Clinton y Suharto cuando eran amigos
Ni llegar al poder con un golpe de estado y matar a medio millón de personas, ni invadir Timor Oriental y exterminar a la tercera parte de su población, ni robar una fortuna milmillonaria a su pueblo, supuso el menor problema para Suharto durante 32 años. ¿Su secreto? Mimar los negocios de los países ricos.
En efecto, todo fue bien mientras los negocios fueron bien y las grandes empresas se forraban en Indonesia. “Es uno de los nuestros”, dijo un representante de la administración Clinton cuando Suharto visitó Washington en 1995 y fue recibido con todos los honores (1)
Tampoco nuestros medios de comunicación, tan democráticos y preocupados por los derechos humanos, objetaron nada a Suharto. Nuestro diario más progre y de mayor proyección internacional, El País, no dedica ni un sólo editorial a Suharto hasta que la situación económica en Indonesia empezó a torcerse en 1996, ¡nada menos que 20 años después de la fundación del periódico! (2) En ese primer editorial (1/8/96) no sólo no se dice nada de los crímenes de Suharto sino que se señala el crecimiento económico y se elogia al gobierno por destinar los recursos al "crecimiento del bienestar".  Como críticas se señalan las "importantes desigualdades sociales"  (¿a quién llegó ese "bienestar"?) y la insulsa recomendación a "definir un porvenir político abierto".  En definitiva, nada que sugiera  que estamos ante uno de los peores asesinos de masas del  siglo XX.
En 1997, la economía de Indonesia, dirigida por el FMI desde que Suharto subió al poder (3), recibió de lleno la “crisis asiática”. Sin embargo, el gobierno indonesio al parecer no cumplía con el FMI como debía, hecho señalado en el segundo editorial de El País (13/1/98). Aquí tampoco hay referencia a crímenes, sólo a una “mayor demanda de democracia”.
Un mes después, 19/2/98, cuando Suharto rechaza directamente “parte de las recomendaciones” del FMI, el editorial considera a Suharto un “peligro para Indonesia” y menciona por primera vez la corrupción y la fortuna de la familia del dictador. Tales “recomendaciones” eran el requisito para un préstamo que, según el diario, tenía la finalidad de “ayudar a Indonesia a salir de sus enormes problemas económicos y sociales”.
Tres meses después por fin llega la humanitaria ayuda del FMI con la humanitaria condición de incrementar los precios de los alimentos, la electricidad y la gasolina. El pueblo indonesio, incapaz de comprender lo beneficioso de no poder comer o no tener electricidad, sale a la calle y es reprimido con brutalidad por el ejército. Increíblemente, El País considera que las revueltas llegan “en el momento menos esperado” (14/5/98) pero, dado que Suharto empieza a ser cuestionado  internacionalmente,  ya se atreve a llamarle “cruel dictador” y a identificar su economía familiar con la del Estado.
Dos días más tarde, después de que el presidente de Estados Unidos considere la “reforma política” como “único camino posible”, El País saca pecho. Llama al gobierno de Suharto “longeva y rapaz dictadura” que ha “desangrado a Indonesia” y “ordeñado al país sin piedad en los últimos 30 años”. Por fin se acuerda de que el “régimen familiar” de Suharto llegó al poder tras “derrocar” a Sukarno y matar a “cerca de 400.000 personas”. Y la intervención del FMI se describe en los siguientes términos: “para estabilizar la economía [Suharto] debía firmar la miseria de millones de compatriotas”. A pesar de este reconocimiento, no hay la menor condena hacia el FMI ni sus políticas.
Finalmente, unos días después Suharto se aparta del poder (“ya no interesaba a EEUU”, confiesa el editorial del 21/5/98), momento  a partir del cual  El País despliega todo su repertorio de calificativos para demostrar cuánto repudia las dictaduras: “generalísimo asiático”, “nepotismo económico”, “régimen de corrupción”, “desprecio sistemático de los derechos humanos”, “autócrata”, “déspota”, “caudillo”, “tirano”, … (4)
Dado que la posición de un periódico se expresa sólo en el editorial (eso dicen), hay que extraer una conclusión obvia: los negocios se anteponen a la ética. Mientras las multinacionales campaban a sus anchas, explotando recursos y trabajadores, y el pueblo permanecía controlado, los crímenes de Suharto se silenciaban. Sólo cuando la economía se deteriora, el pueblo se rebela y el imperio le empieza a cuestionar, aparece la imagen monstruosa del dictador. Ya no hay motivo para seguir haciéndole la pelota, ya no hay que temer por los negocios, ni los intereses empresariales, ni las relaciones diplomáticas. El poder desprecia a Suharto, y El País, que pertenece al poder, hace otro tanto.
Notas:
(1)New York Times, 31/10/1995
(2)Compárese esta indiferencia hacia un genocida con la  obsesiva  atención prestada a Chávez
(3)http://www.cadtm.org/article.php3?id_article=1610
(4)Editoriales de 21/5/98, 26/5/98, 28/8/99, 4/8/00, 24/7/01