Al sentirla cercana los demás rostros se ausentan por los cuatro rincones del olvido. Sus manos son de espuma, el rostro un copo abandonado entre su pelo y sus ojos parecieran mirarme desde abajo del tiempo. Ella es esa mujer, definitiva. Las horas a su lado cruzan sigilosas por la habitación, en puntas de pie, evitando el temor de separarnos porque al final, siempre ha de ser la última vez.
Esta tarde he vuelto a rodar sobre su cuello, a humedecer sus pestañas y hombros estremecidos. Quizá nuestro amorío sólo sirva para llorarnos juntos, compulsión a otra cabriola falsa, sin absoluto, aunque de esa pequeñez dependen nuestra risa, la tibieza interior, la soledad, algún par de mentiras y la dicha de juntarnos dos horas cada tanto. Por más cuánto nos hiera en los costados que la felicidad, las morales supuestas y estos romances anhelados no habitan más allá de nuestra piel. Así que nos amamos hasta la gelidez de las entrepiernas, los besos y caricias sucumban demolidos y vuelva la realidad diciendo algún renglón para volver al mundo.
- Ya es hora de volver a casa.
-¿Cómo va eso?
- Bien. Ahora es custodio del nuevo ministro.
Y en el juego de ganar la eternidad volvimos a lo nuestro, ya abordando el agrio sabor del no regreso apenas con los muslos, precaria sombra de otra sombra que somos. Lo mismo, por su apuro no alcancé a decirle ‘nos amaríamos tanto pero llega esta ausencia’, y de nuevo a esperarle su cabeza en mi almohada para escuchar de nuevo su voz, que no recuerdo.
* * *
Cuando ella llegó el hombre que la esperaba en la vereda le disparó al corazón. Y se quedó a su lado, sollozando, hasta que llegó la policía para quitarle el arma y detenerlo. (julio 2008)
Eduardo Pérsico *
(*) Escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
#1.- Muy bueno
Jogelina|05-07-2008 23:57
Otro muy bueno de un maestro del cuento breve. Felicitaciones, Jorgelina, de Uruguay. 
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