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Cultura - Ecología - Educación - Opinión versión imprimir Enviar esta noticia a un amig@ Convertir a PDF Noticia Anterior Noticia Siguiente
Vivir con desahogo
Según el Barómetro Social de España hay en España 9 millones de pobres. De acuerdo, pero no vamos a comparar a un pobre es­pañol con un pobre yanqui y otro del Ter­cer Mundo. El pobre yanqui es un pobre que lo es sobre todo porque existe rodeado de ratas de cloaca que viven en cottages lujosos: como dios;
Jaime Richart (Para Kaos en la Red) [10.05.2008 13:58] - 245 lecturas - 3 comentarios

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el de Calcuta con­vive con las ratas a las que disputa los desperdicios que caen por los desagües;  y el español mantiene a raya a las ratas, pero mero­dea por los conte­nedores de basura. El caso es que después de la azarosa vida de las ratas aquí, en España, está la vida azarosa de esos 9 millones de ciudadanos de tercera (un cuarto de la población total). A ellos me dirijo hoy. Estas reflexiones están pensadas para consolarles. Pero si no les calma, tengan por seguro que me uno a sus barricadas, a la otra revo­lución...

  Ahora que, con razón, la religión está de capa caída... Ahora que, pese a que estamos en una democracia de risa la ética enseñada no hace más que inculcar desde primaria un puñado de debilidades propuestas por el marketing para hacernos más vulnerables a las manipulaciones comerciales, de los medios, de la política y de la empresa... Ahora que las cosas están así, despersonalizando tanto, urge una moral personalísima, individual, íntima que neutralice los melifluos consejos de esos iluminados que se apoyan en un título académico para aplacarnos y al mismo tiempo contribuir a someter­nos: curas, médicos, eticistas, moralistas, psiquiatras, psicólogos; ambién, augures, adivinos y echadores de cartas del sistema. Y digo esto porque los suyos son consejos sólo dirigidos a desti­natarios que pueden costearlos; es decir dirigidos a cualquier ciuda­dano que no se encuentre entre esos 9 millones de parias.

  Háganme caso. En realidad vivir feliz, dentro de lo que cabe, no es demasiado difícil en una sociedad con la despensa llena...

  Llevo muchos años en esto del vivir y en el vivir sin desahogo, y con desahogo pero no precisamente por cuenta corriente. Vivo des­aho­gadamente, por una treta mental al alcance de todos: me con­formo con muy poco. Hago mío ese lema británico del plain living, high thinking, vida sencilla, elevado pensamiento. Vivo feliz y con des­ahogo, porque tengo un camastro y puedo dormir con la ventana abierta; porque puedo hacer al día tres comidas frugales; porque veo para leer hasta fatigarme y puedo hacer paseos de kilométricos cada día. Porque mantengo intacto el seso y no se ha apoderado de mí la enfermedad. Todo eso me permite concentrarme, leer, escu­char buena música, amar, comer y dormir sin pesadillas. Un libro cabe en cualquier parte. ¿He de desear más? Y aunque fuese un necio y desease más: ¿podría alcanzarlo razonablemente? Y si lo lo­grase: ¿lo disfrutaría o no me entraría enseguida  el tedio mortal que acom­paña a todo exceso y al  ansia  satisfecha?

  Soy ciudadano de una sociedad que no existe compuesta por per­sonas que dan la espalda al consumo, a la sensualidad por ella misma y a la excitación nerviosa que sólo tiento en pequeñas do­sis.  Veo tenis sin inclinar el ánimo a favor de ninguno de los dos gla­dia­dores y menos por su nacionalidad; juego al ajedrez apasionada­mente desde niño y por eso no me resulta difícil prever las cinco o seis jugadas o combinaciones posibles que otros esgriman contra mis tesis. Me siento dueño de la dialéctica. Las réplicas ajenas que las contradicen me resbalan. Me resultan improvisadas ocurrencias sin meditar o ideo­logías sostenidas por la tozudez, desprovistas de la elasticidad del junco. Pero no es egolatría. Siempre estoy dis­puesto a rectificar con sumo gusto. Hago el amor de una manera re­gular, siempre con entusiasmo y siempre con la misma persona. Pero no le doy al mo­mento mucha más importancia que a los demás avatares biológicos por los que discurre normalmente la vida coti­diana de cualquiera. Y esto lo he hecho toda mi vida.   Pero he cui­dado esto: hasta que tenía poco más de la mitad de edad que tengo ahora nada dije, nada publiqué, nada prediqué. Me pasé la vida, cual eremita, retirado en el desierto. Por eso, tras larga meditación, ahora me siento con derecho a decir urbi et orbe, como el papa, lo que vengo observando de por vida y lo que siento cuando me aden­tro en la espesura del bosque social y humano...

  Vivir así ¿es fácil, es posible, es aburrido?

Desde luego, disponiendo de un techo, esa vida está casi al al­cance de cualquiera. Y si parece aburrido, allá cada cual con sus frenopatías, sus ambiciones, sus tensiones estériles nerviosas...

  No obstante, cada cual elige... cuando puede elegir. Lo malo es no poder elegir por las trabas que al ciudadano común le imponen las limitaciones materia­les que le ahogan. Por eso lo mejor es no de­jarse atrapar por la deuda, por la hipoteca, por el débito. Si se ama verdaderamente la libertad, es preferible vivir al raso o debajo de un puente. En cualquier caso estorban mucho más las limitaciones im­puestas por la diferencia entre lo que se se quiere y lo que se puede, y entre lo que se ansía y lo que no está a nuestro alcance. Dice Confucio: “dame, oh Dios, paciencia para aceptar de buen grado lo que no puedo cambiar, fuerzas para cambiar lo que puedo, inteligencia para distinguirlo”.

  Si queréis acariciar la felicidad y huir del infortunio, no tenéis más que no desear ni fomentar el ansia de cosas, bienes, fortunas y per­sonas que no es posible, sensatamente, conseguir. Así es que pri­mero, pues, suprímase el deseo como aconseja Buda. Luego no os empeñéis en ser felices. Contententaos con no ser desgraciados. Sed prácticos en esto, tened presente que son infini­tamente más los desgraciados por la ansia que por la carencia. En último témino, si no queréis extirpar de cuajo el deseo, educarlo y graduarlo...

  Ya sé que en estos tiempos todo va en sentido contrario. No es lo que se lleva tener paciencia, resignación, estoicismo frente a la ad­versidad y a la marginación. Pero ya os contarán dentro de pocos años qué fue de su necedad cuando tenían cuarenta los que se vol­vieron locos para conseguir tanto inalcanzable. No habléis a este respecto más que con quien ha traspasado larga­mente el ecuador de la vida... Ellos os dirán.

  Y una cosa os apaciguará. Hay que tener en cuenta que el ser humano no es inteligente. El hecho de que a lo largo de la historia unos cuantos genios e ingenios superiores hayan sido capaces de fabricar desde la rueda hasta la nave espacial, no significa más que eso: que unos cuantos millones (un puñado de arena entre las are­nas de la playa) de humanos fueron y son los verdaderamente inte­ligentes. Una inteligencia superior -inhumana- inventó artefactos que acortan la distancia y aportan molicie hasta el paroxismo. Los idea­ron sin un propósito definido o sin la intención que parece unida al resultado. Pero si nos han hecho más excitante la vida en una ca­dena de orgasmos, no la han hecho más agradable  ni más sose­gada. ¿Y de cuándo acá lo agradable, el sosiego, la calma, la ex­pansión del alma no son sensaciones del cuerpo que están muy por encima de la convulsión, de la agitación, de la ansiedad, de la eya­culación? Hasta el orgasmo puede ser sosegante o aniquila­dor... Hagámoslo reparador.

  Pero el resto, todos los demás, somos carne de estulticia por muy bien que hablemos o algunos escriban "bonito". Los demás parasi­tamos de esas inteligencias privilegiadas y aisladas, pasándonos el día parloteando como parlotean las gallinas que se sienten dueñas del gallinero sólo porque ponen un huevo al día. Y hablando de hue­vos y gallinas me viene a la cabeza esta gracia de Woody Allen: uno va al psiquiatra a decirle que su hermano está loco porque se cree una gallina.  Y el médico le responde: pues intérnele en un manico­mio. Y el otro le replica: no puedo hacerlo porque entonces me quedo sin los huevos.

  Me sospecho que tampoco yo puedo encerrar en un manicomio o en presidio a la inmensa mayoría que sobresale y es culpable de lo que sea porque pese a cobrar demasiado no hecho nada que la so­ciedad deba agradecerle. Lo haría, pero no puedo porque me que­daría sin la materia prima que es la infinita estupidez de los que mandan, disponen y predican. Esa estupidez que me salpica sólo puede drenarla mi sistema nervioso, escribiendo. Para drenarla y para ahuyentar tanto fantasma a cuenta de ella y algún que otro co­nato de epilep­sia.

  Hay otro método: ¿nos imaginamos qué sería de este sistema abominable si ignorásemos la publicidad; si les dejásemos solos, sin audiencia, para que hablasen en todas partes los predi­cadores de los medios y de los parlamentos sin hacerles caso, sin prestar aten­ción a la infinita verbalización, a la inmensa algarabía; si pasase a un primer plano el fuero interno? ¿No estará la solu­ción en expulsar de la colmena a las reinas y a los zánganos? ¿No será eso, gober­narnos sin mediadores que nos sangran, lo que quie­re principal­mente la periferia de esta España que no se rompe ni puede rom­perse sencillamente porque se pasa su historia siempre rota?



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Hay 3 comentarios de los comentarios de esta noticia
#1 Pues sí.
Miquel [2008-05-10 17:49:02]

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Eso es lo que pasa, que los que se dedican un poco a pensar con criterio y racionalidad, de alguna forma o de otra, tienen recursos suficientes para eludir muchos de los embates que nos procura esta sociedad, y nos dedicamos a decir lo que pasa, pero tampoco nos movemos mucho. 
 
#2 Uno.
[2008-05-10 23:21:18]

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Todas las opiniones son respetables, bueno, siempre que no propaguen la maldad, la violencia, los fascismos, los racismos y asuntos así.
Desde luego el 90 y muchos% de esta sociedad no puede llegar a tener una vida así porque ni siquiera tiene una mínima estabilidad laboral ni un techo estable de alquiler ni mucho menos en propiedad. Tenemos una sociedad que es terrorífica, un monstruo fabricado por todo este sistema capitalista que efectivamente hace estúpido al más pintado para que entre dentro del sistema de consumir y circular cual zombie por la vida, dando bandazos y sin un mínimo de tranquilidad para hacer cosas, grandes cosas en plan budista del desapego, con su vida.
Ciertamente a una persona de más de 40 años no se la engaña con espejismos, cosa que sí se hace con los más jóvenes en su gran mayoría; y cuando quieren reaccionar no suelen tener ya ningún margen de rectificación pues tienen gordas hipotecas, situaciones familiares o personales muy lastradas o cosas por el estilo.
Estoy de acuerdo con las ideas que expresa el artículo.

 
#3 Dos.
[2008-05-10 23:27:20]

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Yo siempre he tenido claro ( y no llego ni con mucho todavía a los 40 años) que tal vez lo más importante de esta vida para tener una sociedad digna sea la educación a los nuevos ciudadanos, o sea, a los jóvenes.
Alguien, un padre, un profesor (la sociedad no, pues está hecha pura mierda), un amigo, alguien, que pueda educar en todos estos valores a un niño está poniendo la primera piedra de algo que perdurará para siempre.
La estupidez es un drama para el que la sufre (aunque suelen ni darse cuenta de sufrirla, es más, presumen de sabios, jaja), pero sobre todo es peligrosísima para la salud de cualquier sociedad. Una sociedad  constituida mayoritariamente por personas con buena formación intelectual y con valores humanos derrotaría al terror que impone el capitalismo, la incultura, el afán consumista (el síndrome del pago en caja, que una vez has pagado ya están otra vez insatisfecho), la brutalidad y todo esto.
Sería mucho menos sangrante que tener que esperar (en casi todos los casos) a que la vida te haya dado mil cornazos y tener casi 50 años para ver un poco la existencia humano con sentido común y salud.
Salud.


 

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