A mi hermano Peluncho, que acaba de cumplir 60 años, y que siempre usó su mayorazgo (entre otras cosas) para brindarme su fuente inagotable de cultura. A él le debo buena parte de lo que he escrito. Este ensayo, de aparición reciente en lengua española (abril de 2007) configura un ambicioso proyecto de investigación, intentando aportar al viejo y no saldado debate respecto a las compatiblidades (ideológicas y filosóficas) entre el psicoanálisis y el marxismo.
El trabajo (también de reciente aparición en la lengua original del autor, ya que la edición francesa data del 2004) se apoya en una frondosa documentación, alguna ya conocida para los iniciados en el tema, y mucha inédita, especialmente, la correspondencia privada de la familia de León Trotsky.
La obra tiende a sugerir la siguiente hipótesis: El gran revolucionario fue siempre el representante de los próceres del marxismo más abierto y más permeable al psicoanálisis. No obstante, tal apertura mental (que por otra parte Trotsky también tenía respecto a las artes y a la ciencia en general), se cerraba, en cuanto el aporte de Freud y sus discípulos no entrara en los cánones del materialismo dialéctico.
Asimismo, también se cerraba cuando se trataba de abordar el problema desde las posibilidades del psicoanálisis como herramienta terapéutica. Esta dificultad de Trotsky adquirió su punto máximo (según la argumentación volcada por Chemouni) ante la gravísima enfermedad de su hija Zina, que culminara en su suicidio.
Una primera cuestión que corresponde despejar es si Trotsky, con su apertura hacia el psicoanálisis, fue un hereje del bolchevismo. El autor francés deja planteada esta posibilidad como certeza, al sugerir que el stalinismo fue, en este punto, una continuidad del pensamiento de Lenin.
Nada más falso. Como sucede con las artes (la literatura, la pintura, el teatro, la danza, etc.), y otras ciencias, el psicoanálisis gozó de un auge extraordinario en los primeros años de la revolución, en plena vida y rol de dirección de Lenin. Que éste no prestara mayor atención al mismo (como a muchas otras disciplinas) no significaba que lo desautorizara, sino que, completamente concentrado en la tarea de dirección política de la construcción revolucionaria, prescindía de esa preocupación.
Chemouni no puede aportar una sola cita de Lenin denostando al psicoanálisis.
Es impensable que si Lenin hubiera apreciado un papel contrarrevolucionario en las concepciones de Freud y sus seguidores no lo hubiera expresado explícitamente, especialmente en los primeros años de la revolución, atento a su extraordinario auge emergente de las libertades democráticas conquistadas.
El padre de la revolución rusa era especialmente cuidadoso respecto a opinar de lo que no dominaba. Tenía un dicho, "zapatero a tus zapatos", que usaba como recomendación para lo que él llamaba "bolchevique fanfarrón", en el sentido de criticar el acto de petulancia de aquellos "marxistas" que suponían que por ser tales, podían tener una respuesta acabada de toda manifestación del quehacer humano.
Chemouni nos pinta un Lenin mojigato, ajeno a toda cuestión que excediera a la construcción del Estado Obrero. Se vale para esto de una unilateralización de esa gran virtud del principal dirigente de la revolución rusa, cual era su capacidad para concentrar sus esfuerzos y energías en orden a una agenda correcta de prioridades.
En este afán por mostrar que el stalinismo tiene sus raíces en el leninismo, el autor cita incorrectamente un texto célebre de Vladimir Ilich, extraído del artículo "La Moral de los comunistas": en un contexto de advertencia al desenfreno sexual de la juventud, le hace decir a Lenin: "Aunque no soy nada menos que un triste asceta", cuando el texto original en realidad dice: "Aunque no creo ser para nada un asceta". No podemos saber si la falsificación es un error de traducción o bien una mala copia de otro autor. Pero nos importa detenernos en este concepto, ya que las advertencias del maestro de Trotsky jamás defendieron el ascetismo sexual, siendo al menos benevolente con las ideas en favor del amor libre desarrolladas por Alexandra Kollantai.
El hecho que (en contraste con Trotsky, por ejemplo), Lenin se mantuviera durante toda su vida en una ordenada relación de pareja con la misma mujer, o que no haya tenido hijos, responde seguramente a una elección conciente. No obstante, últimas investigaciones de la correspondencia privada de Vladimir Ilich, darían cuenta también de un intensa relación de amante con una camarada.
El proceso liquidacionista contra el psicoanálisis en Rusia (como supuesta expresión del individualismo burgués) es completamente contemporáneo y funcional a la reacción termidoriana stalinista. Coincide con una visión sectaria, dogmática y escolástica del marxismo, más construida por las necesidades de la camarilla burocrática que por convicciones ideológicas y/o políticas. El stalinismo combatió y combate al psicoanálisis no por sus limitaciones, sino por las posibilidades que brinda al individuo en favor de la liberación de su subjetividad. Con la misma vara combatió y combate, no sólo a la oposición política, sino a las manifestaciones más avanzadas del arte, a los homosexuales, o a todo grupo religioso que pueda vehiculizar, aún deformadamente, el descontento y la rebelión popular contra la opresión.
Tuve oportunidad de leer una obra "Contra el Psicoanálisis", del Dr. Imhoff (psiquiatra rosarino), fiel seguidor de aquel stalinismo termidoriano, en clave maoísta. En su trabajo, el dirigente del Partido Comunista Revolucionario de Argentina profesa un culto al materialismo mecanicista, descontextualizando tanto las citas de los clásicos del marxismo, como las de Freud, para demostrar la incompatibilidad del “idealismo filosófico del psicoanálisis” con el marxismo.
El error esencial de estos planteos descalificadores estriba en no comprender que la historia del sujeto individual es materia, dialécticamente abordada por el psicoanálisis como recurso terapéutico.
Pretender del psicoanálisis que sea una cosmovisión del mundo es tan erróneo como considerar a la militancia revolucionaria como recurso terapéutico.
Tan erróneo como juzgar las indudables conquistas que introdujo la obra freudiana (y de sus seguidores), como un todo absoluto, como un dogma imposible de disecar, incluida la historia personal de sus autores. Para las ciencias de la salud en general, y para la Psicologia en particular, los aportes esenciales del Psicoanálisis (lugar del inconsciente en la conducta del sujeto, interpretación de los sueños, comprensión de diversos mecanismos como la sublimación, la negación, la represión, etc.), configuran mojones fundamentales, que no pueden ser negados en nombre del "idealismo freudiano, adaptativo al orden burgués".
Por otra parte, es el mismo Freud el que, en su grado limitado de investigación, pronostica que algún día también se encontrará el anclaje somático del alma, es decir, el sustento material de aquello que hoy nombramos en clave idealista por nuestras propias limitaciones.
Jacquy Chemouni recoge este aspecto en todo un capítulo, entitulado precisamente "El materialismo de Freud".
Uno de los extraordinarios aportes de León Trotsky al marxismo fue, justamente, su ambición por combinar la lucha política por la revolución proletaria con una visión holística del mundo y de la vida, que permitiera incluir las conquistas adquiridas y por venir de la humanidad en el camino de construcción del socialismo.
Dos textos que reproducimos a continuación (notablemente, no tomados completamente por la obra de Chemouni) así lo demuestran:
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“En 1869, Mendeleyev,(1) sobre la base de sus investigaciones y reflexiones acerca del peso atómico estableció su Ley Periódica de los Elementos. Al peso atómico, como criterio más estable, Mendeleyev ligó una serie de otras propiedades y características, arregló los elementos en un orden definido y entonces, a través de este orden, reveló la existencia de cierto desorden, a saber, la ausencia de ciertos elementos. Estos elementos desconocidos o unidades químicas, como las denominó en cierta ocasión Mendeleyev, dea cuerdo con la lógica de esta “Ley” deberían ocupar lugares específicos vacíos en ese orden. A esta altura, con el gesto autoritario de un investigador que confía en sí mismo, golpeó a una de las puertas de la naturaleza hasta ahora cerrada, y desde adentro una voz respondió: “ ¡Presente!”. En efecto, tres voces respondieron simultáneamente, pues en los lugares indicados por Mendeleyev se descubrieron tres nuevos elementos denominados posteriormente, galio, escandio y germanio.
Mendeleyev atacó desdeñosamente más de una vez a la dialéctica. Por esto entendía no la dialéctica de Hegel o de Marx, sino el arte superficial de jugar con las ideas, que es mitad sofisma, mitad escolasticismo. La dialéctica científica abraza los métodos generales del pensamiento que reflejan las leyes del desarrollo. Una de esas leyes es el cambio de la cantidad en calidad. La química está profundamente empapada en esta ley. Toda la Ley Periódica de Mendeleyev está construida enteramente sobre ella, al deducir diferencias cualitativas en los elementos de diferencias cuantitativas en los pesos atómicos. Engels valorizó el descubrimiento de nuevos elementos por Mendeleyev precisamente desde este punto de vista. En su ensayo, “El carácter General de la Dialéctica como Ciencia”, Engels escribió: “Mendeleyev mostró que en una serie de elementos relacionados ordenados según sus pesos atómicos hay varias lagunas que indicaban la existencia de otros elementos no descubiertos hasta aquí. Describió con antelación las propiedades químicas generales de cada uno de estos elementos desconocidos y predijo aproximadamente sus pesos relativo y atómico, y su lugar atómico. Mendeleyev, aplicando inconscientemente la ley hegeliana de la conversión de la cantidad en calidad, realizó un hecho científico que puede colocarse por su audacia junto al descubrimiento del planeta desconocido Neptuno por Leverrier calculando su órbita.”
“La lógica de la Ley Periódica, aunque modificada posteriormente, se demostró más poderosa que los límites conservadores entre los cuales trató de encerrarla su creador.
El parentesco de los elementos y su metamorfosis mutua pueden considerarse como comprobados empíricamente desde el momento en que con ayuda de los elementos radiactivos se hizo posible dividir el átomo en sus componentes. ¡En la Ley Periódica de Mendeleyev, en la química de los elementos radiactivos, la dialéctica celebra su propia y más resonante victoria!”
“No obstante sus verbales concesiones al agnosticismo (“esencia incognoscible”) Mendeleyev es inconscientemente un dialéctico materialista en sus métodos y en sus altas realizaciones en la esfera de la ciencia natural, especialmente en la química. Pero su materialismo se nos aparece como encastillado tras una coraza conservadora que protegía su pensamiento científico contra conflictos demasiado agudos con la ideología oficial. Esto no quiere decir que Mendeleyev creó artificialmente una cubierta conservadora para sus métodos; se hallaba él mismo suficientemente atado a la ideología oficial y por lo tanto sentía indudablemente una aprensión íntima a mellar el filo de navaja del materialismo dialéctico”
(“La Filosofía de Mendeleyev” reproducido por Ediciones “El Yunque” en su edición de “Literatura y Revolución)
(1) Dimitri Ivanovich Mendeleyev (1834-1907): Químico ruso, célebre por su tabla de elementos periódicos, políticamente hostil a la revolución y afín al zarismo
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“La crítica marxista de la ciencia debe permanecer, no sólo vigilante, sino también prudente, so pena de degenerar en un verdadero sicofantismo (1), en una famusovchina (2). Tomemos por ejemplo la psicología. El estudio de los reflejos de Pavlov se sitúa íntegramente en la vía del materialismo dialéctico, derribando definitivamente el muro que existía entre la fisiología y la psicología. El más simple reflejo es fisiológico, pero el sistema de los reflejos da la “conciencia”. La acumulación de la cantidad fisiológica da una nueva calidad “psicológica”. El método de la escuela de Pavlov es experimental y minucioso. La generalización se conquista paso a paso: desde la saliva del perro hasta la poesía (es decir, hasta la mecánica psíquica de ésta, no su tenor social), aunque las vías hacia la poesía no se vislumbren aún.
La escuela del psicoanalista vienés Freud aborda la cuestión de una manera distinta. Ante todo, parte de la consideración de que las fuerzas motrices de los proceso psíquicos más complejos y más delicados resultan ser necesidades fisiológicas. En este sentido general, esta escuela es materialista, si se prescinde de la cuestión de saber si no da un lugar demasiado importante al factor sexual, en detrimento de los otros factores (pero ya éste es un debate que se inscribe en el marco del materialismo). Sin embargo, el psicoanalista no aborda experimentalmente el problema de la conciencia, desde los fenómenos primarios hasta los fenómenos más elevados, desde el simple reflejo hasta el reflejo más complejo; esforzándose más bien por llegar hasta las bases fisiológicas del alma, franqueando de un solo salto todas las escalas intermedias, de arriba abajo, del mito religioso, de la poesía lírica o del sueño.
Los idealistas enseñan que el alma es autónoma, que el “pensamiento” es un pozo sin fondo. Por el contrario, Pavlov y Freud consideran que el fondo del “pensamiento” está constituido por la fisiología. Pero mientras Pavlov, como un buzo, desciende hasta el fondo y explora minuciosamente el pozo, de abajo arriba, Freud permanece arriba del pozo y, con una mirada penetrante, se esfuerza a través de la masa fluctuante del agua turbia, en discernir o adivinar la configuración del fondo. El método de Pavlov es la experimentación. El método de Freud, la conjetura, a veces fantástica. El intento por declarar al psicoanálisis “incompatible” con el marxismo, volviéndole la espalda sin ceremonia al freudismo, es demasiado simplista, o más bien demasiado “simplón”. En ningún caso estamos obligados a adoptar el freudismo. Se trata de una hipótesis de trabajo que puede dar –y que está dando, indiscutiblemente- hipótesis y conclusiones que se inscriben en la línea de la psicología materialista. La vía experimental lleva, en su momento, a la prueba. Pero aunque fuere menos segura, no tenemos motivo ni derecho a prohibir otra vía que se esfuerza por anticipar conclusiones a las que conduce la vía experimental mucho más lentamente.
Mediante estos ejemplos, yo quería mostrar, al menos parcialmente, tanto la diversidad de la herencia científica como la complejidad de las vías por las que el proletariado puede apoderarse de ella. Si ya resulta que en la edificación económica no se pueden resolver los problemas con simples órdenes y que hay que “aprender a comerciar”, en la ciencias el método de ordeno y mando sólo puede llevar al prejuicio y a la vergüenza. Ene este campo hay que “aprender a aprender”.
(“Cultura y Socialismo”, Extractos de un trabajo publicado en 1926-1927, reproducido por Ediciones “El Yunque” en su edición de “Literatura y Revolución)
(1) Sicofante: Delator, calumniador.
(2) Referente a Famusov, personaje de teatro, pedante e imbuido de su falsa ciencia.
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En resumen, no sólo que el psicoanálisis es compatible con el marxismo, sino que en verdad comparten mucho más que un mismo tiempo histórico, riquísimo en el desarrollo crítico de las ciencias, de la filosofía, de las artes. Quizás justamente por eso, los Marx, Freud, Einstein, y tantos otros con menos renombre, no pueden escapar al materialismo dialéctico como método específico de investigación científica, más allá de que lo asuman en toda su amplitud como sujetos, y que lo comprendan o no a cabalidad.
Como señalamos al principio de estos apuntes, hay un segundo aspecto que Jacqui Chemouni aborda, en cuanto a las contradicciones de Trotsky con el psicoanálisis. Se trata de su supuesto rechazo (o al menos, escepticismo) como método terapéutico a ser aplicado ante la enfermedad de su hija Zina.
Podríamos agregar también hacia sí mismo. León Trotsky padecía una enfermedad crónica (colitis ulcerosa) cuya base psicosomática está completamente comprobada.
Es evidente que tiene razón el estudioso autor francés cuando señala la constante postergación que Trotsky hizo de cuestiones personales (incluidos roles familiares, como el de padre respecto y especialmente a sus dos primeras hijas), en beneficio de su entrega irrestricta a la causa revolucionaria.
Este fenómeno, completamente lógico y frecuente en todo aquel que entiende su vida como entregada a una causa superior, nos introduce también en un tema hasta cierto punto tabú entre quienes queremos construirnos como militantes revolucionarios: la compleja ecuación entre la vida privada, los asuntos personales y el compromiso político y la perspectiva de la trascendencia histórica.
Es evidente que, como lo admite Chemouni, el sufrimiento de Trotsky fue mayúsculo ante la enfermedad y la muerte de Zina. También es cierto que el gran revolucionario se debatía entre la impotencia de un padre ausente durante mucho tiempo, y el amor y la veneración que le profesaban sus hijos. Su rol histórico chocaba cotidianamente, seguramente, con sus deseos y aspiraciones íntimas y personales. La resolución de esa contradicción (que anida por cierto en todo revolucionario), siempre fue en beneficio de la causa. Comprendamos también el lugar de Trotsky como sujeto histórico, codirigente con Lenin de la primer revolución proletaria triunfante, único cuadro público y mundialmente reconocido, sobreviviente y combatiente contra la reacción stalinista.
Los capítulos respectivos, basados esencialmente en la correspondencia privada de distintos miembros de la familia de Trotsky (su hijo Ljova, su esposa Natalia, su hija Zina y su madre Alexandra) demuestran las contradicciones de un padre atravesado por la angustia y la desesperación ante la enfermedad de su hija. El dirigente revolucionario no se puede detener, sus tareas continúan, en la peor adversidad en cuanto a correlación de fuerzas (progresiva derrota de la oposición de izquierda, ascenso del nazismo en Alemania, aislamiento internacional, etc.). Su impotencia como padre no da cuenta ni de desamor ni, mucho menos, de un rechazo al psicoanálisis como recurso terapéutico. Se trata de un hombre que elige una y otra vez su entrega a la causa revolucionaria sacrificando lo más amado.
Trotsky afirmaba con frecuencia, con un dejo de tristeza, que la revolución es una “devoradora de hombres”.
El renunciamiento, como concepto, es un aspecto muy importante en la formación de los revolucionarios. No es sencillo resolver concretamente en términos correctos lo que es una generalidad abstracta.
En el seguimiento biográfico de los grandes referentes del marxismo, pero también en mi propia experiencia militante, creo poder definir dos grandes desviaciones que se pueden cometer al abordar la compleja relación entre la vida privada y la entrega revolucionaria:
1) La de considerarnos (los militantes), “hombres nuevos” en esta sociedad, buscando una categoría de pureza mesiánica. Generalmente quien aborda su propia militancia desde este lugar prescinde de un análisis científico de la situación, del tiempo histórico en el que le toca actuar, de las leyes que hay que estudiar y dominar para transformar la realidad. Prima el voluntarismo y el subjetivismo. La teoría foquista de Ernesto Che Guevara, y su propio accionar, es un ejemplo extremo de esta desviación.
2) La de adaptarnos al sistema, colocando nuestro carácter de hombres falibles por delante de la necesidad de transformarnos. Lo más peligroso de esta adaptación es cuando se sistematiza en una orientación política, generalmente reformista y oportunista, por la cual los propios cuadros unilateralizan aspectos ciertos de la realidad adversa para justificar su alejamiento del programa revolucionario. El proceso de la socialdemocracia previo a la 1ª Guerra mundial es quizás el ejemplo más rico de esta deformación.
La vida de un militante está preñada de permanentes elecciones, renunciamientos, postergaciones. Lo peor que puede pasar es que esto se resuelva en un contexto de aislamiento, sin marco de discusión, sin debate en su organismo partidario.
Es el colectivo el que, de acuerdo a un programa y a una línea política, marca las prioridades y las tareas del plan de trabajo, y la lucha política fraternal por tal o cual elección, por tal o cual renunciamiento.
Es muy posible que el fenómeno más doloroso del Trotsky estudiado por Chemouni fuera ese aislamiento, no tanto por la falta de solidaridad (fue enorme la que recibió ante la persecución imperialista y stalinista), sino por la ausencia de un equipo de dirección con quien compartir el trabajo revolucionario.
Así, el asesinato del organizador del Ejército Rojo (agosto de 1940), culmina un proceso previo de exterminio de la vieja guardia bolchevique. Baste recordar que del comité central que toma el poder en octubre de 1917, sobre 40 dirigentes, sólo 3 murieron por muerte natural (Sverdlov, Lenin y Stalin). De los 37 restantes, Trotsky fue la última víctima del stalinismo contrarrevolucionario.
Si bien es cierto que los procesos de Moscú (que liquidaron a buena parte de esa vieja guardia) fueron posteriores al tiempo histórico de la enfermedad y el suicidio de Zina, Trotsky ya estaba aislado en cuanto a conformar un equipo de dirección.
El síndrome de soledad del viejo cuadro de dirección se reproduce (a escala infinitamente menor, claro), en multitud de grupos y tendencias en el mundo, y no sólo ni necesariamente por la persecución y la represión. Las más de las veces, el “viejo cuadro” deviene en un proceso de degeneración, convirtiéndose en Jefe de una secta. Él mismo se convierte en parte activa, subjetiva, de un proceso objetivo que lo determina. Contrarrestar esta tendencia con una acción conciente de construcción partidaria es una tarea muy difícil, pero diría que es la más importante.
Aunque seguramente no se lo haya propuesto, Chemouni ha abierto una verdadera Caja de Pandora con su libro. Es un deber revolucionario seguir hurgando en su interior.
29-11-2007 15:45
Cuánto tiempo libre tenéis los trotskistas. Tanto que ejercéis el sincretismo.
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INTERESANTE
Interesado|29-11-2007 19:48
Trotsky y el psicoanálisis! Tremendamente interesante. Tras muchos estudios políticos, económicos, sociológicos y criminalísiticos sobre el trotskismo, faltaba completar la obra desde este ángulo. Me sumo al asunto: ¡contemplemos el trotskismo y a los trotskistas desde el punto de vista del psicoanálisis!
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¡Revolucionarios del mundo, psicoanalizáos!
¡Revolucionarios del mundo, psicoanalizáos!|29-11-2007 20:44
¡Qué ridículo! Justo de un tipo como  Stalin. ese mamarracho de artículo va a decir que  "El stalinismo combatió y combate al psicoanálisis no por sus limitaciones, sino por las posibilidades que brinda al individuo en favor de la liberación de su subjetividad."
Si los anal-izados (ahora rechazan su pasividad y se hacen llamar "analizantes", mientras el que les cobra se sigue llamando analista) no pueden ir al baño sin pedir permiso al analista,  no pueden saludarse sin analizar qué le habran querido decir, no pueden tomar iniciativas porque creen que todo está determinado por la situación y que las iniciativas no existen... ¿hay que ser estalinista para reconocer que el psicoanálisis es lo más insidiosamente contrarrevolucionario que inventó la burguesía?
Atontar sólo sirve a la dominación.
Terapia profunda sólo sirve a la dominación profunda.
Análisis permanente e interminable sólo sirve a la dominación permanente e interminable.
¿Cómo hasta un tipo como Stalin hubiera podido proclamar para todos lo siguiente?
La tarea más urgente: establecer quien soy yo --¡¡YOOOOOO, ombligo del mundo, ME OYEN!!;  yo, hermoso  efecto de mis pulsiones aplastadas contra mi entorno real --  antes de embarcarme en ningún cambio social.
¡Revolucionarios del mundo, psicoanalizáos!
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Stalin no murió de muerte natural (tampoco de psicoanalizado...)
Creón|29-11-2007 20:50
Stalin tampoco murió de muerte natural. Los que saben inglés, vean los elementos que Peter Myers coleccionó en su sitio.
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