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Víctor Chamorro presenta su obra Guía de bastardos en la "Feria del Libro de Cáceres"

El anarquismo llegará a Extremadura, región fuera de los caminos, a principios de siglo pasado, y como pólvora seca zizagjeó veredas y cañadas por la inacabable besana. Discurso sencillo que lo entendieran mentes blindadas a cualquier luz que no fuese la que administraban los expertos en tinieblas ultraterrenas.
IU Cáceres | Para Kaos en la Red | 2-5-2008 | 182 lecturas
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Santiago Pavón, Concejal de Cultura, en la presentación del Libro

HACER MEMORIA.

GUÍA DE BASTARDOS, es la historia del hijo natural del noble don Pablo Cutiña, solterón, propietario de una dehesa que ocupaba varios municipios. Leguas de tierra que le conferían controlar muchas despensas jornaleras. Sí un año decidía que toda la dehesa a hierba, habría hambruna, pero si la caridad le estimulaba a cultivar a la tercia -monte para caza, llanada para hierba y la parte más escarpada para grano- la gente pasaría de la hambruna al hambre simple.

R.Southey recorriendo Extremadura sólo vio lugareños al sol en sórdida y hambrienta negligencia.

A don Pablo Cutiña, que también administraba el sexo cortijero, le ha de salir un bastardo inasequible al desaliento en exigir su apellido para limpiar la fama de su madre.

Os ubico en el tiempo: a principio del siglo XX, época en que los señoritos de Felipe Trigo, en su Jarrapellejos, hacían de sus tierras serrallos, visto por el pueblo que los soportaba como manifestación de soberanía, mientras que en la ultrajada la vecindad espiaba licenciosas tendencias a las bodegas privadas. Fueron incontables las jóvenes que abandonaron sus pueblos por el albañal y terminaron en una mancebía, por las ferias o en el sexo urgente de las aradas, huidas del dedo que señalaba como bastardo un vientre de pernada.

Unas pobres mujeres -escribió Trigo- carne barata para los garañones locales.

Y refiriéndose a aquella propiedad, también obscena, dijo:

Mirad el resultado: el mendigo, la prostituta, el asesino, el vicio.

Recuperé Guía de Bastardos, treinta años en un cajón, y enriquecí el primitivo argumento en el contexto socioeconómico de dos décadas: desde los años veinte hasta los cuarenta, cuarto de siglo escaso que fraguó una argamasa identitaria ajena a la retórica de los conquistadores de Indias o de nuestra Virgen de Guadalupe, desconsideradamente utilizada como aglutinante regional. Durante siglos los Pablos Cutiña, sus bonetes y liras, buscaron las raíces extremeñas yéndose por las ramas en laboratorios de sacristía y en las genealogías raciales, pero el miajón estaba allí, al alcance de la mano: en las calles, en los ejidos comunales, en las romerías, en las rogativas y en los tajos. En el hambre de jornaleros, yunteros, vaqueros, ovejeros y cabreros. En los subarrendadores y pequeños propietarios, en los gremiales y en los comerciantes. Eran Extremadura porque eran la inmensa mayoría, a la que nunca dejaron hacer memoria. Constituían ese tercer estado de Sieyés que esperaba ser algo porque, los pocos, sin los más, no eran nada. Siglos de silencio hasta que aprendieron la palabra compañero. Desmemoria de una masa fermentada con la levadura homérica de unos titanes que, aun habiendo salido del útero del pueblo, se desclasaron, no representando a nadie más que a ellos mismos y a intereses coloniales y mercantiles disimulados en la catolicidad. Nobleza e Iglesia ideologizaron al campesino con el nutriente de imperialidad y Trento, inculcándole que podía morir orgulloso de haber sido nieto del gran Pizarro y nieto del gran Cortés. El poeta terruñero lo cantó:

Porque semos asina

semos pardos del coló de la tierra.

Los nietos de aquellos machos...

Machos famélicos que escaparon del modelo económico-bucólico-religioso que ya había idealizado laicamente Horacio en el Beatus Illae, hurtando el poeta la causualidad de un Sistema sustentado en la esclavitud.

El bastardo de esta Guía recibirá en la escuela de tío Tinoco -un tabuco en el patio casero- esta docencia imperial, pero alcanzada la juventud entró en contacto con un poeta visionario anarquista que le habló de un odio sagrado.

-Es necesario odiar para no volverse loco -decía el poeta.

El anarquismo llegará a Extremadura, región fuera de los caminos, a principios de siglo pasado, y como pólvora seca zizagjeó veredas y cañadas por la inacabable besana. Discurso sencillo que lo entendieran mentes blindadas a cualquier luz que no fuese la que administraban los expertos en tinieblas ultraterrenas. El joven bastardo escuchará al poeta anarquista que el compañero no era el enemigo que privaba de un jornal por ser más joven o más dócil. La escasez de peonadas, por el incivil uso de la tierra, sólo en beneficio de las ovejas, fue una cuña que penetró en el vecindario y en las familias creando enemigos dentro de la misma clase trabajadora. El aprendizaje en la desunión enfrentó pueblos, enquistó comarcas e hizo hermanastras las dos provincias. El escasísimo trabajo provocó devastadoras envidias. Braceros, jornaleros fijos y medieros se pelearon en el intestino de su clase, y los que tuvieron algún efímero ahorro pujaron por los arriendos y subarriendos, de la escasísima tierra, disparando los alquileres.

En el nuevo discurso del poeta anarquista el compañero compartiría ya el pan -con pan- en un mundo nuevo sin leguas de tierra en descanso junto a miles de brazos obligados a descansar. Se dejaría por fin de calificar a Extremadura como la tierra estrecha de Larra: un inmenso soto con poblaciones enteras cazadoras, falta de jornales. Baroja, en su Dama Errante, describió dehesas sin roturar de las que podrían vivir miles de familias. Tierra ancha para ganados y caza. La inanición o emigrar. Nacer en Cáceres y morir en cualquier parte. Pero sólo se conseguiría felicidad horaciana, para todos, destruyendo la estructura agraria urdida por una nobleza y una Iglesia siempre añorando la Edad Media y el origen bélico de sus patrimonios. Elite cesaropapista con su corte de rimadores áulicos. Uno de ellos, Gregorio de Salas, sacerdote, dejó para varios siglos un retrato miserable del extremeño que ya no sería nieto de aquellos aguerridos guerreros sino el resultado de una abulia culpable.

Espíritu desunido anima a los Extremeños.

Jamás entran en empeño ni quiere tomar partido.

Cada cual en sí metido y contento en su rincón.

Huyen de toda instrucción, y aunque es grande

su viveza

vienen a ser por pereza los indios de la nación.

Responsabilizó el poeta a la gañanía de los vicios con que la habían herrado y exoneró de cualquier culpa a los caciques, al báculo y a los rimadores de una vida feliz. Se le olvidó al clérigo explicar que había propietarios de hasta cien mil hectáreas que ni conocían, que Extremadura fue diseñada como corral de invierno de la Mesta, que era un cruce de caminos, tierra segregada, enclaustrada, cercada con espinos. No señaló el clérigo a quienes impidieron entrara en Extremadura una brisa renacentistas que orease la flama del chicharral. Ni luces, ni revolución industrial, ni otro comercio que no fueran las ferias. Ni una escuela, pero todas villa que se preciase tenía su coso taurino de mampostería concertada. Ni una biblioteca, pero la taberna era una Institución en la que sólo se prohibía la blasfemia.

Desde la Corte unos ministros ilustrados se fijaron en aquella tierra bastardada y Campomanes dijo que así como en cualquier lugar del mundo la agricultura era fuente de vida, en Extremadura era guadaña de la muerte: instalada en el arado romano, en barbechos que llegaban a durar cinco años por falta de abono. Con caciques refractarios a intensificar cultivos, alumbrar pozos, construir acequiasque recogieran el caudal inútil de los ríos. Sangrarlos. Pero se dejó en manos de Dios un agua que sólo vendría rogándola el clero.

Jovellanos se compadeció de los campesinos extremeños sitiados por el paro, los diezmos, las primicias y las bulas.

El abuelo materno del bastardo cantaba a su nieto una copla socarrona:

Ya tenemos una bula

que comer carne consiente.

Así tuviéramos otra

que mandara que la hubiere.

El hambre como hilo conductor de generaciones engañadas con promesas molidas en el mortero de la resignación.

Los ministros ilustrados coincidieron en que la vida del jornalero extremeño era comparable a la de las peores zonas de Sicilia. Fermín Caballero le consideró un ser condenado a trabajos forzados y H. Thomas ha escrito que las condiciones de vida de los braceros eran semejantes, en el sigo XX, a la de los tiempos de la Reconquista. Meléndez Valdés, poeta a ras de terruño, que no terruñero, clamó por brazos y semillas, por estudios públicos, zahirió a un clero y a una nobleza abotargados y sintió piedad por los braceros:

No tienen un palmo do labrar, y en torno

leguas miran de inútiles baldíos.

Estos ilustrados instaron al Gobierno a que coartase la propiedad privada para promover la felicidad pública. Ponz encareció que los campesinos fueran honrados y sostenidos por los que sin ellos nada serian.

La clase terrateniente, sólo sensible a la acumulación de fundos para redondear dehesas que en ocasiones nacían en una provincia para morir en otra, entendió agresión cualquier intento de rozarles una propiedad sin límite, y cuando comprobó el daño que podrían traer las luces blindó su paz horaciana con el benemérito Cuerpo de la Guardia Civil que acabó expeditivamente con las reivindicaciones sangrientas de unos bandoleros a los que el hambre echó al monte. El servilismo de las elites extremeñas hacía el poder Central apenas estimuló en éste el interés por la región, pero aquella nobleza anacrónica rápidamente se aprestó a encarecer al Gobierno un Cuerpo armado para que les conservara esa paz que ya habían perdido las ciudades. Cualquier incidente en el agro no lo entendió el Instituto benemérito como reivindicación de peonadas sino como problema de orden público, e impuso drásticamente una calma de bronce. G.Barrow pateó la Extremadura del siglo XIX para escribir de solitarias tierras en donde la voz no destruye el silencio. Cada muchas leguas una posada con pozo, vinacha y paja que tronzaran las bestias. R.Semple preguntó, en su viaje, por qué no se araban aquellos pastizales tan fértiles que equipararían a España, en riqueza, con las primeras naciones europeas. Los señores le respondieron que en tales pastizales se producía la mejor lana del mundo.

El abuelo materno le instaba al bastardo a pelear por un apellido que, además de limpiar el nombre de la madre, podría hacerle heredero de una dehesa que se perdía en el horizonte. Y le contó que el abuelo paterno, don Niceto Cutiña, la había comprado en las desamortizaciones: Hipócrita intento de reforma agraria porque la jornalería no tuvo dinero para acudir a las pujas. Reforma agraria al revés: trasvase de tierra de la Iglesia a la nobleza, y todo quedó en familia. Lo oprobioso fue la subasta de los bienes comunales: montes, bosques, ejidos, con sus riachuelos incorporados, que fueron durante siglos el último recurso para maquillar temporadas sin jornal. Los nuevos amos alambraron y reforzaron su propiedad con guardas. Ya se podía perder la vida por un haz de leña, por carbonear, por pescar unas truchas entorviscando el agua, por enlazar un conejo o ponerle un cepo a un cochino. Raimon Karr escribió que la venta de los bienes comunales fue un desastre social.

Pero las ideas ilustradas, en aparente ostracismo, prepararon el camino al discurso socialista que dará la vuelta al de Gregorio de Salas y limpiará al campesino de la culpa que la Iglesia le arraigó.En palabras de José Raya Téllez el papel de la religión fue achacar los males del pueblo y su crónica penuria a un castigo de la cólera divina... en un descarado intento de desviar de la atención popular a los auténticos responsables de tanto abandono.

El joven bastardo escuchó de don Custodio Nata, líder socialista, que el lugareño sí tomó partido desde siempre: el del cacique o no entraría en la lotería de las peonadas, que nunca pudo salir de su ensimismamiento por lo alejado de los tajos y porque los lugares de convivencia -la plaza, la taberna y la Iglesia- estuvieron controlados por el bonete, el tricornio y los confidentes. El pueblo tampoco huía de la instrucción. Simplemente no sabía que era aquello. Le habían hurtado la dignidad, considerándole menos que súbdito: esclavo de la gleba.

Unpueblo -dijo Trigo- servil, aborregado, ignorante, venal e insolidario.

Para Ortega y Gasset, seres morazos, reblandecidos y sin arranque. Para José González soportaban en silencio el hambre con resignación musulmana.

Felipe Trigo, ya a la orilla de la neurastenia, por la codicia de hacer suyos los sufrimientos del mundo, escribió incrédulo antes del suicidio:

No es posible en modo alguno reunir a la mayoría de los individuos y condenarlos colectivamente a muerte por hambre general.

El nuevo y arriesgadísimo discurso anarquista que comenzó a escucharse en reuniones clandestinas y en reservados de taberna, hablará de ser compañero o ser esquirol y del hambre como recordatorio para los que la pasaron y como compromiso revolucionario para desterrarla del mundo.

El joven bastardo entró en contacto con la nueva pedagogía: el hambre no había que esconderla pudorosamente en cocinas sin leña y sin despensa como una deshonra pública: socializarla, sacarla a la calle, al cantón, enseñársela al vecino, ver el hambre del vecino y de sus hijos, y todas las hambres juntas para revindicar un pedazo de tierra y rendir, al tiempo, homenaje a generaciones cuyo sufrimiento no habría sido estéril. Pedagogía que constituyó un ataque frontal a la apología de la miseria del Papa Pío X. El pobre abrazaría sus carencias como la mejor inversión en la otra vida.

Sobre todo teniendo delante el ejemplo de Jesús redentor que pudiendo nacer en la opulencia, se hizo pobre para ennoblecer la indigencia y enriquecerla con méritos incomparables para el cielo.

Mucho pueblo compatibilizó su cristianismo ancestral con el nuevo socialismo y luchó por traducir a derechos la degradante caridad, convencido de que no había obra de misericordia comparable a la de ser compañero. De existir vida ultraterrena, el haber cumplido con los deberes laicos patrocinados por la Ilustración sería el mejor aval para pisar con éxito la colectiva y eterna dehesa horaciana.

Aquel discurso entendible, que pisaba la tierra, no habló ya de esta vida como valle de lágrimas ni del sufrimiento como expiación ni del infierno como eterno castigo.

El joven bastardo, acuciado por el terror que desde el púlpito despachaba el párroco don Dimas Sotero, preguntó a su abuelo por el infierno: si fuego de leña, de brezo o de petróleo. El abuelo contestó:

-Entiendo que el infierno es una sofocación de calor peremni.

Y a continuación tranquilizó al nieto asegurando que, de haberlo, estaría vacío.

Para impedir que la pérdida de fe en el eterno castigo pudiera desenfrenar hacía el placer a un pueblo degenerado en el miedo, Donoso Cortés dejó escrito que había en el deleite algo de maléfico y corrosivo, y en el sufrimiento algo de purificante y divino. Añadió: Por lo que hace al infierno, su existencia es de todo punto necesaria.

Y la pluma católica de Asensio explicó la pena de daño como un fuego material que, aún portando las mismas cualidades físicas, se mitigaba en el purgatorio por lo transitorio de la estancia.

Los socialistas dijeron que el infierno estaba en laidílica dehesa de don Pablo Cutiña, metáfora de una propiedad donosiana metafísica:

La tierra que nunca muere, no puede caer sino en la propiedad de una asociación religiosa o familiar que nunca pasa.

La dehesa como producción de paro, en serie, dentro de una economía extremeña esclava del sector primario, con un sector secundario y terciario raquíticos. Paro y hambre incorporados a la existencia como habitualidad, lenta consunción del organismo, turbiedad del cerebro y drástico acorte de los naturales años de vida: la dehesa.

Esa tierra, nunca roturada, no sólo fue una factoría de paro, también de langosta que respetaba la hierba en donde nacía pero que no dejaba un sólo grano, del escaso cereal, ni para las hormigas. La dehesa fue el vivero perfecto para que la langosta inyectase su bolsa de huevos que, al no ser la tierra volteada, no saldrían a la luz para secarse. J.Talbot, en su viaje por Extremadura, asistió al bíblico espectáculo de la plaga:

Forma una nube negra que oscurece los rayos de sol.

Pero el latifundio fue, sobre todo, una fábrica de calentura que dio a la región dos sobrenombres, hasta bien entrado el siglo XX: Cuba la Chica y la Manigüa: Meca del mosquito anofeles hembra que había encontrado suharem en las lagunas y charcas de agua llovediza recogida en hondonadas y desniveles del terreno. Los partes de muerte fueron partes de guerra y tan acuciante resultó atemperar aquella pandemia que el Gobierno de su Majestad envió a Extremadura un equipo de expertos. Año 1.901. Dictaminaron los doctores Francisco Huerta y Antonio Mendoza que el paludismo no remitiría mientras no se drenasen las charcas de aguas dormidas, pero se opuso el señorío porque constituían excelentes abrevaderos gratuitos y porque en los planes de la Providencia entraba que el anofeles hembra respetaría al caballo de raza, al perro de rehala, al toro bravo, al cerdo en montanera, a la oveja merina y a las alimañas que satisfacían deseos venatorios señoriales. El calenturiento se cebaba en los jornaleros, vaqueros y pastores, en los que dormían al raso vigilando las eras, en los que aún siendo noche se dirigían a los tajos, en los que vivían en chozos, chamizos o en casas sin cristales. En definitiva, en un altísimo porcentaje de la población que habiendo enfermado de cuartanas no tuvo acceso a la quinina.

El joven bastardo relata, en su Guía, entierros de niños y púberes en los que se cebó el calenturiento aliado con la desnutrición.

En esta tierra, más que en ninguna otra de Europa, muchos jornaleros fueron embriones palúdicos en el claustro materno, nacieron palúdicos, vivieron y murieron palúdicos sin haber disfrutado un solo día de salud.

Y trabajaron palúdicos en la siega que proporcionaba los salarios más sustanciosos del año agrícola. Acudían al zoco a vender su trabajo escondiendo las manos en los bolsillos o en las fajas para que el encargado de don Pablo Cutiña no descubriera el temblor, pero les denunciaba el color terroso del rostro, la mirada vidriosa y el amodorramiento. Con una temperatura corporal de cuarenta grados se introducían en el horno de la siega para en ocasiones asfixiarse con la guadaña en la mano, metáfora de una muerte que también hacía peonadas. Ponz los llamó sofocados. También murieron niños botijeros. El socialista Vidarte, recordando su infancia, escribió que en la Siberia Extremeña, en pleno siglo XX, los niños comían hierbas y hasta tierra para no morirse de hambre.

Penaron los niños yunteros de Miguel Hernández. Godoy había pedido para ellos pan y luces. Costa, despensa y escuela. Alberti se apiadó, la verdadera poesía es piedad, de los niños extremeños. Alguien les robó la ropa, los zapatos, la casa, el pan, la escuela y las estrellas.

Fue la dehesa.

Nuestros inefables vates no traspasaron la piel de la apariencia idílica y rumiaron un simulacro de armonía en un escenario alfombrado de tréboles, con maternales encinas, ovejas afanadas, validos recentales, vuelos de águilas culebreras, música de esquilón, seco ruido de la pólvora cinegética, ranas croando ampié de las charcas, chicharras sonajeando las eras y berreas de ciervos. Sonidos que embriagaban la vida cortijera de pureza roussoniana. Y amores pastoriles del cabrerillo con la zagalilla.

Este morir segando blasfemó en el verso del clérigo poeta cuando dijo que los extremeños vienena ser, por pereza, los indios de la nación. Pereza forzosa, le faltó añadir, ante un bien tan escaso como buscado con peligro de muerte. Como también peligró la vida cuando el jornalero perezoso, con una familia detrás, traspasó los alambres de espino para llenar un talego de bellotas y encontrar tantas veces un tiro.

Por las páginas de GUÍA DE BASTARDOS se suceden los belloteros muertos que terminaron por no ser ni noticia, pero el nuevo discurso los consideró mártires del campo y dignificó el santoral dándole la vuelta a las Bienaventuranzas, vigentes desde siglos, que estimularon la mansedumbre, la inanición, un ascetismo de bestias, la paciencia jobina, el no codiciar los bienes ajenos y permitir, sin mover una ceja, que unos pocos -en palabras de Pedro de Valencia- fuesen dueños de dehesas larguísimas y a la inmensa mayoría no le correspondiera ni un terrón. Este esclarecido extremeño, del siglo XVII, ya advirtió que semejante atropello a la razón, había destruido muchas Repúblicas y las seguiría destruyendo. Y premonizó nuestra guerra civil.

El bienaventurado los mansos porque ellos poseerían la tierra (de arriba), será sustituido por bienaventurados los bravos que luchen por un poco de tierra arable que les redimiría de la infamante consideración de haber muerto por quitarle a los cerdos un puñado de bellotas.

El joven bastardo asistió de la mano de su abuelo a los primeros gritos contra una dehesa de origen feudal y una libertad ilimitada para administrarla sin planteamiento alguno de utilidad social. Vivió el bastardo el cuarto de siglo escaso que sonrojó el orden de Donoso Cortés y de los inefables poetas terruñeros. Anarquistas, socialistas y comunistas coincidirán en un discurso, de titulares, para mentes fermentadas por el descanso forzoso, el hambre y el aguardiente que borraba días iguales, años y siglos calcados. Pero el horizonte de la dehesa se cubrió de nubes que presagiaron pólvora de tormenta:

La tierra para el que la trabaje.

Reforma agraria o muerte.

A desalambrar, a desalambrar.

Donoso Cortés escribió ya con el síndrome de Moscú:

La tierra, perpetua de suyo, no puede ser materia de apropiación para los vivos que pasan sino para esos muertos que siempre viven a través de la Iglesia o del apellido nobiliario.

Añadió que el socialismo era una teoría satánica.

El obispo de Coria se enfrentó a la nueva filosofía asegurando que el más completo programa socialista estaba contenido en las Obras de Misericordia.

El joven bastardo pisó la casa del Pueblo: una habitación para juntas, otra para café, y biblioteca-escuela con media docena de pupitres en donde se escribía por turnos. El que sabía leer lo hacía en voz alta para que los ignaros se enterasen de lo que ocurría al otro lado de la alambrada de espino. Juntos y discutiendo se enseñaron unos a otros y el entusiasmo se contagió en aquellas primeras aulas socialistas. Porque cuando al extremeño Bravo Murillo, ministro de Instrucción Pública, le solicitaron una escuela nocturna para obreros, respondió:

No en mis días. Aquí no necesitamos hombres que piensen sino bueyes que trabajen.

También dijo que el socialismo era una teoría política incompatible con el bien.

Pero la revolución fue ya imparable. Pablo Iglesias atemperó los odios de clase avisando que en las confrontaciones cruentas con la reacción siempre morirían más obreros por estar peor armados. Era necesario que el resentimiento de siglos no degenerase en revancha de vísceras dolidas sino en una peculiar expresión revolucionaria que no trasformara en venganza la extensa lista de agravios. Revolución a paso de buey para no malograrla. Paciencia y desandar el camino del individualismo agresivo hacía el compañerismo. Los despojados aprendieron rápidamente este nuevo catón.

Elia E.Eremburg, escritor que venía de los hielos moscovitas, escribió que la metáfora de la solidaridad en el mundo la representaron los jornaleros extremeños predispuestos, ya, a desprenderse de parte de su jornal en beneficio del compañero enfermo, con más familia o parado. Estas cajas de resistencia fueron la primera célula identitaria. La conciencia de pobre la curaron con la conciencia de clase maltratada que no buscó salir del maltrato con la ira desatada.

Dentro de la jornalería, los yunteros se diferenciaban de los braceros -cuyo único capital era la fuerza de sus brazos- por poseer un capital añadido: la yunta de mulas o de bueyes, de tal manera que si no había roturación pasaría hambre la familia del asalariado y la yunta. Este segmento del campesinado fue el más agresivo y tiró de la jornalería, pero en el cauce de la FNTT, sección rural del partido socialista. Los yunteros, atemperando su furia, reivindicaron la reforma agraria que la República prometió e incumplió durante el bienio negro de la Ceda: pausa para desmontar las reformas pergeñadas o llevadas a cabo en los primero años republicanos. Ya en el Parlamento el primitivo proyecto de Reforma Agraria fue desustanciado hasta lo irreconocible por los diputados que representaban la nobleza agraria. Y la montaña parió un ratón. No habría tierra para el campesino e incluso Gil Robles aconsejó a los propietarios no sembrar grano para meter en cintura al bracero revoltoso.

Hay algo aún más diabólico que el hambre y que, sobre el hambre, resulta demoledor: la burla, el detonante del episodio identitario más trascendental del pueblo extremeño. Y peculiar. Porque el estallido a siglos de represión fue organizado en un acto multitudinario que resumió tentativas individuales incontroladas.

Ya el fiscal extremeño Romualdo Hernández Serrano, hijo de yuntero, había informado a Madrid, en su Memoria anual, que el considerable número de sumarios incoados por invasión de fincas le producían dudas torturadoras, pero dictaminó que las ocupaciones deberían ser objeto de sobreseimiento atendiendo a las circunstancias eximentes de estado de necesidad o del ejercicio legítimo de un derecho.

El joven bastardo asistirá a los preparativos de lo que fue una epopeya homérica incruenta el día 25 de mayo del año 1.936, recogida por Malefakis y por lostratadistas de fenómenos revolucionarios del campo que analizaron este suceso como detonante del golpe militar de Julio.

De setenta o ochenta mil yunteros madrugaron una bella mañana primaveral y con sus animales se dirigieron a los trozos de tierra asignados por su Federación en cada término. Aquella descomunal romería alternaba la Internacional, para fortalecer el ánimo, con cantos de siega y coplas. Las filas se desflecaban por veredas y cañadas hasta dar cada yunta con la tierra prometida. Losyunteros no la tomaran como rapiña sino en estado de necesidad: arar o morir. Entraron en las dehesas y en tensa espera comenzaron a arar. Tensa porque llegaron noticias de que Azaña movilizaría el ejército para restaurar el orden, pero le informaron que los campesinos estaban firmes, resueltos y organizados en un compañerismo que les retroalimentaba. La suerte de un yuntero sería la de todos. Desalojarles supondría un baño de sangre. Azaña, un hombre de bien, legalizó las ocupaciones.

El periódico Claridad editorializó:

Cuando los eruditos dela historia anden buscando el hecho que señaló el gran hito de la historia de España, algún dedo caerá, ciertamente, sobre nuestra Extremadura, la región en la cual se ha verificado la primera ocupación de tierras de forma multitudinaria.

El bastardo hizo memoria, arregló cuentas con su padre y definitivamente perdió su apellido. Pero encontró la filiación en aquellos héroes sin nombre que no abandonaron su tierra para arrebatársela a los caciques precolombinos sino que lucharon contra sus caciques interiores en un intento de que Extremadura dejara de ser estrecha. Poco importó que esta batalla se perdiera. Enella se incubó el germen de nuestra identidad: soportar hasta lo indecible en la desunión o, unidos, ser capaces de la utopía. Otros pueblos encontraron su hecho diferenciador diciendo yo soy más que tú. El extremeño lo buscó en la frase de Pedro Crespo: nadie es mas que nadie. Y este aserto lapidario lo vivió en aquella reivindicación que ya es historia.

Esta memoria de un bastardo que buscó su apellido, metido hasta el mentón en la cloaca de su tiempo, es hoy extrapolable a escenarios de economías esclavas y diaria hecatombe de niños por desnutrición y malaria. Y tantos seres que buscan en la patera y el cayunco una filiación humana.

Vivimos días de globalización, y alguien debería señalar que en universalidad somos pioneros. Ya en la hazaña de Indias, imperial y católica, cometimos todos los excesos del hombre que se animaliza: codicia, impudicia y muerte, pero a diferencia de otros pueblos no caímos en el puro genocidio sino que sumamos sangres. Y en siglos de absoluta obsesión de limpieza racial, los extremeños impusimos en Indias la universalidad del mestizaje.

Ha de ser un mestizo, César Vallejo, César visionario, espectador de aquella épica yuntera, quien nos soñará como seres que, con la mancera, habíamos venido al mundo para ararlo. Y para que la tierra dejara de ser bastarda.

Extremeño, ¡oh, no ser aún ese hombre

por el que te mató la vida y te parió la muerte

y quedarse tan sólo a verte así, desde este lobo,

como sigues arando en nuestros pechos!

¡Extremeño acodado, representando al alma ensu retiro,

acodado a mirar

el caber de una vida en una muerte!

¡Extremeño, y no haber tierra que hubiere

el peso de tu arado, ni más mundo

que el color de tu yugo entre dos épocas; nohaber orden de tus póstumos ganados!

¡Extremeño, déjame

verte desde este lobo, padecer,

pelear por todos y pelear

para que el individuo sea un hombre

para que los señores sean hombres

para que todo el mundo sea un hombre, y para

que hasta los animales sean hombres:

el caballo, un hombre,

el reptil, un hombre, el buitre un hombre

honesto,

mosca un hombre y el olivo un hombre

y hasta el ribazo, un hombre

y el mismísimo cielo, todo un hombrecito.

 
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