ser virtual que se agota en una llamada al lector, como una semilla alada que vuela como perdida al compás del viento, hasta que cae en un surco de buena tierra donde podrá por fin ser ella misma, es decir, hoja, flor y fruto.

Mas por el contrario, hay algo en la lectura de un texto en Braille que me resulta muy querido y completamente familiar: tocar un libro. Siempre he estado muy atento hacia la manera como unos y otros manipulan los libros. Algunos los empuñan como objetos triviales. Se diría que quieren acogotarlos. En todo caso, se trata de gente completamente insensible a esa aura espiritual que rodea al menor escrito. Otros, por el contrario, los manipulan con temeroso respeto, casi con miedo, como si se tratara de una granada ya sin seguro que amenazara con explotar en cualquier momento. ¿Y qué decir de ese espantoso gesto, el de humedecerse el dedo para pasar mejor (?) las páginas? Es muy rara la familiaridad de buena ley quue hace que se pueda coger un libro, abrirlo, hojearlo y cerrarlo con esa aparente desenvoltura que esconde un gran amor y una prolongada costumbre.

Pero si el espectáculo de una buena y feliz manipulación de un libro regocija el corazón del escrito, ¡muy otro y diferente es ése de ver a algunos leer con los dedos! Tocar las palabras, desflorar las metáforas, palpar la puntuación, tantear los verbos, coger el epíteto entre el pulgar y el índice, acariciar toda una frase… ¡Qué bien comprendo todo eso! ¡Qué bien entiendo que el libro pueda convertirse en algo parecido a un gatito ronroneando en mi rodillas, y que mis manos recorren con atenta ternura!

Y además, es que vivimos en un mundo donde la imagen visual lo invade todo mediante la fotografía, el cine y la televisión; y donde al mismo tiempo se arroja sobre los sentidos de contacto inmediato -el tacto, el gusto, el olfato- una absurda condena que empobrece terriblemente nuestra vida. <<¡No lo toques!>>. Esa odiosa recomendación que envenenó nuestra infancia se prolonga en una sociedad donde son ley los <<desodorantes>> (déodorants, una de las más odiosas palabras del franglais o franglés), y donde se presentan inabordable mujeres de papel y exposiciones de juguetes y joyas detrás de irrompibles escaparates.

Mas he aquí lo que me propongo hacer, ahora que a las traducciones de mi libro en diecinueve lenguas extranjeras viene a añadirse esta edición en Braille. Tengo la intención de ir a encontrar a mis nuevos lectores para preguntarles: vosotros, cuyas manos saben leer, enseñadme lo que han encontrado en estas páginas.

En verdad esta pregunta no será más que la primera, como una especie de tímida preparación para otra pregunta mucho más seria y profunda: vosotros, que no estáis constantemente deslumbrados por los espectáculos, cegados por los flashes, estupefactos por las iluminaciones, decidme lo que sabéis. enseñadme la pura y suaeve sabiduría de los libros desflorados y las cosas acariciadas.

Modificado por última vez en Lunes, 16 Abril 2012 16:28

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