Las iglesias vacías y las urnas a mitad, políticos y clérigos no se resignan y quieren hacer algo. Y una vez más, con su proverbial miopía real o fingida, unos y otros coinciden en poner sus ojos en la escuela, ese lugar presuntamente ocupado por tiernas mentes que luego serán adultos más o menos manejables según el tratamiento al cual hayan sido sometidos. Enviar almas al cielo, o hacer funcionar el estado de derecho son los motivos que exhiben, pero la mayor parte de la ciudadanía piensa que eso en realidad les importa poco, y lo que sí les motiva es justificar a la vista del público las prebendas que reciben por sus cargos. Claro que acertado o no, eso mismo se piensa también de quienes militan en los principales sindicatos, del profesorado en general y de la mayor parte del funcionariado, antaño respetado y hoy denostado.
 
El caso es que la escuela nunca ha sido suficiente para doblegar la mente de las personas, y esto políticos y clérigos lo debieran saber. Quienes ya tenemos alguna edad podemos recordar el poco éxito de la asignatura “Formación del Espíritu Nacional” que durante años figuró en todos los curriculum educativos en la España de la dictadura franquista. Y actualmente vemos impotentes como se estrellan contra un muro ciclópeo la mayor parte de los esfuerzos que hace una buena parte del profesorado para fomentar actitudes reflexivas en su alumnado. Visto lo cual cabe preguntarse: ¿va a hacer milagros esa nueva asignatura? En mi opinión, no. Pienso que tanto para someter las mentes de la población escolar como para liberarlas hace falta jugar a fondo todas las bazas de los recursos emocionales y contar con la colaboración de la familia o del entorno social. Como bien señala J. A. Marina en varios de sus escritos, «para educar a un niño o a una niña hace falta toda una tribu». Y me parece evidente que “la tribu” entera, empezando por los de más arriba, no están por la labor, sino al contrario. Lo que la tribu transmite es una forma de pensar y de vivir marcadamente egoísta, insolidaria, irresponsable en todo cuanto no sea el propio bien, basada en la sagacidad y el oportunismo hasta el punto de rayar la pillería. Nada que pueda ser modelo de ciudadanía. Y este caldo de cultivo en el cual crece nuestra población escolar puede más que todas las horas de aula juntas.
 
No obstante, ya me parece bien que se dé esa asignatura. Ésa y todas cuantas sirvan para acercar al alumnado a las cuestiones relacionadas con la cosa pública y contribuyan a despertar en él un mínimo de sentido crítico, no por aceptación de cuanto se les dicte, sino por rechazo. Pienso que del mismo modo que la susodicha Formación del Espíritu Nacional franquista más que para generar adeptos al sistema sirvió para que la mayoría del alumnado lo repudiara, esta asignatura puede servir para que entiendan que este sistema de pseudo democracia es un soberano engaño al ciudadano, que las relaciones sociales son completamente inhumanas, que la falsedad y la mentira son las reglas del juego que se siguen en la relación entre gobernantes y gobernados en todos los países llamados democráticos. Porque del mismo modo que la doctrina católica que predica una ICR nada ejemplar no puede transmitir ni una pizca de espiritualidad cristiana a nadie, tampoco la “Educación Para la Ciudadanía” podrá animar a nadie a ser honesto en sus declaraciones de renta, a confiar en sus gobernantes, a cumplir la ley tal como está establecida sin buscar cuantos recursos tenga a su alcance para eludirla.
 
Pero más allá de este litigio entre obispos y políticos, lo que si me parece verdaderamente grave es que ni unos ni otros muestren preocupación por el estado en que se halla actualmente el mundo, tanto en el orden ecológico como social, ni podamos percibir en ellos ningún deseo de mejorarlo. Muy al contrario, más bien parece que su principal propósito sea fomentar a toda costa el continuismo. Que nada cambie, que todo se mantenga como está, no sea que con el zarandeo algo se les pierda de cuanto ahora tienen. Tal vez para ellos y para las minorías cuyos intereses defienden éste sea el mejor mundo posible, pero para la inmensa mayoría de la población del planeta Tierra, este mundo es un infierno.
 
En fin, volviendo al tema. Me parece evidente que la escuela es el lugar idóneo para aprender a pensar y para ejercitar la facultad de discernir, y por supuesto para acercar al alumnado la información necesaria y crear las situaciones propias para tales prácticas. Pero también me parece evidente que el sistema educativo que impera en todo el mundo occidental tiene como fin primordial transmitir conocimientos y generar hábitos útiles al deshumanizado sistema económico del cual es subsidiario, y de esta servitud no lo van a librar ninguna de estas dos asignaturas en liza. Aparte de que tampoco parece que se lo propongan. De modo que, bienvenido sea todo lo que con buen fin venga si mal no hace, pero...
 
OTRO MUNDO ES POSIBLE, OTRA EDUCACIÓN ES NECESARIA.
 
Pepcastelló