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Proletariado del siglo XXI: contra la alienación, "contra sí" como clase, para sí como seres humanos
La superación de los fracasos de siglo XX vendrá de la comprensión por los trabajadores/as de que con el capitalismo no hay futuro, su emancipación está en sus manos, y la lucha contra el capital es contra la alienación y contra sí mismos como clase, sacando su fortaleza no de las características de clase sino de las potencias como personas y colectivo de trabajadores/as.
Aurora Despierta (Para Kaos en la Red) [16.05.2008 13:21] - 251 lecturas - 2 comentarios


Cogemos el testigo, marchamos a nuestro modo

La Historia se puede entender como el desarrollo de la lucha de clases, entre las clases explotadoras y explotadas de cada modo de producción (esclavista, feudal, capitalista). Pero a pesar de influenciar en el proceso, no estaba en las clases centrales del modo de producción, en concreto en su clase explotada (esclavos, siervos de la gleba), la esperanza de superación del modo de producción ni la futura clase dominante (señores feudales, burguesía), por lo que, en una primera aproximación, tampoco debería estarlo obligadamente en la clase proletaria contra el capitalismo.

Si el triunfo del proletariado no está garantizado y hasta hoy ha sido una tercera clase la ganadora del conflicto ¿no podría aprovechar su fracaso o adelantarse alguna tecnoburocracia?. (Raúl García Durán “Saber, sociedad tecnológica y clases. El proceso de formación de la tecnoburocracia profesional como clase dominante” hacer editorial, 2000).

Ni los esclavos ni los siervos de la gleba condujeron la superación del esclavismo y el feudalismo ni se convirtieron en clase dominante. Eso debiera diferenciar esas clases del proletariado y porque el proceso en su caso no puede ser inconsciente, sino lo más consciente y dependiente de su voluntad que jamás haya conocido la Humanidad y mucho más de todo lo que hemos visto en el proletariado en siglo y medio. De lo contrario, como aquellas clases, su lucha sólo daría lugar a una nueva sociedad de explotación.

Pero el proletariado, en cuanto que clase (“en sí”), es una clase del y para el capitalismo, y no puede ser el soporte del comunismo. Aquí actúa el determinismo de clase que es por tanto conservador pues, a diferencia de la burguesía en el feudalismo, no puede conducir a otro modo de producción en el que domine la clase proletaria y que sea radicalmente diferente del capitalismo y suponga la liberación de los trabajadores/as. Su reafirmación como proletariado es finalmente su reafirmación como clase y por tanto para el capital sea cual sea la forma que adopte (privada, estatal, autogestionaria...).

Como he explicado en mi ensayo “Proletariado. Pasado y futuro de una ilusión” (en kaosenlared), la clase proletaria en cuanto situación, papel, función, lugar en la sociedad, es para el capital y cuando supuestamente es “para sí”, pero manteniéndose como clase, lo es como cooperativismo que explota el Tercer Mundo, o clase que expropia a la burguesía privada, pero para reproducir el capitalismo en forma de nacionalizaciones, estatalizaciones, capitalismo de estado como lo fue la URSS, autogestión a la yugoslava, “socialismo” de mercado como en China, etc. Sigue por tanto dentro de la dinámica de clase, aunque la lleve al extremo.

Entiendo lo que el mejor Marx quiere decir con clase “para sí”, que va hasta la supresión del asalariado (no confundir con retribución del trabajo), superación de toda alienación que crea la clase proletaria y por tanto el cuestionamiento hasta la raíz de la existencia misma de la clase, del capitalismo y de todas las clases. Sin embargo históricamente no se ha comprendido bien esto y los trabajadores/as tampoco han alcanzado la suficiente madurez para plantearlo, sino que nos hemos quedado en un concepto mucho más estrecho de clase “para sí” que sigue atada a la clase y que confía en el supuesto determinismo revolucionario de la clase. A ello sin duda han contribuido Marx y Engels con todo el discurso del proletariado irrevocablemente forzado a la revolución que tiene su triunfo garantizado (antes o después) por las leyes de la Historia y que se convierte en clase dominante hasta su disolución. Por eso lo que los marxistas llaman clase “para sí” es mucho más claro y no se contamina de la condición de clase si nos referimos a ello como fuerza social de trabajadores/as por el comunismo o en proceso de movimiento autónomo contra el capital y su propia existencia como clase. Clase que produce en el otro polo capital bajo la forma jurídica que sea (privada, estatal, autogestionaria...).

La clase no puede transformarse de clase dominada y explotada en clase dominante. Son sus soportes, las personas, quienes pueden transformarse. Al negarse a seguir representando ese papel y rechazando la continuidad de la relación social asalariada (bajo la apariencia que sea) se convierten en fuerza social dominante que lucha “contra sí” en cuanto que clase, a la vez que contra el conjunto de las relaciones sociales capitalistas, la burguesía y tecnoburocracia. Luchan, no por consolidarse como clase, sino para cuanto antes dejar de ser clase y pasar a ser algo completamente distinto, el trabajador colectivo libremente asociado.

No hay ningún “modo de producción”, sociedad intermedia o de “transición” al socialismo o comunismo en la que domine la clase proletaria gracias a la estatización, planificación o autogestión. Semejantes ideas sólo sirven de cobertura al poder tecnoburocrático disfrazado de proletario, interesado en la existencia de la clase proletaria para seguir explotándola. Hablar de clase o proletariado dominante ayuda a la mentira. Si fuese verdad que una clase con grandes probabilidades de suceder a la burguesía es la tecnoburocracia, una revolución proletaria con esas confusiones le habría hecho el trabajo barriendo a la burguesía privada, como los campesinos y primeros proletarios le hicieron el trabajo a la burguesía en los siglos XVIII y XIX. De aquí la importancia de proponer a los trabajadores un Programa de Transformaciones que no dé lugar a confusiones.

Los trabajadores/as sólo podrán liberarse a sí mismo en la medida en que se transformen y se nieguen en los hechos como clase proletaria, luchando contra el condicionamiento de su clase y su misma existencia de clase, constituyéndose en fuerza social por el trabajador colectivo libremente asociado. ¿Cómo puede ser?.

A diferencia de la burguesía que ve en su condición social alienada una fuente de potencia y por tanto la convierte en su identidad-pertenencia, los trabajadores asalariados, por lo desventajoso de su condición social, pueden sentirse menos inclinados a esa identificación-pertenencia, más proclives a desidentificarse de su clase y en un proceso en la práctica de la lucha y de esfuerzo por toma de conciencia, considerarse ya no más parte del capital (el capital variable), sino el potencial futuro trabajador colectivo libremente asociado rompiendo con su identidad-pertenencia de clase y autonegándose como clase.

Donde se puede dar la contradicción “a muerte” con el capital es cuando los proletarios/as, como seres humanos y trabajadores/as, encuentran intolerable o insoportable su situación o las perspectivas próximas, se rebelan contra el trabajo alienado, el asalariado, y no aceptan las salidas capitalistas como las ofrecidas por el nazismo a los parados o las vistas en Argentina a comienzos de este siglo, pues tienen un proyecto de superar su condición como capital variable y ejército industrial de reserva (desempleados) liberándose del trabajo alienado, como trabajador colectivo libremente asociado, lo que implica que han elaborado, por básico que sea, un Programa de Transformaciones.

El hecho de que la clase proletaria no sea propietaria de los medios de producción y que el capitalismo sea la propiedad privada que explota a la clase, no implica necesariamente que la clase vaya a terminar de suprimir la propiedad privada que le es negada, o haciéndolo, vaya a superar el capitalismo que la explota. Perfectamente se puede expresar la contradicción en formas más “sociales” o “públicas” de propiedad, como el cooperativismo, el capitalismo de estado, la autogestión a la yugoslava, etc. Cuando los trabajadores de los países “socialistas” (predominando el proletariado tradicional) se han enfrentado al capitalismo de Estado, no han superado las ilusiones socialdemócratas o del estalinismo en alguna de sus versiones, incluso “con rostro humano”, es decir, no han llegado al rechazo del trabajo alienado ni del Estado neo-burgués. Esto muestra lo poco intuitivo que es el cuestionamiento del trabajo alienado-asalariado, incluso cuando está conociendo la experiencia decepcionante superadora de la propiedad privada capitalista (el capitalismo de Estado “socialista”) que por tanto ya no se puede presentar como el horizonte de liberación.

Lo que de verdad entra en contradicción irreconciliable con el capital es el conflicto entre los intereses humanos integrales del trabajador/a con el trabajo alienado: trabajo que no es creación personal y contribución a las necesidades colectivas, sino sometido a las exigencias de la máquina, la productividad, la competencia, la acumulación, la propiedad, la dirección de una minoría, la planificación tecnoburocrática o las leyes del mercado, lo que conduce a que la vida esté vampirizada por la economía, sea bajo la propiedad privada o cualesquiera de las anteriormente mencionadas. Ello implica el cuestionamiento de la división social del trabajo manual / intelectual, dirigentes /dirigidos, monopolio del conocimiento..., cerrando el paso de todo aquello que permita le existencia de una clase tecnoburocrática sucesora de la burguesía privada.

Cuando el conflicto entre la fuerza de trabajo y el capital llega al punto de que estalla porque el capital no puede asegurar la existencia y reproducción de la fuerza de trabajo (los trabajadores/as), ello no conduce obligada e inexorablemente a que los trabajadores/as cuestionen el trabajo alienado y su consideración como capital variable, sino a modificar la relación en términos que fácilmente pueden quedarse en seguir trampeando (como se viene haciendo desde hace mucho) la ley del valor, mediante capitalismo de Estado, autogestión, etc. Pudiera ser que los trabajadores/as no tuviesen tiempo para aprender de verdad la lección y antes se aniquilasen en conflictos internos o entre países.

Si los trabajadores/as no se pueden apoyar como la burguesía en la propiedad económica, los municipios, las universidades, ni la división social del trabajo que favorece a la tecnoburocracia, y apenas se les puede considerar la encarnación de las fuerzas productivas que reclaman un nuevo modo de producción, ¿de dónde sacarán su potencia los trabajadores/as para liberarse del trabajo alienado?. Pues de su tendencia a la desidentificación como clase (del y para el capital), su capacidad humana de iniciativa, de cooperación, de solidaridad, de autoorganización, de autodirección, de desarrollar conciencia, de elaboración política y programática, de insumisión y de valor, que le permitirá superar el determinismo (conservador) de su clase.

Estas potencias son bien reales, pero no son características inscritas en la clase, así que su desarrollo implica el descondicionamiento con respecto al determinismo de clase y la autotransformación de los trabajadores/as, que actúen no siguiendo con la dinámica propia de su clase, sino constituyéndose en una potencia diferente, en una fuerza social capaz de autonegarse como clase y reafirmase como personas con un proyecto de trabajador colectivo libremente asociado, en una nueva civilización sin alienación.

La clase, en cuanto que capital variable para el capital, aunque trabaje bajo el mismo techo, realmente no coopera entre sí, sino que está bajo la jerarquía (dirigentes /dirigidos, manual/ intelectual) y división de tareas impuesta por el capital, y menos incluso con los trabajadores/as de otros centros que ni siquiera son de la misma empresa; no se solidariza sino que compite por el puesto de trabajo y por demostrar mayor productividad y competitividad; no se autoorganiza ni autodirige, ni debe tomar la iniciativa, sino que es organizada y dirigida por el capital, los sindicatos, los partidos, dividida por categorías, gremios, ramas, tipos de contrato, naturales e inmigrantes, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, razas y etnias, alas de la política burguesa, nacionalismos...; no debate ni elabora pensamiento económico, social, político, pues en su papel debe limitarse a dejar que piensen y decidan “los que saben”, sean ingenieros, gerentes, burócratas, funcionarios, partidos...

Para empezar, su creación en el trabajo se convierte en algo extraño al trabajador/a, no le pertenece y se vuelve en su contra (enajenación, plusvalía para la acumulación en la reproducción ampliada del capital, fetichismo de la mercancía).

Con el economicismo, corporativismo, sindicalismo, hay todavía poco de verdadera cooperación, pues tiende a ser más la alianza coyuntural de individuos, de intereses particulares que confluyen en el tira y afloja con el comprador de la mercancía que pueden vender, su fuerza de trabajo. Incluso para no contribuir a empeorar la situación o porque hay perspectivas de mejorarla, el proletariado entra en una dinámica de colaboración de clases, o de apoyo a una u otra fracción de la burguesía (como Chávez), subordinándose a ella, perdiendo su autonomía. El sindicalismo, integrado ya entre los aparatos subsidiados por el Estado, no se sale de la lógica del capital variable, limitándose a lo que es negociable, conforme a la rentabilidad de la empresa, los intereses de la economía nacional, la competitividad en el mercado mundial...

El asalariado inhibe la solidaridad entre los trabajadores/as, pues cada uno debe luchar “para sí”, empezando por conseguir un puesto de trabajo compitiendo con otros, o participando en la competencia entre empresas para sobrevivir en el mercado. Las relaciones capitalistas promueven abiertamente la indiferencia o la pasividad (a lo más, caridad) ante la suerte del prójimo, o la sensación de impotencia, cuando nos bombardean con noticias de desastres y conflictos más o menos alejados ante los que nos sentimos incapaces de hacer algo. Y cuando los trabajadores/as se sobreponen a este condicionamiento y a la comodidad de una actitud egoísta de individuo, corporación, empresa, nación, la burguesía, para garantizar la estabilidad de su sociedad y sus privilegios, recurre a la manipulación (crear disidencias, cabezas de turco, enemigos exteriores) y la represión pura y dura.

El sindicato es una organización permanente, sin embargo la participación de los trabajadores sólo es real durante su movilización en las luchas o en la fase revolucionaria. En tanto, el aparato sindical no puede justificarse ya por una dinámica de mejoras y conquistas socio-laborales. Por tanto, es inevitable su burocratización y adaptación a la organización capitalista (empresa, rama) y del Estado (nación, financiación). De ahí que su papel real sea la gestión de las migajas para los trabajadores y ser un aparato más del Estado para su control desde dentro, como amortiguador, preventivo, desviador, saboteador, recuperador de la lucha. Si los trabajadores quieren ir más allá de lo que el capital tiene previsto para ellos y de lo que les toca como capital variable representando por los sindicatos, deben autoorganizarse y autodirigirse.

La autoorganización se expresa en asambleas, delegados revocables en todo momento y que actúan bajo mandato de la asamblea, Consejos de Trabajadores, Soviets, doble poder. Implica la crítica, rechazo y abandono de los sindicatos y del parlamentarismo que atan indirecta o directamente al capital y al Estado, y mantienen la delegación de la voluntad en los “jefes”, la separación artificial de lo económico y lo político, de dónde pueden actuar los trabajadores/as como colectivo (lo económico sindical) y dónde deben delegarlo todo y participar individualmente sólo cada equis años (lo político). También significa el rechazo al seguidismo de líderes carismáticos (Hitler) o caudillos político-militares (Castro, Chávez..).

Los partidos que pretenden representar, dirigir a los trabajadores o que adopten su política y programa, mantienen con ellos unas relaciones que fomentan la dependencia de estos hacia aquellos y, por tanto, la subordinación, en lugar de todas las potencias mencionadas. No sirven a los trabajadores, sino que acaban sirviéndose de ellos como órganos que se fusionan con el Estado y ocupan un lugar en la tecnoburocracia, los sindicatos, controlando a los trabajadores para evitar su lucha revolucionaria que también cuestionaría sus privilegios; o al menos son aspirantes conscientes o no a ese papel con el actual o con un aparato de capitalismo de Estado “socialista”. La dependencia es otra alienación que se vuelve contra los trabajadores. El dirigismo del Partido no puede llevar hasta el final la lucha contra la alienación ni del trabajo ni de la dependencia hacia el Partido.

La autoorganización de los trabajadores/as significa su independencia de cualquier otra organización sindical, de las patronales, del Estado, de las iglesias y de los partidos políticos. Esta independencia organizativa es requisito indispensable para hacer posible la autodeterminación de los trabajadores/as y su independencia política con respecto a la burguesía y autonomía política con respecto a las minorías que consideren parte de ellos, como los comunistas; en suma la autonomía proletaria.

Los trabajadores/as usan su tiempo libre para evadirse con el entretenimiento al que se prestan pues siempre será más cómodo y agradable que afrontar todos los problemas de su situación en el mundo y la parte de responsabilidad que les toca cuando además se sienten impotentes (empezando por su subordinación en lo más inmediato, el trabajo), para hacer algo con ellos, sobre todo mientras estén bastante satisfechos con su suerte, especialmente si la comparan con la de otros (los más pobres, países subdesarrollados...). Asimilan la cultura filtrada para que no cuestionen hasta la raíz su condición de clase y esta civilización. Pero tampoco suelen tener interés en conocer aquello que vaya mucho más allá. Mejor no pensar por comodidad o por miedo a que “te coman el coco”. El proletariado tiende a decir “que piensen ellos”, los dirigentes sindicales, políticos, etc, “que para eso les pagamos” (la cuota del sindicato, los impuestos), continuando con la misma actitud a la que se ven obligados en el trabajo, pero esta vez, elegida como si así pudiese redundar en su beneficio, como parece ocurrir en las buenas épocas cuando marchan bien los negocios. No tienden a la creatividad pues desde el trabajo aprenden que aquello en lo que participan, la creación de objetos, servicios, no les pertenece y viene dictada desde arriba, por los intereses y para beneficio de otros sobre todo. Por eso tampoco confían en su capacidad creativa y en que sirva de algo, y cuando crean o apuntan con sus actos o propuestas a algo positivo, tienden a minusvalorarlo, tanto más porque sus “jefes” sindicales o del Partido, que ya tienen la línea correcta preestablecida, se lo ningunean si entra en alguna contradicción con sus planteamientos y no digamos intereses.

El proceso de toma de conciencia no es rectilíneo ni siguiendo un planteamiento racional, argumentativo, sino inspirado sobre todo en lo que perciben de su experiencia, filtrada por su conformismo, pasividad, miedos, resistencias, evasiones, prejuicios, esperanzas, ilusiones, poca confianza en sí mismo y confianza mucha veces exagerada, ciega, ilusa, en quienes ha venido reconociendo como sus representantes y líderes, por lo que es muy complejo, contradictorio, ambivalente y en sus primeras etapas sobre todo semiconsciente. Las masas proletarias no se mueven siempre por motivaciones racionales ni siguen el camino que se supone racional. Es preciso que avance mucho más y en sectores lo más amplios posibles del colectivo, hacia una conciencia racional capaz de expresarse en términos de línea política y programa. La creatividad en la elaboración política y programática es lo más difícil de conseguir y primero deben pasar por adquirir confianza en sí mismos, comprobar que controlan lo que hacen, que cada uno importa para los demás y se tiene en cuenta lo que piensa o hace y esto se produce en el proceso de cooperación, solidaridad, autoorganización, autodirección de la lucha. Si al comienzo la conciencia es resultado de los impulsos semiconscientes, la acción, el encuadramiento sindical, la experiencia y sus lecciones, progresivamente la conciencia se apoya y desarrolla gracias a las “relaciones sociales” y la “universidad” y “municipio” de los trabajadores/as, que son la cooperación, autoorganización, su incidencia territorial, y la autodirección democrática y deliberativa; la conciencia irá adquiriendo cada vez más peso en relación con la experiencia y se convertirá también en una fuerza material.

La dependencia del capital para sobrevivir es ya una intimidación que no fomenta la insumisión y el valor de los trabajadores/as. La jerarquía refuerza la obediencia y hasta el servilismo. La resistencia se puede pagar muy cara sufriendo represalias laborales, la pérdida del puesto de trabajo y llegado el caso, en la lucha, hasta la vida. Pero el capital sí alienta la agresividad para convertirla en indiferencia ante los agredidos en sus intervenciones represivas o militares y favorecer el militarismo y la recluta de jóvenes, sobre todo varones, para el ejército. Los trabajadores/as deben desarrollar su capacidad para cuestionar la autoridad, negarse al sometimiento, la obediencia, rechazar la disciplina opresiva pero también la alienación del seguidismo o el culto a la personalidad del líder o caudillo. El valor y la combatividad deben entenderse ante todo como iniciativa para arriesgarse a la cooperación, la solidaridad, la insumisión, la autodefensa y la ofensiva, pero no el gusto por la violencia y la destructividad. En los trabajadores/as más jóvenes, no plenamente domesticados ni resignados a adaptarse, es donde se encuentra el mayor potencial de insumisión.

Por tanto, las potencias revolucionarias que necesitan los trabajadores/as no les vienen de las propiedades e identidad de la clase, sino de su capacidad, como seres humanos con inteligencia, sensibilidad, voluntad, conciencia, empatía, humanidad, para lograr la autonomía y desidentificación con respecto a la clase. En la medida en que los trabajadores/as se comporten como dicta la clase lo harán subordinados a las necesidades del capital, aunque crean serlo “para sí” incluso con la desaparición superficial del capital, en realidad de la burguesía ordinaria. Sus potencias y autonomía sólo pueden avanzar a contracorriente de los atributos de la clase. Pueden surgir esas potencias como reacción personal y colectiva al sufrimiento de la condición de clase, pero no gracias a ella, sino contra ella. De lo contrario, acabaríamos diciendo que el trabajo alienado es nuestra bendición.

Y cuando digo que los trabajadores/as deberán cuestionar su clase, la civilización capitalista hasta la raíz y elaborar el Programa, no pretendo decir que deban abrazar el marxismo como si fuese su nueva religión laica, ni siquiera como método indiscutible aportado por los guardianes de la ciencia marxista, el Partido, ni tampoco adoptar la línea política y el Programa que alguno les ofrezca. Si quieren ser capaces de dirigir una nueva civilización, para poder hacerlo y transformarse radicalmente en el proceso, deberán esforzarse en la medida de lo posible en elaborar, por sí mismos, línea política y Programa, aunque todos los trabajadores/as no tengan la misma capacidad para hacerlo, y llegando a los acuerdos colectivos que sean posibles, aun manteniendo diferentes corrientes de opinión. Semejante transformación en los trabajadores/as implica, implícita y también explícitamente, otra forma de ver la vida y su sentido, la relación con el prójimo, la Historia y la propia identidad.

Todas esas potencias tendrían poco recorrido si no contasen con la capacidad de desidentificarse de su clase, tanto en lo social, como en lo psicológico, es decir, superar la identidad-pertenencia, atreverse a cuestionar la existencia de la clase y todo lo que lleva aparejado de identificación con la sociedad capitalista, sus valores hacia la posesión, la subordinación, el refugio del nacionalismo, la identificación con los más fuertes (chovinismo, imperialismo...), etc. Esta capacidad implica una potencia espiritual (no en el sentido de alma) relativa a la falsa identidad del ego (“yo” autonomizado de la totalidad de la persona y escindido de la comunidad humana, del conjunto de la existencia). Y el ego está relacionado con el egocentrismo, la jerarquía de dominio/ sometimiento, la depredación de los seres y la naturaleza. Las potencias de la cooperación, autoorganización, etc apuntan contra esas expresiones del ego y lo debilitan. Eliminar las máscaras del ego empieza por rechazar la identificación con el papel del proletario/a. El actor toma distancia con el personaje y se dispone a abandonar la representación. Y así pasa de actor a sujeto de su vida.

Existe por tanto una tendencia revolucionaria (muy desigual y discontinua en su manifestación), no un determinismo revolucionario de la clase, menos la inevitabilidad de la revolución (no pro-capitalismo de Estado, etc) y menos aun del triunfo del comunismo. Se trata de reconocer esta tendencia y potenciarla al máximo, entre otros instrumentos, con el Programa Internacional de Transformaciones como ya he explicado en mis textos.

El determinismo de clase crea la dinámica como clase, cuyo recorrido posible se encuentra con el límite del trabajo alienado consubstancial a la clase. A lo sumo conduce a otras formas de la sociedad de clases explotadora, llámese autogestión, “socialismo” de mercado, Capitalismo de Estado, cooperativismo, que muy probablemente acabará en alguna forma de capitalismo privado. Esto si no se queda en nacionalizaciones, estatalizaciones, cogestión, dentro del capitalismo actual y con el mismo Estado, aunque haya cambios de régimen. Hasta cuán lejos llegue el recorrido de la dinámica de clase depende del impulso de la tendencia a la autonomía y desidentificación de su clase. Pero por mucho impulso que haya, mientras esta tendencia no desarrolle su propia dinámica en dirección de la autonegación como clase, no romperá con la dinámica de clase ni desarrollará una verdadera conciencia comunista.

Sólo el cuestionamiento hasta la raíz de la condición de clase, sea cual sea su forma y expresión jurídica, puede conducir a los trabajadores/as a superar esa condición. Por eso es engañoso pensar que los trabajadores/as tienen en su clase, su fuerza, su potencial para superar la sociedad de clases. Ahí sólo tendrán sus cadenas más o menos burdas o de “diseño”. Su verdadera fuerza reside en que como colectivo humano de trabajadores/as se constituyan en fuerza social. Esto no es un mero cambio de palabras. Pues al hablar de fuerza social incidimos en el aspecto de las potencias, del contenido, de los objetivos, de la dinámica, distanciándose conscientemente de sus condicionamientos de clase: fuerza social que cuestiona su propia clase, su dinámica de clase, no como viene siendo habitual, el precio de la fuerza de trabajo, es decir, en su papel de capital variable, o a la clase burguesa o el capitalismo tal como habitualmente es reconocido (privado sobre todo). En la medida en que los trabajadores/as se constituyen como fuerza social autónoma no sólo de la burguesía, sino de sus propios condicionamientos de clase, deberán hacerlo contra la identificación-pertenencia de clase, en todo lo que esto tiene de social y psicológico.

Con la dinámica de clase ocurre que la experiencia del capitalismo de Estado “socialista” e incluso la de alguna variante autogestionaria (yugoslava) es tan decepcionante que de rebote desacredita el socialismo, el comunismo y la revolución. Al haberlo identificado con la supresión de la propiedad privada, lleva incluso a cuestionar el interés por la dinámica de la clase “para sí” que ve su recorrido y reivindicaciones de mayor alcance cuestionados, pero sin entender la alternativa, por lo que el desconcierto, desmoralización y reflujo son enormes. Sólo con mucho esfuerzo pueden los trabajadores/as remontar esto y comprender cuál es el verdadero camino para la superación del capitalismo: el cuestionamiento del trabajado alienado, las condiciones que crean la propia clase. Por eso las minorías comunistas deben insistir ahí para que el movimiento de los trabajadores sea realmente consciente, en lugar de pretender que su papel es dirigirlos. Estimularlos para desarrollar la crítica al trabajo alienado que conocen de primera mano. La crítica y superación de toda alienación debe reflejarse en las propuestas de Programa de Transformaciones. Los trabajadores/as comprenderán mejor la necesaria relación que existe entre su crítica y lucha contra el trabajo alienado, la lucha “contra sí” en cuanto clase y el Programa por el comunismo. Así tendremos un elemento de importancia para impulsar la ruptura con la dinámica de clase y reforzar la autonomía más allá de la autoorganización. De este modo la autonomía se desarrollará más integrada en forma y contenido y con una dinámica más fluida, con menor necesidad de intervención de las minorías comunistas, es decir, con mayor iniciativa y creatividad proletaria.

Los trabajadores/as ya tienen experiencias de lucha contra la organización del trabajo, el sistema de primas, el trabajo a destajo, los turnos, etc. Ahora va a ocurrir cada vez más que las pretensiones crecientes de explotación por el capital van a dejar menos lugar a las “compensaciones” salariales (aunque la sustituya el miedo al despido o la deslocalización) por lo que los trabajadores/as se podrán sentir más motivados a la resistencia y el cuestionamiento de todo eso. Se trata de desarrollar y profundizar esto mucho más, de modo que el cuestionamiento del trabajo alienado empiece ya y así se encuentren en condiciones buenas para orientar en la dirección correcta su poder constituyente cerrando el paso a la suplantación y usurpación tecnoburocrática. Es un terreno excelente para impulsar la reflexión de los trabajadores, su capacidad de elaboración política y programática, a partir de su experiencia

Los trabajadores/as para liberarse como seres humanos completos, visto globalmente, a largo plazo, deben volverse no sólo contra la burguesía, sino “contra sí mismos”, no en cuanto personas, ni como trabajadores/as, ni como colectivo, sino contra su existencia como clase y cómo condiciona su mentalidad y lucha. Este volverse “contra sí” (ni “en sí” ni “para sí”) implica en altísimo grado a todas las potencias revolucionarias mencionadas, la autonomía y la desidentificación, e implícitamente el avance en la superación del ego.

La autonegación como clase no es una negatividad nihilista, autodestructiva, desclasadora, pues tiene su lado constructivo, positivo, en el horizonte del trabajador colectivo libremente asociado, una nueva forma de vivir, otra civilización. Esto resalta la importancia de que las minorías comunistas elaboren y presenten sus propuestas de Programa de Transformaciones. Así enfatizaremos lo que podemos crear y las capacidades de los propios trabajadores/as. La revolución es eminentemente constructiva pues para desmantelar el Estado burgués previamente se ha debido construir una poderosa red de Consejos de Trabajadores, y para superar el capital, se deben crear las relaciones sociales de producción que superen todos los factores de alienación del trabajo. Todo esto se traduce en creación de instituciones, elaboración de programas, participación, movilización de masas. Nada puede ser superado si no se construye su alternativa.

Los trabajadores/as podrán sentirse motivados (no forzados irrevocablemente -Marx-) a desarrollar la dinámica a la autonomía y autonegación de clase, rompiendo con la dinámica de clase, constituyéndose en fuerza social, impulsados por la necesidad, la lucha contra el capital y la inutilidad y obstáculo para ello del sindicalismo, reformismo y seudo-revolucionarismo. La crisis económica ofrecerá la coyuntura más favorable para su desarrollo.

En el socialismo, los trabajadores/as, si quieren constituirse en el trabajador colectivo libremente asociado, liberarse del trabajado alienado, evitar la usurpación de la tecnoburocracia, deberán luchar “a muerte” contra las características mencionadas propias de la clase, tanto en la empresa como en la vida social, más aun que durante la lucha por la revolución en la que podían transformar su comportamiento autonomizándose y desidentificándose de su clase, pero no cambiar lo substancial de su situación en el trabajo y la sociedad. La superación de la clase más que una disolución será una labor de muy consciente y esforzada autonegación, pues el trabajo alienado genera espontáneamente capitalismo y tecnoburocracia.

Si los siglos XIX y XX fueron sobre todo los siglos de la clase “en sí” y “para sí”, el XXI debería ser sin falta el siglo de los trabajadores/as “contra sí” en cuanto que clase. Sería el colectivo de trabajadores/as capaz de negarse a sí mismo en cuanto clase para poder dar paso a otra civilización. De lo contrario estamos haciendo el juego a la ilusión de que el verdadero lugar de la clase está en el socialismo en espera de su disolución, con lo cual sólo conseguiremos perpetuar el capitalismo bajo otra forma.

Para no alimentar más la confusión, deberíamos decir que no es la clase proletaria la revolucionaria, ni en su esencia, ni inherente, ni en potencia, ni en media naturaleza, ni en el proceso de lucha, sino que existe un potencial revolucionario en el colectivo de trabajadores/as en situación de asalariados, en la medida en que se autonomizan y desidentifican de esa condición.

Mientras los trabajadores/as no sientan y comprendan la necesidad de superar esta sociedad y la posibilidad de la transición al comunismo, seguirán apoyando voluntariamente, tolerando con reservas o soportando a su pesar, el capitalismo. Mientras no deseen cambiar radicalmente de vida porque reclaman lo que les empieza a negar el capitalismo, lo que pone en peligro con la crisis medioambiental, lo que nunca les ha ofrecido, y rechazan los sucedáneos de realización y falsas necesidades promovidas por la mercancía, seguirán arrastrando la seudovida impuesta por el asalariado. Mientras no se transformen como personas seguirán con sus motivaciones en el terreno del tener y las relaciones de poder, luego continuarán como soportes y promotores de la sociedad de clases.

Esta autotransformación no se dará de golpe, será un proceso complejo. En él se pasará por la identificación como clase para el capital (“en sí”), incluso por la clase “para sí” sin romper con la ilusión de modos más “sociales” del capital (de Estado, autogestión, etc), a ser portador de una fuerza social, de unas relaciones de colaboración, lucha y pensamiento que construyan las bases del trabajador colectivo, y levante un Programa de transformación social revolucionaria.

Aunque se puedan hacer consideraciones tácticas, no hay ningún etapismo, ni paso obligado (forzado, predeterminado irrevocablemente, etc), ni en el proceso de toma de conciencia desde la clase “para sí” a la autonegación como clase (“contra sí”), ni porque dicho proceso deba progresar pasando por relaciones sociales con diferentes formas de propiedad, papel del mercado, etc.

Pasar de la clase “en sí”, por la clase “para sí” hasta “contra sí”, aunque no implique etapismos de ningún tipo, tampoco es un salto, sino un proceso, como del negro al blanco pasando por una escala infinita de grises, con sus pasos atrás y sus saltos adelante, pero en el que siempre debe estar presente para las minorías comunistas el rechazo del trabajo asalariado y nuestra meta de la autonegación en cuanto clase, para estimular su comprensión lo antes posible y favorecer que la tendencia a ello en los trabajadores se convierta en una dinámica cada vez más consciente gracias a las potencias que también son capaces de desarrollar.

Los trabajadores/as comunistas, tal vez harán la Historia, condicionados, presionados, estimulados, teniendo en cuenta, dentro de los límites de las condiciones, las posibilidades objetivas y subjetivas. Pero no serán las fuerzas productivas a través de la clase; ni la clase a través de las personas que son sus soportes; ni las personas gracias a la determinación de su clase; ni la clase gracias a la dirección del Partido; sino las personas proletarias capaces de sobreponerse con su autonomía, autoactividad, autodirección y desidentificación, al condicionamiento de clase y todas las modalidades de subordinación, división dirigentes / dirigidos, pensantes /ejecutantes, es decir a cualquier asambleísmo formal, central sindical, guerrilla, ejército populista, partido o aparato de Estado; las personas trabajadoras afirmándose como tales al autonegarse como clase.

Impulsados por la necesidad y la crisis del capitalismo decadente, gracias a su iniciativa, autonomía, desidentificación como clase y rechazo del trabajo asalariado, los trabajadores/as, que ya son capaces de luchar al margen de la disciplina de sindicatos, partidos y Estado, pueden volver a crear Consejos de Trabajadores y Soviets como instituciones del poder que, esta vez sí, pondría en marcha el proceso constituyente de una nueva civilización recogido en el Programa de Transformaciones desarrollado por ellos mismos, capaz de superar el trabajo alienado y todas sus consecuencias. Ver en kaos “Programa, Programa, Programa. Tan necesario es”.

Lo que permitirá que los trabajadores/as nos emancipemos y con nosotros la Humanidad, no es vernos forzados por el determinismo, ni ser instrumento involuntario de fuerzas ciegas, sino nuestra conciencia y libertad para sobreponernos a los condicionamientos de clase y de esta sociedad, e imponer nuestro proyecto de nueva civilización con un nuevo tipo de ser humano dueño de su existencia y capaz de realizarse desarrollando sus mejores potenciales.

Para profundizar en el tema y conocer lo que de vez en cuando publico en kaosenlared, con el buscador de kaosenlared por Aurora Despierta luego seleccionar por Autor y Procedencia, Ordenado por Fecha, y Durante los últimos Todo Kaos,Buscar.



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Hay 2 comentarios de los comentarios de esta noticia
#1 una comprensión de la consciencia demasiao aparatosa es parte del problema..
[2008-05-30 21:51:28]

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Una revisión demasiado aparatosa del fenómeno de la alienación es epeorar el asunto de la clarificación. Tal q la lucha por alcanzar la conciencia política revolucionaria fuera un asunto al margen de las masas (un asunto de entendidos). La mecánica de la expoliación material y espiritual q entraña el capitalismo  debe ser suficiente sin tanto abstracción, al lego inteligente. Eso de profundizar en matices abstractos le hace el juego a la trama burguesa de la filosofía universitaria...


 
#2 No es tan complicado
Aurora Despierta [2008-06-03 13:47:25]

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Soy una proletaria, nada que ver con la Universidad. Las cosas no son tan simples, por eso nos van tan mal  desde hace un siglo. Hay que profundizar y lo haré más. Para comprender mejor el artículo:
Llamo la atención sobre los conceptos de las dos grandes vías:
* clase - determinismo de clase (conservador)- clase en sí- desarrollo de la dinámica de clase con un recorrido de clase “para sí” que puede llegar muy lejos siempre que no supere la alienación clave de la clase (CdE, etc). Ese recorrido largo vendrá impulsando por la tendencia irregular a la autonomía y desidentificación de los trabajadores/as con respecto a su clase. Los comunistas con pretensiones de representar, dirigir, adoctrinar y que caen en el sustitutismo.
* tendencia a la desidentificación y autonomía - desarrollo de las potencias para la autotransformación- dinámica de la autonomía- constitución en fuerza social- lucha contra el capital y “contra sí” como clase, pasando por la clase “para sí” pero sin etapismo, cuestionamiento de la alienación; autonegación como clase frente a la disolución. Los comunistas contribuyen a que los trabajadores/as por sí mismos desarrollen su conciencia y lucha, dejando que la dirección corresponda siempre a las masas autoorganizadas.
Aurora Despierta


 

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