Yo le dije que si lo que piensa cuando me requiere de implicarme es que yo invente un modelo para organizar o reorganizar a la sociedad con pelos y señales, no forma parte de mi dharma el ingenio aplicado a las soluciones puntuales prácticas que demandan la justicia y el igualitarismo para la sociedad humana. Igualitarismo que no sólo predica la Ilustración y el Humanismo, sino también el propio cristianismo de Cristo que nos equipara a todos a los ojos de Dios…
  No forma parte de mi “misión”, pero es que si la encuentro no creo que se la propusiera a él. Empezamos por que si yo le señalo a China como paradigma de un marxismo desarrollado hasta haber llegado al último peldaño que le pone al borde de un capitalismo autorefrenado, “controlado”, me recordará enseguida a Tiananmen, la prohibición de tener más de un hijo, la pena de muerte. Como si el máximo valor posible del ser humano fuesen las libertades públicas a tope y no la libertad interior puesta al servicio de la comunidad; y como si en un sistema enemigo cerval del comunismo, toda libertad no empezase por la autonomía económica de la que carece la inmensa mayoría que se conforma resignada...
  Los reparos tópicos que se objetan a la solución china me ponen de los nervios. Y me ponen porque sobre esto no se reflexiona. Ni siquiera reflexionan los teóricos. Y en cuanto a los economistas, en su mayor parte se dedican a encontrar argumentos que oscurezcan las virtudes del racionalismo aplicado a la distribución de la riqueza que no otra cosa es “marxismo” y las soluciones pragmáticas. Todo eso exige un tour de force en mentes y espíritus de toda clase. Por arriba y por abajo. Principalmente en las mentes y espíritus que están bien situados y ponen su caletre al servicio de la perpetuación de este sistema por tantas cosas infame.
  Pero sigo con las respuestas que no he dado a mi amigo... Le propondría el modelo chino, ya digo, si no fuese porque su segura batería de réplicas que conozco de sobra me disuade de apuntar una posible solución práctica en base a lo que hay fuera del sistema. Pero es que dentro del sistema también podría haberla a condición de que hubiese una sinergia colectiva en encontrarla. Pues el problema no está en que no haya leyes relativamente justas. El problema está en que las leyes contienen en sus cláusulas finales la trampa, la salida por la puerta trasera a disposición de los habilidosos en incumplirlas: profanos y “profesionales” de la treta. Y esto es lo grave. Por ejemplo, en materia de fiscalidad. Si no fuese así, efectivamente la sociedad capitalista podría alcanzar niveles estimables de justicia social. (Y como ni la busca ni la desea, vienen luego los radicalismos a exigirla por las bravas).
  Y es que, por ejemplo, podría encontrar la solución "final", si el fraude se persiguiese como se persigue al comunismo en Estados Unidos y aún en Europa; si se dedicasen legiones de policías tributarios a detectar a los burladores de las Haciendas; si el sistema no tolerase paraísos fiscales a donde van a parar cifras astronómicas del producto interior bruto de las naciones; si se tratase en serio de ajustar la práctica a la "teoría legislativa"; si se impusiese rigurosamente, en fin, lo que se denomina normativismo kelseniano. Pues las leyes fiscales aplicadas a cualquier renta del capital, encierran un propósito correctivo de desigualdad. Pero al modelo liberal, ese que se impone en el capitalismo irrefragable, lo que menos le preocupa es la desigualdad. Todo lo contrario, la patrocina y la espolea. Lo que hace es premiar la trampa y el enriquecimiento injusto, perseguir toda voluntad igualitarista. La institución de la fianza procesal cierra el círculo del autoengaño... Todo eso que nos parece lo más natural del mundo, socava a un sistema que acaba siendo el más nocivo e injusto que quepa imaginar. Por eso no se avanza. Por eso cada vez vamos a peor. Pero ya no son los empleados y desempleados de cada país capitalista los oprimidos. Los oprimidos están a miles de kilómetros de distancia y la humanidad se muere... La globalización anglosajona se encarga de ello para que no se resienta demasiado la sensibilidad de los votantes... El voto secreto de la urna… ¡qué gran invento!
  En fin, que las soluciones posibles a la extrema desigualdad, o están en lo ya experimentado en China (habida cuenta que el "modelo" soviético no fracasó: se hizo desde fuera fracasar) o están en la propia urdimbre del ordenamiento jurídico político-fiscal del existente. Y no sólo está en el general civil. En la mismísima filosofía comunal de la Iglesia católica nadie de la tropa y menos en la jerarquía se queda sin amparo retributivo. Lo que falta, pues, es voluntad. Y cuando no hay voluntad por parte de los llamados a encontrar remedios, no hay nada que hacer.
  Pero es que además,yo le propondría a mi amigo que fuese él con sus ideas éticas, economicistas y jurídicas (también es jurista) el que rebuscase soluciones para dotar a todo ciudadano de una protección básica en alimentos, techo y asistencia sanitaria desde el Estado interventor. Y luego, sólo luego y a partir de ahí, adelante con la libre concurrencia, viva las libertades cívicas. Pero para llegar a esto hay que asumir de buen grado, no lastimeramente porque sin entusiasmo nada eficaz puede lograrse, que la igualdad social es compatible con la libertad personal. Como es compatible con la diferenciación biológica entre hombre y mujer. Y no sólo eso, también con la discriminación asociada a toda elección personal. Elección que imprime carácter a cualquiera, sin que ello necesariamente implique identidad, y sin que debamos interpretar el anhelo igualitarista como ansia de identidad imposible entre todos los que formamos parte de la comunidad humana.
  En todo caso, la solución "tecnológica" para poner remedio a los excesos del capitalismo no me incumbe. Yo, bastante he hecho a este respecto invocando en mis círculos cercanos lo que escribía hace muchos años, ingenuo de mí: una ética superior que enseñasea considerar y a tratar a la propiedad colectiva con el mismo celo y esmero que si fuera propia, y a la propiedad privada con el mismo desasimiento implícito que hay en todo bien de uso colectivo. Es del mismo mimbre que el no hacer a los demás lo que no quieras para ti. Una ética que se asimilaría con cierta facilidad si se extendiese en cada pedagogía y que a la larga se impondría en las conciencias por su propio peso, neutralizando cualquier amenaza de incomprensión.
  Pero claro, mi inteligente amigo, por cautela, da lecciones de ética de otros moralistas pensadores, no de la que él personalmente abraza. Y no la da no porque no esté muy próxima a la mía que se diría universal, sino porque no puede. No puede… pero abandera la libertad que consagra este sistema. Curiosa paradoja en él y en tantos que viven amordazados y pese a todo son los mayores defensores de la libertad imaginaria que reina en el capitalismo. Paradoja, porque entre los que tenemos los más altos grados de libertad somos muchos los que estaríamos dispuestos a no hacer uso de ella con tal de que tuviese todo el mundo una vida digna material: la que ofrece todo socialismo real, todo comunismo. A partir de ahí, robustecida la personalidad del ciudadano con una moral firme y con una conciencia de “el otro” a prueba de egoísmo extremo, la sociedad, aun existiendo bolsas de patología social, funciona mucho mejor. Sobre todo más equitativamente y con mejores consecuencias para ella y para la Naturaleza que está al borde del abismo.
  Porque mi amigo enseña, sí, pero transmitiendo ideas más o menos mostrencas que a la postre son las de otros a los que ya nadie tiene en cuenta. Por eso digo que urge reinventar una salida actualizada a esta penosa situación que padece el orbe occidental. Por eso no se me ocurre otra cosa que echar mano de Marx, reinterpretarlo, actualizarlo y aplicarlo con el máximo racionalismo. Ya que está probado y comprobado que el modelo al uso no sólo no se corrige a sí mismo porque sólo maquilla los efectos pero no va a la yugular de las causas, sino porque va cada vez más a peor. Lo que no conduce más que al enfriamiento general, a la debacle, a la entropía, como le ocurre a la gigante roja cercana a su desaparición. Volvamos a Marx, por favor.