Han cambiado bastante los otros, pero los españoles, por ache o por be, bien poco. Además, esos enemigos vienen de arriba, están al frente de las responsabilidades colectivas: desde la monarquía hasta el parlamento, desde el Consejo del Poder Judicial hasta el partido neoliberal; en los cuartelillos, en el Metro de los seguratas; en los bancos y en las empresas que abusan de nosotros; en las radios que agitan y en los periodistas que desestabilizan; en la terquedad de la política territorial, en la mayoría de los políticos... y así sucesivamente.
  Los enemigos más enconados y peligrosos no vienen del terrorismo islámico o del otro; tampoco de nuestros vecinos geográficos, ni de la delincuencia común, tan destartalada ella. Los robos, expolios, abusos vienen de los que ordenan y mandan, de los que pinchan y cortan; de los de siempre, llamemos democracia al marco o no.
  Dice Shakespeare que no basta levantar al caído, luego hay que mantenerle en pie. Pues bien, al contrario no basta con detener aparatosamente al delincuente de cuello duro (como se llamaba antes a los que eran carne de proceso). Luego hay que aplicarle la pena máxima sin atenuantes ni fianzas ni redenciones penitenciarias de ninguna clase. Pues las prerrogativas, retribuciones, gabelas que van asociadas a sus funciones, fueron los aspectos que precisamente les facilitó y agrava el delito continuado.
    Si se quiere de verdad justicia, no cierren filas entre ellos los que ostentan el poder, como hacen. Si se quiere justicia ordinaria y social, lo suyo es condenar a treinta años de prisión mayor tanto a ese jefe de policía de la localidad de Coslada cabecilla de una banda gansteril con 25 de sus policías, dedicada a extorsionar a mansalva a comercios e inmigrantes como en el Chicago de los años, como a Aznar en tanto que cooperador necesario del crimen de lesa humanidad que el imperio viene cometiendo con su ayuda material y moral en Irak desde el año 2003.
  Mientras no se depuren estas democracias con la misma mano firme contra sus enemigos reales y cercanos de esta laya, no nos creeremos la democracia que por tantos motivos institucionales ya viene cuarteada. Cuarteada por una monarquía que la lastra; por la fianza procesal que permite bajo precio que los más peligrosos delincuentes queden libres; por medios, periodistas y arzobispos agitadores convertidos en el primer poder; por lobbies y empresarios y consorcios de empresas cuyos tentáculos nos llegan a pie de cama.
  Y todo, mientras el pueblo en casi todo es, salvo para enviar mensajes requeridos por la publicidad y cartas de queja que se publican o no, un convidado de piedra además agilipollado. Poco más hay en el morral que la democracia ha colgado a la espalda de cada ciudadano como para que se sienta digno y respetado. Ya está bien... Condénese a la máxima pena a esa pandilla de Coslada, no se le admita fianza alguna, y si viene al caso désele antes una buena paliza al jefe. Hay demasiados inocentes que las vienen sufriendo a manos de gentuza como éstos, precisamente por no haberse metido nada en el bolsillo... Véase que sonrisita de cínico y ladrón tiene el jefecillo éste: ni el más mínimo asomo de vergüenza, y menos de arrepentimiento: el canallismo del mismísimo Aznar en persona.