Sobre el Dolor del Mundo, el Miserabilismo y la Voluntad de Vivir
(o de la necesidad de “organizar” nuestro pesimismo)
Malos tiempos para la lírica
“El carácter destructivo no vive del sentimiento de que la vida es valiosa, sino del sentimiento de que el suicidio no merece la pena”
Walter Benjamin
Afirmar que nos encontramos ante un callejón sin salida y que a cada paso que damos adentrándonos en su interior, cegados por la esperanza de hallar una salida lateral, nos será más difícil salir de él, se suele calificar de fatalista. Pero quienes no nos conformamos con una vida diferida observamos cómo la dominación avanza día a día colonizando esferas de la vida que creíamos tan profundamente propias, únicas e intangibles que por ello mismo estaban protegidas y nos protegían a nosotros mismos de esa bestia que trata de convertirlo todo en mercancía. La sumisión de la vida a la Economía, lejos de detenerse, se extiende como un poderoso virus, adentrándose en lo más íntimo que poseemos: nuestros sueños, deseos y anhelos.
El desasosiego que se siente al despertar una mañana y, al mirarse al espejo, ser plenamente consciente de que nada –o casi nada– hay que pueda permanecer ajeno a la mercancía, pues todos, incluidos aquellos que nos hemos declarado en guerra abierta contra su dictadura, estamos sometidos cotidianamente a su silenciosa pero implacable dominación, provoca un shock tan brutal como el que se experimenta al escuchar el estruendo producido por el revólver percutido sobre la sien. Pero es necesario apretar el gatillo sin miedo, pues sólo así podremos, al contemplar nuestro cadáver yaciendo en el suelo, despertar verdaderamente del sueño provocado por la manzana envenenada que nos ofreció el Capitalismo.
Nada hay ya que pueda asombrarnos. Sólo un ingenuo o un cínico podrá llevarse las manos a la cabeza, llorando y maldiciendo, al toparse con lo excepcional, lo indecible o lo monstruoso, como si esto no fuese la norma, como si fuese algo más que una rutina sorda a cualquier lamento. Se me acusará de pesimista, pero... ¿cómo no serlo? Basta echar una breve ojeada al mundo en el que vivimos para hundirse en él. Cómo no ser pesimista al comprobar la supeditación de la vida a la Economía, hasta tal punto que lo que comemos, bebemos y respiramos ha sido transformado de modo irrevocable, depauperándolo para someterlo a los criterios de la máxima rentabilidad económica, sin importar que eso nos mate poco a poco, cuando no de forma instantánea. Cómo no ser pesimista cuando ya no hay lugar al que escapar, ni siquiera con la imaginación, si hasta la luna han mancillado con sus banderas y sondas científicas y, después de convertir en mercancía hasta la última piedra, brizna de hierba y gota de agua de la Tierra, ahora también tratan de vendernos una estrella a la que poner nuestro nombre o un viaje recreativo a una estación espacial desde la que ver este planeta que devastan a diario. Cómo no ser pesimista cuando ni nuestro propio tiempo nos pertenece, aunque nos digan lo contrario mientras nos uncen al doble yugo del ocio y del trabajo, tan mísero, embrutecedor y dañino uno como el otro. Cómo no ser pesimista cuando el Estado y la Economía pueden regular hasta los aspectos más íntimos de la vida –y puede que dentro de poco hasta los fundamentos últimos de la misma–, revistiendo ese dominio con el manto del progresismo para esconder la realidad: que nada quede fuera de su control y todo tenga un precio. Cómo no ser pesimista cuando a diario comprobamos lo que vale una vida si choca con los intereses de ese progreso que aseguran traerá el “bienestar de la humanidad”: nada, pues una vida humana no vale nada para Ellos, no es otra cosa que combustible con el que seguir alimentando la máquina, ya se trate de los daños colaterales de un bombardeo en Iraq, de las víctimas de un accidente en alguna fábrica de productos químicos en cualquier remoto lugar de lo que llaman el tercer mundo o de los miles de cadáveres que cada fin de semana se pudren sobre el asfalto de este primer mundo. ¿Acaso deberíamos parar el progreso, nos dicen, porque unos cuantos caigan aplastados bajo sus ruedas? ¡Desde luego que no!, responderán seguros de sí mismos.
Así pues, ¿cómo no ser pesimista? ¿Y cómo no revolverse ante el peligro cierto de que aquello que entendemos como irrenunciable, como último baluarte de nuestra libertad –el amor, la sensibilidad, los deseos, las pasión, la capacidad de soñar e imaginar- pueda llegar también a sernos arrebatado y sustituido por tristes sucedáneos? ¿No habrá ocurrido esto ya sin que nos diésemos cuenta? Creo que todavía no, al menos no del todo, y que todavía podemos, a pesar de las adversidades, no sólo evitar que esto suceda, sino también recuperar todo lo perdido e ir mucho más allá, hasta lograr apropiarnos del control absoluto de nuestras vidas y cumplir todas las expectativas y posibilidades que nos ofrece ésta. Nuestra derrota no es definitiva, pero puede llegar a serlo. Tenemos que empezar a ser conscientes de que el tiempo corre en nuestra contra.
La realidad nos obliga a ser pesimistas, no serlo es vivir de espaldas al mundo, creer todavía en cuentos de hadas. A quien no se conforma con el miserabilismo al que estamos sometidos no le queda otro remedio que ser pesimista. Pero este pesimismo debe estar muy lejos de cualquier fatalismo, no es un pesimismo vital, sino un pesimismo críticoque se afirma insumiso frente a las condiciones que nos vienen dadas y cree posible, y más que necesario, cambiarlas. El pesimismo crítico ha de ser activo, tenemos que ser más rápidos y astutos para acortar la ventaja que nos lleva el enemigo. Ése es su valor. Debemos organizar nuestro pesimismo y para ello es necesario echar la vista atrás y descifrar en el pasado algunas claves del presente, pues el mundo en el que vivimos es resultado de un pasado que nos ha sido enajenado.
El progreso no progresa
“No se trata de conservar el pasado, sino de cumplir sus esperanzas. Hoy, sin embargo, el pasado se prolonga como destrucción del pasado.”
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno
La poliorcética nos enseña que para tomar al asalto una fortaleza hay que estudiar concienzudamente como se edificó, descubriendo sus puntos débiles para concentrar en ellos el fuego de artillería. El estudio de la historia debe desempeñar ese papel para el pensamiento crítico. Hay que concebir el pasado como algo más que una sucesión de hechos y causas, rastrear los restos del incendio sobre cuyas cenizas se ha construido la fortaleza que ansiamos demoler. Para llevar a cabo esta tarea crítica es necesario ser conscientes de que la historia, entendida como la historia de la lucha de clases o, si se prefiere, la historia de los avances y retrocesos del ser humano por conquistar su libertad, se compone de una serie de derrotas que son las que han dado lugar a esta realidad que queremos destruir. Asumir y aprehender esas derrotas, esto es, arrebatárselas al vencedor que se las ha apropiado como trofeo de guerra, es el camino para la superación de las condiciones que nos han marcado, empezando a rearmarnos para una nueva batalla.
Sin embargo, lejos de esa mirada crítica al pasado, a menudo sucede que aquellos que se reclaman enemigos de lo existente conciben el pasado con nostalgia, glorificando las luchas del pasado y llorando amargamente sus derrotas, limitándose a anhelar aquello que pudo ser y no fue. Temen implicarse en él, pues esto puede llevar a sacar conclusiones incómodas. Por eso prefieren concebirlo como un corpus cerrado en cuyas páginas poder encontrar siempre las palabras que les reafirmen en sus propias teorías, aunque la realidad diste de acomodarse a esas teorías. Esta ideologización de la historia despoja al pasado del bien más preciado que nos ofrece: la esperanza de redención fundada en la enseñanza de que “el «estado de excepción» en el que vivimos es la regla” (Walter Benjamin, “Tesis sobre el concepto de historia”, § VIII). Asumir plenamente este enunciado nos obliga a repensar la concepción que tenemos de la historia y del papel que le corresponde en ella a la crítica. Pues, si la regla no se ha roto, es que el «estado de excepción» sigue vigente. Y, desgraciadamente, esto es así, incluso es más cierto hoy que nunca. Sobran los ejemplos que lo confirmen, los sufrimos a diario. Por ello debemos preguntarle al pasado por qué esa regla sigue siendo todavía válida, aunque las respuestas que nos ofrezca no nos gusten y nos golpeen con violencia.
Hay que cuestionárselo todo y quizás debamos empezar a pensar que el pasado no es lo que era. El presente que vivimos no se funda en el fracaso de ese proyecto histórico que se marcaba como objetivo la liberación del ser humano sino en su realización parcial, convenientemente expurgado su contenido emancipador y redentor, esto es, reduciéndolo a materialismo barato, a una ideologíaque abandona su pretensión de transformación radical del mundo a cambio de la seguridad que le proporciona asumir un rol en el mismo. Poco a poco, la izquierda fue abandonando la promesa de felicidadcontenida en el proyecto de emancipación integral del ser humano que comenzó a gestarse en el siglo XIX. Y lo hizo reduciéndolo a su aspecto meramente económico, posponiéndose su realización absoluta a un futuro que se anunciaba próximo pero que no terminaba nunca de llegar. En este reduccionismo se encuentra una de las claves del miserabilismo al que estamos sometidos actualmente. Ese materialismo vulgarizado para el que lo único que cuenta es la satisfacción de las necesidades más básicas contribuyó a reducir al ser humano a nuda vida, a la expresión más simple de la existencia: la meramente biológica. Todo aquello que no fuese la pura supervivencia, pero que sin embargo es lo que nos habla de una vida plena y auténtica –el amor, la pasión, la poesía, los deseos, el erotismo, la imaginación,…– fue descartado por el positivismo del que se contagió la izquierda como algo irrelevante o, cuanto menos, secundario. El pensamiento científico-racional y la moral burguesa descartaban esos valores porque no podían ser cuantificados, medidos, comparados y, por tanto, sometidos a su ordenamiento del mundo. Al hacer suyo este planteamiento y desdeñar lo sensible, el movimiento obrero estaba aceptando el lenguaje del enemigo y, peor aún, empezando a pensar como él, aceptando el axioma que asegura que lo importante es impulsar el desarrollo económico y que éste traerá de por sí el bienestar de la humanidad. Aceptar esto supone reconocer y asumir la separación, pensar que la vida no es más que supervivencia, lo que lleva inevitablemente a contentarse con el miserabilismo y la pobreza vital que impone el Capitalismo. Se cercena así una parte de nuestra humanidad y se descarta una de las armas más valiosas para luchar contra el enemigo, la que se carga con los sentimientos, los deseos y las pasiones. Prácticamente todo el movimiento revolucionario asumió este planteamiento, sólo unos pocos grupos –como los surrealistas– e individuos –como Walter Benjamin– se aferraron a esa sensibilidad, reconociendo su valor y tratando de llevar a cabo una síntesis entre el materialismo histórico y la dimensión mágica y poética de la vida. Es de justicia hacer mención de ellos, pero por desgracia fueron despreciados e ignorados por la mayoría de sus contemporáneos y prácticamente hasta los años sesenta no se volvió a plantear seriamente en los medios anticapitalistas la importancia de lo sensible, de la poesía, del amor o de la vida cotidiana en la lucha contra el orden dominante. Pero, para entonces, el Capitalismo había tenido el tiempo necesario para preparar una estrategia con la que neutralizar la amenaza que podían suponerle estos fenómenos, se le concedió una ventaja más, un tiempo precioso que aprovechó para rearmarse y para confundirnos con falsos regalos. Ese error del socialismo lo pagamos todavía.
El resultado conseguido por esta interpretación simplista del materialismo histórico y su fe ciega en el progreso, la ciencia y la razón instrumental fue el contrario al deseado, pues, queriendo liberar al ser humano, se le condenó, por el contrario, a la peor de las esclavitudes, la de su supeditación a la Economía. La tan cacareada liberación del ser humano no es otra cosa que la liberación de su propia humanidad. Al reducir la maravillosacomplejidad y riqueza de la vida humana a su dimensión más simple, la biológica, sin que se tuviesen en cuenta las posibilidades de realización plena de esa existencia, se está condenando al ser humano a no ser más que un objeto, quedando sometido de forma absoluta a las leyes de la Economía y del Estado que asegura su funcionamiento, sin prácticamente nada a lo que aferrarse para defenderse de ellos, porque todos, también los que supuestamente se oponen al Capitalismo, trabajan en una misma dirección, la del progreso que aseguran traerá el bienestar de la humanidad, tan sólo difieren en los medios para conseguirlo –prioridad de lo público o de lo privado, más derechos sociales o menos, liberalismo o socialdemocracia– y en otras cuestiones técnicas; incluso los aparentemente más radicales hablarán de comunismo y de dictadura del proletariado, pero a la hora de la verdad, su proyecto queda reducido a más de lo mismo: a la Economía independiente del ser humano bajo la forma del Capitalismo de Estado. Así pues, en lo fundamental, aunque parezca muy aventurado y hasta ofensivo para muchos decir algo así, todos comparten un mismo ideario.
Este poder separado ejercido por el Estado y la Economía ya existía hacía tiempo, pero a lo largo del siglo XX se absolutiza, convirtiéndose en el poder por excelencia, destruyendo el resto de poderes que le podían ofrecer resistencia o, más frecuentemente, integrándolos para así mejor desarmarlos. Y es esto y no otra cosa lo que hizo posible la existencia de Auschwitz, del gulag, de Hiroshima, de Bhopal o de cualquier otra de las barbaries que hemos visto a lo largo del siglo pasado y de las que, por desgracia, todavía nos quedarán por ver. Es esta supeditación de la vida a una serie de ideas y valores extraños a ella lo que permite al Estado y la Economía, en tanto que poderes absolutos, llevar a cabo cualquier acción, por atroz que nos parezca, si la consideran de alguna utilidad para sus intereses, que tratan de presentar como los de la propia humanidad. Se puede así proceder al exterminio físico de millones de seres humanos –expeditivamente vía cámara de gas o regulada y democráticamente por hambrunas, enfermedades o guerras de “baja intensidad” que siempre afectan a quienes tienen que afectar– calculando las ventajas que reportará a la Economía, como si de una partida de ajedrez se tratase, mientras todos los hipócritas del mundo se llevan las manos a la cabeza y claman contra la barbarie sin cuestionarse nunca su papel en el sostenimiento de esta ordenación del mundo que no sólo consiente sino que necesita de esa barbarie. Esta visión utilitarista del mundo es la que hace también posible –y hasta necesario, dirán los más fervientes partidarios del sistema, los tecnócratas– que se modifiquen las condiciones y hasta los fundamentos últimos de la vida para adaptarla mejor a los criterios de la Economía; ¡si los seres vivos no quieren entender que la productividad es una ley superior a las de la naturaleza se les hará entrar en razón por la fuerza! Todo es posible en el mundo en el que vivimos. Todo lo que se tenga que hacer para asegurar el progreso y el desarrollo económico se hará, todo aquello que sea de utilidad para el fortalecimiento del Capitalismo está justificado, hasta lo impensable, lo monstruoso, sin importar quién quede en las cunetas de esa autopista hacia el infinito.
Hay quien piensa que ciertas cosas es mejor callarlas, opino lo contrario, nunca hay que callarse, aunque lo que se diga no guste a nadie. Theodor W. Adorno escribió hace sesenta años que “todo aquel que combina la crítica del Capitalismo con la crítica del proletariado –que cada vez refleja más las tendencias evolutivas del Capitalismo–, se hace sospechoso.” (Minima moralia, § 73). Lamentablemente sigue siendo cierto. Pero, aunque se tache de sospechoso a quien formule esta crítica, es necesario insistir en el papel que ha jugado la mayor parte de la izquierda –desde el anarquismo y la extrema izquierda hasta la socialdemocracia– en la construcción de este mundo que dicen impugnar al reducir las infinitas posibilidades de realización de la vida humana a su aspecto más simple, convirtiéndolo así en una cosa, desdeñando las esferas no cuantificables de la vida e incumpliendo la promesa de felicidad, de realización plena de todas las aspiraciones del ser humano. No sólo olvidaban el viejo ideal del movimiento obrero, abandonándolo en algún oscuro cajón a cambio de unas cuantas bagatelas, estaban además colaborando con su carcelero ajustándose ellos mismos las cadenas. Se reconocían como esclavos. Y todavía hoy siguen siendo muchos los que asumen su condición de esclavos, limitándose a pedirle a su amo que les afloje un poco la cadena para que no les apriete demasiado, cuando lo que deberíamos hacer es coger la hoz y degollar al señor, pues sólo cuando deje de existir podremos dejar de ser esclavos.
Parcheando las goteras
“ Hay que conquistar la desesperación
más intransigente
para llegar a las formas más duras y más vacías
para construir nuestro castillo.”
Leopoldo María Panero
Quienes se acercan a la historia lo suelen hacer para recrearse en lo ya conocido, para reafirmarse en sus ideas; no quieren que ésta les diga lo que no quieren escuchar. La visión de la historia de la izquierda no es ajena a esta verdad. El historiador izquierdista se recrea en todo lo que cree que se ha conseguido arrancar al Capitalismo, pero pocas veces fija su mirada en lo que se perdió por el camino. La tarea del historiador que se tenga por revolucionario es, por contra, “cepillar la historia a contrapelo” (Walter Benjamin: “Tesis sobre el concepto de historia” § VII) para tratar de desvelar todo lo que se abandonó a cambio de las migajas que nos cedió el vencedor, mostrando como “quien hasta el día de hoy haya conseguido alguna victoria, desfila con el cortejo triunfal en el que los dominadores actuales marchan sobre los que yacen en tierra” (ibidem.). Aceptar desfilar en ese “cortejo triunfal”, aunque sólo sea una vez, supone asumir la barbarie del mundo al que nos enfrentamos con normalidad, aceptar la legitimidad del enemigo y reconocerle como el vencedor al que hay que rendir vasallaje.
Los revolucionarios de todas las épocas y tendencias se han creído siempre inmunizados frente al cáncer del reformismo, considerando esta enfermedad exclusiva de la socialdemocracia. Pero lo cierto es que ésta ha terminado por extenderse de una forma u otra a prácticamente todos los movimientos que se han alzado alguna vez contra el Leviatán capitalista. Este cáncer que ha afectado a tantos movimientos revolucionarios tiene sus orígenes en el progresismo, el pragmatismo y el optimismo ciego que los inundaron, ahogándolos en sus aguas. El fiarlo todo al futuro, a un momento en el que se den unas condiciones más favorables no lleva más que a la postergación indefinida de los objetivos últimos y a la aceptación, aunque a regañadientes, del mundo que se pretende impugnar. La creencia de que se está nadando con la corriente y que el curso de la historia está a nuestro favor no puede ser sostenida más que por aquellos que se encuentran a gusto con este mundo, que no quieren transformarlo en absoluto, aunque necesiten repetir a cada instante lo contrario para asegurarse una clientela que les permita tener una fuerza en la que poder apoyarse a la hora de acudir a pactar con el poder. No quieren destruir el edificio, tan sólo hacer unas reformas que den la impresión de que algo ha cambiado, pero el edificio está podrido y dándole una mano de pintura no se arregla nada más que la conciencia de estos listos. Si de verdad queremos cambiar algo debemos derribar el edificio y no dejar ni los cimientos, todo lo demás sólo sirve para asegurar la continuación de lo existente. Pretender reformar el Capitalismo y darle un “rostro humano” es una quimera y colaborar con él, aunque sea coyunturalmente, sólo lleva a ser fagocitado por ese monstruo. Hay que luchar contra el dañino virus del reformismo y para ello se debe conocer cómo se desarrolla y cómo el poder lo utiliza para reforzarse.
La historia de la lucha del proletariado por su emancipación es la historia de una eterna renuncia. Cuando los ludditas abandonaron su firme intransigencia contra la introducción de las máquinas en las fábricas o cuando los anarquistas españoles aceptaron colaborar –con la excusa del antifascismo– con el Estado que ansiaban destruir estaban cavando su propia tumba. El miedo es un sentimiento natural, pero cuando se tiene al enemigo contra las cuerdas el hecho de arrojar la toalla no es un síntoma de cobardía, sino de algo mucho peor, demuestra que no se quiere ganar. Los líderes, burócratas y jefecillos nunca consideran llegado el momento de ir a por el todo por el todo, retrasando siempre éste a cambio de una parcela de poder o de una mejora parcial. Con ello se refuerza al enemigo y se alimenta la resignación y el desaliento entre las propias filas. Se clava un puñal por la espalda al propio movimiento. El abandono de la lucha por conseguir la realización de la totalidad de las expectativas que se habían marcado a cambio de una mísera parte de las mismas y la remisión de la realización de la revolución a un futuro indeterminado “más propicio” es la peor de las traiciones, el más vil de los engaños. Al dejar de concebir la lucha y la realización absoluta de sus aspiraciones como un todo indivisible, aceptando una mejora parcial, por valiosa que sea, se está aceptando la legitimidad del orden que se pretende derrocar, se reconoce como interlocutor válido a aquel que crea las condiciones que hacen invivible este mundo y, sobre todo, se le concede una ventaja intolerable, pues se olvida que el Capitalismo es un tahúr que se salta a su antojo las reglas que él mismo impone, pero que jamás acepta que haga lo mismo su rival o que se retire de la mesa una vez ha entrado en el juego.
Para el Capitalismo todo es negociable –ya sea la jornada y condiciones del trabajo, el salario, la igualdad entre hombres y mujeres o el reconocimiento de otras identidades sexuales–, todo salvo su propia existencia como gestor y administrador de la totalidad de las condiciones de la existencia por medio del Estado y la Economía. No puede aceptar que nada exista en sus afueras, al margen de su mediación. Es por ello que hace determinadas concesiones parciales. Al hacerlo sabe que no pierde, sino que gana, sólo necesita administrar bien esas concesiones, presentarlas a la sociedad en el momento oportuno para reforzar así su papel de “benefactor” y mediador. Con ello logra convertir a los que hasta entonces eran sus enemigos –o al menos a una parte de ellos– en colaboradores necesarios para la continuación de su dominio; divide las filas de los que se le oponen, puesto que aquellos que defienden la consecución de la totalidad de los objetivos y se niegan a pactar serán tachados por sus antiguos camaradas de “maximalistas”, utópicos e incontrolados, convirtiéndose aquellos que hasta entonces defendían esos mismos objetivos en sus peores enemigos, todo en nombre de las conquistas y derechos adquiridos. Además, y quizás más importante, al hacer estas supuestas concesiones el Capitalismo se apropia de parcelas de la vida que hasta entonces quedaban fuera de su dominio.
A poco que se repase la historia se encuentran huellas de esa estrategia del poder de realizar concesiones parciales con el doble objetivo de controlar aún más nuestras vidas y de desarmar y recuperar las luchas contra su dominación. Muchos son los ejemplos que podrían citarse. Me limitaré aquí a dejar unos someros apuntes sobre algunos de ellos. Al hacerlo no pretendo estar en posesión de verdad absoluta ninguna o de dar lecciones a nadie. Tan sólo se trata de analizar críticamente algunos fenómenos que normalmente se asumen de forma aséptica como victorias objetivas y plantear cómo algunos movimientos que se dicen enemigos del orden imperante en el mundo trabajan en realidad en la dirección contraria, asegurando su continuación, aunque afirmen lo contrario. Las conclusiones a las que llego serán rebatidas o reconocidas, pero espero que tanto una como otra opción se tomen desde una lectura crítica y no desde la complacencia con la propia ideología. El objetivo no es crear nuevas verdades, sino cuestionárselas todas, pues sólo así podremos avanzar e ir más allá de lo que nos ofrece esta realidad.
“Enviamos a nuestros hijos a la escuela para que se vuelvan tan repulsivos como los adultos que encontramos a diario en la calle” (Thomas Bernhard)
La extensión de la educación a todas las capas de la sociedad es algo que se tiene por una de las más importantes conquistas sociales de la historia. Pero una mirada crítica sobre esta “conquista” nos descubre claroscuros que la matizan. A lo largo de los siglos XVIII y XIX el Estado toma conciencia de la importancia de la educación para conseguir su afianzamiento, por lo que progresivamente va asumiendo su control hasta convertirla en una prerrogativa exclusiva, cediendo en ocasiones esas competencias a quien considere adecuado y comparta sus planteamientos. Se trata de un fenómeno bien conocido y paralelo a otros que tienen el mismo objetivo: asentar el poder del Estado moderno surgido de la Revolución Francesa y del nuevo orden mundial que lo acompaña. Con el tiempo, esa educación que en un principio estaba reservada todavía a la elite de la burguesía se fue extendiendo a capas más amplias de la población hasta que a mediados del siglo XX se reconoce como un derecho universal.
Lo que en un principio podría entenderse como una victoria “objetiva”, sin ninguna contrapartida a pagar por ella, no lo es en absoluto. El Estado no se caracteriza precisamente por su altruismo. Si asume el control de la educación y la hace universal y obligatoria no es por ningún motivo humanitario, porque quiera “elevar” intelectualmente a la población, sino porque reconoce su importancia estratégica como medio de adoctrinamiento en sus valores, ganándole así terreno a la familia, a la comunidad o a cualquier otra unión de personas en tanto que generadores de valores distintos a los suyos e instrumentos de socialización. Si todo el mundo tiene que pasar por la escuela y lo que se enseña en ésta es lo que dicta el Estado, todos recibirán pues, democráticamente, las mismas doctrinas, serán instruidos en aquellos valores que el Estado determine y aprenderán sólo lo que le interese y le sea de utilidad, descartando aquellos saberes y valores que no le sean rentables o puedan ser contrarios a su interés. El Capitalismo necesita técnicos y burócratas y no le importa cuál sea su procedencia, sólo quiere servidores fieles, bien instruidos en su especialidad y que no piensen más que en la tarea que les han encomendado, sin cuestionarse el cómo ni el porqué de esa tarea y mucho menos acerca de la propia existencia del Capitalismo. Para eso y no para otra cosa sirven la escuela y la universidad: para adoctrinar en la idea de que el Capitalismo y la Democracia son la única realidad posible y la historia culmina con ellos; y para crear una clase de técnicos, burócratas y gestores que son los que aseguran la continuación y expansión del Capitalismo.
Con esto no quiero decir que lo anterior fuese mejor, en absoluto, no se trata de reivindicar una marcha atrás ni mucho menos de apelar a la familia como defensora de valores tradicionales, nada más lejos de mi intención. Lo único que pretendo es mostrar, aunque sea ofreciendo sólo una breve pincelada, cómo tras un falso discurso social y humanitario se esconde una realidad que dista mucho de la que nos tratan de presentar. La educación es un instrumento del poder y no otra cosa y hay que asumirla como tal, no se puede reformar, tan sólo cuando acabemos con el Capitalismo podremos pensar en otra educación, pues una educación libre sólo puede desarrollarse en una sociedad libre.
“El ecologismo lo recupera todo, y aporta la propia ambición tecnoburocrática de reglamentar, de restablecer el orden a su manera, transformándose, en tanto que ciencia de la economía generalizada, en el nuevo pensamiento de la dominación.“O nosotros o el caos” dicen los ecólatras y los expertos reciclados, promotores de un control totalitario que existe gracias a ellos, para poder adelantarse a la catástrofe en marcha. Así pues, serán ellos y el caos.” (Encyclopédie des Nuisances)
Una de las tareas más importantes a las que los enfrentamos desde hace decenios y que habrá de serlo aún más en los próximos es la lucha contra la degradación de las condiciones objetivas de la existencia. El ecologismo se ha autoerigido como portavoz de esa lucha, reduciéndola a una cuestión de expertos, técnicos y gestores. Pero esta lucha es mucho más, es la lucha de siempre contra el Capitalismo, con un carácter más urgente si cabe ante el peligro cierto de que la vida pueda ser destruida –o modificada de tal forma que ya ni la reconozcamos– por el propio desarrollo independiente de la Economía respecto a los intereses y sensibilidades de lo que todavía podemos llamar humanidad. Este peligro es tan evidente que nadie puede obviarlo. Y al igual que es evidente para cualquiera que tenga algo de memoria y que conserve todavía el sentido del gusto y la sensibilidad lo es, en mucho mayor medida, para el Estado y la Economía, pues necesitan continuar su marcha acelerada e independiente, pero tampoco pueden dejar que ésta destruya la Tierra y con ello –lo que realmente les importa– su negocio. Necesitan administrar esa destrucción, que no se salga de unos márgenes establecidos para hacerla así soportable.
Los ecologistas, aunque afirmen luchar contra aquello que está destruyendo la vida en la Tierra, no dejan de ser colaboradores necesarios de esa destrucción. Su objetivo no es acabar con aquello que provoca esa destrucción, el Capitalismo, sino tan sólo gestionar los destrozos que causa, tratar de minimizar sus efectos, como si esto fuera posible. Se convierten así en la conciencia crítica del Capitalismo, indicándole el camino a seguir para que se conserve la impresión de que todo sigue igual y podamos seguir viviendo como si nada ocurriese, mientras la vida sigue sujeta a lo que dicta la Economía, totalmente ajena a nuestros intereses y necesidades reales. Nunca llegan a plantear la cuestión fundamental: que el Capitalismo y su visión del mundo que reduce éste a un inmenso almacén de mercancías son los responsables de lo que nos ocurre. Por tanto, no se trata de lamentarse, protestar y pedir más controles cada vez que tal o cual fenómeno nocivo se ve desbordado y degenera en una catástrofe espectacular. Contra lo que hay que luchar es contra la verdadera catástrofe, la que sufrimos a diario, la que hace invivible el mundo, la que somete todos los aspectos de la vida a la rentabilidad, a la dictadura de la mercancía. Contra lo que hay que luchar es contra este sistema que hace posible y hasta “necesario” que se alteren, degraden y destruyan las condiciones de la vida si esto es útil para sus intereses económicos.
En tanto que lucha parcial y fragmentaria, el ecologismo es incapaz de ver más allá de sus propias narices, lo que es aprovechado por el Capitalismo para reforzar su dominio aún más. Sabe lo importante que es lavar su deteriorada imagen y por ello cede en determinados asuntos, pactando con los ecologistas protocolos, moratorias, tratados y demás papeles que no sirven para otra cosa más que para asegurar su continuidad, pero que los ecologistas exhiben como la mayor de las conquistas, aunque hasta ellos mismos saben que no son más que papel mojado. ¿Qué es lo que hay que pactar? ¿Que los grandes petroleros no recalen en los puertos europeos pero sí en los del tercer mundo? ¿Que los organismos modificados genéticamente introducidos en el medio no sobrepasen un determinado porcentaje? ¿Que los países más industrializados puedan comprar su derecho a contaminar a los países más pobres? ¿Que las fábricas de productos tóxicos se trasladen a remotos países donde no perturben la vista y la conciencia de los ecologistas, que no las quieren ver cerca de sus casas pero que ni por asomo se plantean vivir sin los productos que les venden? ¿Qué se planten mil o dos mil árboles mientras al lado se construye una nueva megaciudad? ¿Qué un día al año se dejen los coches en casa y la gente pueda volver a utilizar sus dos extremidades inferiores para al día siguiente volver a la normalidad, habiéndose, eso sí, “concienciado”? ¿Que nos indiquen en las latas de comida el grado de “nocividad” del producto en cuestión, como si pudiésemos elegir lo que comemos? ¿Acaso existe un margen en que la “nocividad” sea aceptable? No. La cuestión no está en establecer más controles, ni en aumentar el número de técnicos y burócratas que vigilen su cumplimiento, sino en destruir aquello que arrasa la Tierra y nos condena a una vida de miseria. Hay que destruir el Capitalismo si queremos de verdad salvar el planeta y salvarnos a nosotros mismos, pero los ecologistas no están por la labor. No quieren más que un Capitalismo reformado que les permita seguir consumiendo y consumiéndose, pero con la conciencia tranquila. Son la vanguardia de la contrarrevolución moderna, los fieles lacayos del Capitalismo. Así, podemos verles reivindicando la creación de parques naturales en tanto que espacios protegidos de la naturaleza, aceptando sin reparos que el resto del territorio sea devastado y colaborando en la tarea de convertir esa misma naturaleza que se dice defender en un parque temático más, en objeto de consumo para el fin de semana. Esa es su heroica forma de defender la Tierra, colaborando con aquello que la destruye y que reduce nuestras vidas a la condición más miserable.
“Pero la emergencia político-teórica de la cuestión homosexual, es decir, la creciente aceptación institucional, política y teórica del tema, señala también el fin de una sensibilidad específica germinada al calor del fascismo moral, de la autorrepresión, de la vida ghettica. Cuando la ciudad decide entregar sus llaves al gay le exige a modo de contraprestación que evapore a la mariquita escandalosa.” (Christian Ferrer)
Otra lucha que ha sido desarmada y recuperada en gran medida, y hasta transformada en espectáculo, es la de los homosexuales por el reconocimiento de su identidad sexual, así como el de otros movimientos que entienden la sexualidad y el amor de una forma más amplia y rica en matices que la simple monogamia heterosexual. Con el tiempo, la intransigencia del poder hacia cualquier forma de entender el amor y la sexualidad que se saliese de lo “normativo” se ha ido matizando, pasando de la represión más encarnizada a la tolerancia y aceptación como normal de éstas. Pero esa tolerancia es engañosa, pues no se trata tanto de un reconocimiento de la naturalidad y normalidad de esa(s) otra(s) forma(s) de vivir sino, antes bien, de neutralizar el potencial desestabilizador de las mismas para el orden imperante. Es por ello que las reconoce, para controlarlas, regularlas y legislar sobre ellas, convirtiéndolas en una expresión más de lo existente. El derecho a contraer matrimonio entre homosexuales, concebido como una gran conquista de este movimiento, supone la inclusión de un sector de la población en esa regulación de lo más íntimo que existe, el amor entre dos personas, en el que el Estado aparece como intermediario, arrogándose un papel y un poder de mediación que jamás debería haber tenido, pues a nadie incumbe esto más que a las personas que comparten ese amor. Esta intromisión se acepta por pragmatismo, porque en la sociedad en la que vivimos “no queda más remedio” que pensar así, por cuestiones legales, económicas y burocráticas. Se acepta así la supeditación del amor y de la vida misma a criterios ajenos a ella, a lo que dictan la Economía y el Estado.
No quiero estigmatizar a este movimiento y su lucha, pues si los heterosexuales aceptan esto no hay razón para que los homosexuales deban convertirse en héroes, en vanguardia de la lucha. Pero no puedo dejar de preguntarme dónde quedó el viejo sueño que nos hablaba de un amor y una sexualidad libres, sin mediación de ningún tipo, en el que lo único que importasen fuesen las personas implicadas y sus sentimientos. Se perdió en el camino, como tantos otros, a cambio de unos cuantos “derechos” que sólo sirven para que todo siga igual. El matrimonio ya es universal y democrático, ni cuestiones religiosas ni de orientación sexual son un impedimento para firmar el contrato. Y a quien no quiera o no pueda concretar ese contrato el sistema le ofrece otros recursos para satisfacer sus necesidades: la pornografía, la prostitución, la promiscuidad dentro de los márgenes establecidos. Lo más hermoso que hay en la vida, el amor y el erotismo, queda reducido a una mercancía más, a un triste sucedáneo. Saben del potencial subversivo del amor y de ahí su imperiosa necesidad de regularlo, de controlarlo y convertirlo en otro aspecto más de lo existente. Quieren impedir que podamos pensar que es más importante y más valioso que el trabajo, el dinero, la moral, la Economía o sus estúpidas leyes. Y aunque a veces parezca que hemos llegado a interiorizar esa idea de que es algo secundario y que debe estar supeditado a todo lo demás, todavía nos sigue golpeando, trastocando los valores que nos han dictado y cambiando nuestras vidas, por ello debemos creer en él y en su carácter convulsivo y revolucionario. Una revolución que no se construya sobre el amor carecerá de sentido. El amor ha de ser una de sus bases, como también ha de serlo el odio hacia aquello que nos lo arrebata, que lo empobrece y lo destruye. Hay que volver a armar al amor.
“Del presente se puede decir que es una bolsa siniestra que transforma en mierda todo lo que traga” (Ai ferri corti)
Soy consciente de los errores que entraña despachar temas tan complejos como éstos con la rapidez con que lo he hecho y que puedo haber caído en una simplificación exagerada en algún caso. Se podría –y debería– decir mucho más, matizar y analizar más profundamente. Pero mi intención aquí no era realizar un análisis riguroso, sino dejar unos breves apuntes que lleven a quien los lea a indagar más sobre estas y otras cuestiones que también podría haber tratado –el sindicalismo, el feminismo, la lucha por los derechos civiles…– , pues creo que hay mucho que reflexionar sobre ellas, haciéndose preguntas incómodas que nos conduzcan a respuestas que nos sorprendan incluso a nosotros mismos, no conformándonos con lo ya sabido, con lo que nos dicta una ideología cualquiera que sea.
Al criticar esas luchas y experiencias no las estoy negando, sino todo lo contrario, las aprecio, las asumo como mías y reconozco su valor y el de aquellos –tantos y tantas– que han luchado hasta dar la vida en muchos casos por ellas, desde los obreros colgados por destruir máquinas, a los miles que cayeron defendiendo la revolución en las calles del París communard y de la Barcelona anarquista o a los homosexuales perseguidos en todas las épocas y lugares. Y porque considero que tenían razón, que su verdad, además de hermosa, contenía una promesa de redención que no se ha cumplido, que se ha abandonado por el camino, es por lo que he emprendido esta tarea crítica. Porque creo en ellos y en la posibilidad y necesidad de realizar hasta sus últimas consecuencias lo que ellos no pudieron concluir. Y porque siento el más profundo desprecio por aquellos que escupen sobre sus propios muertos a cambio de una vida cómoda dentro del orden que dicen negar. Estos traidores se convierten en colaboradores necesarios del Capitalismo y son, por tanto, responsables de las condiciones que marcan nuestras vidas. Pero si están a gusto con este mundo habrán de asumirlo en su totalidad, no nos volveremos a dejar engañar por su verborrea. En esta guerra no hay más que dos bandos: o se está hasta las últimas consecuencias en contra de este régimen criminal o se está a su favor. O la vida o la muerte-en-vida que propugna el Capitalismo, no hay término medio.
Acercarse al pasado de nuestras luchas con complacencia, buscando en él la seguridad que da una ideología que se piensa inmaculada es vivir de espaldas a una realidad que se ha construido precisamente sobre el desmembramiento de esas luchas. El Capitalismo devora aquellas partes de sus enemigos que pueden ser aprovechadas y que le ayudan a engordar aún más, desechando aquellas que se le podrían indigestar, hasta sólo dejar una simple carcasa de la que ya no puede aprovecharse nada. Esa capacidad carroñera del Capitalismo es lo que entiendo por recuperación, esto es, su capacidad para tomar algunos elementos aislados de los movimientos opuestos a su dominación y apropiárselos, readaptándolos y despojándolos de su contenido crítico y revolucionario, para afianzar su dominio aún más. Hay que vigilar y actuar activamente sobre el pasado para evitar la apropiación que de él hace el poder tratando de borrar la memoria de nuestras luchas para convencernos de que la única realidad posible es la suya y que todo lo que ocurrió no sirvió para nada. Se lo debemos a todos los que cayeron y a nosotros mismos y nuestras ansias de libertad. “El peligro amenaza tanto a la existencia de la tradición como a quienes la reciben. Para ella y para ellos el peligro es el mismo: prestarse a ser instrumentos de la clase dominante. En cada época hay que esforzarse por arrancar de nuevo la tradición al conformismo que pretende avasallarla. El mesías no viene sólo como redentor; también viene como vencedor del Anticristo. El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo le es dado al historiador perfectamente convencido de que ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer.” (Walter Benjamin: “Tesis sobre el concepto de historia” § VI). Si dejamos que el Capitalismo controle el pasado, podrá controlar más fácilmente el presente. Aprendamos de la historia que la recuperación no es el menor de los peligros a los que nos enfrentamos y que nadie está a salvo de él. Con ello estaremos más cerca de esa promesa de redención y habremos empezado a agitar, aunque sea débilmente, los rescoldos del incendio.
Ni arqueología ni restauración
“Si deseo que el mundo cambie, si incluso deseo consagrar a su cambio tal como es concebido socialmente una parte de mi vida, no es con la vana esperanza de volver a la época de esos cuentos, sino más bien con la de contribuir a alcanzar una época en la que no haya sólo cuentos.”
André Breton
La crítica del progreso, de la tecnocracia y de la razón instrumental es una tarea urgente y necesaria para tratar de derribar los muros de la opresión. Desde que en los años treinta y cuarenta la escuela de Frankfurt, con Adorno y Horkheimer a la cabeza, y otras corrientes y pensadores –Benjamin, Ellul, Mumford, Camatte, por citar sólo algunos– empezasen a formular sus planteamientos críticos con estos mitos, mostrando como esta visión del mundo es uno de los pilares del Capitalismo, poco a poco estos planteamientos han ido impregnando al pensamiento crítico, pero parece que no ha sido suficiente. Queda mucho todavía por hacer. Tenemos que desprendernos definitivamente de ese lastre, de esa confianza ciega y sorda que llevó a muchos a creer que la ciencia, la razón y la tecnología traerían por sí solas la liberación de la humanidad, cuando lo cierto es que han contribuido a esclavizarnos aún más. Frente a estos mitos y su visión utilitarista de la vida hay que caminar hacia un reencantamiento del mundo que nos permita enfrentarnos con más armas, conceptuales y prácticas, a nuestro enemigo, articulando un lenguaje propio y no el que nos impone éste. Este reencantamiento implica interactuar con la realidad desde una perspectiva más abierta, utilizando recursos que a menudo han sido despreciados como inservibles para la guerra social, como el amor, la sensibilidad, la poesía, el erotismo o la ebriedad. A menudo nos hemos limitado nosotros mismos el arsenal con el que nos enfrentamos al enemigo, es hora de ampliarlo, de enriquecerlo.
Hace tiempo que se aprecian cambios muy interesantes en este sentido, parece que por fin empezamos a expulsar de nuestro seno estos mitos. Pero, en esta crítica al progreso y a la tecnificación del mundo, a menudo se toma un atajo que no conduce más que a la continuación de lo existente. Al rechazar la razón instrumental y la tecnocracia no se trata de caer en la irracionalidad, sino todo lo contrario, de devolver el mundo a la verdadera racionalidad. Así, tan peligroso como la glorificación del progreso y la visión de la historia como una línea recta que conduce a un futuro marcado de antemano lo es también el que se dice su contrario absoluto: la idealización del pasado como un paraíso en el que todo era puro e inmaculado –los frutos del campo, las relaciones humanas e incluso el trabajo– hasta que llegó el gran mal, encarnado por la agricultura, la civilización, el cristianismo, la máquina o la modernidad, según el caso. Sin restar importancia al papel que pueda haber jugado la aparición de cada uno de estos fenómenos y otros semejantes en el afianzamiento de la dominación, tampoco se puede caer en el error de complacerse en la ensoñación con ese pasado, pues este pasado ideal en el que la vida se habría desarrollado en toda su plenitud y libertad al margen de cualquier coacción externa no ha existido jamás y, si acaso existió alguna vez, hace ya mucho tiempo que perdimos cualquier vínculo con él.
Ni la banda de cazadores-recolectores, ni la ciudad griega, ni la comuna aldeana pueden servirnos de modelo para la tarea que tenemos por delante: derribar este mundo. No pueden ser un modelo porque esas experiencias se desarrollaron en un contexto muy distinto al que nos enfrentamos nosotros. Esto no significa que haya que desdeñarlas. ¡Desde luego que no! Tenemos que apropiarnos de ellas, pero no para tratar vanamente de repetirlas, sino para aprender la más valiosa de las lecciones que nos pueden enseñar: que numerosas sociedades se han desarrollado a lo largo de la historia al margen de la mercancía, si no totalmente, sí al menos en muchos aspectos y que, por tanto, el Capitalismo, el Estado y la Economía no son ni naturales ni inevitables. Tenemos que ir al encuentro de esos fragmentos del pasado, pero siendo conscientes de que esas experiencias pertenecen a un momento histórico demasiado alejado de nuestra realidad, son demasiado extrañas a nosotros, a aquellos que, desgraciadamente, sólo hemos conocido la peor de las dominaciones. Recrearnos en su añoranza o tratar de repetirlas es caer en un romanticismo nostálgico que sólo conviene a quien quiere que todo siga igual. Es una huida de la realidad que no conduce a ningún sitio, pues por muy lejos que huyamos el Capitalismo siempre acaba por encontrarnos.
Esta visión nostálgica e idealista del pasado supone la negación de la historia, pues, al igual que su aparente contrario, el progresismo, la considera algo fijo e inamovible. Puede que sea cierto que hemos ido perdiendo cada vez más parcelas de libertad desde el Neolítico hasta la actualidad, pero al considerar este proceso constante y gradual, al ver en la historia sólo una línea recta que jamás se ha torcido, se le está dando la razón al enemigo, se asume el discurso que se pretende negar, aquel que asegura que el curso de la historia es lineal y que ésta avanza guiada por el progreso hacia un futuro que se asume como inevitable. Con la adopción de este discurso se cometen dos graves errores que sólo contribuyen a la desorientación, la inacción y la resignación. Por un lado, se desprecian todas las luchas que han tratado de romper esa línea recta y que, aun con todos los errores que pudiesen haber cometido, no se pueden ignorar como si no hubiesen existido, como si no hubiesen logrado quebrar aunque fuese por breve tiempo ese continuumhistórico y como si no pudiésemos aprender nada de ellas. Y, en segundo lugar, se cae en un nihilismo inoperante que asume esta realidad como inevitable, pues se niega el materialismo dialéctico, la posibilidad de cambiar el curso de los acontecimientos y tomar el control de nuestras vidas aquí y ahora.
A esta negación de la historia se suele unir en muchos casos un individualismo extremo que cae en el absurdo al concebir cualquier comunión de personas como una institución opresora, con lo que nos despoja de una de nuestras mejores y más hermosas armas, la de unirnos a otras personas con unos intereses y sensibilidades similares para crecer, no tanto numéricamente sino sobre todo cualitativamente, enriqueciendo nuestra experiencia con lo que nos aporta la compañía y el compañerismo de otras personas. Puede que esta unión signifique renunciar a ciertas parcelas de libertad, pero entre esa minúscula pérdida de libertad y todo lo que a cambio puede ofrecernos unirnos con otras personas hay una diferencia abismal. Esta concepción nihilista de la libertad sólo beneficia al orden actual, que nos quiere solos, aislados, sin capacidad para comunicarnos entre nosotros para así tenernos más indefensos frente a su dominio. No podemos renunciar a esa comunicación si no queremos, con el pretexto de la defensa a ultranza de la individualidad, caer en la inacción, en el no comprometerse con nada más que con nosotros mismos. No podemos despreciar las infinitas posibilidades que nos ofrece amar y compartir la vida con otros y otras que luchan por lo mismo que luchamos nosotros. ¿Por qué despreciar algo tan maravilloso encerrándose en un individualismo que en el fondo no es otra cosa que misantropía? No caigamos en el error de cerrarnos puertas a nosotros mismos.
El mundo actual no es la consecuencia i
Mirtila|21-01-2007 22:59
Es cierto que el capitalismo lo devora todo. PEro la lucha contra este monstruo, tiene que tener sus mismas características cambiantes, camaleónicas: ante cada trampa, una nueva vuelta y otro ataque, sin descanso, hasta el fin de la propia existencia, porque ser revolucionario o revolucionaria, es un compromiso que se firma para toda la vida. "No podemos optar entre vencer o morir: necesario es vencer". Palabras de José Félix Rivas, cuando en la batalla de La Victoria estaba rodeado por los realistas españoles. Murió y fué expuesto su cadáver, pero la lucha quedó viva y vencimos.
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