Ayer sobre Lenin, hoy sobre la cuestión judía y palestina, mañana sobre el Vietnam, o sobre la revolución china, poco a poco trataremos de ir dando a conocer  a Isaac Deutscher cuya obra ha sido ásperamente cuestionada desde los tribunales de la historia al servicio del neoliberalismo…Este apartado se podría haber titulado igualmente “la opinión de un judío no-sionista”,  y supone toda una demostración una concepción internacionalista, tanto más notable en cuanto Deutscher procedía de una familia judía cuyos componentes fueron asesinados por el nazismo y sus colaboradores.
          Conocido como ensayista e historiador, aunque ya antes fue reconocido como un poeta de altura, militante comunista desde su juventud universitaria, expulsado del partido polaco por «sobrestimar el peligro nazi» en 1933, animador de la importante y olvidada Oposición de Izquierda polaca,  crítico con la posición de Trotsky de constituir  la IV Internacional contra unas condiciones  netamente adversas, periodista, historiador y crítico literario, Isaac Deutscher fue una «rara avis» en lo que se ha llamado indebidamente «marxismo occidental». Por su biografía personal, así como por su inquebrantable conciencia crítica, Deutscher no fue lo que se dice un intelectual tradicional. Su labor de investigador y escritor no estuvo en contradicción con su pasión de activista que, empero, no pasó por una vinculación orgánica. Una muestra de este activismo la encontramos en su compromiso contra la agresión yanqui al Vietnam que le llevó a ser uno de los animadores del Tribunal Russell y a pronunciar en los Estados Unidos algunas de sus conferencias más brillantes y demoledoras.
      Nacido en Cracovia (Polonia), en 1907, Deutscher   pertenecía al mundo judío centroeuropeo destruido por el nazismo (responsabilidad que, burdamente, un talento como Milan Kundera atribuye al estalinismo).
        Hijo de una familia judía integrista, verdadero niño prodigio, se desarrolló culturalmente en el ambiente agobiante de la escuela religiosa judía llamada khéder, lo que hace que su ulterior evolución pueda considerarse como un milagro, y muchos, la mayoría, de los que surgieron en dicho medio se reparten entre las víctimas de los campos de concentración y los fanáticos sionistas que blanden ahora la reaccionaria concepción del «pueblo elegido» contra los   palestinos. Aunque la historia de este medio es muy   poco conocida —al menos antes de los trabajos de Natham Weinstock publicados en francés por Maspero, y en particular El sionismo contra Israel, obra traducida al castellano por la editorial Fontanella de Barcelona en 1967—, el lector podrá acceder a ella, muy parcialmente, a través de algunas de las narraciones de Isaak Babel.
      Todo parece indicar que la revolución de 1917 fue determinante para toda una generación de jóvenes judíos —esto lo confirman en sus memorias gente tan poco sospechosa como Ben Gurión y Golda Meir, o películas como «El violinista en el tejado»--; fue un niño judío, hijo de comunistas, el primero que demostró a Isaac que se podía pecar sin que Yahvé se enfadara por ello. Sin duda existía ya en su interior una predisposición, ya que aunque su  abuelo era un ortodoxo dominante y celoso, su padre, un impresor enamorado de la cultura alemana, era un secreto admirador de la heterodoxia, de personajes como Espinosa, Heine y Lasalle (Pierre Frank recordará a Deutscher buscando obras inéditas del primero en Portobello), representantes de una tradición herética, revolucionaria y libertaria que Deutscher ampliará con fervor hasta Marx, Freud, Rosa Luxemburgo y Trotsky, sin olvidar a aquel militante bolchevique desde 1905, Hearsch Mendel, que compartirá con él la dirección de la Oposición Comunista polaca y que representaba la impresionante volunta emancipatoria y cultural del sector más avanzado del movimiento obrero de origen hebreo.
        Dos planteamientos básicos surgen ya en el Deutscher militante casi infantil de las juventudes comunistas y permanecerán sólidamente a Io largo de sus años: como hereje, en contradicción con tanto renegado terminado por el nacional-socialismo, que sabía la importancia de su componente revolucionario, dentro del cual surgió Deutscher, cuya familia desapareció en la ignominia de los campos de concentración;   en segundo, una oposición irreductible al espíritu oscurantista del ghetto, marcado por el sentimiento de resistencia mirando hacia atrás de rodillas, y que, con el tiempo, alimentará una facción cada vez   más envilecida del sionismo en Israel. Ambas posiciones —fidelidad de clase y concepción abierta del pensamiento—, llevarán a Deutscher a luchar contra la corriente que durante los años cincuenta y sesenta   negará toda vigencia a las tradiciones socialistas en Occidente —las teorías sobre la integración del proletariado, preludio de las que ahora certifican   su muerte, y contra los anticomunistas que reducen la historia de la URSS a los crímenes bárbaros de Stalin.
        El reflujo de los últimos años, la contraofensiva derechista neoliberal, las sucesivas derrotas de la izquierda, han hecho que las obras de Deutscher hayan sufrido una pasada de menosprecio y de desinterés a todas luces aberrante. Su lugar ha sido parcialmente ocupado por una nueva hornada de ex-izquierdistas   —Heller, Castoriadis, Semprún y cia.-, reconvertidos en intelectuales orgánicos de la era reaganista, cuyo ascenso fue tan rápido como lo está siendo ahora su caída. El cambio no podía ser más miserable y empobrecedor. Textos como La conciencia del ex-comunista (que he abordado en un trabajo para Kaos titulado Herejes y renegados) o como Orwell: el misticismo de la crueldad, no sólo alumbran genialmente la crisis de la intelligentsia «antitotalitaria» de los años cincuenta, sino que también aclaran con maestría las trampas de unos renegados   que tratan de ahogar el niño de la revolución con el agua sucia de las burocracias, con la apenas oculta intención de buscar unos chivos expiatorios detrás de los cuales ocultar el rostro de la barbarie «contra» internacional. Las nuevas generaciones insumisas deberán de reencontrar a Deutscher para comprender-transformar el viejo mundo.
    Deutscher comenzó a ser publicado en castellano a   principios de los años sesenta en revistas especializadas de economía en las que firmaban liberales como Fuentes Quintana o «felipes» como García Díez, y otros que más tarde se arrepentirían de sus «pecados juveniles». El primer libro suyo que apareció legalmente aquí fue una traducción dual -una en catalán y otra en castellano- de Stalin. Una biografía política en Edició de Materials en la que trabajaban algunos socialistas ahora convertidos en «barones» del PSC. Esta misma editorial —verdaderamente de vanguardia— publicó las dos primeras partes del Trotsky, y no pudo publicar la tercera porque fue desmantelada por un ministro de Información y Turismo llamado Fraga Iribarne. Ambas biografías aparecieron en México en la Editorial ERA, en la que se encuentran la mayor parte de los   libros de Deutscher: Los sindicatos soviéticos, Rusia, China y Occidente, El marxismo de nuestro tiempo, así como La revolución inconclusa que recoge   su brillante discurso sobre el sesenta aniversario de la revolución de Octubre y que vino a ser su testamento. Este libro-testamento ha sido la mayor “prueba” del optimismo revolucionario de Deutscher en relación a la posibilidades reformistas y/o revolucionarias de cambios en los países del “socialismo real”, pero como ha escrito el amigo Tariq Ali en su artículo sobre mayo del 68, no sería hasta la represión de los tanques rusos de la “primavera de Praga”, que este optimismo comenzaría a ser seriamente cuestionado, aunque todavía con Gorbatchev tuvo lugar una oleada de ilusiones que se revelarían finalmente como precipitadas.
        Un testamento soberbio en el que se trasluce la rectificación de Deutscher en relación a sus esperanzas desmentidas en el «reformista» de Kruschev.   Mientras que la biografía de Stalin tenía unas limitaciones comprensibles por el hecho de que fue escrita antes de la muerte de Stalin, la de Trotsky ha sido considerada como una de las mejores biografías del siglo  XX, aunque justo es decirlo, muchos de sus capítulos -el que trata de España por ejemplo- necesiten un mayor desarrollo, en tanto que otros denotan errores en fechas y personajes. Tal ocmo explicaba en un artículo reciente,   Deutscher tenía en mente hacer una trilogía con otra biografía, la de Lenin, pero ésta no fue posible por su fallecimiento y sólo dejó escrita una primera parte sobre la juventud de Lenin, El águila de la revolución, parte que también publicó ERA esta vez en edición de bolsillo.
        Otras editoriales publicaron otras obras suyas como Judío no sionista (Ed. Ayuso, cuyo original he perdido y busco aunque sea en fotocopia, creo que merecería una reedición), que incorpora trabajos autobiográficos y unos deslumbrantes ensayos   sobre el Estado de Israel. Ariel (1971) publicó la recopilación, Herejes y renegados; Península (1972),   sus Ironías de la historia y Martínez Roca (1973)   Rusia después de Stalin. Todas estas obras resultan ahora poco asequibles, aunque se pueden encontrar.   Una buena defensa de su legado es el que haría Perry Anderson y está recogido en su recopilación titulada Campos de batallas (editado por Anagrama).   Particularmente he ido recuperando algunos trabajos suyos que he ido publicando en páginas como L´Espai Marx o la de la Fundación Andrés Nin, y claro está en Kaosenlared.
        Pido disculpas por sí en algún momento algunos datos resultan recreativos.