Hace ya mucho tiempo, una mañana llegamos a tu casa 3 muchachos desconocidos y tus padres nos hospedaron sin preguntarnos si nos quedaríamos para una única noche o todo un año. Y ahí estabas tú, una pequeña niña sentada en el suelo, que no sabía andar. Y nosotros te tomamos en brazos.
Mientras tu nombre, Ainhoa, se completa en mis labios, me viene al recuerdo ese día, y los largos días siguientes. La policía cruzaba la ciudad con sus sirenas, de día y de noche, de lado a lado, con sus sirenas azules, terribles.
Tus padres y nosotros de vez en cuando mirábamos hacia la calle por el borde de la cortina, y pensando en que pasaría si los policías descubriesen la casa en la que estábamos escondidos, nos quedábamos nerviosos mirándote. Ahí estabas tú, sentada en el suelo, ignorante del mundo, arrugando y rompiendo el diario de ese día con tus pequeños dedos. O en nuestro escondite, como entendiendo el misterio de nuestra aventura, te adelantabas a cuatro patas y te ponias de pie, sin poder dar un paso, cayendo al adelantar la primera pierna.
Te tomábamos en brazos riendo, y cuando nos sacábamos el miedo del cuerpo a que los policías rodeasen la casa y nos detuviesen, jugábamos contigo, intentábamos entender tu rara retórica, te dábamos de comer con una pequeña cuchara del cocido preparado por tu madre, y a la hora de dormir, mecíamos tu cuna lo más suave posible.
Todos los amaneceres, la luz entraba por los bordes de la cortina, como hilos de miel, para acariciar tu tierna cara. Y tú, Ainhoa, eras algo más que tú misma, tú cría sin coraza en este mundo gris de piedra y hierro, tú, trozo de carne amable, eras un tesoro hermoso y desprotegido en el paisaje de alambradas de nuestro pueblo.
Y día a día te enseñamos a dar pasos, al adelantar una pierna sosteniéndote al ir a caer. Venías de nuestras manos a nuestross brazos, dos, tres, cuatro, dando luego cinco pasos. Y nosotros nos enorgullecíamos. "Ainhoa ha aprendido a andar con nosotros", les decíamos a tus padres. Y también diste siete pasos, y entonces, empezaste sin necesitarnos, levantándote contra la silla y cerca del armario, y de la habitación a la cocina, y también te perdías a menudo de la cocina a la sala.
Cuando tu padre y tu madre salían, cuando nosotros nos quedábamos a solas contigo, te decíamos "Ainhoa silencio!" con voz mansa, y estábamos sin acercarnos a la ventana, y con las luces apagadas. Algunas veces parecía que lo entendías todo. Después de vivir juntos durante un largo tiempo, cuando dejamos la casa se nos quedó allí un trozo de amor, tan grande como un sol lejano.
Y te recuerdo con el dolor del recuerdo, Ainhoa, y me alegraría si este mi escrito te diese forma corpórea y te hiciese vivir, pero el papel, la tinta, todo mi utillaje es delgado y débil. Y tú no vienes, ahí estás en algún sitio casi desconocido, entre los muchachos y muchachas de Euskal Herria.
Y te confundo con muchos otros niños, en la lucha por nuestro pueblo, a los hijos de las familias que dan cobijo a los militantes vascos que andan huyendo de la policía les llamo Ainhoa. Al niño que apenas entiende porque su padre o madre están en la cárcel; o al que no sabe desde hace tiempo donde están su tio o su hermano le llamo Ainhoa.
Los niños que sufren las leyes de los gobiernos español y francés y la lluvia de temor como si fuesen tan normales y naturales se llaman Ainhoa. Los niños que tienen los ojos abiertos secos y grises mirando al diario, a la radio, a la televisión o hacia la calle, son Ainhoa.
Quiero escribir a la niña de nuestra guerra.