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El mundo que “descubrieron” los conquistadores en el Istmo de Panamá

Para conocer las sociedades que vivian en el Istmo de Panamá antes de la conquista debemos recurrir a arqueólogos, como R. Cooke, o a los cronistas, Gonzalo Fernández de Oviedo.
Olmedo Beluche | Para Kaos en la Red | 12-10-2008 | 571 lecturas
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El mundo que “descubrieron” los conquistadores en el Istmo de Panamá

Por Olmedo Beluche

Cristóbal Colón, que en octubre de 1502, durante su cuarto viaje, arribó a la costa atlántica del istmo de Panamá, bautizándola como “Veragua”, destaca que una de las cosas que más le llamó la atención, aparte de la abundancia de oro, fue la diversidad de lenguas en tan poco espacio geográfico. 

Este hecho podría ser uno de los indicios de la persistencia en el tiempo de las viejas comunidades cazadoras recolectoras que evolucionaron sobre el mismo sitio. Cooke y Sánchez, citando a Pascual de Andagoya, señalan que esta diversidad lingüística también era la norma en la zona central del istmo, Gran Coclé. 

Entre los diversos cacicazgos de esta región el cronista señala que existían diferencias idiomáticas entre: Chirú, Natá, Parita y Escoria. Todas esas comunidades, aunque pertenecientes a la misma vertiente cultural, si nos guiamos por su alfarería y herramientas, se diferenciaban entre sí por la lengua. (Cooke y Sánchez, Panamá indígena: 1501-1550). 

La excepción era la región oriental del Istmo, desde río Indio hasta el golfo de Urabá, en el Caribe, y desde Punta Chame, pasando por la bahía de Panamá, las islas del golfo hasta el río Tuyra, por el Pacífico, porque acá prevalecía una unidad idiomática, conocida como la cultura Cueva

Tres hipótesis se manejan tratando de explicar la unidad lingüística de esta amplia región, en contraposición al occidente del Istmo: a. Una posible migración de comunidades procedentes del norte de Colombia (la menos probable, según Cooke y Sánchez); b. “que la ‘lengua Cueva’ fue un koine o lingua franca usada por diversas comunidades para las transacciones comerciales, como el latín en la Europa medieval, o la lengua geral en Amazonas”; c. que se hablan en realidad varios idiomas emparentados al Cueva, de los que parecen derivar el kuna y el wounan (Panamá Indígena: 1501-1550).

La densidad demográfica de estas poblaciones es algo que aún se debate, pero lo único cierto es que el istmo de Panamá no estaba vacío. Cooke y Sánchez citan diversas estimaciones, desde Oviedo, quien calculaba el número de habitantes de Castilla del Oro en 2 millones de personas, hasta historiadores modernos que consideran que el cronista exageró, como: Kathleen Rómoli, que calcula 230,000 habitantes en un territorio de 25,000 km2; Omar Jaén Suárez que estima 225,000 y Alfredo Castillero Calvo que evalúa entre 130,000 y 225,000 habitantes (Panamá indígena: 1501-1550). 

El problema de las estimaciones poblacionales, es que muy rápidamente, en dos generaciones, los habitantes del istmo quedaron muy diezmados, ya sea por las enfermedades traídas por los europeos, para las que no tenían defensas naturales, o muertos en combate por los españoles, o quedaron reducidos a una situación de semiesclavitud, o simplemente huyeron a las montañas para salvarse de la sujeción a la Corona. 

Oviedo en su Sumario describe a estos habitantes en los siguientes términos: “Los indios de Tierra-Firme, cuanto a la disposición de las personas, son mayores algo y más hombres y mejor hechos que los de las islas”. Lo que podría ser un indicio de su buena alimentación. Y luego recalca: “..., aunque no son gigantes, sin duda son la mayor gente de los indios que hasta ahora se sabe, y son mayores que los alemanes comúnmente, y en especial muchos de ellos, así hombres como mujeres, son muy altos, y ellos y ellas flecheros, pero no tiran con yerba”. 

Habla en general, sin entrar a distinguir las diversas comunidades, ni regiones, pero es de suponer que principalmente se refiere a la cultura Cueva, que es la que mejor conoció. “Estos indios tienen sus asientos, algunos cerca del mar, y otros cerca de río o quebrada de agua, donde haya arroyos y pesquerías, porque comúnmente su principal mantenimiento … es el pescado,..., porque más fácilmente lo pueden haber en abundancia, mejor que las salvajinas de puercos y ciervos, que también matan y comen. La forma de cómo pescan es con redes, porque las tienen y saben hacer muy buenas de algodón, de lo cual natura los proveyó largamente, y hay muchos bosques y montes llenos; pero lo que ellos quieren hacer más blanco y mejor, cúranlo y plántanlo en sus asientos y junto a sus casas o lugares donde viven” (Sumario). 

El cronista señala que en lengua Cueva, a la mujer la llaman “ira”, y al varón le llaman “chui”. Y enseguida bromea: “Este vocablo ira, dado allí a la mujer, paréceme que no le es muy desconveniente a la mujer, ni fuera de propósito a muchas de ellas acullá, ni algunas de acá”. 

Son muy grandes nadadores todos los indios comúmente, así los hombres como las mujeres, porque desde que nacen continúan andar en el agua...”, agrega más adelante. 

Todos los indios comúnmente son sin barbas y por maravilla o rarísimo es aquel que tiene bozo o algunos pelos en la barba o en alguna parte de su persona, ellos ni ellas”, y este cuerpo “calungo” es pintado con “pinturas negras y perpetuas”, “los principales usan estas tinturas en los brazos y en los pechos, pero no en la cara, sino los esclavos”. 

Sobre las formas de familia, una vez que ha aclarado que no se casan ni con madres, hermanas o hijas, señala Oviedo que: “Los caciques y señores... toman cuantas mujeres quieren, y si las pueden haber que les contenten y bien dispuestas, siendo mujeres de linaje, hijas de hombres principales de su nación y lengua, porque de extraños no las toman ni quieren, ...; pero cuando de tales no hay, toman las que mejor les parecen, y el primer hijo que han, siendo varón, aquel sucede en el estado, y faltándole hijos, heredan las hijas mayores, y aquellas casan ellos con sus principales vasallos. Pero si del hijo mayor quedaron hijas, y no hijos, no heredan aquéllas, sino los hijos varones de la segunda hija, porque aquélla ya saben que es forzosamente de su generación. Así que el hijo de mi hermana indubitadamente es mi sobrino, y el hijo o hija de mi hermano puédese poner en duda” (Sumario). 

Quienes no ocupan el cargo de caciques no tienen criterios especiales para tomar pareja. En algunos casos, a voluntad de ambos, se separan, sobre todo cuando no paren, aunque dice Oviedo que no es lo común. 

Sobre las relaciones sexuales dice: “... hay muchas que de grado se conceden a quien las quiere, en especial las que son principales, las cuales ellas mismas dicen que las mujeres nobles y señoras no han de negar ninguna cosa que se les pida, sino las villanas. Pero asimismo llenen respeto las tales a no se mexclar con gente común, excepto si es cristiano, porque los conocen por muy hombres, a todos los tienen por nobles comúnmente...” (Sumario). 

“... y muchas de ellas, después que conocen algún cristiano carnalmente, le guardan lealtad si no está mucho tiempo apartado o ausente, porque ellas no tienen fin a ser viudas, ni religiosas que guarden castidad”. 

Tienen muchas de ellas por costumbre que cuando se empreñan toman una yerba con que luego mueven y lanzan la preñez, porque dicen que las viejas han de parir, que ellas no quieren estar ocupadas para dejar sus placeres, ni empreñarse, para que pariendo se les aflojen las tetas, de las cuales mucho se precian, y las tienen muy buenas...”. 

“... pero cuando paren se van al río y se lavan, y la sangre y purgación luego les cesa, ..., antes se cierran de manera, que según dicen los que a ellas se dan, son tan estrechas mujeres, que con pena de los varones consuman sus apetitos, y las que no han parido están que parecen casi vírgenes”. 

Las costumbres sexuales mucho más abiertas causaron asombro en los católicos conquistadores españoles, y fueron frecuentemente mal interpretadas, o vilmente usadas para cometer abusos contra los pueblos autóctonos. Como evidencia de este choque cultural, Juan Durán Luzio cita a Américo Vespucio, en su Lettera (1506): 

Son liberales en el dar, que por maravilla os niegan cosa alguna; y en desquite liberales en el pedir, cuando se muestran vuestros amigos. El mayor signo de amistad que os demuestran es daros sus mujeres y sus hijas; y un padre y una madre se tienen por muy honrados si, cuando os traen una hija, aunque sea moza virgen, dormís con ella; y con esto os dan su mayor prueba de amistad” (Durán, 1999). 

Sobre la forma de vestir dice: “En algunas partes ellas traen mantillas desde la cinta hasta la rodilla rodeadas, que cubren sus partes menos honestas, y todo lo demás en cueros, según nacieron; y los hombres traen un canuto de oro los principales, y los otros homres sendos caracoles, en que traen metido el miembro viril, y lo demás descubierto, porque los testigos próximos al lugar les parece a los indios que son cosa de que no deben avergonzar; y en mucha provincias ni ellos ni ellas traen cosa alguna...” (Sumario). 

Los grupos indígenas del Istmo carecían de escritura y sólo contaban con la tradición oral para mantener el recuerdo de sus antepasados. Ellos se asombraban de la escritura de los españoles, “y algunas veces piensan algunos de los menos entendidos de ellos, que tiene ánima”. Tradición oral indígena era cantada: “... y así lo cantan en sus cantares, que ellos llaman areitos”. 

“... digo que el areito es de esta manera: cuando quieren haber placer y cantar, júntase mucha compañía de hombres y mujeres, y tómanse de las manos mexclados, y guía uno, y dícenle que sea él el tequina, id est, el maestro; y este que ha de guiar, ahora sea hombre, ahora sea mujer, da ciertos pasos adelante y ciertos atrás, a manera propia de contrapás, y andan en torno de esta manera, y dice cantando en voz baja o algo moderada lo que se le antoja,...; y como él dice, respóndele la multitud de todos los que en el contrapás o areito andan lo mismo,...; y dúrale tres y cuatro horas y más, y aún desde un día a otro, en este medio tiempo andan otras personas detrás de ellos djndoles a beber un vino que ellos llaman chicha”. (Sumario

Describe el cronista cómo hacen la chicha: toman el grano, lo ponen en remojo hasta que comienza a brotar, pasado lo cual lo hierven y luego dejan en reposo por un par de días, y remata con su opinión de catador: “digo que es de muy mejor sabor que la sidra o vino de manzanas, y a mi gusto y al de muchos, que la cerveza, y es muy sano y muy templado, ..., y es la cosa del mundo que más sanos y gordos los tiene”. 

Respecto a las viviendas afirma que las hay principalmente de dos tipos, redondas (“en forma de pabellón”) y los bohíos (“hechas a dos aguas”), con paredes de cañas atadas con bejucos, y techos cubiertos de paja o yerba (“y no se llueven las casas, antes es tan buen cubrir para seguridad del agua como la teja”). Y luego menciona que otros pueblos las construyen sobre los árboles. “Hay otra manera de casas, en especial en el río grande San Juan (Atrato), en el medio del cual hay muchas palmas juntas nacidas, y sobre ellas están en lo alto las casas armadas”. 

Las camas en que duermen se llaman hamacas, que son unas mantas de algodón muy bien tejidas y de buenas y lindas telas, y delgadas algunas de ellas, de dos varas y tres en luengo, y algo más angostas que luengas, y en los cabos están llenas de cordeles de cabuya y de henequén...”. 

Por el tipo de armas y la forma como luchan en la guerra, Oviedo distingue dos: unos los del este del golfo de Urabá, los caribes, que usan flechas envenenadas y “comen carne humana”; otros los ubicados al occidente de dicho golfo, es decir, Castilla del Oro, que “pelean con varas y macanas; las varas son arrojadizas, algunas de palmas y otras de maderas recias, y agudas las puntas, y éstas tiran a pura fuerza de brazo... La macana es un palo algo más estrecho que cuatro dedos, y grueso, y con dos hilos, y alto como un hombre, .., y con estas macanas pelean a dos manos y dan grandes golpes y heridas...”. 

Cuando van a las batallas los indios en algunas provincias, en especial los caribes flecheros, llevan caracoles grandes, que suenan mucho, a manera de bocinas, y también atambores y muchos penachos muy lindos y algunas armaduras de oro, en especial unas piezas redondas, grandes, en los pechos y brazales, y otras piezas en las cabezas y en otras partes de las personas, y de ninguna manera tanto como en la guerra se precian de parecer gentiles hombres y ir lo más bien aderezados que ellos pueden de joyas de oro y plumajes...”, cuenta Oviedo. 

En ocasiones las mujeres acompañan a los hombres al campo de batalla “o cuando son señoras de la tierra, y mandan y capitanean a su gente...”. 

Describe también la chaquira, como una sarta de cuentas de caracoles de diversos colores mezcladas con cuentas de oro y olivetas, que ponen en las muñecas y tobillos. “...en especial las mujeres que se precian de sí y son principales traen todas esas cosas en las partes que es dicho y a las gargantas”. Además “traen zarcillos de oro en las orejas y en las narices, hecho un agujero de ventana a ventana, colgado sobre el bozo”. 

Como dato curioso podemos agregar que, según Oviedo, las indias usaban una especie de sostén cuando perdían la firmeza de sus senos, a los cuales deban gran valor personal y estético: “A las mujeres principales que se les van cayendo las tetas, ellas las levantan  con una barra de oro, de palmo y medio de luengo y bien labrada, y que pesan más de doscientos castellanos, horadadas en los cabos, y por allí atados sendos cordones de algodón; el de un cabo sobre el hombro, y el otro debajo del sobaco, donde lo añudan en ambas partes”.

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Vitale, Luis. 1983. Hacia una historia del ambiente en América Latina. De las culturas aborígenes a la crisis ecológica actual. Nueva Sociedad/ Editorial Nueva Imagen. México.

 
 
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