Son muchas las interrogantes que se abren, para el futuro cercano de nuestro país, con los resultados de las pasadas elecciones generales del 9 de marzo a la vista. El PSOE y su candidato José Luís Rodríguez Zapatero revalidan su mayoría relativa, acercándose a la mayoría absoluta, pero a costa de sus mejores aliados parlamentarios, IU y ERC, cuyos electorados ha fagocitado gracias a sus políticas más decididamente progresistas (retirada de Iraq, matrimonio gay, leyes de Dependencia, Igualdad y Memoria Histórica, lucha contra el cambio climático,...) y, sobre todo, gracias al pánico que en buena parte de la ciudadanía despierta un posible retorno al poder de un Partido Popular delirantemente escorado, desde el segundo mandato de Aznar, hacia la más extrema de las derechas. Ambos factores han "fidelizado" el voto de esa izquierda que el sociólogo César Molina bautizó como "volátil": votantes ideológicamente a la izquierda o muy a la izquierda del PSOE, habitualmente abstencionistas o votantes de las citadas u otras formaciones minoritarias, cuyo número y poder para cambiar las tornas electorales quedó desvelado el 14 de marzo de 2004.
Es cierto que esos votantes, horrorizados ante la complicidad en la colonización de Iraq o la manipulación partidista del terrorismo etarra e islamista, han rebajado el listón de sus exigencias y han decidido seguir votando a un PSOE que ha sido, en la pasada legislatura, tan valiente en política internacional, organización territorial del Estado o derechos civiles como pacato y dubitativo en materia económica y laboral. Pero también es cierto que el PSOE de Zapatero en 2008 no es, ni de lejos, el PSOE que en los 80 echó a España en brazos de la OTAN y en los 90 la empujo al más estricto neoliberalismo económico y la enfangó de corrupción. Y este PSOE asume, por verídica convicción política, por interes electoral o por ambas cosas a la vez, que bajo ningún concepto puede permitirse una nueva ruptura, como la que en su momento supuso el referéndum de la OTAN, con el espacio ideológico y los tres millones de votantes que tiene a su izquierda, tras el laborioso acercamiento que comenzó a fraguarse, bajo la oscura y deprimente sombra del aznarismo, durante las protestas contra la LOU, el Prestige, la guerra de Iraq,...
La relación de esta "izquierda volátil" con el PSOE es ahora, más aún que el pacto que Zapatero pueda establecer con nacionalistas vascos o catalanes en las Cortes, la clave de bóveda de la gobernabilidad de España. Hasta ahora han bastado las barbaridades del PP sobre la conspiración del 11-M, la rendición del Estado ante ETA o la inmigración (entre otras muchas) para garantizar la movilización electoral de las izquierdas y su confluencia en el PSOE, pero Zapatero no puede confiar en que Jiménez Losantos, Rouco Varela, Alcaraz y Arias Cañete le presten siempre este utilísimo servicio. Si se gobierna con los votos de la izquierda, no basta con servir de freno a la derecha: hay que hacer políticas de izquierdas.
En este sentido, quisiera centrarme en tres asuntos esenciales. En primer lugar, la política económica y laboral. No hay lugar para más políticas tibias en materia de precariedad y siniestralidad laboral, especulación urbanística, fraude y corrupción... Hay que romper amarras definitivamente con el neoliberalismo y devolver al Estado un papel   decisivo en la vida económica del país, favoreciendo la economía productiva y el empleo de calidad y penalizando la actividad económica antisocial. Una política de izquierdas es siempre, esencialmente y en origen, una política de reparto de la riqueza y defensa de los derechos del trabajo frente al capital.
También, una política de paz. La catastrófica situación de ETA y las grietas irreparables en la casa abertzale (producto en buena medida de la excelente gestión del proceso por parte de Zapatero, y que se agravan con acciones como el repugnante asesinato del militante socialista Isaías Carrasco) anuncian un acelerado declive etarra que, más temprano que tarde, hará necesaria una mesa sobre la que firmar el final del terrorismo. Sólo que esta vez, gracias a lo avanzado en la legislatura anterior, ETA acudirá a negociar con expectativas mucho más humildes y sin billete de vuelta a la violencia en el bolsillo.
Y, por último, una política de izquierdas es también una política decidida en el combate contra la destrucción del medio natural y un compromiso incondicional con el desarrollo sostenible y responsable. La Estrategia Nacional contra el Cambio Climático es un correcto primer paso al que deben seguir una homologación plena con los criterios de Kyoto y un calendario firme y rápido de cierre de centrales nucleares (hablando desde Extremadura, este desafío de la sostenibilidad tienen nombres propios: refinería de Tierra de Barros, complejo residencial de Valdecañas o central nuclear de Almaraz. ¿Será esta la legislatura en que el PSOE extremeño corrija al fin su errático rumbo en materia medioambiental, que tan grave y dolorosamente desmerece sus excelentes políticas en otros aspectos, como derechos sociales, igualdad o innovación tecnológica? Esperemos que sí.)
En estas tres cuestiones, y en algunas otras, como la lucha contra el terrorismo machista, la profundización en la laicidad de las instituciones y la independencia de la política exterior, será donde cientos de miles de votantes de izquierdas independientes y críticos demandaremos solidez, coherencia y valor al presidente Zapatero. Porque es exactamente eso, una legislatura decidida e inequívocamente de izquierdas, lo que hemos votado, y lo que infatigablemente exigiremos, cada día de los próximos cuatro años, por todos los medios a nuestro alcance como ciudadanía democrática.
Jónatham F. Moriche, 18 de marzo de 2008
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[Este artículo se publicará en el nº 42 (marzo de 2008) de La Crónica del Ambroz, versión digital disponible en http://www.radiohervas.es]