De entrada este gobierno y su partido aceptan sin rechistar el capitalismo a lo bestia: el euríbor, la banca, la Bolsa, la privatización paulatina de ciertas autonomías de todo lo que se pone por delante, los impuestos, el dinero fiduciario como motor... Y no sólo lo aceptan, sino que le siguen el juego al espíritu privatizador suprimiendo el impuesto del patrimonio, poniendo parches aquí y allá... Y todo, para seguir alardeando de socialdemocracia. Aceptan la monarquía contra la que estamos; aceptan la Constitución y la ley d'Hont contra las que estamos; no promueven el federalismo que estuvo en su día en su agenda... Todo lo que detestamos, lo degustan o lo soportan partido y gobierno, y terminarán paladeándolo... El detalle “insignificante” a que me refiero al principio es que prácticamente todos los medios: cadenas de televisión y radio, y periódicos son privados que arriman el ascua a la sardina privatista. Pero los que quedan públicos, llevan camino de abrazar el mismo discurso e ideología que los privados. De momento condescienden, pastelean y poco a poco se van dejando infectar por el virus privatizador y derechista, y vienen a decir "bueno, tampoco es para ponernos así. Si estos chicos y aquellos arzobispos dicen todo eso y reducen todo a fincas privadas suyas, tampoco está tan mal. Lo que tenemos que hacer es aprestarnos nosotros a hacer tres cuartos de lo mismo. Al fin y al cabo la izquierda “real”, la izquierda “pura”, se reduce a una cifra apenas testimonial: no llega ni al millón en medio de 22 millones de votantes”...
  En realidad todo el poder económico, espiritual, financiero, bancario y lógicamente empresarial, en un pedazo de capitalismo como éste está en manos de la derecha social y económica. Así es que lo lógico también es que el discurso que asoma a la luz sea congruente con esa realidad. Los que se resisten un poco y débilmente, acaban por claudicar. A fin de cuentas están bien situados, y para qué resistirse la violada al violador fornido: ¿no será mejor abrirse de piernas y que actúe? Al menos se librará de eventuales desgarros genitales.
  Y lo cierto es que yo, personalmente, también empiezo a dudar. Entre que la izquierda verdadera está no ya dividida sino fragmentada, pulverizada, atomizada hasta la náusea; que estoy, en lo económico, más que bien estupendamente; y que todas las fuerzas visibles e invisibles van en la dirección contraria a la mía y a la de esa izquierda que no acaba de constituirse en una fuerza robusta y eficaz, ¿qué pinto yo en medio de esta barahúnda, de esta falsía, de esta jaula de grillos donde la izquierda moral que no abandono desde mi juventud, no hace más que dar palos de ciego y aullar pero no ya no dar un paso más en inteligencia colectiva, sino que retroce, que cede y que actúa sin la inteligencia de grupo que el grupo necesita? ¿A dónde me conduce mi esfuerzo en un entorno social: parroquias, colegios, empresas, cafeterías, parques, policías.. donde todos son de la misma cuerda aunque no lleguen a fin de mes o se mueran de desamparo? 
  En consecuencia,  además de las dos anteriores, no puedo evitar hacerme la siguiente batería de preguntas:
  ¿no haría mejor abandonando la batalla?
  ¿a qué viene mantener yo esta lucha en minoría flagrante y en medio de una alta tensión incluso con quienes comparten mi sensibilidad y mis ideas?
  ¿no sería mejor asimilar que el grupo es tan pequeño e ineficaz que acaba siendo absurdo? ¿qué hace un razonador clásico ante tanto navajero dialéctico, inconsciente, panzista, conformista?
  ¿no es posible seguir el camino de personal "realización" partiendo de la idea de que uno o una no puede estar al unísono más que con uno mismo, y que a fin y al cabo también puede seguir la edificación de su pensar ideando que somos también –cada uno por separado- un grupo constituido por grupos que son millones de células que “piensan” y sienten todas lo mismo?
  ¿no deberemos seguir el drama existencial como si fuésemos los rebeldes los únicos humanos sobre la Vida?
  Lo que estoy a punto de hacer, ante el tenebroso panorama que se me ofrece a la vista, es zanjar de una vez por todas este asunto diciendo para mis adentros: que les den a todos, me acojo a la enseñanza  que Epicuro daba a sus alumnos en  la Academia : "si queréis ser razonablemente dichosos, jamás prestéis atención a la política".