el de Calcuta convive con las ratas a las que disputa los desperdicios que caen por los desagües;  y el español mantiene a raya a las ratas, pero merodea por los contenedores de basura. El caso es que después de la azarosa vida de las ratas aquí, en España, está la vida azarosa de esos 9 millones de ciudadanos de tercera (un cuarto de la población total). A ellos me dirijo hoy. Estas reflexiones están pensadas para consolarles. Pero si no les calma, tengan por seguro que me uno a sus barricadas, a la otra revolución...
  Ahora que, con razón, la religión está de capa caída... Ahora que, pese a que estamos en una democracia de risa la ética enseñada no hace más que inculcar desde primaria un puñado de debilidades propuestas por el marketing para hacernos más vulnerables a las manipulaciones comerciales, de los medios, de la política y de la empresa... Ahora que las cosas están así, despersonalizando tanto, urge una moral personalísima, individual, íntima que neutralice los melifluos consejos de esos iluminados que se apoyan en un título académico para aplacarnos y al mismo tiempo contribuir a someternos: curas, médicos, eticistas, moralistas, psiquiatras, psicólogos; ambién, augures, adivinos y echadores de cartas del sistema. Y digo esto porque los suyos son consejos sólo dirigidos a destinatarios que pueden costearlos; es decir dirigidos a cualquier ciudadano que no se encuentre entre esos 9 millones de parias.
  Háganme caso. En realidad vivir feliz, dentro de lo que cabe, no es demasiado difícil en una sociedad con la despensa llena...
  Llevo muchos años en esto del vivir y en el vivir sin desahogo, y con desahogo pero no precisamente por cuenta corriente. Vivo desahogadamente, por una treta mental al alcance de todos: me conformo con muy poco. Hago mío ese lema británico del plain living, high thinking, vida sencilla, elevado pensamiento. Vivo feliz y con desahogo, porque tengo un camastro y puedo dormir con la ventana abierta; porque puedo hacer al día tres comidas frugales; porque veo para leer hasta fatigarme y puedo hacer paseos de kilométricos cada día. Porque mantengo intacto el seso y no se ha apoderado de mí la enfermedad. Todo eso me permite concentrarme, leer, escuchar buena música, amar, comer y dormir sin pesadillas. Un libro cabe en cualquier parte. ¿He de desear más? Y aunque fuese un necio y desease más: ¿podría alcanzarlo razonablemente? Y si lo lograse: ¿lo disfrutaría o no me entraría enseguida  el tedio mortal que acompaña a todo exceso y al  ansia  satisfecha?
  Soy ciudadano de una sociedad que no existe compuesta por personas que dan la espalda al consumo, a la sensualidad por ella misma y a la excitación nerviosa que sólo tiento en pequeñas dosis.  Veo tenis sin inclinar el ánimo a favor de ninguno de los dos gladiadores y menos por su nacionalidad; juego al ajedrez apasionadamente desde niño y por eso no me resulta difícil prever las cinco o seis jugadas o combinaciones posibles que otros esgriman contra mis tesis. Me siento dueño de la dialéctica. Las réplicas ajenas que las contradicen me resbalan. Me resultan improvisadas ocurrencias sin meditar o ideologías sostenidas por la tozudez, desprovistas de la elasticidad del junco. Pero no es egolatría. Siempre estoy dispuesto a rectificar con sumo gusto. Hago el amor de una manera regular, siempre con entusiasmo y siempre con la misma persona. Pero no le doy al momento mucha más importancia que a los demás avatares biológicos por los que discurre normalmente la vida cotidiana de cualquiera. Y esto lo he hecho toda mi vida.   Pero he cuidado esto: hasta que tenía poco más de la mitad de edad que tengo ahora nada dije, nada publiqué, nada prediqué. Me pasé la vida, cual eremita, retirado en el desierto. Por eso, tras larga meditación, ahora me siento con derecho a decir urbi et orbe, como el papa, lo que vengo observando de por vida y lo que siento cuando me adentro en la espesura del bosque social y humano...
  Vivir así ¿es fácil, es posible, es aburrido?
Desde luego, disponiendo de un techo, esa vida está casi al alcance de cualquiera. Y si parece aburrido, allá cada cual con sus frenopatías, sus ambiciones, sus tensiones estériles nerviosas...
  No obstante, cada cual elige... cuando puede elegir. Lo malo es no poder elegir por las trabas que al ciudadano común le imponen las limitaciones materiales que le ahogan. Por eso lo mejor es no dejarse atrapar por la deuda, por la hipoteca, por el débito. Si se ama verdaderamente la libertad, es preferible vivir al raso o debajo de un puente. En cualquier caso estorban mucho más las limitaciones impuestas por la diferencia entre lo que se se quiere y lo que se puede, y entre lo que se ansía y lo que no está a nuestro alcance. Dice Confucio: “dame, oh Dios, paciencia para aceptar de buen grado lo que no puedo cambiar, fuerzas para cambiar lo que puedo, inteligencia para distinguirlo”.
  Si queréis acariciar la felicidad y huir del infortunio, no tenéis más que no desear ni fomentar el ansia de cosas, bienes, fortunas y personas que no es posible, sensatamente, conseguir. Así es que primero, pues, suprímase el deseo como aconseja Buda. Luego no os empeñéis en ser felices. Contententaos con no ser desgraciados. Sed prácticos en esto, tened presente que son infinitamente más los desgraciados por la ansia que por la carencia. En último témino, si no queréis extirpar de cuajo el deseo, educarlo y graduarlo...
  Ya sé que en estos tiempos todo va en sentido contrario. No es lo que se lleva tener paciencia, resignación, estoicismo frente a la adversidad y a la marginación. Pero ya os contarán dentro de pocos años qué fue de su necedad cuando tenían cuarenta los que se volvieron locos para conseguir tanto inalcanzable. No habléis a este respecto más que con quien ha traspasado largamente el ecuador de la vida... Ellos os dirán.
  Y una cosa os apaciguará. Hay que tener en cuenta que el ser humano no es inteligente. El hecho de que a lo largo de la historia unos cuantos genios e ingenios superiores hayan sido capaces de fabricar desde la rueda hasta la nave espacial, no significa más que eso: que unos cuantos millones (un puñado de arena entre las arenas de la playa) de humanos fueron y son los verdaderamente inteligentes. Una inteligencia superior -inhumana- inventó artefactos que acortan la distancia y aportan molicie hasta el paroxismo. Los idearon sin un propósito definido o sin la intención que parece unida al resultado. Pero si nos han hecho más excitante la vida en una cadena de orgasmos, no la han hecho más agradable  ni más sosegada. ¿Y de cuándo acá lo agradable, el sosiego, la calma, la expansión del alma no son sensaciones del cuerpo que están muy por encima de la convulsión, de la agitación, de la ansiedad, de la eyaculación? Hasta el orgasmo puede ser sosegante o aniquilador... Hagámoslo reparador.
  Pero el resto, todos los demás, somos carne de estulticia por muy bien que hablemos o algunos escriban "bonito". Los demás parasitamos de esas inteligencias privilegiadas y aisladas, pasándonos el día parloteando como parlotean las gallinas que se sienten dueñas del gallinero sólo porque ponen un huevo al día. Y hablando de huevos y gallinas me viene a la cabeza esta gracia de Woody Allen: uno va al psiquiatra a decirle que su hermano está loco porque se cree una gallina.  Y el médico le responde: pues intérnele en un manicomio. Y el otro le replica: no puedo hacerlo porque entonces me quedo sin los huevos.
  Me sospecho que tampoco yo puedo encerrar en un manicomio o en presidio a la inmensa mayoría que sobresale y es culpable de lo que sea porque pese a cobrar demasiado no hecho nada que la sociedad deba agradecerle. Lo haría, pero no puedo porque me quedaría sin la materia prima que es la infinita estupidez de los que mandan, disponen y predican. Esa estupidez que me salpica sólo puede drenarla mi sistema nervioso, escribiendo. Para drenarla y para ahuyentar tanto fantasma a cuenta de ella y algún que otro conato de epilepsia.
  Hay otro método: ¿nos imaginamos qué sería de este sistema abominable si ignorásemos la publicidad; si les dejásemos solos, sin audiencia, para que hablasen en todas partes los predicadores de los medios y de los parlamentos sin hacerles caso, sin prestar atención a la infinita verbalización, a la inmensa algarabía; si pasase a un primer plano el fuero interno? ¿No estará la solución en expulsar de la colmena a las reinas y a los zánganos? ¿No será eso, gobernarnos sin mediadores que nos sangran, lo que quiere principalmente la periferia de esta España que no se rompe ni puede romperse sencillamente porque se pasa su historia siempre rota?