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Mi generación

Las generaciones son un hecho de poder. A veces del poder de las ideas, a veces del poder de la estética y otras del poder de la política. No sólo imponen en su época una interpretación del futuro. Ellas desarrollan también una interpretación del pa­sado y del pre­sente. 
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 27-4-2008 | 193 lecturas
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Los Beatles

  Las generaciones tienden a ser grupos de edades próximas que desarrollan una conciencia similar frente a experiencias relativa­mente comunes al interpretarlas a la luz de ideas parecidas. Eso hace que la novedad que a veces viene con los grupos de edad se acople con la novedad que a veces existe en las situaciones históri­cas y con la novedad que a veces se produce en las ideas y sensibi­lidades.

  Que no se me contradiga, pues si es peli­groso generalizar a la hora de emitir juicios de valor, más arriesgado es para la objetividad par­ticularizar. El solipsismo (subjetividad radical) es una actitud mental que sólo vale para uno mismo, para su intimidad o su diario, no para elucu­brar mirando al público. Pero en tanto que observador, contamos las cosas según las vemos y sentimos desde nuestra pe­ripecia “única”. Nadie puede pasar de ahí, de meras impre­siones personales. No existe, ni de lejos, lo absoluto. Tampoco la estadís­tica puede hacer absoluto lo particular…

  Dicho lo anterior y a pesar de que seguro es que muchos no están de acuerdo porque, al recordar “sólo” los años 40, hubieron de pa­sarlo mal, hoy hablo positivamente de “mi generación”.

  Mi generación es del 38. Mi genera­ción, la de sus comienzos, es una generación privilegiada. Nacimos con la guerra civil práctica­mente terminada y nos libramos de la se­gunda mundial. Algunos pudieron pasar hambre y tribulaciones, pero no había quien no en­contrase refugio en algún pueblo.

  Hablo en términos generales, pues si hubiera que particularizar nos encontraríamos con muchos que no siguieron la misma y afor­tunada trayec­toria vital... Quizá yo no sea un arquetipo porque, siendo mis padres repu­blicanos, no sufrieron especial martirio aun­que mi padre tuvo que partir de cero como abogado y jurisconsulto y volver a hacer la ca­rrera cuyo título no le valió. Nada republicano valía… Pero si hubiera de ser prototipo, puedo decir que en general nos educamos de una manera uniforme aunque luego y como es na­tural, andando el tiempo, cada cual hiciese su personal juicio crítico sobre la política que primero no existía y luego apareció, o sobre la reli­gión, la sociedad, la economía, el derecho o la antro­pología estudiados u observados.

  Nos empleamos más tarde sin dificultad. Constituimos una familia que se desenvolvía con estabilidad. La vida social podría parecer a más de uno gris, pero era suficientemente gratificante y luminosa como para añorarla. No hemos vuelto a padecer otra guerra. Se­tenta años son muchos para la historia europea sin guerras o sin tensiones gravísimas que la preparasen. Nosotros no la conocemos y, con casi absoluta seguridad, nos moriremos sin conocer alguna. Nuestro origen, en el as­pecto laboral, nos ha permitido lograr un pa­sar y una seguridad económica envidiable gracias a la pensión que fuimos sufragando de por vida. La inmensa mayoría seguimos dis­frutando de una esta­bilidad psicológica y moral (cada cual a su ma­nera) gracias a la con­tinuidad de la vida en pareja que ha permitido y favorecido una salud integral muy apreciable.

  Hemos ido descubriendo con asombro cuantos avances notables el “progreso” material ha ido aportando. Desde el teléfono fijo hasta el móvil, el automóvil, el avión, pasando por el cine y la televisión en blanco y negro, hasta el color y el plasma.  Toda una suerte de arti­lugios al servicio doméstico han ido sosteniendo el placer de la co­modidad y del entretenimiento permanentemente novedoso. La in­formática culmina el proceso de un interés creciente que sólo ahora empieza a decaer y que nos hace pensar más en la conveniencia de un ralentizar, si no mejor un retroceder. Pero en cual­quier caso una cosa es la excitación que encontramos en cada hallazgo y otra vivir sumidos de lleno en lo mucho hallado y lo mu­cho dado. Aspirar hoy día sólo a un nuevo modelo de coche que harta al mes siguiente, o estar pendiente de descubrir las delicias del pro­cesador, del móvil o del iPod de última generación, me parece una pá­lida sombra al lado del destello de nuestra inagotada perplejidad. Pero, oh paradoja, yo, hoy día, atado al volante como todo adicto, si empezase a vivir como quien ahora luce 30 años, jamás conduciría un coche...

  Por último, habida cuenta la deriva del clima y el futuro tenebroso asociado a ella, a la escasez de productos básicos y a una demo­grafía que amenaza la hecatombe, abrigo la impresión de que ésta se producirá coincidendo más o menos con la desaparición de los últimos de mi generación que aún queden.

  ¿Se puede pedir más a la vida? Lo siento mucho por la generación de nuestros nietos a la que sólo dejaremos los despojos, neurosis y estados depresivos... El único lunar es precisamente éste, nuestro egoísmo por "piedad". Es, morir con la sensación de que la culpa de lo que hay hoy en el mundo y de los abusos cometidos sobre la Na­turaleza en la que al final todo se apoya es, "necesariamente" nues­tra; es irse al otro mundo con el complejo de que yo y mi generación, preocupados más de no incu­rrir en la severidad con la que fuimos educados, fuimos incapaces de calcular que la extrema relajación de nuestros hijos traería a este mundo mucha más infelicidad conti­nuada por vía de toda clase de excesos y necesidades artificiales nunca suficientemente satisfechas, que de solaz.

  En efecto. Lo orgiástico, la desmesura de Nietzsche, por oposición al metrón griego, a la medida, a la mesura, a lo "apolíneo", aventura para las gene­raciones de la modernidad un pronto tedio al alcanzar más o menos los 40. De ese tedio ellas darán cuenta y luego dirán si esa oxida­ción prematura en relación a la nuestra, les compensó al llegar, con la misma suerte, a los 70.

 
 
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