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¿Sin remedio?

Con el paso de los años y el pensamiento siempre a toda vela, me viene sucediendo una cosa propia tanto del sabio como del viejo, que viene a ser lo mismo aunque haya quien niegue la equivalencia.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 23-8-2008 | 535 lecturas | 1 comentario
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  No sé cómo expli­carme, no sé cómo encajar todas las piezas de un puzzle cósmico cuya composición última refleje una mínima coherencia del mundo que nos ha tocado vivir. Da igual. Se trate de la dimensión, plano o ámbito que sea. Lo mismo en la política, que en la ciencia, que en la religión o la justicia o la ética o la moral. No sé por dónde empezar. Hay días que me dan unas ganas enormes de tirar la toalla y dejar de discernir, de denunciar, de re­flexionar sobre todo aquello que no depende exclusivamente de mí, que no me afecte a mí, que no per­tenezca al más absoluto y des­piadado solipsismo. Pero sé también que tampoco yo tengo remedio; que seguiré en la brecha...

  Un joven amigo mío, estimable profesor de filosofía y ética de un co­legio privado de hijas de la alta sociedad económica (ya no hay otra alta sociedad), me decía el otro día que la sociedad no tiene reme­dio, que la sociedad no tiene carácter, ni alma, ni forma; que en úl­timo término las diferencias entre unas colectividades y otras son in­apreciables; que todas ellas son reducibles al absurdo. Que sólo el individuo aislado puede alcanzar cotas próximas a la santidad, al equilibrio y a la perfección tal como entendemos tradicionalmente santidad, equilibrio y perfección; que todos los políticos y gobernan­tes nos dirán que hacen las cosas por el bien de la comunidad, por la justicia, por el bienestar de los ciudadanos de la polis o de sus súbditos cuando es el autócrata el que rinde cuentas...

  Yo le respondí que eso es muy cierto; que no imagino, si se les dejase desarrollar sus tiempos, a dos políticos acabar nunca sus ré­plicas y contrarréplicas: con un poco de imaginación podrían ser infinitas. Pero la sociedades empiezan en la familia aunque esté ya destructurada respecto al modelo anterior, sigue en los centros de trabajo, como en su caso el colegio donde ejerce la docencia... y así hasta las grandes estructuras sociales. Durkheim trataba a la socie­dad como un organismo vivo; con su estómago -la Hacienda-, con su cerebro -el ejecutivo, el legislativo-, con su sistema nervioso -ejército, justicia- etc.

  Se explica la sociedad y sus sinuosidades a través de disciplinas completas: sociología, sociobiología, psicología so­cial, antropología, geografía humana... De modo que hay que reco­nocerles una entidad suficientemente hecha como para extraer de ella rasgos y tenden­cias preponderantes. Como si de un individuo aislado se tratase.

  Bien. Hasta aquí, es decir, hasta la edad que luzco, mi preocupa­ción por sus avatares, por las peripecias de la sociedad abstracta­mente con­siderada y por las de las colectividades que componen la humanidad. Pero he llegado a la conclusión por la que empiezo es­tas divagaciones. Me desespero, me sube la tensión arterial. Se persi­gue -persiguen los que disponen de las armas más potentes y la determinación de usarlas- a todo género de colectivismos, socialis­mos y comunismos cuando estas ideologías no hacen más que edu­car en la solidaridad, en la confraternidad, en el humanismo. Edu­cando primero con racionalidad y aplicando luego la máxima ra­cio­nalidad -la razón es lo que nos distingue de las bestias- al funcio­na­miento de la polis.

  Todo esto es a mi juicio así. Pero una fuerza telúrica o una fatali­dad bíblica se impone en el mundo sobre todo raciocinio aséptico y no sectario, y sobre toda buena voluntad. Las denuncias, los esfuer­zos, los griterios individuales y aun los asociativos son movimientos idealistas que, a juzgar por la marcha de los acontecimientos, no van a ninguna parte. La inmensa mayoría de las poblaciones occi­dentales están aletargadas por el consumo y anestesiadas por el neuromarketing. No hay nada qué hacer para cambiar o transformar un mundo sin excepción en manos de individuos que para dedicarse a la política han tenido previamente que hacerse una ablación del cerebro donde residen los escrúpulos. Sólo un golpe de iluminación o los extraterrestres podrán un día hacer que la sociedad humana ascienda un solo peldaño en la escala del amor o de la perfección...

  Mi amigo tiene razón. Lo único que puedo hacer y es lo que pronto haré será cultivar, como Candid de mi admirado Voltaire, mi reseco jardín y abrazarme a mi hermosa Cunegunda casi tan vieja como yo.

 
 
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Comentarios (1)

#1

Gaia|26-08-2008 04:30

Por si acaso, tú y tu amigo no tuviérais razón, no dejes de escribir.

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