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27 Mar 2012

Caminar a cuatro patas Destacado

Escrito por  Pepi Vegas Carrasco
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Dedicado a Argos, Dingo y Anubis. Mis perros del alma que ya no están. Dedicado a Argos, Dingo y Anubis. Mis perros del alma que ya no están.
En algún momento relativo del tiempo, tal vez hace cien mil años, los caminos del hombre y el perro se cruzaron.

Debió ocurrir que aquellos  pre-humanos del Pleistoceno, hace más de dos millones de años, en un intento desesperado por sobrevivir descubrieron la habilidad de caminar erectos, dejando así dos patas libres para empuñar armas con que defenderse, ya que carecían de otras propias como garras o grandes colmillos.

Pero él no lo necesitaba. También mamifero, también carnívoro, valiente, inteligente y noble, de gran belleza, por dentro y por fuera, el perro.

Este animal hizo su aparición en la tierra en la Era Terciaria, setenta millones de años antes que el hombre, naturalmente aquellos cánidos tenían poco parecido con los actuales.

A finales de esta Era, en el Plioceno, hace diez millones de años, apareció un ejemplar canino de rasgos más parecidos al perro actual, era el Canis. De él proceden todos los cánidos que existen (lobo, coyote, chacal, zorro, foca…)

Cinco millones de años más tarde apareció el Canis Lupus, el antecesor directo del perro lobo y padre de todas las razas actuales.

Por aquel entonces el mamífero hombre tenía poca importancia frente al Canis, tan sólo era un pequeño primate que vivía en los árboles y cuya única defensa consistía en huir.

La evolución siguió su camino y la omnipotente Naturaleza su selección natural. Ocurrieron grandes cambios climáticos y hubo grandes glaciaciones en el Pleistoceno. Por cuatro veces los hielos polares invadieron los continentes, intercalándose periodos templados, que las criaturas aprovechaban para reproducirse y cambiar adaptándose al ambiente.

Fue en estos tiempos cuando el hombre comenzó a caminar erguido. En un intento de cazar, en lugar de ser cazado, las distintas partes de su estructura fueron adaptándose y cambiando a medida que su instinto de supervivencia se lo exigía.

En algún momento relativo del tiempo, tal vez hace cien mil años, los caminos del hombre y el perro se cruzaron.

Probablemente los primeros contactos fueron debidos a la gran semejanza en el comportamiento de ambos: las dos especies vivían en grupos que dirigía un jefe o macho dominante, empleaban el mismo método para cazar, en grupo, acorralando a la presa y en ambos casos parte de la caza era transportada a la caverna o guarida para abastecer a los cachorros que se habían quedado al resguardo.

Se observaban mutuamente. El hombre comprobó que el perro era más veloz que él y olfateaba la presa a mayor distancia. El perro por su parte se asombraba de ver como los humanos lanzaban comida fuera de la guarida, huesos y partes duras, que él recogía ávidamente. De esta manera el perro comenzó a rondar por los alrededores de los asentamientos humanos y el hombre vio que su presencia le alertaba ante la proximidad de algún intruso.

Poco a poco se fue estableciendo una especie de acuerdo por ambas partes.

A medida que el hombre avanzaba en su evolución el perro fue uniéndose más a él.

De alguna manera se había establecido un contrato: alimento, cobijo, calor, ya que el hombre poseía el fuego, a cambio de vigilancia y colaboración en la caza.

Más tarde, cuando el hombre domesticó otras especies y se hizo sedentario, el perro fue su fiel compañero en el pastoreo y las labores del campo. En cierto modo los humanos obligaron a los canes a seguirlos, abandonando los bosques, a través de su evolución.

Fiel y diligente, el perro acepto cuantos trabajos los hombres le fueron encomendando. Compañero y amigo, luchó  en las guerras a su lado, guardó su ganado y su casa, compitió hasta el límite de sus fuerzas para conseguir títulos a su amo. Se adaptó a las absurdas exigencias de los humanos incluso cambiando de forma, no olvidemos que las razas de perros que existen en la actualidad son el resultado de manipulaciones y selecciones genéticas. Se le ha agrandado o reducido el tamaño, acortado las patas hasta el ridículo en el caso de los bassets, el galgo tan delgado y frágil que parece romperse, el chihuahua, reducido a la mínima expresión como perro, aunque él se sienta por dentro como su antepasado Canis Lupus.

Mientras el perro fue útil a nuestros intereses todo iba bien, los canes trabajaban y los humanos, en parte, se lo agradecían. Pero sigamos avanzando.

Hemos construido grandes ciudades, hemos talado los bosques que un día les cobijaron, hemos hecho autopistas y máquinas veloces que ellos no comprenden y que les atropellan sin ningún sentido…

Lejos han quedado los días en que ambas sociedades eran semejantes.

Gracias a nuestras acciones e intervenciones en su camino evolutivo, los perros callejean por las ciudades perdidos, entre asfalto, ruidos y polución. O deambulan por carreteras, donde su dueño les ha hecho bajar del coche, hasta que otro coche, en el mejor de los casos, tritura su cuerpo cansado de caminar. O son abandonados en cualquier parte, después de pasar su infancia con una familia humana.

A veces ellos crean su propia familia, pero el medio les es hostil, y cachorros y progenitores mueren en poco tiempo de hambre y penurias.

El humano es un ser corruptible, el perro no.  Y el hombre cruel y descaradamente ha roto el contrato. Y como consecuencia de esa ruptura el perro está sufriendo la mas degradante etapa en su historia evolutiva.

Jamás volverán al bosque que sus antepasados abandonaron al asociarse con el hombre. 

Primero porque aquellos bosques repletos de vida ya han sido destruidos y segundo porque con tantas manipulaciones sus instintos han sido alterados, no pueden recordar porque están aquí, y mucho menos que deben hacer para sobrevivir. 

Si son abandonados por su dueño se limitan a buscar por la calle… y, ni siquiera les dejamos basura.

Evidentemente la humanidad tiene una deuda con esta especie animal. Los hemos engañado. Los utilizamos y abandonamos aquí, en nuestro mundo, no en el suyo, en este mundo artificial que hemos creado y que a duras penas podemos soportar.

Los hemos domesticado, somos responsables de su futuro. Son una especie que tiene consciencia de sí misma y por tanto dignidad. Y aman, y sienten el dolor como  nosotros.

Es posible que su único problema sea que sus antepasados ancestrales seguros de sí mismos, no tuvieron la necesidad de caminar erguidos y decidieron, a través de los milenios, caminar a cuatro patas.

Pepi Vegas Carrasco. Artista plástica.

www.pepivegas.com

Modificado por última vez en Miércoles, 28 Marzo 2012 02:25

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