Simón Bolívar
Por la integración de América Latina
Al encarar el convulso panorama que enfrenta el Tercer Mundo, particularmente Nuestra América, aprovecho el aniversario 225 del natalicio de ese grande de la humanidad nombrado Simón Bolívar (1783/24 de julio/2008) para compartir algunas ideas sobre la necesidad de la integración de Latinoamérica y el Caribe (unidad, igualdad, cooperación, complementación –Latinoamericanismo), en contraposición de la Doctrina Monroe (América para los yanquis –Panamericanismo). Para concretar este primer trabajo[1], se ha optado por que sean estas magnas figuras –los respectivos verbos de Bolívar y Martí– las que no den lugar a la duda acerca del tema central, al margen de los comentarios que resulten indispensables realizar.
Integración en la órbita de Bolívar:
“Hablo de la conducta de Estados Unidos del Norte con respecto a los independientes del Sur, y de las rigurosas leyes promulgadas con el objeto de impedir toda especie de auxilios que pudiéramos procurarnos allí […]”. Simón Bolívar, 18 de agosto de 1818.
Con extrema justicia se le ha denominado a Simón Bolívar como El Libertador. Bastaría una rápida mirada a su vida político-revolucionaria para así percibirlo, incluida su visión acerca de la América Latina y el Caribe.
Si se considera que para Bolívar “la patria es la América”[2], no debe extrañar el hecho de que él entendiera que nos correspondía a nosotros mismos “ocuparnos de nuestros intereses”, ni que apreciara la verdadera lucha en el correr del “nuevo mundo la sangre de sus hijos por la libertad, único objeto digno del sacrificio de la vida de los hombres”[3]. Tampoco se debe pasar por alto que también en los planes de El Libertador se encontraba contribuir a la emancipación de la mayor de las Antillas ─y de Puerto Rico─, razón que hizo a Martí sentenciar: “[…] ¡los cubanos lo veremos siempre arreglando con Sucre la expedición […] para libertar a Cuba!”[4].
No obstante, la América que deseaba para los habitantes del subcontinente el Padre Fundador de Venezuela no se limitaba simplemente a la obtención de la independencia política. Por ello, expresó: “Después de quince años de sacrificios consagrados a la libertad de América por obtener el sistema de garantías que, en paz y en guerra, sea el escudo de nuestro nuevo destino, es tiempo ya que los intereses y las relaciones que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de esos gobiernos”[5].
Nótese en lo anteriormente expresado ─de paso, fundamento de lo que más tarde devino línea de continuidad en lo mejor del pensamiento latinoamericanista─ un indiscutible llamado a que las repúblicas americanas emergentes, en aras de sus intereses y de las relaciones que las acercaban entre sí, procuraran una sólida unidad como fundamento de la durabilidad de sus soberanías.
Corrobora esta idea lo que sigue: “Yo soy del sentir ─dijo─ que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán la más completa ventaja; seremos indefectiblemente envueltos en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por ese puñado de bandidos que infestan nuestras comarcas”[6].
A todas luces, la unidad subcontinental se encuentra en la perspectiva de Simón Bolívar, aspecto que además queda ilustrado en sus siguientes palabras:
“Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes y el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; mas no es posible [advierte, y debe haber sido con gran pesar], porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América. ¡Que bello sería [sin embargo exclama, como si tuviera el corazón en la mano] que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!”[7].
Al argumentar las ventajas que él veía en esta última idea, precisa:
“Parece que si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado, como está en el centro del globo, viendo por una parte el Asia y por la otra el África y Europa. El Istmo de Panamá […] está a igual distancia de las extremidades; y, por esa causa, podría ser el lugar provisorio de la primera asamblea de los confederados”[8].
Cuando Bolívar tenía al citado Istmo en la mirilla política, le acompañaba el pensamiento que continúa:
“De cuantas épocas señala la historia de las naciones americanas, ninguna es tan gloriosa como la presente, en que desprendidos los imperios del Nuevo Mundo de las cadenas que desde el otro hemisferio les había echado la cruel España, han cobrado su libertad, dándose una existencia nacional. Pero el gran día de la América no ha llegado. Hemos expulsado a nuestros opresores, roto las tablas de sus leyes tiránicas y fundado instituciones legítimas; mas todavía nos falta poner el fundamento del pacto social, que debe formar de este mundo una nación de Repúblicas”[9].
Lamentablemente, ese pacto en pro de Repúblicas devenidas una sola República estaba lejos de concretarse en la época de El Libertador, como lo vino a confirmar el hecho de que, si bien el Congreso Anfictiónico de Panamá se efectuó entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826 y aprobó un Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, nada de ello fue jamás ratificado ni, consiguientemente, llevado a la práctica.
Las causas del fracaso de las ideas bolivarianas en torno a la unidad subcontinental se encuentran tanto en la oposición de líderes de Nuestra América de aquellos años –quizás el peor ejemplo fue el del pro yanqui F. de P. Santander–, como en las maniobras hostiles del Águila Imperial –no se olvide que para entonces ya era hecho la Doctrina Monroe. Con estos elementos de juicio, no resultó casual que Bolívar llegara a sentenciar: “[…] los Estados Unidos que parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad […]”[10].
Y aun cuando en vida de Simón Bolívar –murió el 17 de diciembre de 1830, casi un cuarto de siglo antes de que naciera el Apóstol de la Independencia de Cuba– sus sueños estuvieron muy lejos de verse realizados, lo más significativo de su Latinoamericanismo ronda al establecimiento de una concepción que con el devenir histórico estaba llamado a ser retomado por los mejores hijos de Nuestra América, un indiscutible ejemplo de lo cual se encuentra en el Cubano Mayor.
Integración en la órbita de Martí:
“[…] impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas […] la anexión de los pueblos de América al Norte revuelto y brutal que los desprecia […]”.    José Martí, 18 de mayo de 1895.
Resulta incuestionable que cuando el Héroe Nacional de Cuba tuvo su primer contacto directo con la cuna de Abraham Lincoln[11], se deslumbró. Muestra de ello es su propio testimonio de julio de 1880:
"Estoy hondamente reconocido a este país, donde los que carecen de amigos encuentran siempre uno, y los que buscan honestamente trabajo encuentran siempre una mano generosa. Una buena idea siempre halla aquí terreno propicio, benigno, agradecido. Hay que ser inteligente; eso es todo. Dése algo útil y se tendrá todo lo que se quiera [...]"[12].
Sin embargo, apenas han transcurrido tres meses desde que Martí escribiera tan halagadoras palabras acerca de lo que devendría el "Norte revuelto y brutal", y ya su aproximación a ese escenario va siendo más exacta. En correspondencia, se cuestiona:
"¿Pero tienen los Estados Unidos los elementos que se supone que posee?", para casi de inmediato puntualizar: "El observador encuentra contestaciones elocuentes a todas estas mixtificaciones mientras va por las calles", despejando en párrafos siguientes las incógnitas. Obsérvese lo que continúa:
"¿Qué veo?" [se pregunta, y en el acto se responde]: "Una niña de siete años va a la escuela. Habla con cuidado inusitado ─con otras niñas, esta miniatura de mujer tiene tanto dominio de sí misma como una mujer casada [...]. Sus orejas están adornadas de pesados aretes; sus pequeños dedos de sortijas [...]. La esclavitud sería mejor que esta clase de libertad; la ignorancia mejor que esta ciencia peligrosa”[13].
En consecuencia, no resulta extraño que el conocimiento que fue adquiriendo Martí de la sociedad norteamericana en el marco de su apego a la emancipación de Cuba y en general de Nuestra América lo haya conllevado a sostener: “[…] está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene que hacer en América todavía”[14].
Quien así pensaba era la misma persona que sentía: “El alma de Bolívar nos alienta”[15], y que protagonizó el siguiente episodio: “Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin quitarse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo […]”[16].
El examen de estas consideraciones conduce a puntualizar, por un lado, que se está en presencia de la comprensión de que, hacia finales del siglo XIX, las ideas bolivarianas tenían plena vigencia; y por otra parte, que el subconsciente martiano estaba impregnado de la fuerza de una herencia política cargada de la eticidad que le pudiera legar un progenitor.
Con toda coherencia, pues, El Maestro advierte: “[...] Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos [cual eco del Libertador] ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora de recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes"[17].
La advertencia anterior no era obra de un capricho, sino de sólidos fundamentos. Téngase en cuenta que previamente él había alertado:
“Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera mayor sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite de los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menor poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, y cerrar tratos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”[18].
Y téngase en cuenta que poco después de las palabras anteriores él había acotado:
“[...]. Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la juventud prendada de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero el que siente en su corazón la angustia de la patria, el que vigila y prevé, ha de inquirir y ha de decir qué elementos componen el carácter del pueblo que convida y del convidado, y si están predispuestos a la obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si es probable o no que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen en la unión que pretende, con peligro del invitado [...]”[19].
Obsérvese en estos últimos aforismos cómo José Martí, sucintamente, evidencia el porqué los pueblos radicados al Sur del Río Bravo como nunca antes se debían acompañar de la tesis bolivariana según la cual los Estados Unidos estaban destinados a plagar la América de miserias a nombre de la libertad, para con ella luchar por su propia emancipación como etnia.
No obstante, el Latinoamericanismo –y antimperialismo– martiano alcanza su clímax hacia mediados de la última década del siglo XIX, de lo cual es muestra fehaciente –por una parte– su trabajo La verdad sobre los Estados Unidos. Allí expone: "[...] las dos verdades útiles a nuestra América: el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos, y la existencia, en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos”[20].
Qué puede haber de extraño –por otra parte– en el que en la víspera de la entrada del Apóstol a la eternidad él escribiera: "ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo– de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América […]”[21].
Así, no resulta difícil apreciar una invariante entre Bolívar y Martí: la lucha por los intereses de los pueblos de Nuestra América –con énfasis en la necesidad de lograr su integración política y económica–, en contraposición a las maniobras hegemónicas de Norteamérica.
Empero, tras la caída de José Martí en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, el escenario de Latinoamérica no exhibió un panorama en el cual se mostraran los árboles en fila y, por tanto, se pudiera impedir el paso del gigante de las siete leguas, sin desconocer que sí hubo manifestaciones de rebeldías en el seno de las masas populares del subcontinente. Pero en el centenario de su natalicio (28 de enero1853) revivió él y, por tanto, Bolívar.
 
[1] A partir de este trabajo, el autor publicará una seria se artículos sobre la Integración en Nuestra América contentivos, además, de las percepciones de Fidel Castro y Hugo Chávez, así como acerca de la Alba y el ALCA.
[2]Simón Bolívar. Documentos. Casa de las Américas, La Habana, 1964, p. 29.
[3]Simón Bolívar. Ideas políticas y militares, 1812-1830. W. M. Jackson, Buenos Aires, 1945, p. 77. En: José A. Benítez. El pensamiento revolucionario de hombres de nuestra América. Editora Política, La Habana, 1986,p. 26.
[4] José Martí. Obras Completa (OC). Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, Tomo 8,p. 252.
[5]Simón Bolívar. Escritos políticos. Alianza Editorial, Madrid, 1969, p. 143. EnJosé A. Benítez. Ob. Cit., p. 27.
[6]Ibídem,p 30.
[7]Simón Bolívar. Documentos. Ob. Cit.,p. 61.
[8] Ibídem, p. 144.
[9]Ibídem,p. 106.
[10]Ibídem, p. 329.
[11] Si bien está registrado que él exclamó respecto a los Estados Unidos: “¡Oh! La nación norteamericana morirá pronto, morirá como las avaricias, como las exuberancias, como las riquezas inmorales” (José Martí. O. C., T. 19, p. 17 ─no se ha podido precisar la fecha exacta de cuándo lo expresó).
[12] Ibídem, T.19, p. 107.
[13] Ibídem, T.19, p. 124.
[14] Ibídem, T. 8, p. 243.
[15] Ibídem, T. 7, p. 111.
[16] Ibídem, T. 18, p. 304.
[17] Ibídem, T.6, p. 15.
[18] Ibídem,T. 6,p. 46.
[19] Ibídem, Antología Mínima. Instituto Cubano del Libro. La Habana, 1972.T.1,p. 321
[20] Ibídem,p. 520.
[21] Ibídem, O.C.T. 4, p. 167.