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Es lo más fácil, pero es nefasto.
Pepcastelló | Para Kaos en la Red | 19-1-2008 | 401 lecturas
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La mayor parte de quienes pertenecemos a mi generación crecimos a cachetazo limpio. Era lo que se estilaba en aquel tiempo de represión y pocas esperanzas. En casa y en la escuela recibíamos tortazos a troche y moche. A la más mínima te caía un guantazo, sin explicación alguna las más de las veces, pues el castigo solía ir seguido de «para que aprendas». Y ni se te ocurría preguntar qué era lo que tenías que aprender, porque la respuesta podía ser un chorro de bofetadas.

Eran años duros, aquellos. Ha llovido mucho desde entonces. Ahora a la chiquillería no se la toca, y además se le consiente todo o casi todo, lo cual también es nefasto. Porque a base de consentimiento y excesivo mimo estamos haciendo una generación de personas desorientadas, insatisfechas, caprichosas e irresponsables.

Leyendo esto, tal vez alguien piense que me estoy excediendo, o presuponga que soy una de esas personas partidarias de la bofetada pedagógica, de las que opinan que «un cachete de vez en cuando no va mal». Pues no, se equivocan de medio a medio. Las bofetadas no son recursos pedagógicos recomendables, y si bien un cachete de vez en cuando ni mata ni traumatiza demasiado, sí que por lo menos es un mal ejemplo y una muestra clara de falta de recursos educativos. Y deja secuelas, pues el maltrato crea odio y resentimiento.

A base de palos se somete a la persona, se consigue hacerla pasar por el aro, se la amaestra, pero no se la hace responsable de sus actos porque estos obedecen a la voluntad de quien impone el castigo, no a la de quien cumple con lo mandado. Y se mire como se mire, someter es degradar. De aquí que nadie que quiera el bien de alguien que esté bajo su potestad empleará el castigo como método.

Quien castiga o reprime suele hacerlo para beneficio propio, no para el de la persona reprimida, pues si en ella pensara emplearía métodos persuasivos con preferencia a los punitivos. Intentaría antes hacerle comprender la necesidad de actuar del modo que se le indica, lo cual significa hacer que por lo menos entienda la conveniencia de hacerlo. Y el solo hecho de tener que amenazar o castigar para que haga o deje de hacer algo ya muestra que no lo entendió.

Claro que cuando alguien tiene la responsabilidad de mantener el orden, lo primero que debe hacer es cumplir con su obligación. Pero sin duda tiene dos opciones: 1) tener en cuenta que trata con personas, seres humanos, por más que a veces puedan parecer bestias; 2) considerar ya de entrada que está al frente de un rebaño y tratar al personal con las técnicas de modificación de conducta que le parezcan más eficaces, aunque sean las más salvajes. La elección que haga dependerá de su modo de ser, de la calidad humana de su persona.

Una persona estimable que deba aplicar sanciones, lo hará según la primera opción, y procurará que éstas muevan a reflexión a quienes les sean aplicadas. El castigo será suave la primera vez para que sirva de aviso, y aumentará el rigor en cada reincidencia.

Viene todo esto a cuento por las disposiciones vigentes en materia de tráfico rodado, circulación de vehículos por la vía pública, y el sistema de sanciones que ha entrado en vigor.

Para empezar, los límites de velocidad marcados no parecen razonables a casi nadie que tenga experiencia en la tarea de conducir, con lo cual su cumplimiento se hace de mala gana. Luego, las señales pormenorizan hasta tal punto los límites de velocidad por tramo que son un claro insulto al buen criterio de quien conduce. Es como si le dijesen: «obedece y no pienses». Pero es que además, en muchos sitios no hay la señal de fin de limitación, y quien conduce sigue con la velocidad baja arrastrando coches tras de sí hasta que un trecho más allá encuentra una señal que le indica otra velocidad. Es lo que suele ocurrir cuando se manda demasiado, que se manda mal.

Tras esto, quiero señalar que conozco a un conductor experimentado y seguro como atestigua su ya largo curriculum, a quien le han sido descontados seis puntos por superar el límite de velocidad señalado, en una zona donde su buen criterio le indicó que podía superarlo. Seis puntos. No uno por ser la primera vez, con amenaza de dos a la segunda y cuatro a la tercera, sino seis de un tirón, y sin posibilidad de recurso.

Bien, esto nos muestra la calidad humana de quienes nos gobiernan, y también sus intenciones, que no son educar al ciudadano sino someterlo y castrarlo. Cabe esperar que la circulación se relentice de inmediato a golpe de sanciones, pero a medida que vayamos perdiendo puntos quienes conducimos, irán quienes gobiernan ganando nuestra aversión, lo cual es una pérdida importante para la ciudadanía.

Señores gobernantes, humanícense, que es cuestión de vida o muerte.

Pepcastelló

 
 
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