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Novela histórica y cristianismo primitivo.

El Vaticano ha demostrado en la historia y los hechos la importancia del imaginario histórico-popular ganando en su momento la batalla de la novela histórica.
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 16-7-2008 | 597 lecturas | 9 comentarios
www.kaosenlared.net/noticia/novela-historica-cristianismo-primitivo

Aunque el cine haya podido a inducirnos a creer algo muy diferente, la verdad es que la historia del cristianismo en sus años de formación resulta incomprensible sin ligarla a la del Imperio Romano. De hecho, surgió y vivió sus primeros cuatro siglos en el ámbito político y administrativo de roma. Es más, como conjunto de creencias y prácticas religiosas, la Iglesia es un producto de las condiciones sociales, y del contexto espiritual que caracterizó la época. Su consolidación como religión del Estado, y su difusión ulterior resultan igualmente inexplicable sin la historia romana de la que, incuestionablemente, resulta ser un capítulo más. 

El cristianismo es pues romano, y sus normas y convenciones se inscriben en las tradiciones romanas, y aunque en nuestro mundo esto parezca absolutamente “normal”, no lo resulta tanto en continente y culturas –como la arábiga o la oriental- que cuentan con tradiciones  y culturas diferenciadas.

Las fuentes de muchas películas de “romanos”  que ha producido la industria cinematográfica son en su mayoría novelas históricas que, a su vez, se basan con mayor o  menor precisión en fuentes grecolatinas. Estamos, pues alejados de la posible realidad histórica por tres planos distorsionantes. De las fuentes grecolatinas, ya de por sí, con evidente sentido deformador de la realidad, se pasa a la mano del autor de la novela histórica, que está influido por las concepciones e ideales de su tiempo. De la novela histórica se pasa a su adaptación cinematográfica con toda la carga de nuevos sentidos que se  pueda acumular en este paso, en el que influyen la ideología dominante y la condición del cine como industria.

El espectador medio muy raramente tiene (o tuvo en su momento) alguna relación con las fuentes denigradas como “paganas” (un término lleno de connotaciones tan negativas o más que la de “bárbaros”), y si acaso conoce algunas de las novelas propagandísticas, o sabe que se trata de libros muy respetables, a veces los únicos a los que tenía acceso, de manera que estaba en disposición de recibir la información cinematográfica como la única verdadera o indiscutible, y así fue por mucho tiempo, hasta el punto que, bien visto, las aportaciones de signo diversos (Kubrick, Fleischer, Pasolini, Scorsese), podían aparecer como una extensión “heterodoxa” que no tienen porque cuestionar el mensaje central del dualismo que impregnan los mensajes más clericales.

Todas estas novelas históricas de exaltación cristiana comenzaron justamente a principios del siglo XIX con dos obras célebres del aristócrata René de Chautebriand, El genio del cristianismo  y  Los mártires del cristianismo que abominaba todo lo que significaba la revolución francesa.  Se trataba de una evidente “reacción” (integrada dentro de las ideas contrarrevolucionarias francesas que consideraban la monarquía y la sociedad estamental como “naturales”), que encontraron en la tradición cristiana la posibilidad de revitalizar sus deterioradas posiciones.

El Siglo de las Luces había traído el imperio de la razón, todo tenía que responder a un cuestionamiento racional, y el siglo XIX se abrió con una irrupción de corrientes democráticas, librepensadoras y socialistas que, desde diversos puntos de mira (coincidentes en el rechazo del absolutismo y el sectarismo eclesiástico), tendían a despreciar el cristianismo (convendría añadir que el “constantiniano”, por ejemplo Nietszche fue muy respetuoso con la figura de Jesús, también lo fue Marx). Gibbon había sentado las bases de una nueva historiografía en la que el cristianismo resultaba algo deleznable por su carácter oriental, no europeo. Para Nietszche se trataba de una actitud tímida y débil frente a la fortaleza del paganismo, mientras que Marx lo consideró como una forma de enajenación que delegaba en Dios la responsabilidad personal y colectiva, como un “fracaso social” que después de tantos siglos no había dejado de resignarse ante las normas sociales que convertían este mundo en un valle de lágrimas.

En justa reacción contra estas corrientes, se organizó una especie de contraataque utilizando el medio de comunicación de masas más efectivo del momento: la novela popular. Era un medio al alcance de cualquier bolsillo, y en ella se escribiría que la caída del imperio romano no se debía al cristianismo sino a su propia condición de imperio pagano e inmoral, y trataba de responder a aportaciones literarias librepensadoras, así la Fabiola de Wiseman fue parte de una respuesta desde la Iglesia a novelas como Thais, de Anatole France o Hipatia, de Charles Kinglsley.

En esta última se relata el despedazamiento de la filósofa del mismo nombre, que era además la responsable de la Biblioteca de la Alejandría, la mayor fuente de documentación de la antigüedad, víctima del fanatismo ciego de los cristianos de Alejandría. Aunque parezca extraño, Charles Kingsley (1819-1975) no fue un escritor ateo sino un clérigo, pero fue de los primeros animados por una honda preocupación social, un “socialista cristiano” que creía en el pueblo, y predicó la reforma social contra el cambio violento. Editada en castellano en 1857, Hipatia no volvió a ser reeditada. Por su parte,  Sinkiewicz  detestaba el naturalismo de Emile Zola que en vez de hablar del pasado, lo hacía del presente concreto, y que en vez de plantearse la alternativa en el más allá, buscaba de comprender minuciosamente las razones de las mayores miserias humanas (de los obreros en Germinal, de las prostitutas en Nana, etc).

Parte de este dilema está presente en el trasfondo del “affaire Dreyfus”, el primer combate de la democracia contra el fascismo (en el huevo). Lo que no sabían los autores de estas novelas edificantes era que en el siglo siguiente, sus obras serían divulgadas a través del medio cultural más influyente de todos los tiempos. Para ello cuentan con el favor militante de la Iglesia, y con el beneplácito de los productores., Por el contrario, las obras de los librepensadores contra las que se revolvían, no tendrían la menor oportunidad fílmica, y cuando quizás empezaban a tenerla (con Fast, Gibbon,  etc) en los años sesenta, ya les había pasado la hora.

Si,  exceptuamos a Lewis Wallace, un repaso de los escritores más celebrados de esta saga datada de entre finales del siglo XIX, y principios del XX, incluye sobre todo a: 

Edward Earle Bulwer Lytton
(1803-1873), novelista y político conservador británico educado en Trinity College y Trinity Hall, hombre de vida mundana, sus problemas matrimoniales y su carácter le llevan a enemistarse con sus acaudalados padres, y trata de ganarse la vida como periodista. Después de intenso años de atención a la actividad política durante los que llegó a ser uno de los hombres de confianza de la Reina Victoria (fue algo tan poco cristiano como ministro de Colonias, 1858-59),  desarrollará una extensa actividad literaria desde 1842 de la que la crítica apenas si rescata  a pesar de su estilo pomposo e irritante Los últimos días de Pompeya (1834), una obra que sigue la senda abierta (con mucho mayor talento) por René de Chautebriand, y se convierte en uno de los “clásicos cristianos” más editados, un prestigio que en el siglo XX será, como en los otros casos, enormemente deudor del cine. También se le reconocen dos relatos bastante notables sobre temas sobrenaturales, mientras que su ensayo My Novel  es unánimemente vituperado.

Henryk Sinkiewicz (1846-1916). Estudió en la Universidad de Varsovia, y viajó por Estados unidos, Europa, África Central y Oriente, y practicó desde muy joven la crítica literaria, en la que se manifiesta rotundamente en contra del naturalismo y de lo que representa Emile Zola. Como escritor, aunque publicó  novelas de ambientación contemporánea, en la que describe las costumbres y la psicología, será conocido sobre todo por sus novelas históricas, en particular por la trilogía integrada por A sangre y fuego (que cuenta al menos con dos adaptaciones cinematográficas, una rodada en pleno apogeo del “peplum” –1962- por Fernando Cerchio, y más reciente una superproducción nacional polaca con el mismo título), El diluvio y El señor Wolodyjowski, situadas durante las guerras polacas del siglo XVII contra los cosacos, los suecos y los turcos. Pero Sinkiewicz difícilmente habría sido conocido fuera de Polonia si no hubiera sido por Quo Vadis?, inmediatamente traducida a más de treinta idiomas, y que le hace ganar el Premio Nobel en 1905, una concesión que ha sido comparada con la recibida por nuestra José Echegaray.

Convertida en un clásico popular muy divulgada por los círculos católicos más tradicionalistas, Quo Vadis? conocerá diversas adaptaciones cinematográficas,  a la que, según parece cabrá añadirle otra más si se cumple el proyecto de Jerzy Kawalerowicz, paradójicamente el director de Faraón, una novela y una película que enfoca el fenómeno religioso  de una manera bastante diferente, por no decir alternativa. Sinkiewicz argumentó sobre su obra en los términos siguientes: “Mi novela alcanzará por la fuerza de las cosas las dimensiones de una epopeya cristiana llena de tipos diversos. Convertiré a Vinicio que es un violento, mostraré a Ligia sobre los cuernos de un toro, pero ambos terminaran juntos una vez convertidos, porque es que al menos en la literatura, haya más caridad y dicha que en la realidad. De este modo, los libros pueden ser la consolación de la vida, como lo fue antaño la Filosofía”   

Nicholas Patrick Wiseman
(1802-1865). Hijo de padres británicos instalados en España, especialista en lenguas orientales y la antigüedad cristiana, a partir de 1938 tomó parte del llamado “movimiento de Oxford”, y contribuyó a la famosa conversión del también (ulteriormente) cardenal Newman, principal animador de dicho movimiento. Wiseman contribuyó al resurgir de la prensa católica en las islas, y cuando Pío IX restableció las jerarquías católicas fue nombrado cardenal y arzobispo de Westminster. Su única obra conocida fue Fabiola, inspirada en Las actas de San Sebastián, falsamente atribuidas a San Ambrosio, y que agrupan con mucha fantasía a mártires de todas las procedencias.

La novela estaba destinada a formar parte de una trilogía novelesca orientada a mostrar la evolución histórica de la Iglesia bajo una óptica enteramente idealizada. Solamente se cumplió con la primera entrega se dedicada a la “Iglesia de las catacumbas”,  mientras que las siguientes, la de la “Iglesia de las basílicas”, y la de la “Iglesia de los claustros”, no llegaron a realizarse. El prestigio  inicial de Wiseman como propagandista sufrió un importante deterioro por los conflictos ligados a su actividad cardenalicia. Fabiola es una descripción vivida y bastante rigurosa de la vida de los cristianos en la época de Dioclesiano, una imagen por cierto que ha sido utilizada, por ejemplo para describir la época de Chile bajo Pinochet cuya esposa, declaraba en los días del golpe de 1973, que “lo importante es ser buen cristiano". 

La  poderosa crítica de la razón, con la emergencia inicial de disciplinas como la Antropología, la Arqueología y la Mitología,  la revalorización de la democracia, del paganismo y del pasado de Egipto, Grecia y Roma, con la expansión de las ideas “liberales” de la Revolución francesa, más el desarrollo industrial, que acabaría trastocando los hábitos de vida tradicionales, “el pasado no es una continuación del presente, y el presente no es una continuación del pasado sino algo distinto, entonces es cuando surge esa nostalgia hacia una época antigua, antigua y diferente donde no existía la mecánica, donde no existían las grandes ciudades, donde no existía el tiempo trivial de ahora” (Carlos García Gual).

La novela histórica ofrece un pasado idealizado que tiene la virtud de conectar plenamente con el gusto popular. 

Según Lowe “debemos dar crédito a la percepción popular de la novela histórica por la conciencia del tiempo peculiar a la sociedad burguesa. La novela histórica integraba el tiempo externo de un medio histórico con el tiempo interno de las emociones de los protagonistas, los conflictos internos de los personajes quedaban subrayados por el medio histórico de la trama. Por otra parte, la nostalgia en la sociedad burguesa era provocada por la dislocación espacio-temporal, cuando el burgués se encontraba ante una falta de coherencia entre la sensibilidad interna y el medio externo. Así se abrió una nueva reserva de sentimientos no estructurados, que potencialmente podían movilizarse en muchas direcciones. La novela histórica se popularizó porque en este caso el sentimiento del lector iba dirigido hacia otro tiempo, otro lugar, donde podía disfrutar estéticamente, es decir, vicariamente, el resultado significativo de pasiones y aspiraciones humanas. El pasado fue aprovechado en la novela histórica para resaltar la coherencia temporal que faltaba en el presente lector” (Donald M. Lowe, Historia de la percepción burguesa, FCE,  México, 1986, p. 84).

 
 
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Comentarios (9)

#1

16-07-2008 22:37

Imprescindible artículo divulgador de quienes construyen el futuro.

Hay que superponer las imágenes de todas las miradas para pensar en red, esto ayuda!

Gracias...gracias...gracias! 

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#2.- A LAS PIRAÑAS ESTALINISTAS

CUARTA INTERNACIONAL|17-07-2008 09:50

Me extraña que las pirañas estalinistas no hayan hecho comentarios.
                    Atención estalinistas: ya  que sois incapaces de escribir un articulo minimamente coherente aqui teneis un articulo fresco de Pepe Gutierrez,ya os podeis tirar a despedazarlo.
Aunque pensandolo bien,no creo que lo hagais  ,es demasiado largo y complicado para vosotros.
    Os gustan mas los articulos cortos,asi es mas facil insultar y descalificar.
            ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Animo Pepe, sigue escribiendo y pasa de los estalinistas zoquetes        !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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#3

Voltaire|17-07-2008 11:13

El Cristianismo es una SECTA al servicio de los poderosos para el control y dominio de las masas!!!!

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#4

Pedro|17-07-2008 16:14

Normalmente me gustan bastante los artículos de Pepe Gutiérrez-Álvarez y desprecio el estalinismo. Pero me parece que el comentario 2 sobraba. Tampoco es cuestión de ir provocando; que luego los foros se convierten en peleas de besugos, lo cual en éste (como en tantos otros) sería una pena. A ver si por una vez se establece un debate sensato y en profundidad. La forma en que se escribe la historia es una parte esencial de la lucha emancipatoria.

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#5

Pedro|17-07-2008 16:17

Lo que sí cambiaría es la imagen. Sugiero que se pusiera la carátula de la novela de Robert Graves "Rey Jesús". Seguramente se puede localizar en Internet. Con la finalidad de que si la imagen estimula a alguien a buscar el libro, comprarlo y leerlo lea buena literatura y no la basura cuajada de errores históricos de colegial de Dan Brown. Pero es sólo una idea.

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#6

Joaquín|18-07-2008 05:11

¿Pero la Biblioteca de Alejandría no se quemó en la época de Cesar? Y eso ocurrió mucho antes del cristianismo.

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#7.- la biblioteca de alejandría

pg-a|18-07-2008 07:46

  La biblioteca de Alejandría se quemó cuando Julio César entró con sus tropas, pero la biblioteca se rehizo. El libre pensamiento tuvo muchos mártires, aún los sigue teniendo.

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#8

G. Pardo|19-07-2008 07:40

El rito oriental, la Iglesia Ortodoxa ¿son también romanos y latinos?

  El rito oriental. La Iglesia Ortodoxa ¿son también romanos? ¿son latinos? Observa que es la parcela más sana de esa cristiandad cuyos componentes no deben ser cortados con el mismo rasero.

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#9.- La escolastica del fanático

Eduardo Pimentel Mauricci|29-07-2008 01:52

Pepe Gutiérrez como siempre abriendo el surco denotando lo indeleble, escondido, en la historia,y lo fugaz, aún, de esta infancia socialista que nos tocó vivir.

Tu artículo evidencia este tipo de novela histórica donde la realidad histórica desaparece y quedan las categorías ahistóricas del bueno y el malo, para satisfaccion de las almas incapaces de evaluar la realidad y  el conocer la realidad para transformarlas.

Y evidencia la estupidez escolástica que difunden el bueno de Busch y sus servicios de inteligencia al igual que los dogmáticos trotskistas y estalinistas para confundir entre los desechos del Siglo XX, las lecciones de aquel espacio tiempo histórico, que bien asimilados, son invalorables recursos para forjar el éxito en el Siglo XXI

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