Obviamente, el impresionante éxito de versión en technicolor de Las minas del rey Salomón (¿Salomón? ¿Porqué Salomón?, pues porque los pioneros colonialistas no concebían que las evidencias de pasados históricamente brillantes en África únicamente podría explicarse por la inserción  en el continente de avanzadas del mundo griego, bíblico o romano), provocó un alud de películas de “safaris” a lo largo de la década, algunas de ellas de primer orden, otras más bien de serie B, un criterio que a veces resulta difícil de aplicar como por ejemplo en el caso de Tanganika (USA, 1954), de la que el autor de estas líneas mantiene muy buen recuerdo pero que no ha podido  volver a revisar. Estaba dirigida por un cineasta de fuste, el húngaro André de Toth entre dos “westerns” con Randolph Scott, y en el reparto coincidían Van Heflin, Ruth Roman, Howard Duft y Jeff Morrow, y sin duda fue una de safari realizada con el vigor y el oficio propio del realizador tuerto..
      También me dejaron buen recuerdo de títulos para la Ealing como los no menos olvidados como Buitres en la selva (Where No Voltures Fly”, 1950), y Al oeste de Zanzíbar (1954), con el galán Anthony Steel de protagonista de las dos que fueron obras de Harry Watt  (Edimburgo, 1906), que había sido asistente de Robert Flaherty, y que luego realizó diversos números para March of Time, así como varios documentales muy reputados, y que en sus largometrajes “exaltó el espíritu de aventuras en países lejanos”, siendo sin duda su obra principal su “opera prima”, The Overlanders (1946), una especie de “western” australiano que hemos podido ver en alguna sobremesa del sábado en TV. En un grado inferior se encuentra Zanzíbar (Mozambique, Robert Lynn, RFA-Sudáfrica, 1964),  una más de "safaris" que por lo menos cuenta con dos actores de cierta entidad como Steve Cochran e      Hildegad Kmeff,
        Otro producto típico del cine de “safaris” sería El valle de las mil colinas (Not the moon by night), otra producción británica (1958, Kenn Annakin) rodada en bellos escenarios naturales (el Parque Krüger, en Sudáfrica). Se centra en las vicisitudes del animoso responsable de la reserva (Patrick McGoohan),  tan preocupado en la salvaguarda de los animales  que hasta llega a descuidar a su “novia” por correspondencia (la malograda Belinda Lee que haría una carrera en Italia, en particular en el “peplum”). Ésta ha estado los últimos años cuidando a su madre enferma, y anhela vivir plenamente. En ausencia del chico, la atiende el hermano de éste (Michael Craigh). Se trata de un guión muy flojo –basado en una novela, cabe suponer que barata-, y cuyo principal atractivo es obviamente el despliegue de la  abundante fauna, así como las danzas nativas, destinadas también a subrayar la necesidad erótica. Al final, chico que ha perdido chica encuentra otra chica (la hija del malo), y chica que ha perdido      con la que ha mantenido una correspondencia y que ahora ha ido a verlo, lo que provoca su disputa por parte de otro cazador (el televisivo Patrick McGoohan), una trama que en ningún momento “casa” con la magnificencia de la fauna y la flora (Filmax ha editado en vídeo). El prolífico Kenn Annakin (1914), mostró una cierta predilección por la comedia (Aquellos chalados en sus locos cacharros), y por el cine de aventuras (Los robinsones de los mares del sur, para la Disney), realizó algunos títulos “africanos” como Hotel Sahara (1951), una comedia contextualizada en la Segunda Guerra Mundial con una trama al servicio de sus populares protagonistas:  la hermosa “árabe” no era otra que Ivonne de Carlo y Peter Ustinov aprendía las dificultades de regir un harem. Annakin también  The Hellions (1961), rodada en Sudáfrica pero que no ha llegado aquí.  
    A anotar también Odongo (GB, 1956), de John Gilling, un director mediocre que tiene algún título reconocido del “fantástico”, cuenta, con  la ayuda de un grupo de actores encabezados por la flamante rubia de tantos “westerns” Rhonda Fleming, más el estólido MacDonald Carey, un tal Juma (un émulo africano de Sabu), Eleonor Sumerfield, Fracisc Wolf, y el actor africano Earl Cameron, la historia de Steve Stratton, un cazador profesional que se dedica a proveer de fieras a los zoos europeos, acoge con evidente desagrado la llegada de la doctora Pamela Muir, que ha venido a sustituir al veterinario del parque, hace la vida imposible a la doctora, pero ella no se desanima fácilmente. Enseguida traba amistad con Odongo, un niño indígena que ha crecido en la selva, y trata por todos los medios de liberar a los animales cautivos. Siguiendo con sus planes contra Pamela Stratton organiza un safari por la selva. La joven no supera todos los peligros y las dificultades del terreno y Stratton se ve obligado a salvarle la vida en dos ocasiones. 
      El prolífico e irregular George Marshall (1891-1975), que dirigió desde 1915 hasta 1970 cerca de 150 películas, algunas de ellas (comedías, “westerns”), ciertamente memorables. Entras estas últimas no se cuentan dos “expediciones” africanas coproducidas entre Gran Bretaña y los Estados Unidos, en la mitad de los años cincuenta. La primera es un –según recuerdo-  entretenido “thriller” cuya trama tiene como trasfondo el mundo del “safari”, Duelo en la jungla (Duel in the jungle, 1954), y que cuenta con un notable reparto compuesto por Dana Andrews, Jeanne Crain, David Farrar, George Colouris, Mary Merral y Wlfred Hyde-White. La segunda, Más allá de Mombasa (“Beyond Mombasa”, 1956), que cuenta con no pocas similitudes, incluyendo las transparencias con numerosas escenas de animales salvajes, que era lo que más le apetecía al público. En este caso el reparto lo componen Cornel Wilde, Donna Reed, Leo Genn,  Ron Randell, y Christopher Lee a punto de encarnar Drácula. Lo más original que se recuerda es que el “malo” es Genn, convertido en un  misionero fanático que acaba provocando una serie de desastres, en tanto que el chico (Wilde), que en un principio es simplemente un cínico aventurero al que solo le importa la herencia de su hermano fallecido, termina abanderando la lucha final, y logrando el amor de Donna Reed, una científica muy interesada por los nativos y por los animales. Una historia tópica pero que permite más de una interpretación. Años después, Wilde regresaría a África para dirigir sus mejor película: La presa desnuda.
  En no poca medida, Los asesinos del Kilimanjaro (Killers of kilimanjaro, Gran Bretaña, 1959) resulta un claro exponente del declive del cine de aventuras clásico considerando que tanto su autor como su protagonista habían colaborado apenas unos antes en algunos de los títulos más emblemáticos del género como Ivanhoe. Su productora, la Warrick, aliada a la Columbia, fue también responsables de otras excursiones en el género con Víctor Mature como Safari, y que solo se diferencian de las coproducciones animadas desde Italia -e igualmente protagonizadas por actores de Hollywood en declive--en que transcurren en escenarios coloniales a los que Hollywood había convertido en legendarios, como es el caso de la India o de África subsahariana. El pretexto argumental tiene ahora un sentido más "constructivo": Adamsen (Taylor), es un ingeniero que llega a Mombasa con la finalidad  de continuar las obras de construcción del ferrocarril en la región, paralizadas por la desaparición de los dos ingenieros que le habían precedido en el trabajo, uno de cuales es el padre de la protagonista, Jane (Anne Aubrey), y su actitud es la de un defensor del progreso en contra de los tribalismos y las supersticiones. Nada digno de recordar para una película en la que el público busca sobre todo disfrutar con los escenarios naturales --bien elegidos y fotografiados--, y el consiguiente despliegue de la fauna salvaje. Todo transcurre tan atonalmente que se trata de una de esas películas que hasta los espectadores mejor dotados de memoria no recuerdan muy bien si la han visto o no, quizás también porque todo resulta además muy trillado, como las "gracias" de Anthony Newley, un actor que posiblemente será más recordado por haber sido marido de Joan Collins. Como el proceso de independencia había hecho muy susceptible a las nuevas autoridades nativas, los "malos" de la función no pertenecen a la tribu nabush, sino de una compañía rival que quiere usar el tren para el transporte de esclavos y cuenta para ello con la ayuda de un árabe nada escrupuloso, el jeque Ben Ahmed (el experto Gregoire Aslan). Un detalle en nada banal y que ofrece un síntoma de la evolución  en el maniqueísmo tradicional de Hollywood.
          Años más tarde, el cine europeo produjo algunos títulos más o menos pintorescos popularmente, entre ellos dos protagonizados por la exuberante Ursula Andress ambos con los diamantes como pretexto argumental, tales son, la coproducción italogermana África Express (1978), donde estuvo acompañada por Guiliano Gemma y el gran Jack Palance y que  transcurre en escenarios sudafricanos desproblematizados y la más ambiciosa La Estrella del Sur (Gran Bretaña-Francia, 1968), una relativamente agradable adaptación de una novela de Julio Verne dirigida por un poco inspirado Sidney Hayers que cuenta las vicisitudes de dos picarones (George Segal y Johnny Sekka), que, tras innumerables dificultades típicas en la selva, consiguen burlar a un poderosos terrateniente (Harry Andrews), y enfrentar a un refinado bandido (Orson Welles) con un corrupto policía (Ian Hendry). A detallar que para escapar, Segal no duda en provocar un pavoroso incendio, y que al final, el preciado diamante se lo lleva un avestruz que acaba disolviéndose en una manada.
      Hoy ya nadie se acuerda de la coproducción italoespañola con pretensiones de serie A: El rey de África (1967), que fue dirigida por el luego productor Sandy Howard, y que trató de aprovechar el "tirón" popular del entonces famoso "Bronco", Ty Hardin. Rodada en el Krüger Park de Sudáfrica, cuenta una trillada y forzada trama provocada una vez más por unos yacimientos de diamantes, un pretexto argumental sobre el que se podía efectuar un largo listado de títulos, normalmente irrelevantes. Fue una de las últimas películas en las que aparecieron Pier Angelí y George Sanders, quienes se suicidarían no mucho después por motivos diferentes, ella por una depresión, él por un cáncer terminal. El reparto está complementado por Rossano Brazzi y un grupo de actores hispanos. 
    La lista es mucho más amplia, pero he citado estos títulos representativos que no había citado en otros artículos sobre el cine de aventuras coloniales en el “continente negro”, y con las que, aparte de gozar con el poder de fascinación de paisajes y animales  que estaban siendo exterminados, sufrimos de una educación basada en la idea de la hegemonía blanca. Una idea que nos empezamos a cuestionar en la década siguiente, en los años sesenta, con la emergencia de los movimientos de liberación. Movimientos con los que el cine ya no fue tan generoso. Ni mucho menos.