Supongo que muchos de los que leemos y colaboramos en esta u otras páginas similares y que en la calle o en el trabajo damos testimonio de nuestras ideas habremos visto más de una vez aquella película de Paul Newman, (La leyenda del indomable) en la que éste intenta reiteradamente su fuga del campo de trabajo donde está recluido. Ante la manifiesta rebeldía de nuestro hombre, el jefe de los secuaces que vigilan a los presos se recrea ante unos y otros con sus métodos, repitiendo como cantinela aquello de: lo que ocurre es que algunos no quieren entender...Y con esas mismas palabras en la boca, dichas en tono sarcástico, desaparece el protagonista al final de la cinta, herido de muerte y camino de ninguna parte.
He querido arrancar este artículo con esa imagen: la del indomable que, aún sabiendo que no tiene salida, todavía saca un resto de coraje para enfrentarse al rifle del esbirro del Sistema; porque, en el fondo, la situación de las gentes que le plantamos cara a éste se resume en eso: en que no nos resignamos a aceptar la lógica de un sistema que permite que, en tanto unos sudan en las canchas de padding la grasa acumulada en las oficinas y en los grandes centros de poder, exprimiendo a todo aquel que cae bajo su punto de mira, o bien deslizándose por los níveos descensos de Baqueira Beret; millones de criaturas mueren entre espasmos, devorados por el SIDA y el hambre y rodeados por las moscas, porque hasta allí no llegan los fármacos con que especulan los laboratorios del mundo ni las verdes cosechas de tamales y de tomates que en otros puntos del planeta son arrojados al mar a mayor beneficio de los mercados.
No nos resignamos a ver a los pueblos abandonados a su suerte, como el saharaui, que porque un miserable monarca, imbuido de sueños imperialistas y apoyado por la complicidad de regímenes que se llaman a sí mismos democráticos, desde hace 32 años ve pudrir sus sueños de vivir como pueblo libre e independiente dentro de los límites de sus propias tierras.
No nos resignamos a ser gobernados por los corsarios del siglo XXI, que no reconocen más banderas que el dólar y el euro, y que especulan con las necesidades más básicas del individuo.
No nos resignamos a ser súbditos de monarcas que, como en la antigüedad, recibieron sus poderes de los sangrientos generales que ganaban guerras y tierras para ellos.
No nos resignamos a ser bendecidos por las pálidas manos de sacerdotes que, en el pasado, alzaron sus brazos para saludar a las tropas de Atila y a los hijos del Apóstol Santiago que partían en Gloriosa Cruzada “para derrotar al comunismo internacional” y que hoy quieren colgar de nuevo a Cristo en nuestras escuelas en lugar de dar testimonio de él.
No nos resignamos a ser colonizados, como pueblos de bárbaros, por las multinacionales de la alimentación, las prendas deportivas y las tarjetas de crédito, que financian los golpes de estado contra países democráticos y desencadenan las guerras que asolan el planeta.
No nos resignamos a leer nuestro futuro en los posos del té ni a condicionar nuestros instintos por los “iluminados” discípulos de Louis L. Hay o los Testigo de Jehová.
No nos resignamos a pastar en las verdes praderas de sus paraísos artificiales, porque no queremos acabar nuestros días haciendo cola para confesarnos en los tristes gabinetes de sus ejércitos del psiquiatras o arrojándonos por las ventanas de Madrid o de Vancouver.
Los que no nos humillamos ante los señores de la guerra que emularon a Pizarro y a Cortés en las tierras de Irak y Palestina.
Los que fuimos sorprendidos en Carrefour robando un libro de Saramago mientras los arroyos de sangre de los niños y de las mujeres corrían por las polvorientas calles de el Congo y de el Líbano, provocados por armas con la inscripción MADE IN USA o FABRICADO EN ESPAÑA en manos de los gorilas de Idi Amín Dada o de los tiranos de turno.
Los que reverenciamos la memoria de los poetas amados que murieron en los campos de Al Ándalus y en las prisiones de Levante a manos de los hijos de Cristo Rey y no miramos la pantalla del televisor, donde se ejecuta a jóvenes hispanos ante la mirada impávida de millones espectadores narcotizados, entre anuncios, despidos masivos de trabajadores por la deslocalización de empresas y transmisiones deportivas; si no es para esperar el momento exacto en que, colectivamente, sean ustedes por fin juzgados en una ceremonia multitudinaria para purgar sus numerosos crímenes contra la Humanidad, desde los orígenes de la Civilización hasta nuestros días, y en el escenario de cualquier campo de batalla de esos donde ustedes y sus antecesores enviaron a morir a cientos de millones de hombres para salvar sus sacrosantos intereses, en los floridos y luminosos campos de pan y rosas de la América de Walt Whitman, al pie de los árboles de los frondosos y ya desaparecidos bosques de laurisilva que fueron testigos del exterminio del pueblo guanche en estas islas; los que conducidos por los generales de Adolf Hitler se adentraron en la vasta estepa soviética donde jóvenes y rubios hombres que vendimiaban las viñas del Rhin, vinieron a morir ante a los infranqueables muros de Leningrado, defendidos por hombres y mujeres que habían sido templados en las acerías del marxismo.
Los que hace lustros dejamos de creer en la “cucaña” de sus elecciones.
Los que vomitamos a diario sobre el G 7, el Club de Roma, los Chicago Boys, y la foto de las Azores y les arrojamos a la cara las monedas de nuestro desprecio en Génova y en París.
Los que perdimos a nuestros mejores hermanos en cualquier barranquera de El Salvador, rematados por los por militar en el FMLN, en Bolivia, en Guatemala, o en cualquier quebrada donde cayeron combatiendo al Sistema.
Los que aún permanecemos en el camino buscando la gran verdad.
Los que no escuchamos la “dulce melodía” del flautista de Ferraz ni acudimos a las convocatorias de los herederos de las esencias patrias; todos nosotros, nos negamos a seguir siendo cómplices de este despiadado sistema y nos bajamos de su barco para trazar nuestra propia carta de marear, que aún no figura en ningún archivo ni en ningún mapa.
¡VIVA LA REPÚBLICA!
LQSomos. Ángel Escarpa Sanz. Marzo de 2007




