Toda injusticia prolongada, lo que clama al cielo, es siempre motivo bastante para hacer la revolución. Sólo la falta de coordinación las impide...
  Hasta anteayer ya eran insultantes las fortunas acumuladas durante siglos por los aristócratas que las amasaron ordinariamente con sangre. Ya se sabe, detrás de cada fortuna hay un crimen... Luego, ayer, empezó a sumarse la infamia de la expoliación ilegal o "legal" -esto es lo de menos- no ya del hombre de iniciativa, del empresario tradicional cuyo riesgo justifica su beneficio, sino esa chusma que de la noche a la mañana se enriquece con el consentimiento o pasividad de las Haciendas. Y, por fin, ahora, comparece con fuerza un espécimen nuevo de depredador social. Ese que está haciendo  “revolución por arriba” en cuya virtud y silenciosamente los políticos están haciendo de la política un fin y un medio para enriquecerse. Nada de servicio, nada de buscar el bienestar colectivo... Es indiferente que exista una normativa de incompatibilidades, pues su incumplimiento no lleva aparejada condena alguna, y el eventual descrédito social que su contravención lleva aparejado les trae sin cuidado a quienes han abandonado la política –teóricamente- para siempre.
  No sé cómo lo verán ustedes, pero a mí me produce una indignación extrema que genera sentimientos revolucionarios. Me imagino que algo así debieron sentir en 1789 los franceses y los rusos en 1917.
  No es para menos. Que millones de seres humanos, que millones de familias se las vean y se las deseen para salir adelante porque no ganan siquiera mil euros al mes, y otros, sobre todo porque tienen simplemente labia, ganen cien mil o un millón al año, es para hacer saltar a cualquier persona sensible del asiento. ¿Qué clase de argumentos se pueden aducir para justificar esta monstruosidad social?
  Hablaba de la Revolución a la francesa porque cuando se hizo las diferencias entre la aristocracia y el pueblo llano eran insultantes hasta los extremos que llevaron al pueblo a reaccionar como reaccionó. La Du Barry esquiaba sobre azúcar por las calles de París mientras el pueblo se moría de hambre, y María Antonieta respondía al pueblo que se quejaba de no tener pan, que comiese croissants. Esto mismo es lo que están respondiendo a los millones de hipotecados y a los que están en el umbral de la pobreza cada día, los políticos supermillonarios. Malditos sean.
    Primero fue  Boyer, luego  Aznar arrimado a Murdock. Siguieron González junto al multimillonario mexicano Carlos Slim. Rato fue después... Zaplana proclamó que iba a la política para forrarse, y acaba de salir (es un decir) de ella para ganar un millón de euros al año con el mismo personaje que personalizó la privatización de Telefónica. El asesor del presidente Zapatero hace tres cuartos de lo mismo al irse a un consorcio de obras públicas cuya creación fue propiciada por él. Y éste es asimismo socialista o ha medrado al abrigo del socialismo rebajado. Se dice pronto.
  Esto es una lacra, una impudicia y un insulto permanente al pueblo que vive en precario. Millones de conciencias, aun dormidas, tienen que estar a punto de estallar. No son ya sólo las desigualdades institucionales que el régimen introduce en el sistema político en la economía y en la justicia principalmente; no es ya eso sólo, que por sí mismo es un escándalo universal, sino la concertación que ahora nos llega a España de la clase política, descarada y sin tapujos, con la clase mediática y la empresarial. Eso que hace de este sistema una escombrera de detritus y escoria infinitos.
  Añádase la desvergüenza, el cinismo y retorcimiento culpando una tal Aguirre de las agresiones dentro del Metro de Madrid a cargo de empleados de una empresa fascista puesta ahí por ella, y se comprenderá perfectamente por qué es canallesco lo que hacen los políticos que, diciéndolo o no, fueron a la política para enriquecerse, se enriquecieron y luego salieron de la política para seguir enriqueciéndose con los favores que les devuelven quienes a su vez fueron enriquecidos por ellos. Este juego es tan perverso, que nos hace pensar cada vez con mayor intensidad en esa Revolución a la francesa.
  Yo, desde luego, me debato entre reimplantar la guillotina o, como estamos en tiempo de alta racionalidad, poner a fregar váteres de por vida a toda esa gentuza...