Marcha a Santafé...
España 04 de Noviembre/ Referenciado en los libros de los historiadores esta el resultado de tres siglos de colonialismo, expolio y ultraje español en América y en el llamado, -entonces- Reino de la Nueva Granada; “
la población nativa estaba totalmente diezmada… casi exterminada[1]” a causa de la esclavitud y las enfermedades principalmente; no obstante y pese a la oscuridad de aquellos años, hoy sabemos que en la zona del Caribe los indígenas se organizaron y declararon la enemistad a los españoles, a los que ofrecieron una tenaz RESISTENCIA
.Conocemos también que siglos más tarde a principios de 1781, en la revuelta comunera iniciada en el norte de lo que hoy conocemos como Colombia; los indígenas fueron ESENCIA y RESISTENCIA de una
verdadera insurrección popular desencadenada en los todos los rincones del virreinato, al grito de
a Santafé (Bogotá actualmente), marchaban a lado de los comuneros y juntaban en su andar el clamor rebelde de los esclavizados y desposeídos,
A regañadientes fue la oligarquía criolla la encargada de capitanear ese levantamiento, y   el acaudalado Juan Francisco Berbeo su capitán general; dueña (la oligarquía) de un gran poder económico y sedienta del poder político del cual carecía y que residía en ese entonces en los españoles, encontró la ocasión perfecta para presentar sus reivindicaciones a la audiencia; no obstante, temerosos y acobardados se sentían los oligarcas criollos al ver como en las plazas de las villas, del alma de la turba brotaba el fuego del inconformismo; y que la revuelta podía desbocarse en un grito radical de cambios sociales, que amenazara sus propios intereses; por eso elucubraron un plan trapero que consistía en mantener la presión sobre las autoridades del virreinato para obtener sus prerrogativas y a la vez contener la marcha de los comuneros a Santafé, para así demostrar su fidelidad absoluta a la corona borbónica.
Nunca antes se había presenciado un levantamiento de tales magnitudes en las tierras del Reino de la Nueva Granada; los parias y excluidos, brotaban de valles y montañas, engrosando el hilo comunero hasta convertirlo en un esplendido caudal de indígenas, negros y mulatos; esclavos y desposeídos. Cada distancia recorrida en su camino a Santafé, profundizaba los anhelos de cambio en la voluntad de miles de seres humanos por siglos oprimidos. En todo el territorio se prendió la mecha de la insurrección y el comunero José Antonio Galán llevaba la chispa rebelde por poblados, vecindades y minas; y su estandarte “
Unión de los oprimidos contra los opresores[2]”; llenaba de esperanza la voluntad de lucha   popular en la colonia. El arrojo indígena fue quien grito
“muera el rey de España…”; y se levantaron decididamente contra centurias de abusos, avasallamiento y expolio; reclamando sus derechos originarios en minas y la propiedad de sus resguardos vilmente robados por criollos y ordenes religiosas; Así se nutría las huestes populares y comuneras, dignas y a cada paso más desafiantes. 
Cuando ya los marchantes amenazaban con alcanzar Santafé y desencadenar una situación impredecible e incontenible por ninguna fuerza del orden establecido, encontrándose solo a cuarenta y ocho kilómetros en   el pueblo de Zipaquirá, se fraguo la
“esperada” negociación entre la oligarquía criolla y los círculos oficiales; y decimos
“esperada” por que el Arzobispo Caballero y Góngora (Destacado por la Real Audiencia para las negociaciones), creía que la revuelta sería imparable e irreparable sus consecuencias si lograban la toma de la capital, y para los capitanes comuneros (oligarcas criollos) que esta, había llegado demasiado lejos, pues se proclamaban la libertad de los esclavos, se invadían haciendas y en algunos casos se desconocía la autoridad del Rey de España; situación inaceptable para los intereses de la clase oligárquica criolla quien observaba como el rumbo de la insurrección atentaba claramente contra sus intereses económicos y políticos. 
Fue Zipaquirá –entonces- el sitio escogido para las negociaciones entre el representante de la iglesia (institución fatalmente influyente para los anhelos de transformación del pueblo), el arzobispo Caballero y Góngora y los jefes de la revuelta comunera. Allí se consumo la traición y el engaño, y se frustro el  desarrollo y profundización de la lucha popular por el avance social de las rígidas   y miserables estructuras coloniales.   Los capitanes, con Bermeo a la cabeza, carne y mente de la oligarquía criolla, capitularon, convinieron y finalmente se
“vendieron”   ante la real autoridad; como lo demostraron los posteriores acontecimientos históricos; cabe anotar que tal pacto fue sellado con una gran misa oficiada por el Arzobispo negociador. 
Con la desmovilización y desarticulación del movimiento popular ordenada por los capitanes, se puso fin la magnífica revuelta, los resultados de las conocidas
“capitulaciones de Zipaquirá” no se hicieron esperar; y una cadena de hechos convenidos lograron mantener la autoridad real por el resto del siglo. Así mismo el comportamiento posterior de los oligarcas criollos  en antaño jefes de los comuneros,   mostraron sus verdaderas   intenciones, y su desprecio por los intereses de la mayoría del pueblo oprimido. Previsiblemente las capitulaciones fueron anuladas casi en su totalidad por los representantes de la corona y con el beneplácito de los poderosos criollos. Muchos de estos últimos, entre los que se encontraba el capitán Bermeo, fueron premiados con cargos  dentro de real audiencia por su
gran trabajo   y fidelidad a la corona borbónica; además de pagar con dadivas  su sumisión a la autoridad real e intentar demostrar que fueron
obligados por la plebe a dirigir el levantamiento.
Mientras todo esto ocurría, y cuando la traición y las puñaladas laceraban el espíritu fiero del pueblo, sumiéndolo irreversiblemente en la frustración y la desesperanza. El gobierno y los oligarcas criollos se ensañaban contra José Antonio Galán. El hombre que libero esclavos y levantó pueblos enteros en todo el territorio del Reino contra la opresión, fue condenado a muerte, fusilado, posteriormente desmembrado y las partes de su cuerpo enviadas a diferentes rincones del Reino para exponerlas en plaza pública, como advertencia a todos aquellos que osaran levantarse en el futuro contra la autoridad real; y las zonas donde germinaron los primeros levantamientos fueron posteriormente reprimidos y obligados al desplazamiento hacia zonas remotas para   finalmente cauterizar cualquier resquicio de tumultos o levantamientos.
  La oligarquía traicionó y solo fue fiel a sus  intereses de clase, utilizo a las masas para conseguir sus prerrogativas, y una vez lo consiguió mordió la confianza y las esperanzas del pueblo, vendiéndose descaradamente a su amo, luego enseño sus dientes y su verdadera piel; despedazo, mato y comió de la frustración, el desaliento y la dispersión de los parias; eso esta escrito reiteradamente con tinta indeleble en la historia de Colombia, no puede ni debe ser olvidado nunca; por que a pesar de los siglos esa misma clase continua enquistada en las estructuras del poder, dispuesta a repetir continuamente la historia de violencia y sangre sin ningún decoro ético o moral y esto lo saben hoy los mestizos, negros e indígenas; obreros, estudiantes y campesinos; y los hombres y mujeres justos y humildes de la tierra colombiana.
 
[1] Jaramillo Uribe, J (1995). Esclavos y Señores de la Sociedad Colombiana del Siglo XVIII. Anuario Colombiano de la Historia Social y de la Cultura Vol. 1, n° 1.
[2]   Aguirre, L (1996). Los Grandes Conflictos de Nuestra Historia tomo II.
 
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