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Mentiras y engaños

No se engaña a nadie sin su complicidad, activa o pasiva.
PepCastelló | Para Kaos en la Red | 30-9-2007 | 788 lecturas | 3 comentarios
www.kaosenlared.net/noticia/mentiras-y-enganos

Por dos conductos distintos llegado a mi correo el artículo de Gregorio Peces-Barba “Sobre laicidad y laicismo” publicado en El País con fecha 9.9.2007 (lo posteo al pie, para quienes no lo hayan leído). En uno, la amiga que me lo enviaba adjuntó esta nota:

 

¿Sabes lo malo? Que los que leen la Razón o escuchan la Cope no van a leer esto, eso es lo que más me duele, que tiene más razón que nadie, que lo escribe muy bien, quizás un poco elitista para mi gusto, pero muy bien, pero... solo lo van a leer los que ya estamos convencidos de ello. ¿No es triste?

 

Es más que triste, pero es así. Nadie o casi nadie acepta oír o leer algo distinto de lo que tiene en la mente, pues quien más quien menos lo que quiere es afianzarse en sus seguridades. Por tanto, con ser mucha la responsabilidad de esos medios ultraderechistas, la responsabilidad primera radica en la estructuración de la mente de quienes los eligen como informativos.

 

Con todo lo que se ha escrito y se ha dicho sobre esa nueva asignatura que pretende introducir algunos puntos de reflexión en la educación básica, todavía hay quien sigue creyendo que es un peligro social inventado por perversas mentes para cerrarle el paso a la doctrina católica ya desde la escuela. Y del mismo modo, con todo lo evidente que resulta la inaceptable conducta de la ICR todavía hay miles de buenas gentes que le dan soporte. Es decir, que no solamente creen lo que ella dice saber por revelación divina, que para los tiempos que corremos ya es creer, sino que están incondicionalmente al lado de sus representantes en todas sus tropelías políticas, entre ellas esta férrea oposición a esa “temible” asignatura, algo verdaderamente difícil de entender en personas con capacidad de discernir entre el bien y el mal.

 

Cierto que copes y catecismos mienten alevosamente dando noticias unos y impartiendo otros una doctrina que dicen estar fundamentada en la revelación del mismísimo Dios de cielos y tierra. Pero esas mentiras no son la causa del engaño que promueven, pues la causa del mismo está en el deseo de creerles que tiene quienes les escuchan.

 

No hay embuste suficientemente bien urdido como para engañar a nadie que no se preste a sufrir ese engaño. Lo que sí hay es un gran deseo de oír lo que nos conviene para afianzarnos en nuestras seguridades personales, tanto si esto son apabullantes mentiras informativas como fantasiosos sueños infantiles prolongados a lo largo de la vida. Y a partir de esa voluntad de vivir en el engaño hay miles y millones de seres humanos que viven engañados, no por las mentiras que escucharon, sino por su afán de creerlas.

 

Afortunadamente aun hay quien conserva el sentido común y dentro mismo de la Iglesia Católica, no de la jerarquía por supuesto, hay voces sensatas que se alzan para tranquilizar a sus obispos y a quienes sufren su influencia. Tal es este otro escrito de la “Junta Directiva de la Asociación de Teólogas Españolas” que me llegó ya hace unos días por el boletín de “ecleSALia”, el cual pongo a continuación del anteriormente citado.

 

UN MUNDO SIN MENTIRAS ES POSIBLE, PERO HAY QUE QUERERLO.

 

Pepcastelló

 

 

 

 

 

Artículos citados: 1

 

Sobre laicidad y laicismo

GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ

El País 9/09/2007

 

A la ignorancia en muchos casos y a la manipulación, en otros, obedece la confusión sobre la necesaria distinción entre ambos términos que se plantea en uno de los procesos históricos más relevantes que es el de la secularización. La sospecha de que no estamos sólo ante problemas de ignorancia descansa en algún otro caso próximo. En un folleto editado por Profesionales por la Ética sobre "Educación para la Ciudadanía: los padres elegimos", se informa de un posible derecho a la objeción de conciencia frente a la asignatura desde dos presupuestos que resultan inexactos por incompletos. Se recoge en el artículo 27.3 de la Constitución: "Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones", pero omiten el 27.2, que es el realmente atinente al caso: "... La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales". Al omitir en el citado folleto este precepto se está manipulando la realidad y limitando la posibilidad de que los destinatarios del folleto, especialmente los padres, tengan un acceso completo a la información.

Lo mismo ocurre cuando se citan fragmentos de dos sentencias, la 15/82 del 23 de abril y la 53/85 del 11 de abril, con citas incompletas que no reflejan el verdadero sentido de la objeción de conciencia en nuestro ordenamiento. Podemos afirmar tajantemente, frente a lo que sostiene el folleto, que la objeción tiene que ser reconocida en cada caso por la jurisprudencia del Tribunal Constitucional sobre la base de la libertad ideológica y religiosa, si no está recogida en la Constitución o en una ley. No solamente es así en la recta interpretación de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, sino que es de sentido común. ¿Qué ocurriría si, como dice equivocadamente el citado folleto, cada uno pudiera objetar en conciencia sobre cualquier tema "por ser directamente aplicable?". Volveríamos al estado de naturaleza y a una situación de anarquía. La información errónea se completa también con la afirmación, igualmente incierta, de que la desobediencia a cursar la asignatura no va a traer consecuencias a los alumnos afectados.

Sin duda también aquí se produce un engaño objetivo o algo peor, porque ese escenario conduciría a que los estudiantes afectados no se graduaran en los distintos niveles. Parece como si de lo que se tratase es de impulsar una situación generalizada de desobediencia, que no de objeción, sin importar los daños que se producirían a los estudiantes y a sus familias, ni el desorden que se produciría en el sistema escolar.

En todo caso, resulta sorprendente comparar esa actitud con la de las Iglesias protestantes, que han asumido sin reticencias la modernidad y la secularización y que conviven cómodamente en situaciones de laicidad, e incluso de Iglesias católicas nacionales, como la francesa o la alemana, con esta actitud que recuerda a las condenas de los documentos pontificios del siglo XIX, antiliberales y antiilustrados.

Curiosamente, la secularización, que es un rasgo distintivo de la modernidad, tiene su origen eclesiástico, de derecho canónico, y que fue utilizado en Múnich en mayo de 1646 durante los debates sobre la paz de Westfalia por el embajador francés Largueville para señalar el paso de propiedades religiosas a manos seculares. Este mismo sentido se mantiene aún en la voz secularización de la enciclopedia. La extensión semántica del término se produce con un lento proceso de afirmación de una competencia secular-laica y estatal sobre sectores de la realidad, de la cultura, del arte y de la ciencia hasta entonces controlados por la Iglesia a través de la teología, especialmente a partir de la ruptura de la unidad religiosa en el siglo XVI. Los juristas regios franceses, los llamados políticos, lanzaban un eslogan para alejar a los teólogos de los problemas temporales: "Silete, theologi in munere alieno" ("Callad, teólogos en poder ajeno"). La tolerancia como respuesta a las guerras de religión suponía el derecho a adorar a Dios de acuerdo con la conciencia y también el primer origen histórico de los derechos humanos. Fue un impulso grande a la secularización, que no dañaba a las creencias, sino a la presencia excluyente y autoritaria de la Iglesia. Estamos ante una progresiva mundanización de la cultura y de los saberes y de las relaciones sociales que se desarrollarán y culminarán en el Siglo de las Luces, donde la autonomía del hombre supera la necesidad de mediación de la fe.

Este proceso alcanzará al arte, a la pintura, la literatura, la ciencia y la política a partir deMaquiavelo. Esa secularización la representaron Van Eyck o Velázquez en pintura, Boccaccio o La Pléiade o Montaigne en literatura, y rehabilitando la naturaleza. En España, Cervantes o Fray Luis de León tuvieron dificultades con la inquisición por esas desviaciones. En la ciencia, Kepler, Galileo o, más tarde, Newton impulsaron la secularización, con la pérdida de importancia de la teología. Cuando Newton brillaba en sus descubrimientos, el poeta Alexander Pope exclamaba: "Nature and Nature's Law lay hid in night / god said, let Newton an all was light". ("La naturaleza y las leyes permanecen ocultas en la noche / Dios dijo: ven Newton, y todo fue luz".

También la ideología individual, el protagonismo del hombre individual, ayudará a impulsar un orden racional, que como dice Gusdorf es una catolicidad de reemplazo. La secularización alcanzará el orden político y jurídico con el individuo, primero en el Estado absoluto como súbdito y, después, con el Estado liberal como ciudadano. En el siglo XVIII Kant, contestando a la pregunta ¿qué es la ilustración?, expresará la nueva mentalidad: "La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro... "¡Sapere aude!" ("¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!)". He aquí el lema de la ilustración: "La persona recupera el control de las luces, secuestradas por la teología. Este punto de vista potenciará la realización política y jurídica de los siglos XIX y XX, con el constitucionalismo liberal y luego democrático y social, con las sucesivas funciones de los derechos humanos, con el derecho de asociación y con el sufragio universal, con el reconocimiento del pluralismo y con la separación entre la Iglesia y el Estado en Francia a partir de 1905. En España, en la actualidad, en el artículo 16.3 de la Constitución se señala también: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal".

El itinerario de desarrollo de la secularización y su dimensión político-jurídica, la laicidad, deja a la Iglesia al margen del poder. La persona de fe, el creyente, está protegido en las sociedades democráticas modernas por la libertad ideológica o religiosa y por las instituciones y los procedimientos de una democracia laica. La laicidad supone respeto para los que profesan cualquier religión, mientras que personas e instituciones religiosas con visiones integristas o totalizadores, lo que abunda en sectores católicos antimodernos, no respetan al no creyente. Por eso las instituciones laicas son una garantía mayor para todos. La laicidad es una situación, con estatus político y jurídico, que garantiza la neutralidad en el tema religioso, el pluralismo, los derechos y las libertades, y la participación de todos.

A veces, desde posiciones interesadas, se le ha intentado identificar con el laicismo, que es una actitud enfrentada y beligerante con la Iglesia. Es una maniobra más para desacreditar a la laicidad política y jurídica. Bobbio, una vez más, aclara definitivamente el tema: el laicismo es "un comportamiento de los intransigentes defensores de los pretendidos valores laicos contrapuestos a las religiones y de intolerancia hacia las fes y las instituciones religiosas. El laicismo que necesita armarse y organizarse corre el riesgo de convertirse en una Iglesia contrapuesta a otra Iglesia". Y como dirá al final de su texto: "¡Para Iglesia, nos basta con una!". Aunque el creyente está protegido con la laicidad, en sociedades democráticas, con la Constitución o la ley, no es protagonista político. Por eso, a los dirigentes eclesiásticos no les gusta este estatus y confunden laicidad con laicismo. Como casi siempre, pretenden maldecir en vez de colocar una luz en la barricada.

 

Gregorio Peces-Barba Martínez es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.

 

 

 

Artículos citados:2

 

¡NO TEMÁIS, HERMANOS!... ¡NO TEMÁIS, HERMANAS!...

JUNTA DIRECTIVA DE LA ASOCIACIÓN DE TEÓLOGAS ESPAÑOLAS (ATE)

ECLESALIA, 06/07/07.- ¡No temáis!, decía Jesús a quienes, en lugar de reconocerle, lo consideraron un fantasma.

¡No temáis!, es lo que, hoy, queremos decir a nuestros hermanos obispos y a quienes padecen “temor” por un fantasma actual: La educación para la ciudadanía y los derechos humanos.

 

¡No temáis!, porque hablar de ciudadanía es hablar de ética y la ética no es patrimonio de ninguna religión, sino de la dignidad del ser humano. Educar para la ciudadanía y los derechos humanos no lleva al relativismo moral, es un ejercicio de responsabilidad como sujetos adultos, autónomos, iguales y plurales, a quienes, en primer lugar, compete ordenar este mundo nuestro y buscar los caminos para hacerlo más humano. Una ciudadanía que ni necesita ni admite la tutela de nadie.

 

¡No temáis! la separación del Estado y la Iglesia o, como reconoció el Vaticano II, la autonomía de lo temporal.

Es cierto que, a lo largo de la historia, la ciudadanía ha anotado en su “haber” barbaridades e inhumanidades (¿la paja en el ojo ajeno?). Precisamente, por eso, necesitamos educarnos en y para la ciudadanía y los derechos humanos. Por eso, urge, para que no las sigamos cometiendo y, por el contrario, continuemos en el camino de los logros, como han sido los reconocimientos de los derechos humanos.

 

¡No temáis!, es sólo un fantasma. Mirad los contenidos del Ministerio de Educación. ¿Que con ellos se puede “adoctrinar”? Ciertamente, pero no será por la materia, sino por el afán manipulador de quien la imparta. Lo mismo que se puede hacer con la filosofía, las matemáticas, la historia o la química, por ejemplo.

 

Algunos habéis hecho un llamamiento a la “objeción de conciencia” y no parece que tiene mucho sentido. Como su nombre indica, la objeción ha de partir de la conciencia de cada cual y no, de hacer lo que desde fuera le dicen. Además, en las cosas de conciencia “neque Ecclesia (ni la Iglesia)”.

 

¡No temáis! a que la ciudadanía busque los medios para que las personas piensen, analicen, critiquen y elijan por sí mismas. Su logro sería una riqueza para nuestro mundo, un triunfo para la humanidad y, en nuestros términos, un gran paso en el plan de Dios. Porque Dios nos llama a ser sujetos y no, súbditos ni menores de edad.

 

¡No temáis!, tampoco, a lo que llamáis “ideología de género”, su nombre verdadero es “igualdad entre mujer y varón”. Eso que tanto se empeñó Jesús en decirnos, que tan claro está en el Evangelio, aunque algunos adulteran su interpretación, y que tendría que ser distintivo de los cristianos. No tengáis miedo a que nuestros jóvenes se eduquen en la igualdad entre los seres humanos y en el mutuo respeto; a que aprendan que “cualquier forma de discriminación por razones de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión” es abominable (y, como dice la Gaudium et spes 29, contraria al plan de Dios). Alegraos, más bien, porque aprendan a descubrir y denunciar tantos dogmatismos e ideologías u otros tipos de educación, que han inculcado la inferioridad de la mujer, su exclusión y su ser “para” el varón, con las gravísimas consecuencias que vemos cada día. Porque eso sí es atentar contra la dignidad de las personas y, en otra dimensión, es uno de los pecados de inhumanidad más graves.

 

Por todo ello, hermanas, hermanos, ¡No temáis!, es sólo un fantasma.

 

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

 

 

 
 
Más información:

Comentarios (3)

Brindo contigo

vitalidad|30-09-2007 15:09

Gracias Pep por poner que hay otra Iglesia que sí protesta frente a lo que dice la jerarquía.

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Libertat

Xavier|30-09-2007 17:42

Creo que, en el fondo, el problema de muchas personas és el miedo a la libertad. Para llevar una vida tranquila y sin complicaciones necesitan no tener que pensar y que alguien les instruya sobre el pensamiento y las creencias correctas.
Por otra parte la mentira y el engaño no son exclusiva de la ICR. El estado y los partidos políticos lo demuestran constantemente.

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Hola Xavier

Pepcastelló|02-10-2007 17:32

Estoy completamente de acuerdo contigo. La gente cierra los ojos delante de todo lo que no sea comodidad. Vivimos en una sociedad hedonista y sin conciencia, en la que nada importa excepto pasarlo bien. La mentira está aceptada ya como algo normal, cotidiano, y a nadie le preocupa lo más mínimo. Lo único que les interesa es el beneficio que obtienen haciendo lo que dicen quienes les mienten. Gregarismo, que eso da seguridad, y confort. «Dame pan y dime tonto».

 

Pero bueno, cabe pensar que todavía quedan muchos millones de extraños seres que piensan y disciernen.

 

 

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