El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, organismo auspiciado por la onU y con el que colaboran prestigiosos científicos de todo el mundo, presentó en febrero de 2007 un informe cuyas conclusiones conviene recordar. El calentamiento de la Tierra ya no es sólo una teoría: es un hecho demostrado, evidente e inequívoco. La temperatura media del planeta está subiendo. El nivel del mar también. Las nieves estacionales ya no aparecen y los hielos perpetuos se están derritiendo. Olas de calor, sequías, inundaciones y otras catástrofes naturales están aumentando en intensidad y frecuencia. Los ciclos biológicos de muchas especies se están alterando. También es un hecho demostrado, evidente e inequívoco que la actividad humana es la causa de este proceso. Tanto, como que vamos a empezar a sentir muy pronto en nuestra propia piel las consecuencias de nuestros actos. De aquí a 2050, decenas de millones de personas padecerán en Asia las riadas que provoque el deshielo de las nieves perpetuas del Himalaya, y mil millones verán restringido su acceso al agua dulce por la disminución de sus deshielos estacionales. En África los cambios serán aún más rápidos, y en 2020 algunas regiones pueden ver sus cosechas anuales reducidas en un 50%. En la Europa mediterránea, padeceremos a mediados de siglo una alarmante reducción del agua dulce, del potencial de energía hidráulica y de las cosechas, un aumento de los incendios y las olas de calor, la devastación de zonas costeras y una gran pérdida de biodiversidad.
 
No es este el único documento que pone a la vista de todos lo que para la comunidad científica y medioambientalista era ya una certeza hace mucho tiempo. Muchos otros estudios respaldan o incluso dejan cortas estas conclusiones. Otros añaden que, inevitablemente, estos efectos del calentamiento vendrán acompañados de grandes flujos de refugiados e inmigrantes desde las zonas más afectadas o de conflictos bélicos por el control del agua y otros recursos escasos.
Y sin embargo, la voluntad política ha brillado hasta ahora por su ausencia. Muchos siguen todavía remoloneando para cumplir los objetivos de reducción de emisiones de CO2 marcados por el Protocolo de Kyoto en 1997, unos objetivos que ya se han quedado cortos si queremos llegar a tiempo a la línea de frente de esta guerra en la que nos jugamos nuestro destino como especie y como civilización sobre este planeta. Hay irresponsables políticos que, cegados por su ignorancia y codicia, aún no se han enterado del reto enorme que afrontamos o prefieren dedicarse a guerrear en sus rapiñas particulares. Hay empresas que se niegan a modificar sus prácticas para reducir sus emisiones de CO2, e incluso pagan a charlatanes para decir que no hay motivo de alarma, que todo esto son sólo los desvaríos de un puñado de científicos y ecologistas locos.
 
Pero sí que hay motivo para alarmarse, para movilizarse contra estas ominosas predicciones y evitar el desahucio de nuestra especie del planeta que ha sido desde siempre nuestra casa. ¿Cómo? Consumiendo energías y recursos naturales con la mayor moderación y de la forma más limpia posible. Reduciendo, separando y reciclando nuestros desperdicios. Exigiendo a las empresas y a los cargos públicos que tomen medidas drásticas, y penalizándoles, como consumidores y votantes responsables que somos, si no lo hacen. El trabajo de los científicos, las movilizaciones sociales, la creciente sensibilidad del sector privado y medidas legislativas como la Estrategia Nacional contra el calentamiento aprobada por el gobierno español, son síntomas de que empezamos a tomar conciencia del problema. Pero hará falta más. Un firme compromiso por parte de todos. Un intenso afán universal de sobrevivir a nuestros errores y legar un futuro más razonable, sostenible y esperanzador para quienes nos sucedan. No hay excusas: empecemos ahora.
Artículo publicado en el número 34 (julio de 2007) de La Crónica del Ambroz
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