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Revolución Cubana: poética, existencia y dubitación

...la primera de las generaciones nacidas con la Revolución en plantear públicamente –impúdicamente– inquietudes, sentimientos y diferencias
Julio Pino Miyar desde Estados Unidos | Para Kaos en la Red | 22-10-2008 | 1402 lecturas | 40 comentarios
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Rene Francisco - Cuba Arte Conceptual

Revolución Cubana: poética, existencia y dubitación

  “¿Existirá una praxis última de la poesía donde el hecho es imagen y el progreso científico-económico suficiente hermosura?” Cintio Vitier.

Julio Pino Miyar 21/10/008

UNO

La palabra “dubitación”, citada en el título, es una figura retórica con la cual se quiere indicar torpeza, desasosiego, relativa duda ante el tema que se va a tratar. La retórica clásica cristiana la utilizó como una de las primeras figuras de un exordio para hacer con ella partícipe al lector de la desazón interior del ponente, aunque también como un recurso significativamente formal donde la expresión opera al modo de un fingimiento de incapacidad e incertidumbre frente a la importancia de las ideas que a continuación se fueran a desarrollar. No sé hasta qué punto esté fingiendo inconsistencia o desazón a la hora de exponer ante el lector mis relaciones afectivas más originarias, generacionales, mis justificaciones políticas más personales a la hora de hablar sobre la Revolución Cubana de 1959.

La generación de jóvenes que marchó a la Revolución en 1953 (asalto al cuartel Moncada) se autoproclamó por sobrados motivos como “Generación del Centenario del Natalicio de José Martí”, para situarse así en la cresta más alta de un formidable tsunami crítico que, teniendo al apóstol como exaltado expositor de un ideal ético – revolucionario, se dedicó progresivamente a la gestión real más radical: la reconstrucción de nuestra historia nacional ya que la entendía “ideológicamente irrealizada”; esencialmente mediatizada por la presencia norteamericana en alianza con una muy dependiente y privilegiada oligarquía criolla de un país eminentemente agrícola, con uno de los campesinados más pobres y olvidados del Continente. La Revolución –una vez tomara el poder en 1959– se convirtió en una creciente social dotada de un extraordinario proyecto ideológico; para cumplirse barrió con casi todas las antiguas clases y estamentos sociales, negando el anterior modo de producción económico, descapitalizando al país y expulsando a las trasnacionales, reorganizando las fuerzas productivas y desarrollando otras, marginando los viejos postulados ideológicos, suprimiendo las antiguas instituciones civiles y políticas, implicando a la sociedad en un programa nacional de educación y salud, convirtiendo al Estado en único gestor de la vida económica y cultural, redefiniendo en la práctica la funciones económicas y el valor de la utilidad social, reescribiendo la historicidad de la nacionalidad y subvirtiendo la vieja relación de la República burguesa de 1902 con el mundo, en especial con los Estados Unidos. Cumplida esa labor, la Revolución asumió la tarea de la imposición ideológicamente normativa –de alcance pedagógico, propedéutico– sobre el nuevo espacio y el nuevo tiempo sociocultural vehementemente reconstruidos, donde se expresaban con fuerza uniforme, el patrimonio político y la concepción unitaria y jerarquizada de un “Estado misional”, siempre en vísperas de llegar a constituir, entre nosotros, la utopía colectiva del ideal comunal.

El tema de la sucesión generacional que hereda un pasado político y cultural, se enfrenta a nuevos contextos e imprime su sello más original en el acontecer social de una nación, no deja de cumplir un significado abiertamente histórico. Sin embargo, Cintio Vitier, poeta e infatigable investigador de la poesía, la persona en Cuba que más quiero y admiro, sin que para ello medie entre nosotros ningún compromiso, me escribió una vez que a la única generación a que los cubanos debíamos aspirar a pertenecer era a la generación de José Martí. En esa generación moral se cifran, al modo de una hermosa constante, los temas clásicos de nuestra identidad nacional y nuestro punto más alto de inflexión política en el mundo.

El punto aproximado de nacimiento de una generación se supone cuando éstaencuentra la ocasión propicia de mostrar su particular sensibilidad e iniciar el libre movimiento que la conduce a su configuración política y/o cultural, comenzando a ser portavoz de sus propios anhelos, estilo de vida y necesidades, tomando para eso formal distancia de las generaciones precedentes, explicando sus más secretas motivaciones internas –en ocasiones las más íntimas– asumiendo con originalidad y pasión su incidencia en el contexto por lo general confuso, problemático y difícil de la historia.

José Ortega y Gasset propuso, desde su cátedra madrileña de la primera mitad del siglo XX, una interpretación generacionalista de la historia; esto, tomado en su sentido más estricto, pudiera resultar falso, por eso la respuesta del maestro Cintio Vitier a mi visión orteguiana: como los jóvenes del Centenario, es a la generación de Martí a la que debemos aspirar a pertenecer, por lo que entraña de factor esencialísimo a la hora de asumir los principios básicos de convivencia política y destino nacional. No son por ello las diversas generaciones, son los procesos históricos los que habilitan la posibilidad teórica de explicar una realidad social, hacer una correcta valoración política o incluso expresar un dictamen filosófico sobre la historia en su conjunto. En la doctrina generacionalista sin embargo, se pueden reconocer las constantes sociales de todo devenir, de un proceso material que produce las condiciones prácticas que dan cabida a los argumentos que se utilizaran y facilitaran las circunstancias en las que se reproduce el cuerpo axiológico de las verdades adecuadas, los principios más lógicos que se encuentran, en un momento determinado, en debate. Una generación en concreto, debido a la notable peculiaridad de su pensamiento y la existencia de un consenso general de motivaciones y experiencias que le dan forma, puede estar llamada a encarnar una toma original de posiciones y una consecuente prosecución social. Una generación en particular, como especial grupo humano, se encuentra en ocasiones capacitada para producir, para propiciar en la historia de su pueblo un diálogo intrahistórico que la redefina y la ubique en el contexto más universal de las circunstancias sociales, haciéndola entonces partícipe del dialéctico devenir de las ideas, porque esa generación ha sabido ser además el resultado crítico –hija rebelde como otras; singularísima como ella misma– del proyecto ideológico y los acontecimientos civiles e históricos provocados y conducidos por el grupo de poder político que lidera, desde hace cincuenta años, la Revolución de Enero.

En la década de los años 80’ del siglo XX tuvo lugar la llegada a la vida sociocultural de Cuba, una singular generación de artistas e escritores, por lo común recién egresados de las universidades del país o del Instituto Superior de Arte de La Habana; en ese grupo humano, integrado en lo principal por varios centenares de brillantes jóvenes, se cifraba el núcleo de lo que más tarde sería llamada “la polémica generación de los años 80’”. Eran en su mayoría artistas e intelectuales de un origen social muy humilde, provinciano, campesino, obrero, financiado y promovido por el programa nacional de educación y cultura de la Revolución, devenidos en artífices de una nueva y originalísima relación con la cultura y los medios institucionales.

Pero, ¿dónde es que radicó la extrema singularidad de la denominada “generación polémica de los años 80’” para que sea acápite de verdadera importancia de nuestro comentario?

Si comenzamos hablando de su formación, diríamos que esa generación decidió beber de las experiencias artísticas y filosóficas de Occidente. Las llamadas “Vanguardias Artísticas del siglo XX” devinieron en paradigma teórico que despegaba las búsquedas intelectuales de esos noveles artistas hacia otros derroteros y horizontes culturales más amplios, en rebelión con lo que usualmente se había estado impartiendo en la práctica estética, la promoción y la fundamentación ideológica en las escuelas de pensamiento y arte del país. La práctica artística y de debate, inaugurada por la impronta de esa generación, significó una completa ruptura con el pasado inmediato; primero como ruptura teórica, segundo como ruptura expresada en la propia plasmación artística y literaria. De hecho el concepto de la cultura como debate quedó reabierto del modo más espontáneo posible, mas no necesariamente para que tuviese lugar en los cenáculos habilitados por las instituciones y la cultura oficial, sino en el reencuentro espontáneo y desprejuiciado, no socialmente formalizado, de los artistas con otros artistas e intelectuales.

El movimiento estético del Surrealismo en Europa, por poner un ejemplo, cobraba para esos jóvenes el significado contemporáneo de permitir expandir el interés y las investigaciones hacia un campo cultural mucho más amplio que como lo entendían convencionalmente las ciencias sociales, incorporando la función cultural del mito, el erotismo, el simbolismo, el elogio de la locura como instrumentos de intelección de la cultura, cuestiones que en parte fundamentaban la razón de ser de una generación extremadamente sensible, audaz y evidentemente provocadora.

Frente a esta cosmovisión intelectual concientemente asumida que invocaba nombres circunstancialmente tan polémicos como Bretón, Jarry, Rimbaud, Duchamp, el cubano Lezama, que proponía incluso la racionalidad del absurdo, la irreverencia política, la redefinición sexual y las más variadas búsquedas escatológicas, se encontraban las formas esclerosadas, el doctrinario canon oficial del “realismo socialista” entendido como la repetición congelada del arte anecdótico y figurativo del siglo XIX y la suplantación de la investigación social por postulados ideológicos preestablecidos, mientras despreciaba el importante ángulo existencial del individuo como agente consustancial a cualquier genuina creación. Lo curioso es que las generaciones que han dejado una huella indeleble en la historia cultural de Cuba son, desde fines del siglo XIX, hijas del debate intelectual y la influencia directa de las vanguardias estéticas de Occidente. La generación de los 80’ retomó por decisión propia un camino emprendido desde los años 20’ al 50’ en el arte cubano, continuado en la década de los 60’ e interrumpido por la cultura oficial en los 70’, que redefinía, contra todo dogmatismo y habilitando una leyenda, las añejas relaciones del artista con la cultura, con la realidad, con la sociedad, con la vida; contra el concepto extremo de autoridad.

Cualquier intento de deslindar la práctica artística de los problemas socioculturales planteados por esta generación, asumido por sucesivas generaciones de artistas e intelectuales a partir de los años 80’ hasta nuestros días, resulta arbitrario. La línea que separa los problemas del arte de los de la vida es realmente muy delgada. Estos artistas quisieron innovar superando los habituales límites trazados por el ministerio secular de las instituciones en vías de acceder a una dimensión social más gratificante, no reticulada por las precondiciones ideológicas, donde se realizaría su crítica, su disconformidad y, sobre todo, la constante fundamental de sus preocupaciones estéticas. Esto tenía como base la naturalezaatribulada de los propios artistas, su extraordinaria sed de conocimiento y su actuar libérrimo en vías de un descondicionamiento social de tal magnitud y lugar que les permitiera transformar las leyes de juego: “cambiar la vida.” Los artistas de los años 80’ marchaban al compromiso crítico con la realidad, armados de sus problemas existenciales irresueltos, hasta esos momentos soslayados por la dogmática, la simplificación del análisis teórico y el esquematismo oficial. Obviamente las leyes de juego, la vida, no pudo ser cambiada debido que esa es la petición imposible que le hace siempre el artista a su sociedad, a cualquier sociedad. Mas los artistas, al permitírseles exponer, en el contexto histórico de la Revolución, una de las razones más consustanciales a su credo moral, delataron con fuerza su existencia y función como tejido vivo, palpitante e intransferible de la misma sociedad que, en un momento determinado, le diera nacimiento.

En escasas historias nacionales cobra tanto peso una presencia individual como para nosotros la figura de José Martí. Maestro de generaciones, fue el constructor y el mártir de un ideario cívico moral basado en la virtud del diálogo, la tolerancia, el respeto y el valor de las verdades concensuadas. Martí significa para Cuba lo que el ideal socrático implicó para la antigüedad helénica: fue quien nos enseñó a pensar, a sentir, a debatir, a entender la utilidad del bien y reconocer el valor práctico de la verdad. Impresiona el escaso tiempo histórico recorrido por la nación cubana, lo dramáticamente cercano de sus orígenes fundamentales a una contemporaneidad que se debate entre un ideal político relativo a Kósmos ciudadano y una tradición que se resuelve, por su lado, por medio de los conceptos patriarcales de autoridad y jerarquía. Pero en ambos casos se apunta a la soberanía nacional y a un destino manifiesto enunciado por Martí que se revela como resistencia política, y a la vez cultural, frente a la peligrosa expansión de la gran Nación del Norte. Martí fue esencialmente un poeta, un humanista que vino a insertarse definitivamente, por la completa inmersión de su palabra, en el contexto abigarrado de lo histórico. La primera gran generación de la Cuba republicana, la gran generación revolucionaria del 30’, –la misma generación de Martines Villena, poeta y dirigente del partido comunista, y de José Lezama, poeta y autor de la novela “Paradiso”– pudo expresar muy bien estos difíciles nexos entre poesía e historia, pasión política y arte tal como si en Cuba desde Martí –y aún antes y también después– nuestra historia social fuese siempre de la mano de la utopía y el sueño.

En nuestro país el rostro de la utopía sigue fungiendo como coactora de un proyecto político y moral que se escenifica desde hace cincuenta años sobre el retablo de la historia, la cual implica en torno suyo los elementos más dispersos, heterogéneos, múltiples retazos que configuran lo que pudiera ser nuestra nacionalidad deshecha. La generación polémica de los años 80’, como el resto de las generaciones sucedentes que partieron de su impronta y llegan hasta la actualidad –la primera década del 2000– ha preferido asumir una actitud de acercamiento crítico frente al constructo ideológico de la Revolución mediante el diálogo, la contradicción, la búsqueda de nuevos marcos culturales de referencia (entre ellos la poética cubana del movimiento “Orígenes” la cual esa generación heredara como pieza de especulación y debate) y la ironía.

DOS

Rafael Rojas, notable historiador y ensayista académico, radicado desde hace años en el extranjero, es tal vez quien con mayor incidencia se ha dedicado a señalar el agudo proceso de mitificación insular proveniente de una historicidad rehecha por la imaginación cultural y el Estado revolucionario. Concretamente Rojas ha hablado de oponer al orden vigente en Cuba el “método de la desmitificación y la sospecha”: “desmitificación” delordenamiento “político – imaginario” que ha adquirido allí la historia; “sospecha” del verdadero móvil oculto tras esa doctrina que “infesta” a las instituciones y a la organización de la vida: el Poder...

Frente a una visión “delirante” que quiere ver consumada alguna vez la “historia poética nacional”, esta “fiebre generacional”, este “gran imaginario social” que transpone ideas, cronologías, yuxtapone conceptos y busca “conciliar lo inconciliable y reducir lo irreductible”, se coloca el “racionalista” Rafael Rojas y sus acólitos del pensamiento académico cubano – americano; y en fragante contradicción con una interpretación humanista de la historia cubana exponen el proyecto de una supuesta realización tecnocrática, la optimización capitalista de su sistema económico. Obviamente, Rojas expresa con su pensamiento los intereses históricos más trascendentales de la neoburquesía cubano – americana: en su caso la reorganización y resignificación bibliográfica de las letras, los relatos de la nación para la total reinserción de su historia en el modelo liberal del sistema capitalista dependiente global; deconstruir teóricamente la utopía política de la Revolución y el imaginario insular –poético, artístico, literario– que le ha servido ocasionalmente de fundamento.

Lo llamativo del pensamiento académico cubano – americano, del cual Rojas es uno de sus más amenos expositores, es que, enfrentándose teóricamente a un relato histórico como lo es la ideología política, artística y literaria de la Revolución, lo que logran en la práctica es superponer un cubrefuego al fuego real de nuestra historia nacional, pues esa sería la función ideológica de un relato liberal concebido como frágil cover de problemáticas insulares no solventadas.

En uno de sus artículos periodísticos Rojas manejó la tesis de las dos revoluciones: una revolución democrática burguesa ‘que contó con el apoyo de los Estados Unidos y que luego resultó traicionada por la revolución comunista’. Sin embargo, la propia historia parece desmentir el análisis del historiador cubano – americano. Dice textualmente este historiador en estas dos citas de su texto “Dos revoluciones en pugna”:

El 16 de abril de 1961, cuando Fidel Castro declaró ''el carácter socialista'' de su gobierno, frente al cementerio Colón, otra revolución triunfó en Cuba: la revolución comunista. A diferencia de la que triunfó en enero del 59, esta revolución no se había producido contra, sino desde, el poder”. (…)

Los comunistas cubanos sabían que Estados Unidos, que había apoyado la primera revolución, tendría que oponerse a la segunda: ese diferendo era un componente básico del nuevo proyecto.” (…)

Frente a estos “datos” comenta en sus memorias el expresidente Eisenhower:

“En cuestión de semanas, después que Castro entrara en La Habana, nosotros en el gobierno, comenzamos a examinar las medidas que podrían ser efectivas para reprimirlo”.

En el temprano o­nce de diciembre de 1959 el entonces Director de la CIA, Allen Dulles entregó al Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos un plan para derrocar nuestra Revolución.

Una Revolución social es un proceso que va a la raíz de los problemas estructurales que padece una nación. En Cuba cualquier revolución, si es verdadera, está destinada a enfrentarse a la hegemonía de los Estados Unidos. Por otra parte, ¿hubo alguna vez una revolución “democrático burguesa” superada por los acontecimientos históricos, la radicalización del proceso y la revolución comunista? O sea, ¿estuvo realmente dispuesta la muy dependiente oligarquía criolla a intentar cambiar las leyes de juego e ir a un enfrentamiento con los Estados Unidos, como ocurrió desde los primeros momentos? La “confusión” de Rafael Rojas sobre la postura aparentemente benevolente de Estados Unidos en los primeros meses de la experiencia cubana, se debió a que la Revolución tuvo buena prensa en el país del Norte, pero otros eran allí sin embargo los designios de las verdaderas instituciones de poder.

La Revolución Cubana de 1959 fue en sus inicios una insurrección jacobina, que poseyó como principales núcleos combativos a grupos estudiantiles, un pequeño sector de la pequeña burguesía urbana ilustrada (lectora de José Martí, de Nicolás Guillen, del chileno Pablo Neruda, del argentino José Ingenieros, del venezolano Rómulo Gallegos…) en alianza con las capas humildes de la población, en especial con el campesinado. Estimo que hay suficientes factores sociológicos que demostrarían que la gran burguesía jamás fue ni quiso la Revolución, hubiera significado marchar contra sus propios intereses; ellos apuntaron simplemente, en los casos de una concreta oposición política a Batista, a un cambio democrático de gobierno y a un saneamiento de la Hacienda nacional. En 1961 la Revolución se vio obligada a radicalizarse si quería sobrevivir en la espiral desatada de las contradicciones.

Sólo si se responde afirmativamente las siguientes preguntas podría admitirse que la oligarquía cubana estuvo, en algún momento, preparada para una revolución: ¿estaba dispuesta la burguesía a transformar revolucionariamente la gran propiedad de la tierra; la gran propiedad inmobiliaria; luchar contra el intercambio económico desigual con la Metrópolis; vindicar finalmente a las grandes mayorías haciéndolos participar masivamente de un proceso democrático nacional? Desde la Revolución de Yara (el grito de independencia de 1868) la Revolución en Cuba se hizo siempre en contra de la oligarquía; una oligarquía que posee el triste aval histórico de haber enviado a América del Sur, en la primera mitad del siglo XIX, y en alianza con la metrópolis española, tropas de mercenarios para luchar contra Simón Bolívar.

Lo anterior permite emitir varias consideraciones. La primera, que la historia de Cuba es una historia esencialmente moderna, donde, por tanto, la lucha por la defensa de la nacionalidad se identifica con la lucha por la emancipación social. La segunda consiste en que este hecho confiere un máximo de legitimidad histórica a Fidel Castro y a la Revolución de 1959. Lo paradójico, pudiera ser la tercera consideración, y es que la lucha por la emancipación social, como fenómeno histórico necesariamente moderno, implica el imperativo económico del desarrollo y la formación de una verdadera sociedad industrial –una clase obrera fundamentalmente liberadora– cuestión que las circunstancias internacionales y el capitalismo global han dificultado enormemente. La ausencia de una verdadera democracia socialista en Cuba podría explicarse por esta insólita y anómala situación: haber protagonizado una de las revoluciones más radicales del mundo y carecer de una base social – obrera con la capacidad política y organizativa de ser la democrática heredera de la Revolución.

Esto constituye, es oportuno afirmarlo, lo irresuelto de la práctica humana universal y de la crítica a la economía política del capitalismo. Eso explica por qué la Revolución Cubana sigue aún representando para la izquierda mundial el complejo e inaventurado camino hacia una nueva conformación histórica y sociopolítica. Por eso volviendo a ideas expresadas más arriba se vuelve a preguntar, ¿es posible democratizar la actual sociedad cubana en una dirección socialista, obrera? ¿Qué sucedería, hablando en un sentido estrictamente socioeconómico, si se democratiza una sociedad donde no existe una mayoritaria clase obrera industrial que pueda hacer uso de la libertad de asociación para convertirse en administradora directa de la riqueza fundamental por ella creada? ¿Qué otras formas de libre asociación aparecerían en su lugar, probablemente de tipo capitalista? ¿Sigue Fidel teniendo razón, en su esencia más intima, al perseverar en detener cualquier proceso de reformas profundas? Mas soy yo ahora el que no sabe responder sus propias preguntas: la nación y la historia exigen, desde luego, un cambio en el país, revolucionario, socialista y obrero, de carácter popular, un cambio inclusive ideológico hacia un socialismo plural, libertario que retribuya al individuo lo que todos los sistemas totalitarios, incluyendo la religión, le han secularmente negado: su libertad individual. Pero, ¿es eso posible, viable? O, ¿en qué nos hemos equivocado al invocar con tanto empeño la utopía?

El proyecto de la Revolución de Enero ha producido un cuerpo de verdades, de axiomas, amén de su propia interpretación de lo nacional e histórico. Llegar a entender lo objetivamente dado, la realidad pura de los acontecimientos y las formas en concreto en que queda organizada la historia, se convierte en porción significativa de las preocupaciones humanas y de sus estrategias de interpretación. Cuando Carlos Marx escribió que “lo sólido se desvanece en el aire”, es porque se percató que en el fondo de las cosas todo se reduce a la actividad incesante de la subjetividad de los hombres; al valor histórico – objetivo que posee la subjetividad y a la definición de la verdad y la libertad como productos relativos a la historia misma.

En Cuba la historia no se ha equivocado porque a la historia, desde su esencia objetiva de hecho consumado, no le está permitido equivocarse. Es a los grupos humanos a quienes corresponde errar, en la justa medida en que configuran un relato político, una perspectiva ideológica y un modo en específico de entender y participar de un proceso social.

Un determinado sector del grupo humano que, de alguna forma detenta el poder en Cuba, se ha aburguesado económica e ideológicamente, aislándose del conocimiento de los problemas objetivos que presenta la población y perdiendo, por tanto, credibilidad ante ella. Esto último implica una transgresión moral. Pero el principal error ideológico ha consistido en confundir a un grupo político con la concepción misma de las estructuras organizativas que auspician la misión histórica de la vanguardia revolucionaria. Los principios del centralismo democrático, elaborados por Lenin para establecer la vida democrática del partido, no se cumplen en Cuba. Estos principios pueden ser sintetizados en tres: Las organizaciones inferiores nombran a las superiores; las decisiones de la mayoría debe acatarlas la minoría; y en los congresos del partido, las estructuras de dirección se disuelven para ser nuevamente elegidas. En la vida partidista de Cuba la dirección política constantemente se autoelige, mientras la mayoría simplemente aprueba. El hecho de que la minoría deba acatar las decisiones de la mayoría no exime que las minorías, como diversidad de opinión, puedan trabajar y existir en el seno de la vida interna del partido en cuanto acaten sus principios básicos. En el partido cubano no existen minorías, no es permitido. A la vanguardia política de un pueblo no la debería constituir un grupo determinado de hombres como hecho permanente, sino una estructura organizativa, la cual, mediante procedimientos democráticos –el centralismo partidista–, elija y renueve constantemente sus cuadros. Este control partidista por la cúpula gobernante también se refleja en el proceso político del llamado Poder Popular, la base parlamentaria del país. Desde el núcleo mismo del proceso eleccionario la intervención activa del partido y la juventud comunista controla los procedimientos y termina presentando a las asambleas elegidas, la candidatura de los representantes a nivel nacional y de los que configuraran el Consejo de Estado. Lo curioso del partido cubano y la organización de la juventud comunista es que son, en la práctica, un partido de mayorías, no una selecta vanguardia, si nos atenemos al número tan grande de miembros que lo integran. Sin embargo, esto en lugar de garantizar el proceso democrático lo que determina es que un número muy importante de la población se encuentre sometido a una rígida estructura disciplinaria.

El concepto de una sociedad disciplinada y normada es el principal recurso ideológico que esgrime programáticamente su grupo de poder político. En Cuba el socialismo se concibe, como en los extintos regímenes del Este europeo, como un proyecto de sociedad esencialmente homogéneo y, llegado el caso, bajo la forma específica de un ideal comunal que disuelva las heterogeneidades y con ello lo que hay de radicalmente diferente. Por el contrario, una vez que resulta superada la alineación económica de tipo capitalista deberían verse incrementadas las diferencias, las contradicciones y singularidades de la vida política, pues el socialismo abriría el camino a la expresión más libre del hombre, donde sería el incisivo contemporáneo –siguiendo las pautas de la igualdad humana– de todos los hombres. Por suprema paradoja, el socialismo debiera estar destinado a fundar una “República de inteligencias” como escribiera Víctor Hugo en su novela “El noventa y tres”, la cual opondría al concepto simplificado del hombre obediente, pensado siempre desde la perspectiva del adoctrinamiento y la abstracción, la compleja realidad del hombre polémico, sensible y siempre contradictorio promovido por las humanidades.

No obstante, cabría preguntarse si una vez fundada una gran ágora política y ciudadana tendría sentido dejar a un lado los deberes y derechos colectivos y si no sigue siendo parte intrínseca del ideario cultural de lo nacional, llegar a entender que el destino, que va de individual a colectivo, que se asume como destino en conjunto de una comunidad que se desplaza en el tiempo con todas sus contradicciones, no nos obligaría a pensar más allá de lo estrictamente individual y si no resulta incluso un espejismo pequeño burgués promover exclusivamente un concepto de libertad que no rebasa el estrecho espacio privado, del interés, el ego y el peculado. Lo que sucede es que también el concepto de libertad posee una naturaleza abiertamente existencial, una implicación muy profunda con la poética del destino y con una dubitación en particular que en ocasiones se nos convierte en un preguntar sin respuesta. Lo que realmente ocurre es que, debido a la crisis axiológica que padecemos en el mundo contemporáneo –mi generación no ha hecho otra cosa que pulsar sus nervios con la historia– nuevos y más auténticos valores humanos deberían irrumpir y entrar en el juego.

La Revolución de Enero continúa siendo el gran mito de nuestra razón política, mientras que el arte y el pensamiento deben seguir contribuyendo a la sensible tarea de la construcción de ese imaginario social que nos habla desde el corazón sangrante de la utopía revolucionaria: La Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes que cifra un proyecto histórico que alcanza el tamaño y el significado de nuestra nacionalidad.

(…)

Para algunos de los que una vez decidimos vivir en los Estados Unidos y en el seno de la comunidad cubana de Miami, la lucha contra el bloqueo económico (el bloqueo es un puñal clavado en el corazón de nuestra soberanía) se convirtió en un principio moral y en el mejor modo de ampliar el espectro ideológico y poner con ello a prueba la tolerancia política de la inmigración, para devenir así en sujetos autónomos de una nueva enunciación política, ubicada dentro del contexto constitucional de ese país, que hacen uso de la libertad de expresión para hablar a favor de su pueblo y de las ideas del socialismo. Aunque no siempre el mensaje tiene que ser apologético, puede ser además crítico e incisivo. Para mí en particular, en mi concreta experiencia personal, haber sido un miembro más de “la generación polémica de los años 80’” se reflejó en mi vida en el extranjero como cuestión estrictamente individual de fidelidad a ese extraordinario origen colectivo. Los derroteros seguidos por los miembros de esa generación han sido múltiples, variados y contradictorios, (una generación que tuvo la virtud de haber compuesto, a contracorriente, su propio registro social) aunque es en la coherencia mantenida por las ideas empeñadas, que para nosotros siguen en debate, y en el apego a los verdaderos valores de la literatura y el arte, donde mejor se expresa la sobrevida de mi generación; la primera de las generaciones nacidas con la Revolución en plantear públicamente –impúdicamente– inquietudes, sentimientos y diferencias en el seno de un proceso histórico que hoy continúa, bajo la cobertura, o sin ella, de las instituciones culturales, pero a un nivel más polémico y socialmente mucho más amplio.

 
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Comentarios (40)

#2.- aclaración

Rafael Rojas|22-10-2008 16:27

Señor Julio Pino Miyar:

Me parece muy bien que Ud. interprete la historia de Cuba de un modo diferente. Es natural que así sea, dada la pluralidad de ideas que caracteriza a Cuba, como a cualquier otra sociedad moderna. Lo que no tiene justificación es que para sostener una idea histórica diferente a la mía distorsione mi identidad. Yo no soy un académico "cubano-americano", sino cubano. Existen muchos académicos de altísimo nivel en Estados Unidos, algunos de los cuales aceptan esa identidad y otros que, a pesar de haber vivido en ese país por casi medio siglo, tampoco la aceptan. Yo vivo en México desde 1991. Si me dijera que soy "cubano-mexicano" estaría más cerca de la verdad.

En cuanto al reconocimiento y la colaboración entre el gobierno de Eisenhower y el de Manuel Urrutia Lleó, entre enero y julio de 1959, existe una buena  bibliografía que puede serle de utilidad. Lo que haya dicho Eisenhower en sus memorias o lo que haya tramado la CIA en esos meses no reflejan toda la realidad de aquellas relaciones. Recuerde que Fidel Castro viajó a los Estados Unidos en abril de 1959 y que el 2 de mayo de ese año ambos países firmaron un acuerdo económico para  fomentar el desarrollo de la isla. Los despachos consulares del embajador Bonsal nos hablan de una relación conflictiva, pero fluida desde el punto de vista diplomático hasta los primeros meses del 60.

Rafael Rojas   

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#3.- Disculpas para Rafael Rojas y un comentario

Julio Pino Miyar|22-10-2008 21:09

Rojas, no fue con mala intención haberte definido como cubano americano. Me habían comentado que desde  hace varios años radicabas  la mayor parte del año  en Miami y que tus relaciones allí eran con el Centro de Estudios  cubanos adjunto a la Universidad de Miami. Dices que hay académicos que aceptan el término y otros no. En mi caso yo llevo más de  veinte años en los Estados Unidos y tal vez el término sea mucho  más válido para mí que para ti. Después de tanto tiempo se aprende a querer el lado gentil de los Estados Unidos. 

En cuanto  a lo segundo (las relaciones bilaterales entre Cuba y Estados Unidos de los dos primeros años) el punto no es que existiera un diálogo  entre la presidencia cubana  de Urrutia y el gobierno de turno en Estados Unidos, un viaje de Fidel a Washington y un acuerdo económico; el punto es que tu dijiste que Estados unidos había apoyado "la primera"  Revolución, y por las propias palabras de un presidente norteamericano y los planes para ese entonces de la CIA se revela lo contrario: Planes de asesinar a Fidel y derrocar su gobierno que datan de 1959.    Tu mismo  reconoces una situacion "conflictiva pero fluida"  con la embajada norteamericana  a partir de 1959. Conflictiva pero fluida supongo que querra decir que fluia el conflicto  (?) 

Gracias por tu nota.

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#4.- apoyo a la primera revolución

Rafael Rojas|22-10-2008 21:31

La política exterior de Estados Unidos durante la guerra fría era una construcción compleja, en la que intervenían varias instituciones: la Casa Blanca, el Senado, el Departamento de Estado, la Secretaría de Comercio, la CIA.... Si nos atenemos a la política oficial, que practicaban las instituciones diplomáticas y comerciales a través de la embajada de Washington en la Habana, y de los frecuentes encuentros entre el embajador Bonsal y el primer canciller de la Revolución, Roberto Agramonte, es posible afirmar que Estados Unidos reconoció y apoyó a la primera revolución cubana, la que triunfó el 1 de enero de 1959.

Esa revolución, como sabemos,  procuró  dicho  reconocimiento desde la etapa insurreccional al insistir en que su ideología no era comunista, sino democrática. Otra cosa es que desde  muy temprano  hubiera dudas, en la CIA y la Casa Blanca,  de que la ideología de varios de los máximos líderes de la revolución no fuera realmente democrática. En todo caso, Washington no tenía por qué oponerse a un gobierno como el de Urrutia,  un presidente que rechazaba cualquier identificación con la economía de estado, el partido único y la ideología marxista-leninista,  los tres  componentes básicos del proyecto comunista.   

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#5.- La gatica de María Ramos

Julio Pino Miyar|22-10-2008 22:54

Rojas,

Tú dices, “según la política oficial…” y con eso lo quieres demostrar todo. La política oficial es solo un matiz de una cuestión mucho más compleja donde estaba el peligro –si la Revolución era verdadera– el principio de hegemonía de Estados Unidos. Que la Casa Blanca, el senado etc tuvieran politicas de acercamiento con el gobierno revolucionario… pero Rojas eso fue flirteo politico, intento de reconducción del proceso, jugar al gran hermano tolerante mientras por detrás se daban las verdaderas ordenes.

Recuerdas el papel de la CIA y de Kisinger en el derrocamiento de Salvador Allende (¿?) Ahí tampoco el gobierno norteamericano se enfrentó directamente, sin embargo laboró seriamente desde el primer momento en esa dirección. Fidel lo dijo en el homenaje a los caídos, “el gobierno norteamericano es como la gatica de María Ramos, tira la piedra y esconde la mano”. Aun en el tardío 1961 la invasión de Bahía de Cochinos, planeada por la CIA desde la presidencia de Eisenhower no fue un hecho frontal sino  encubierto.

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#6

Rafael Rojas|23-10-2008 00:39

A partir de la documentación diplomática y de los despachos consulares de las embajadas en ambos países se puede sostener lo contrario de lo que Ud. dice. No creo que  aquella política oficial fuera "falsa" o "flirteo". Aunque haya habido planes desde muy pronto, la política de subversión del régimen cubano comenzó después que el gobierno revolucionario, ya sin Urrutia, Agramonte y otros políticos partidarios de una democracia nacionalista, fueron eliminados del poder. La idea de que Estados Unidos se opuso al gobierno cubano desde enero de 1959 es insostenible historiográficamente. Cuba en 1959 y Chile en 1971 no son comparables.

Ud. habla de la amenaza a la "hegemonía de Estados Unidos" que representaría una "revolución verdadera". Justo ahí entramos en la mitología creada por una visión teleológica de la historia. Entre 1952 y 1960, no hubo ninguna propuesta de cualquiera de las distintas corrientes revolucionarias que planteara la oposición a dicha hegemonía. Una revolución, como la del 59, que se inscribía en el horizonte ideológico de la socialdemocracia, en Cuba, podía sostener buenas relaciones con Estados Unidos, como las que tenía la Venezuela de Betancourt, la Costa Rica de Figueres o el México del PRI.

El problema con  la teleología  nacionalista  es que impone al primer gobierno revolucionario,  el que Ud mismo llama "democrático burgués",  una orientación ideológica que no tenía. 

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#7.- Una Revolución no es un fenómeno estrictamente ideológico

Julio Pino Miyar|23-10-2008 02:47

Acta del subcomite Judicial del Senado norteamericano: Dice Pawley: fui escogido para ir a Cubaa convencer a Batista de que capitulace (...) le dije que nosootros hariamos un esfuerzo para evitar que Castro tomara el poder (...) Los hombres seleccionados y aprobados por nosotros integrarian "el nuevo gobierno". Fue la llamada "tercera fuerza".

 

Pero no estamos ante una cuestion bibliografica en estricto, sino ante un problema de orden conceptual. Una Revolucion es un concepto donde se designa una practica historica determinada. Si como teleologia designas una practica historica de hombres en prosecucion dialectica de fines, la comparto.

 

El gobierno de los primeros meses del 59 no fue un gobierno revolucionario, lo dije, sino "democrático burgues". La Revolucion se estaba ventilando en la calle, en el campo, era como un inmenso pleamar social que se avecinaba y que los norteamericanos previeron. De ahi los planes desestabilizadores, aún antes de la llegada al poder de Fidel.

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#8.- ideología vs historia

rafael rojas|23-10-2008 06:20

Cuando la pasión ideológica enturbia la comprensión histórica del pasado no hay nada más que discutir. En lugar de la interpretación de sucesos y actitudes históricas, lo que queda es  sólo el  afán de legitimar el poder. Después de eso, no queda algo que decir. Suerte!

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#9

alejandro fernández|23-10-2008 16:47

No sé si el Sr. Pino Miyar se percata de que al afirmar, a partir de una cita de Pawley sacada de contexto, que Estados Unidos no sólo apoyó sino que "creó" el primer gobierno revolucionario está dandole la razón Rojas.

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#10.- En política lo esencial es lo que no se ve

Julio Pino Miyar|23-10-2008 21:44

Hay una historia oficial y hubo una historia sucia, secreta de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en el período de 1959 – 61.Se demuestra la ceguera política del gobierno norteamericano al haber seleccionado inicialmente como miembro de una junta de gobierno para sustituir a Batista al general Díaz Tamaño que fue quien dio la orden a las 11 de la mañana del 26 de julio del 53 de asesinar a los combatientes prisioneros del Cuartel Moncada.

Ahora, en términos generales jamás he negado que el gobierno norteamericano tuviera mucho que ver en la salida de Batista del poder y en el apoyo a un gobierno provisional como solución política y negociada del conflicto. Eso es un hecho histórico. Pero eso no significa que Estados Unidos apoyara una Revolución en Cuba, sino que velaba desde el primer momento por sus intereses. Lo esencial para el Establishment era evitar la Revolución.

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#11.- la única revolución no es la comunista

alejandro fernández|24-10-2008 01:10

El problema con ese análisis  y con toda la historia oficial del socialismo cubano, como bien dice Rojas, es que parte de la idea falsa de que la "única" o la "verdadera" revolución es la "socialista", es decir, la comunista de 1961. Por lo cual, todos los revolucionarios no comunistas que se levantaron en armas contra Batista y que se involucraron en el proceso revolucionario  sin compartir la idea de un partido único  y de una ecónomía de Estado, quedan catalogados como "falsos" revolucionarios, burgueses, traidores o contrarrevolucionarios.

Pensar que la única o verdadera revolución es  esa es negar  las ideas de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista o las de Trotsky en  la Historia de la Revolución Rusa.  En esos dos textos  se habla de otras revoluciones no comunistas, como la francesa de 1789 o  la norteamericana de 1776. A las que se podría agregar, la mexicana de 1910, la  de Unidad Popular en Chile en 1971, la sandinista en Nicaragua en 1979 o la bolivariana en Venezuela de 1999. NInguna de estas revoluciones estableció un partido  único ni estatizó la economía y, sin embargo, no se puede  decir que sean revoluciones "falsas".

Es como decir que la única izquierda que existe en América Latina  es la  del Partido  Comunista de Cuba. Que Lula, Morales o Correa no son líderes de izquierda. 

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#12.- Revolucion Cubana, SI Revolucion

Laude|24-10-2008 01:11

Senor Rojas, Distinguido:
Me trae a la mente los debates de MacCain y Obama. Se ve que McCain
no mira a Obama ni lo trata de "Tu".   Opositores Claro,...
Fraternidad,igualdad,etc etc  ni por ser ambos de Santa Clara ni haber
tomado sus familias la leche de Los Callejas. Esta claro ?,
Estados Unidos Ha sido El Policia del Mundo, quien lo duda
Que de estrano hay de que la Revolucion Cubana no estuviera en la
mira telescopica de la CIA. Con lo antiimperialista que es Fidel

Una Villaclarena

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#13.- la revolución no es "fidel"

alejandro fernández|24-10-2008 02:07

El problema, villareña, es que tú  piensas que "revolución" es sinónimo de "fidel" y estás equivocada.  Castro respresenta una variante dentro de aquella revolución que triunfó en enero del 59, que era mucho más plural y democrática que él mismo o cualquiera de sus fanáticos adoradores.

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#14.- viejo topo de la historia

Julio Pino Miyar|24-10-2008 02:39

A una Revolución hay que entenderla en sus precisos contextos históricos y sociales. Son ellos los que generan, en la dialéctica de los acontecimientos, su propia historicidad, su lógica irruptora del desarrollo. No se trata, por tanto, de forzar paralelos. El resto de las revoluciones hermanas del Continente operaron, y operan, bajo otras situaciones histórico concretas, y, sobre todo, a otro nivel del discurso político revolucionario. Es en la solución en específico que se le da a la contradicción social, condicionada por el medio, que se desata el principio de universalidad, el contenido humano de los procesos sociales.

¿Qué pudimos haber hecho una Revolución socialista y democrática a la vez? ¿Una Revolución popular que no negara los principios de la convivencia política, el sueño cívico moral de José Martí? ¿Qué pasó? Yo aún busco respuestas, pero, ¿creen de veras que los Estados Unidos hubieran apoyado un proceso así? ¿Son ingenuos, o qué son? Hay una lógica histórica de la radicalización del proceso cubano, y si Fidel se mantuvo en la cumbre de ese proceso por cincuenta años, es porque aprendió muy bien la lección impartida por el viejo topo de la historia. (Así se manifiesta con todo el rigor de lo consumado): A la Revolución Cubana jamás la podrán derrotar porque ya está hecha.

 

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#16.- insensibilidad y soberbia

Alexis figueredo|24-10-2008 15:50

" Cuando la pasión ideológica enturbia la comprensión histórica del pasado no hay nada más que discutir ",  escribe categoricamente Rafael Rojas, y da por terminada la discusión de una manera un tanto irreverente.    Esta insensible  retirada  de Rafael, demuestra que  la generación de cubanos nacidos después de 1959,  ha sido dañada consciente  o inconscientemente  por la doctrina y el dogma  del castrismo. La revolución cubana ha sido muy eficaz en la formación de un individuo soberbio y que gusta de actuar y proceder con impunidad. Rafael Rojas ha demostrado en esta efímera discusión que no soporta más de cinco minutos de debate sobre lo que él escribe con impunidad en diferentes medios, ya que está acostumbrado -desde su altar- a ignorar o menospreciar a quienes retan sus "inobjetables" definiciones históricas. Julio Pino comete el error de llamar "cubanoamericano" a Rojas, éste  aprovecha el desliz para tratar de descalificar a Pino y  su texto; al no logralo, opta por sutilmente reducir a su interlocutor trayendo por los pelos la típica excusa, o, comodín que se aprende en la Universidad castrista: "la pasión ideológica" de la cual Rojas tampoco se salva.

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#17.- cuándo se acaba un debate

Rafael Rojas|24-10-2008 16:06

Un debate, Alexis Figueredo, se acaba cuando uno de los polemistas acepta el argumento contrario. Lo que estaba en discusión era si el gobierno de Estados Unidos respaldó al primer gobierno revolucionario, el de Urrutia, Miró, Agramonte y otros políticos no comunistas. Pino Miyar lo reconoció y hasta sugirió que aquel gobierno fue una creación de Washington, lo cual es falso. Así que no queda nada más que debatir.

Otras afirmaciones como revolución "falsa" o "verdadera" entran ya en el terreno de la ideología. Como Ud. dice, yo también tengo ideología, pero cuando se trata del debate historiográfico hay que colocarla a un lado si se quiere avanzar en la polémica. En ningún momento he descalificado a Pino Miyar, de hecho comencé la discusión saludando su derecho a una visión diferente de la historia de Cuba. Quien muy rápidamente cae en descalificación es Ud.

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#18.- La mala conciencia

Alexis Figueredo|24-10-2008 16:52

Rafael Rojas: todo su itinerario  intelectual - incluyendo  el debate historiográfico-  ha estado matizado  por la ideología, pues usted  ha supeditado siempre el análisis propiamente histórico a los intereses políticos, dependiendo del bando ideológico donde se haya encontrado. Creo que más bien lo que sucede en su caso - como  a la mayor parte de los eruditos-  es que le disgusta que se pongan a prueba sus conocimientos al igual que a los comerciantes que se examinen sus libros de cuenta. No se puede ser un politico disfrazado de  historiador genuino, es algo que resulta contraproducente para el bienestar de nuestra problemática. Por otro lado, ¿ dónde está mi descalificación ? No se me ponga usted susceptible a la hora de enfrentar la crítica enérgica y necesaria.

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#19.- descalificación, historia e ideología

Rafael Rojas|24-10-2008 17:14

La descalificación está en suponer un dogmatismo a partir del hecho de que yo haya estudiado en la Universidad de la Habana, que Ud llama "universidad castrista", una formación de la cual me siento orgulloso. Ud. se atreve a juzgar mi "trayectoria intelectual" como una subordinación a la ideología. Esa es su opinión ¿A  qué intereses políticos se subordinan  estudios como Cuba mexicana (2001), La escritura de la independencia (2003) o La independencia: los libros de la patria (2008)? No lo sé. Yo no soy un político. Nunca he pertenecido  a ninguna organización política. Estudié historia en El Colegio de México y soy profesor del Centro de Investigación y Docencia de México desde 1996. Mi trabajo académico está suficientemente reconocido. Otra cosa es que yo escriba artículos de opinión, como los que escribe cualquier otro académico de las ciencias sociales. Por lo visto, Ud. no sabe distinguir entre la política profesional  y la  intervención pública de un inteleccual y presume de conocer "mi trauectoria intelectual" sin un vedadero conocimiento de la misma. 

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#20.- El rigor de una trastienda

Alexis Figueredo|24-10-2008 18:08

Por supuesto que la Universidad de la Habana, es una universidad castrista, pues sólo pueden ingresar en sus predios los que sean politica e ideológicamente correctos, que equivale a decir, fieles y afínes a la ideología del castrismo. Usted, quien fue un cuadro politico ejemplar, miembro de las filas de la UJC,  abogó en su época estudiantil por leyes draconianas y semi-estalinistas como la obligatoriedad de  asistencia a clases. Toda su trayectoria estudiantil estuvo siempre estrechamente vinculada a la militancia rigurosa dentro de las filas comunistas.  Más tarde usted desertó de su militancia, aunque conserva el orgullo de su formación, algo muy digno. Sin embargo, su abrupta metamorfósis ideológica ha marcado y empañado toda su obra académica, pues los lastres del oportunismo siempre afloran en el espíritu de su ideario, e incluso en las investigaciones historiográficas. Su malabarismo intelectual  ha empañado su capacidad de análisis y el virtuosismo del hombre historiador.  La intervención  política y pública de un intelectual es también una manera de hacer política profesional,  ya que es usted un formador de opinión y un  referente para muchos lectores. De manera que es usted, el que parece no comprender o ignorar,  el fino umbral que existe entre el académico y el columnista de opiniones políticas; umbral que, por fino e invisible teoricamente que parezca, no deja de ser en la praxis un cristal afilado.

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#21.- distorsión del pasado

Rafael Rojas|24-10-2008 18:31

Ud. miente, así de sencillo. No es cierto que yo fuera militante de la UJC en la Universidad de la Habana y puede consultarlo con cualquiera de los que sí lo fueron en la generación de 1985-1990. Precisamente por no haber tenido la "militancia rigurosa" que Ud, me atribuye,  no pertenecí a esa organización. Pero si lo hubiera sido no lo entendería como una tara genética ni como algo de lo que deba avergonzarme. Los seres humanos, por suerte,  cambiamos.  Ud habla de una "abrupta metamorfosis" que es insostenible a partir de una lectura superficial de mis libros desde principios de los 90 hasta la fecha.  La intervención pública del intelectual es muy diferente a la política profesional. La  línea entre ambas actividades no es tan fina como Ud la presenta.  Se trata de una  diferencia tan amplia como la que existe entre  Carlos Monsiváis y Andrés Manuel López Obrador o entre Fernando Savater y José Luis Rodríguez Zapatero. En todo caso, esa es su opinión sobre mi trabajo, existen otras  de fácil acceso en revistas especializadas como Historia Mexicana, Mexican Studies, Hispanic American Historical Review o Revista de Occidente.   

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#22.- analogía insostenible

Alexis Figueredo|24-10-2008 18:55

Que no haya sido usted militante de la UJC, no le da el derecho  a afirmar que yo distorsiono su pasado. Son muchas las aristas de su conducta que establecen una militancia tácita; usted fue una especie de  militante sin cartera del gobierno de Fidel Castro. Yo no estoy de ninguna manera exigiendo un  mea culpa de su parte , y mucho menos he insinuado que un pasado militante castrista constituya una tara genética. Estoy de acuerdo con usted en que " Los seres humanos, por suerte,  cambiamos". Pero hay una diferencia importante respecto a los cambios: "el convencimiento que pretenden albergar los conversos adultos no suele ser otra cosa que la máscara de algún interés personal".

Por otro lado, y con todo respeto,  no creo que  procede la analogía que ud.  establece  tratando de comparar su caso personal con los citados.  La postura intelectual de Carlos Mosiváis y Fernando Savater, en cuanto a temas políticos, es balanceada, digna y atinada. Existe una proporcionalidad entre el hombre pensador y academico  y el ensayista político. Lamentablemente no es así en su caso, donde existe una explícita dicotomía del ser...   entre el Rafael Rojas historiador y el columnista político. Usted es un representante de la doblez academica que perjudica el entorno político.

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#23.- de cómo cerrar un debate

Jorge Ferrer|24-10-2008 19:04

Si no antes, Alexis, con tu comentario Nº 20 imposibilitas todo debate ulterior. Un diálogo no tiene que estar obligatoriamente basado en el respeto entre las partes, pero sí en forma tan elemental de la cortesía como es el atenerse a la verdad. Y a ti te ha cegado el resentimiento. Prueba de que todavía tendrás que crecer para sentarte a discutir en torno a una mesa... Salud!

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#24.- sólo su opinión

Rafael Rojas|24-10-2008 19:05

Su opinión sobre mi trabajo como articulista es también una entre varias. Ud cree que mi posición política no es "balanceada, digna y atinada".Otros no lo piensan así, empezando por el propio Savater y el propio Monsiváis, como se puede consultar en publicaciones como Claves de la Razón Práctica y Letras Libres. Tan sólo le llamo la atención que la dignidad es un valor moral que se manifiesta en una u otra ideología. Ser partidario de la democracia en el país en que uno nació es tan digno como ser partidario del socialismo.

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#25.- Jorge Ferrer el dictaminador; el juez supremo

Alexis Figueredo|24-10-2008 19:23

Estimado Jorge: el tema del crecimiento es una excusa falaz que pretende imponer las pautas de la "razón" adulta. Usted, interviene en este debate titulando su comentario " de cómo cerrar un debate"; usted se inicia clausurando, una adulta y tajante manera de sentenciar y asumir el rol de juez, creo que más bien de fiscal. Muchos de ustedes inconscientemente están estigmatizados por el pasado; es algo muy evidente en sus posturas, es por eso tan importante recapitular para poner en perspectiva el debate actual. No se trata de "ceguera y resentimiento". Eso son términos triviales que tergiversan,  simplifica y también reducen  la esencia y la sustancia de un intercambio para imposibilitar el desarrollo de este. Usted en dos frases descalifica y dicta sentencia desde su "privilegiada mente adulta". Por favor, seamos más serios y rigurosos, no pretendamos borrar el pasado con la escoba de Hécules. Por el contrario, seamos capaces de asumir nuestra trayectoria con hidalguía para así transparentar y legitimar nuestros valores morales y civicos actuales.

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#26.- ¿estigma del pasado?

Rafael Rojas|24-10-2008 19:34

¿Cómo es posible que alguien en un mismo párrafo llame a asumir el pasado de cada quien con hidalguía y al mismo tiempo escriba la frase "muchos de ustedes inconscientemente están estigmatizados por el pasado? Sólo en culturas autoritarias, incapaces de abrir los ojos al pasado y reacias a comprender las transformaciones ideológicas como algo natural y saludable, y no como "conversión" o "metamorfosis" -términos de la religión y la biología- el pasado es un estigma. La identificación con la democracia como régimen político es un fenómeno sumamente extendido desde fines de los 80 y principios de los 90 en todo el mundo. Si esa  preferencia hubiera sido puro "oportunismo" o hipocrecía dictada por intereses políticos, como afirma Figueredo, entonces no habría democracia en Europa del Este y América Latina. La izquierda latinoamericana,  que hace veinte años  todavía era marxista, es hoy, mayoritariamente, democrática y no por eso deja de ser izquierda  ¿Qué estigma hay en esa  evolución? 

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#27.- de madre!!

josé marx|24-10-2008 19:51

quien escribe esta porqueria de artículo se le debe tener amnesia profunda..

  que mierda!!! que hijo de puta!!!

que venga a la habana y me diga que revolución cubana es todo lo que él dice...que con el hambre que tengo le voy a sonar un bofetón que nunca más v a poder escribir ni una sílaba. 

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