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La Vigencia de la Revolución Mexicana

Darle un sentido ahistórico a la revolución de 1910 en México fue el discurso con el que los tecnócratas mexicanos se estrenaron al llegar al poder en 1982; y para ello, encabezados por Ernesto Zedillo en la Secretaría de Educación Pública se dedicaron a desmantelar los agravios de la dictadura de Porfirio Díaz
Malandro | Para Kaos en la Red | 21-11-2007 | 881 lecturas
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Pancho Villa y Emiliano Zapata

Darle un sentido ahistórico a la revolución de 1910 en México fue el discurso con el que los tecnócratas mexicanos se estrenaron al llegar al poder en 1982; y para ello, encabezados por Ernesto Zedillo en la Secretaría de Educación Pública se dedicaron a desmantelar los agravios que la población mexicana acumuló a lo largo de la dictadura de Porfirio Díaz, presentado a esa época como una bonanza en la economía nacional.

Una vez desmantelado el discurso revolucionario,de manera cómoda las viejas familias de caciques y hacendados se fueron reacomodando en la geopolítica del país, reclamando para sí los viejos apellidos de alcurnia con los que se les conoció en las mejores épocas de la dictadura.

Los monumentos de los héroes de la revolución se fueron cambiando uno a uno de la plazas públicas, e incluso, no en pocos casos, removidos definitivamente. Simplemente con olvido se desmorono del discurso oficial y oficialista la palabra “revolución”, sustituyéndola por un conjunto de modismos “administrativos” con los que se suplantó la participación de los ciudadanos en el proceso de transformación del país.

Los Estados Unidos Mexicanos, perdieron por decreto todo vestigio de nacionalismo provinciano y se acuerpo al país  alrededor de la idea del “primer mundo” que vendía el Salinismo a principios de los años 90’s, un espejismo. en el que insiste, hasta nuestros días,  la tecnocracia, aferrada a una mentira que se repiten para soportar el total fracaso de su proyecto como administradores de las desgracias nacionales.

Quienes para principios de la década de 1990, en el país consideraban que era posible hablar de “patria” o “nación” simplemente eran tildados de trasnochados. México estaba a punto de ingresar al club exclusivo de los países del primer mundo.

Al paso del tiempo y del conjunto de fracasos del modelo tecnócrata-neoliberal, no sólo se ha negado la revolución, además se le ha quitado el valor festivo a la fecha y se ha condenado al silencio a quienes desde el un análisis serio  de la historia defienden los aportes que  a la  modernidad trajo al estado mexicano fruto de la Revolución.

Para 1994 el modelo de “república” neoliberal se desmorono como una pirámide de naipes, la Revolución que fue negada bajo los preceptos de la transición española, retumbo en la memoria histórica, y todo lo que se enterró de facto entalló en los fusiles de palo del sureste mexicano.

¿Qué queda de la Revolución de 1910? En el discurso y en los hechos no queda nada, la constitución de 1917 fruto del proyecto de la burguesía nacional ha sido mutilada innumerables veces, condenando los preceptos obreros y campesinos que las continuas revueltas de 1910 a 1929 plasmaron en la carta magna.

Las banderas de la Convención de Aguascalientes traicionadas por Venutiano Carranza se han ido desdibujando en la contrarrevolución que se apodero del poder en el país, una a una las garantías que se consagraron en la carta magna se han desdibujando, llevando a las instituciones a la inmovilidad frente a los abusos de grupos facciosos que controlan el poder y el dinero en el país.

Las ideas, los ideales y los hombres que se batieron en los campos de batalla de la revolución, esos cientos de miles de niños-soldados que honraron con valentía y dolor un nuevo rostro de nación, son condenados por “historiadores” a modo de la tecnocracia, al olvido, a una muerte inútil que no contribuyó en nada al país.

Los personajes que sobrevivieron a la revolución, son, no pocos de ellos, traidores que en las múltiples celadas se han dedicado al repartirse los recursos de la patria, primero como herederos de la revolución y ahora como “exitosos” empresarios del erario público.

El conjunto de  "argumentos"  en los que se enfrasca el análisis de los acontecimientos de 1910 bajo el decálogo de las plumas al servicio de la tecnocracia, lo presentan como un acontecimiento al que no se le debe catalogar como revolucionario, sino como un “accidente” en el reparto del poder por Porfirio Díaz, en el que son los personajes del poder los que hacen la historia y no las fuerzas sociales que empujan la transformación de los acontecimientos.

El aparato de estado en México ha condenado al olvido al proceso revolucionario, no acepta ninguna versión que le de vigencia a la revolución en el país, ni quiere por ningún motivo que la patria se sacuda de los grilletes que le imponen los intereses extranjeros.

A pesar del panorama negativo al que se somete la historia de la revolución en México, uno a uno los argumentos contrarios al proceso revolucionario se han ido desmantelando, la necesidad de reiniciar un proceso crítico en el país, y recuperar las instituciones se nos presenta como un reto en el que debemos aportar todos aquellos que consideramos que la patria no es un concepto ambiguo sino fundamental para reconocernos como mexicanos. 

 
 
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