Ha llovido mucho y han cambiado mucho las cosas desde que, en 1889, el Congreso Obrero de la Segunda Internacional, instituye el 1º de mayo como una jornada de lucha reivindicativa de la clase obrera. Por aquellos años, los trabajadores iban tomando conocimiento de su papel en la sociedad de entonces, como creadores de los bienes necesarios para sobrevivir en esta tierra. Alimento, vestimenta, habitación, condiciones de salud, todo es posible gracias al trabajo humano. Había incluso un orgullo de ser obrero, de formar parte de la legión que produce y un cierto desprecio hacía los que viven del trabajo ajeno. El 1º de Mayo se presentaba como el día en el que se manifestaba ese orgullo, se conmemoraban las luchas y se hacia una demostración pública de fuerza y unidad. Porque ese trabajo, necesario en todas las sociedades anteriores y en todas las épocas, había dejado de ser, de la mano de la esclavitud, primero, y del capitalismo después, una actividad libre y reconfortante, a ser un trabajo forzado, con un tiempo y unas condiciones impuestas por los que se apropiaron de los medios de producción.
 
¿Qué cosas han cambiado y que cosas no han cambiado? La relación patrón-obrero sigue siendo la misma: Uno manda y otro obedece. Si el trabajador y su familia viven mejor que entonces es porque lo que requería grandes esfuerzos y mucho tiempo hoy se produce apretando un simple botón. Pero esto ha sido gracias a los avances técnicos y científicos desarrollados a través del mismo trabajo humano. Está también en el haber de generaciones de trabajadores. Pero el hambre de trabajo barato sigue siendo la misma que entonces o mayor. Basta con echar una mirada a nuestro alrededor:
La distribución de la riqueza a nivel mundial es cada día más injusta. La lucha de los poderosos para acaparar recursos en detrimento de las sociedades más pobres es cada día más feroz. Los derechos humanos se conculcan cada día con menos escrúpulos y los conflictos armados, hoy como ayer, sirven para consolidar posiciones de poder mientras las mujeres y los hombres del pueblo sufren sus consecuencias. La prevalencia de poderes económicos globales sobre los derechos democráticos es cada día mayor, habiéndose consolidado un capitalismo internacional, que permite la libre circulación de capitales, pero que restringe a las personas su movilidad, creando una suerte de orden mundial en el que las trabajadoras y los trabajadores competimos por un mercado de trabajo restringido y dirigido por un poder económico difícil de identificar que además utiliza los gobiernos como instrumentos de dominación y represión. 
Ha cambiado solamente la actitud de una gran parte de los trabajadores ante esta sociedad. La creciente capacidad de producción y la necesidad de dar salida a la masa de productos ha dado lugar al crédito y con ella a un creciente endeudamiento de las familias obreras. El antiguo proletario ya no posee solo su prole, sino también una vivienda en propiedad, un coche, etc. Y ha perdido el orgullo de ser trabajador. Al contrario, esconde la clásica tartera de la comida en un attaché y no cuelga el mono de trabajo en la cuerda para poder decir a sus vecinos que es un “funcionario” de la empresa. Y como mucho se autocalifica de “clase media baja”, cuando no quita lo de "baja"... Para estos, el 1º de Mayo es “un puente”, que permite salir al campo o a la playa, quizás con otra línea de crédito. 
Con su pan se lo coman. Quedamos otros obreros, que no nos dejamos engañar. No vamos a la calle el 1º de mayo por hábito, por costumbre (dejemos de lado a los delegados de los sindicatos mayoritarios, que van a cumplir con su obligación, como quien marca el cartón y a los mamachichos de insignia, gorra, chaleco y estandarte), sino que queremos mantener en alto una bandera que no hay ninguna razón que nos permita decir que debe ser arriada. Al contrario, si nos atenemos a los hechos que están sucediendo, es mas necesaria que nunca.