Decididamente no basta tener habilidad con la pluma metafórica; ni aparentar la mente despejada repitiendo los mismos tópicos, los mismos argumentos trillados y viciados de inconsistencia de siempre, con estilo moralizante; no basta con lucir un papel solemne.
  Lo que urge es ventilar las ideas, no reverenciar ciegamente las instituciones más que lo indispensable para desempeñar la persona con cierta dignidad una función. Pero no hace falta “creérselo” a pie juntillas. Antes está el recto razonar. Las personas tenemos o podemos tener distintos roles a lo largo del día, e incluso es un deber asumir uno en especial que consiste en reflexionar al margen de la doctrina. Ese que nos conduce a apuntalar el ordenamiento jurídico político en que estamos sumidos, quizá contra nuestra voluntad...
  Yo ejercí la abogacía durante muchos años. Y me esmeré cuanto pude en manejar las leyes e interpretarlas para salvaguardar los intereses de mis clientes. Pero nunca esa profesión, una vez fuera del despacho, me impidó examinar el conjunto del sistema para analizarlo sociológica, antropológica, cultural, políticamente y llegar a la conclusión de que mi celo ayudaba a resolver problemas pero también apuntalaba con ello un orden que detestaba y detesto. No iba yo a remediar ni a salvar a la sociedad de las garras de los abusos más que en los asuntos que tenía encomendados, pero en mi fuero interno subyacía la furia de la indignación frente a unas leyes confeccionadas al gusto y la medida de los patricios.
  Centrar el "discurso vasco", como hace hoy Javier Rojo en la "indignidad" de quienes no responden a la conminación, a la coacción de gentes como él para que determinados colectivos e individuos condenen moralmente el crimen puntual, etc, es cuando menos una simpleza más que infantil oligofrénica. Cuando todavía no se sabe si quien cometió el crimen y aun sabiéndolo condenar a quien no condena porque no está en línea de las tesis que circulan de tejas abajo, es hacer un reduccionismo ínfimo al nivel del zurupeto. ¿Cuándo se ha condenado institucionalmente a un partido y a su líder por meter al país en una guerra injusta? ¿nos convierte en culpables de complicidad con el crimen? Medir y decidir la justicia, la dignidad y la bondad de una persona o grupo en función de que condene o no en voz alta, incluso antes del juicio o aun después, porque los medios y el resto de la sociedad ya han condenado automáticamente en los términos que sabemos, es una frivolidad mayúscula o sencillamente una infamia. Con lo fácil que es dejar en el suelo una pistola o un panfleto comprometedores... Una estupidez o una infamia que ahora vuelve a exaltar el presidente del Senado con una ristra de niñerías oídas millones de veces amparado en la caja de resonancia de su figura institucional.
  El valor de la palabra frente a la indignidad se lo da él y cuantos se han concitado para condenar nominalmente a quienes se niegan al juego. Bien podría haberse propuesto el juego opuesto. El de hacerse recaer las máximas sospechas de los actos terroristas en quienes se apresuran imprudentemente a condenarlos sin esperar siquiera a la sentencia. 
  Es más, hay un refrán castellano muy sabio, como todos los refranes, que nos orienta: "aquel que dice ¡al ladrón! ése es el ladrón". ¿Quién nos dice que quienes se impacientan exigiendo a otros la condena del crimen, no son justo los que lo han cometido? No me extraña que una figura del firmamento político abandere la memez. Muy pocos de entre la clase política se libran de mi impresión de ser repulsivos ambiciosos, ególatras y necios redomados. ¿No se da cuenta el presidente de que lo que quieren los partidos "nacionales" es eliminar por todos los medios posibles a los competidores, y al final los jueces ganarse el estrellato? A unos porque pertenecen o pertenecieron a formaciones a las que se liga al terrorismo sin más, a otros porque siguen la estela de aquéllas, y a otros porque no condenan teniendo la libertad de no hacerlo. La clase política de aquí es una pandilla de inmaduros que sólo hablan y escriben "bonito". Lo que ocurre en la república bananera de la que distamos bien poco. Lo peor es que aquí está, encima, coronada.