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Sin cambios

Todo es capitalismo puro, duro y repugnante. Nadie que haga polí­tica y haya llegado al poder se priva de engrosar luego, una vez pa­sadas las promesas a lo grande, a las filas de los magnates del mundo.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 11-1-2008 | 231 lecturas
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  Sean Schröder, Aznar, Blair, González, Rato y una larga lista de listos que por hablar medianamente bien se auparon al po­der, luego se van montando tan ricamente en el dólar ajeno y de paso montando en él también a todos sus familiares. Eso es la polí­tica de siempre, pero es­pecialmente la del milenio que corre­mos.  Para eso está la política, sí señor, para hablar con rimbombancia y forrarse.

  Se hacen promesas, se pone el grito en el cielo sobre esto y lo otro y se proclama que se van a cambiar algunas cosas en el fondo irre­le­vantes, para dejar intactas las más oscuras, las más abyectas, las más ignominiosas y las que apuntalan todo el tinglado que sostiene a las clases privilegiadas, a los patricios. Y mientras tanto la in­mensa mayo­ría pasándolas putas con hipotecas asfixiantes, vivien­das en precario y empleos basura...

  Luego están los jueces de la Audiencia Nacional que les importa un pimiento otra cosa que no sean las diligencias fabri­cadas por las fuer­zas de inseguridad, por más testigos, como ese héroe que ha decla­rado sobre esa reciente detención de los dos vascos, que "la detención fue sin problemas". Yo creo que tememos mil veces más a un policía o a un segurata, que a un terrorista que difícilmente va a al­canzarnos.

  Mucho maldecir el franquismo y sus abusos y su TOP, pero ¿qué otra cosa es la Audiencia Nacional sino un tribunal especial con unos jueces especializados en condenar ipso facto a todo el que ha caído en las ga­rras de los encargados del orden impuesto por aquellas mismas clases privilegiadas de los que hablaba al princi­pio? Yo, que voy para los 70, no veo ninguna diferencia entre esos juicios que se hacen cada dos por tres a presuntos etarras, y los que se hacían en la tristemente famosa calle del Reloj de Madrid en los años 50 y 60.

  Yo sé que no puedo hacer nada para cambiar el mundo, y menos a una sociedad podrida por los cuatro costados como la española, donde sólo se puede uno desahogar en Internet... por ahora. Y eso es lo que hago, no reprimirme, decir desde mi po­bre atalaya que no es que vea que todo sigue en lo fundamental más o menos igual, es que todo va a peor en el conjunto y sobre todo en lo que se refiere al orden público. Por algo dice Chomsky que “cuando las cosas no cambian estemos seguros de que irán a peor”. Y a peor van.

  Es terrible vivir allá donde temes más a las policías que a los delin­cuentes. En lugar de sentirte protegido, cuando las ves cerca te echas a temblar y muchos se echan a correr. Si eso sucede por el interior de la península, ¡qué no será en el País Vasco, un territorio ocupado por los herederos de Franco!

  Lo dicho. Cuando todos estos solemnes ministros y este no menos conspicuo presidente de gobierno que a base de un socialismo de guardarropía han medrado, abandonen la política, veremos lo que du­ran sin pasar a cargazos y a pertenecer a staffs de los grandes acapa­radores de dinero del planeta...

  Cada vez comprendo mejor a Epicuro cuando a sus alumnos de la Academia les prohibía meterse en política: la más sucia, la más in­noble de las actividades humanas.  Y cada lustro que pasa, peor. Porque al fi­nal quien paga las consecuencias de todos esos exce­sos, antes de los autócratas y ahora de los "elegidos" con tre­tas, es la parte más débil, el pueblo llano y los pueblos con petróleo.

  Y una de las pruebas flagrantes de las diferentes varas de medir a poderosos y ciudadanos de a pie es que pobre de ti si dices una pala­bra más alta que otra en presencia de un servidor del orden. Y sin em­bargo a un locutorzucho de radio y a los propios obispos que se pasan la vida insultando, nadie les pone la mano encima. Ahora un juzgado verá la denuncia del SUP por sus libelos. Pero veremos que todo que­dará en agua de borrajas o pagará una multa que será su­fragada por los obispos que a su vez sacarán el dinero del cepillo de Santa Tiburcia.

  Lo único que ha cambiado en el mundo es que ahora todo se sabe aunque se oculte lo principal. Pero con eso lo único que se consigue es que, al no poder hacer nada para cambiar las cosas, nos pone­mos más enfer­mos de los nervios todavía.

 
 
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