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Los predicadores del progreso nos engañaron
Nunca como en estos nefastos días de los primeros años del siglo XXI hemos podido apreciar las cotas de cinismo con que los vendedores del llamado Progreso nos embaucaron para seguirles..¿hasta morir?
Patrocinio Navarro | Para kaos en la Red | 15-11-2009 a las 0:31 | 359 lecturas
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Urge mirarnos a los ojos y preguntar qué ha sido de nosotros, tomar conciencia de quiénes somos en realidad, que somos seres divinos, inmortales y libres. Urge mirarnos a los ojos y asumir que este no es nuestro mundo ni lo que llaman patria es nuestra patria. que no es nuestro objetivo ser esto o lo otro, y que no somos de aquí: nadie lo es. Viajamos y esta es una estación donde nos apeamos, y el viaje justifica nuestra existencia, pero el tren de la vida volverá a recogernos y llevarnos consigo…Para volvernos a traer hasta que hayamos satisfecho (dicho simbólicamente) hasta la última moneda. Entonces dejaremos de venir a coger este tren que algunos nos quieren hacer creer que es suyo, y que hemos de viajar por este mundo por las rutas que ellos desean...

No podemos seguir queriendo identificarnos con el mundo, con sus rutas impuestas, y con las cosas que aquí se mueven para intentar reducir nuestra visión, empequeñecer nuestra mente y hacernos creer que todo lo que tenemos que hacer es ser buenos ciudadanos, buenos feligreses, buenos patriotas y fieles consumidores, y que ese es el objeto de nuestro ser y estar en este Planeta.

Hemos de sincerarnos con nosotros mismos y asumir que cuando nos creemos lo que nos dijeron tantas veces y pese a acercarnos a las urnas cuando se nos convoca, o acudir a las iglesias con la idea en ambos casos de que así es posible mejorar las cosas, esto es lo que tenemos: crisis económica galopante, cambio climático acelerado, catástrofes naturales en aumento, guerras, hambre y pobreza creciente- y no solo en las dos terceras partes de la humanidad- junto otros dramas que están en la mente de todos. Ante todos estos hechos resulta más que llamativa la amplia   pasividad ciudadana, aunque las víctimas de las injusticias sociales empiezan a perder la paciencia en todo el mundo. Y es que el personal está cada vez más harto de que se le tome por idiota.

Mentir, restar importancia a los acontecimientos o practicar el silencio selectivo que en los medios de incomunicación practican los políticos, el clero    y sus amas de llaves para evitar alarmar a las poblaciones ante los graves problemas que ellos mismos, los ricos y las Iglesias generan, son las tácticas habituales para adormecer a las gentes y hacerles creer con discursos cansinos y sin poder alguno de convicción para cualquier persona despierta, que están en buenas manos. Pero ¿es que acaso es eso cierto?... Los responsables políticos son votados precisamente para controlar que  los desmanes   nunca sucedan, y los jueces y tribunales deberían estar ahí para dar cumplimiento a leyes protectoras. Sin embargo apreciamos a diario que los empresarios que contaminan siguen produciendo contaminación y nada sucede; las guerras siempre injustas-aunque sean legales- no cesan, y nadie es juzgado por asesinar multitudes; la distribución de la riqueza mundial es más  desigual   que nunca, y nadie es acusado de robar.  Ni siquiera los que guardan en paraísos ficales el dinero robado a los pueblos. Así que los jueces y tribunales no practican la justicia: a lo sumo, interpretan el Derecho con muchas variantes interpretativas y poca independencia del poder político.

Pero cada vez que se nos convoca, votamos con la esperanza de que el último que llegue cambie las cosas que nadie cambió antes, y a los cuatro años volvemos a votar con el mismo objetivo. Así gira y gira la noria de nuestra vida, dando nuestra agua, que es vida, a los latifundios del poder.

¿Es posible continuar mucho más tiempo con la dinámica de siempre, creyendo en losde siempre y dirigidos por los de siempre?Y esta pregunta es oportuna porque miremos en el sector que miremos, las cosas ya no son como siempre, sino peor que nunca.(¿Y qué, que haya caído el muro de Berlín?)

Se nos había hecho creer en un futuro dorado por los defensores del Sistema que predican en parlamentos, universidades; por los comités científicos y expertos en Esto y Aquello. A ellos se unen a diario enjambres de intermediarios y gentes de pensamiento acomodaticio de todo tipo que viven del pesebre del Poder o de su vanagloria en la feria convencional de las vanidades,de la que son sus voceros. Todos quisieron hacernos creer lo mismo: que nos encaminábamos a un mundo perfecto. Gracias a ellos, naturalmente. Todo nos irá mejor pronto. Así se viene diciendo desde los tiempos de nuestros abuelos sin que jamás se cumpla tal cosa. No hay más que ver cómo está todo: el planeta, la economía y nuestra  propia seguridad.

La   idea de progreso ilimitado que   se nos fue vendiendo  parecía a esta diversidad de predicadores ser la nueva fe  para   una humanidad liberada de su atraso secular. Y parecían tener a su favor los avances observables en diversos terrenos importantes relacionados con la tecnología, los medios de comunicación y el transporte, los usos exitosos de diversas energías, las mejoras en la curación sintomática de enfermedades y en la salud pública. La universalización de la educación, y de la sanidad pública en algunos países, ciertas ayudas mínimas en asistencia social a los más desfavorecidos y el aumento de comodidades parecieron indicadores suficientes de avances que los cantamañanas del progreso nos repitieron hasta aburrirnos. El uso del automóvil aparecía como emblema de ese  progreso y el crecimiento de la población industrial en detrimento de lar ural, con el consiguiente aumento de la capacidad de consumo, especialmente en los focos de atracción que son las ciudades, daba la impresión de que los predicadores acertaban, y estábamos ante hitos irreversibles de bienestar.
Sin embargo, pasado el tiempo y a pesar de la mala información que se proporciona a los pueblos para no asustar, la economía mundial y el bienestar favorecían tan sólo a una minoría mundial. Y lo que era más grave y hemos visto en los últimos años: tampoco a esta minoría privilegiada se le puede asegurar su propio bienestar a largo plazo, pues bien conocidas están siendo ya las fluctuaciones negativas en las economías de mercado,con sus ciclos destructivos como el actual, con los desastrosos efectos secundarios que venimos observando a diario y que acabarán, inevitablemente, en bancarrota global. A ella nos lleva la codicia sin límites de los capitalistas y su absoluta falta de respeto a la propiedad privada (por eso unos se la quitan a los otros con la excusa de la libertad de mercado).

¿No es insensato pensar que este Planeta de recursos limitados y continuamente esquilmados, y situado hoy ante una crisis social, económica y energética y una profunda alteración climática (provocado todo por los mismos que dicen querer salvarnos) puede permitir crecer las economías de año en añoy a la vez albergar a una población mundial que saltó de los ochocientas millones en el siglo 18 a los seis mil doscientos o más de la actualidad? Hasta un escolar sabe que tal cosa no es posible. No es posible creer en un progreso basado en el consumo, cuando justamente lo que necesitamos es moderarnos en consumir.

No es posible olvidar que el Planeta reclama nuestra atención porque no puede más con los venenos que a diario le vertemos. Y no es posible cerrar los ojos ante tantas injusticias que a diario cometen los ricos y sus políticos contra los pobres desprotegidos en todo el mundo. Es preciso denunciar a los cuatro vientos que no, que este no es el progreso; que no puede haber progreso sin ampliar nuestra conciencia para que quepan en ella nuestra madre Tierra, sus animales y sus plantas para que en nosotros, en vez de cómplices pasivos del exterminio global, encuentren aliados activos para evitarlo.

Este es el camino del verdadero progreso, y no hay otro posible. Lo demás son falsas esperanzas programadas por los enemigos de la vida, que son exactamente nuestros enemigos y los enemigos de Dios.

 
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