Coincidiendo con el inicio de los 80, abandoné el club de los solteros, instalado en  "El Topo", así como la cohabitación familiar, y comencé una vida en pareja con Carmen. Aunque en aquel momento, pensaba conciliar la nueva experiencia con la agitación militante, en los hechos, se puede hablar de un lento acomodamiento a la vida personal y de una mayor preocupación por los dilemas existenciales. A pesar de que había asegurado que nunca dejaría el barrio, Carmen no encontró ninguna resistencia significativa a la hora de aceptar un alejamiento del agobio demográfico. El traslado, que no distaba más de diez minutos en metro, nos llevó a un antiguo piso en alquiler en el barrio de Sants y cuya baratura implicaba un considerable esfuerzo de rehabilitación. Tenía un largo pasillo que daba desde la claridad de la calle hasta una acogedora y soleada galería que tenía mucho de ventana indiscreta. Sus cuatro habitaciones se llenaron inmediatamente de estanterías —el vecindario se pensaba que el traslado correspondía a una librería que, según sus conjeturas, se abriría en los bajos— y el acomodo fue tal que ni sus dificultades ante las oscilaciones en las temperaturas nos animaron al más minino arrepentimiento.
    La relación se reveló como algo envidiable para propios y extraños. Los que me conocían subrayaron que estaba mucho más relajado y asequible que «antes de la revolución» y mis notas de aquel tiempo ofrecen claro testimonio de una relación afectiva intensa. Ella estudiaba, yo leía o escribía. Los momentos de encuentros eran pequeñas alegrías. Recompensas frente a todos los avatares y sinsabores. O sea, que la historia funcionó a pesar de mi inopia doméstica, que fue relativizada por la buena voluntad y la ayuda, todavía ágil, de mamá. Y a pesar, también, de lo que Pedra llamaba «las extrañezas de mi carácter». Me tornaba singularmente retraído ante la gente extraña, en particular en los ambientes festivos. Los amigos de ella debieron pensar que era muy raro. Pero esto no empañó los encuentros a dúo. Tanto fue así que, a la hora del cierre, una testigo, poco dada a los elogios, certificó que «conocía muy pocos casos de parejas que se hubieran dado tanto».
        En aquellos primeros tiempos la librería se distribuyó afanosamente por una suma de estanterías que fueron creciendo como complemento natural a un centro de trabajo que se acomodó por la casa según los horarios y las estaciones. Entre estantería y estantería, la casa venía a ser algo así como un vasto territorio. Aunque Carmen, en un principio, era reacia, el comedor fue ocupado por un amplio sofá, que pronto mostró su capacidad de atracción. Delante de éste, se aposentó un poderoso aparato Philips, un regalo de la mamá política, que pasó, gracias al cine, a ser el principal foco de atención de los ratos de ocio. Ciclos como los de Buster Keaton o Harold Lloyd, y alucines como Cosmos, de Carl Sagan, hicieron evidente la exigencia del vídeo. Con todo esto llegó el culto por las zapatillas y por el vestuario de estar por casa. Todo lo que antes tomaba como símbolos del acomodamiento, ahora los echaba de menos cuando pasaba más tiempo del habitual fuera de casa. Y claro está, se hizo mucho más duro salir.
        Comencé entonces a ofrecer pretextos donde antes no los daba. El mundo de las reuniones comenzó a perder buena parte de sus atractivos. Me las tomaba como algo menos trascendente y, por lo tanto, susceptible de pasar con la ayuda de la ironía y el distanciamiento. Ocurrió también que, mientras antes era muy habitual que me buscaran para tal asamblea o tal comité, ahora las visitas tenían como destino primordial la tertulia relajada, aunque, en teoría, se tratara de debatir algo organizativo. Le tomamos gusto a las cenas que daban pie a horas de lánguidas conversaciones. También comenzaron a pulular las amistades fluidas y las relaciones con gente interesada en tal o cual aspecto de la historia social, especialmente del trotskismo. Eso me permitía asumir gustosamente el papel de erudito, que me compensaba en la parte de las vanidades más o menos ridiculizadas —muchas veces, con la ayuda de Carmen—. Esta tendencia con todo, no me convencía y sentía tristeza por tanta indiferencia social, por las manifestaciones de “cuatro gatos”, por las huelgas masivas desmovilizadas por acuerdos burocráticos. Cuando llegó aquel 23-F que rebajó el impulso desde abajo hasta el nivel de súbditos agradecidos, me presenté en todas partes —el grupo, el sindicato, el ayuntamiento— dispuesto a lo que fuese. El trasfondo de esta dinámica fue la sequía de la vida militante.
          Tal como he contado, la AAVV de Pubilla Casas fue sufriendo una constante hemorragia de grupos y de personas cansadas. En poco tiempo, desaparecieron los grupos radicales. El colectivo de curas hizo las maletas para Nicaragua o para Bolivia, donde pudieron recordar las soflamas de la Bóvila. En ésta, las asambleas multitudinarias bajaron ostensiblemente en presencia. Los concejales socialistas aparecieron con propuestas de negociación y de consenso —Germán Pedra en vísperas de su patética evolución felipista— y, sobre todo, comunistas —Pepe Carrasco con toda su buena fe en el partido—. Los que se mantuvieron más intransigentes trataron de denunciar lo que veían como una trampa. Radicalizaron sus discursos antipolíticos sin éxito. Servidor, que ya no estaba todos los días, trató de medir más el terreno. Pero a continuación de algunos tropiezos en los que aparecí como centrista, me aparté. También había proclamado que sería el último en cerrar la entidad, pero no fue así.
        La agrupación local de Sanidad de CCOO también cerró, y lo que quedaba se trasladó a Barcelona. Los buenos tiempos en los que me convertí en uno de los voceros de la corriente de aquella izquierda sindical que denunciaba vehementemente, y que ponía en agobio a la dirección psuquera, parte de la cual daba por bueno lo que en el fondo no le convencía,  que ponía sobre la línea de fuego los nefandos Pactos de la Moncloa, pasaron al olvido. Durante unos meses, seguí los consejos de una vieja amiga granadina —Amparo Moreno—, y la acompañé a la sección sanitaria de la CNT, pero lo que vi estuvo lejos de convencerme; antes bien, me deprimió. Finalmente, me limité a mantener el terreno activo del Ambulatorio en buena compañía. Dentro de la LCR, las cosas no fueron muy diferentes. Formé parte, a regañadientes, del flamante CP fruto de la unificación. Al principio, este bullicioso organismo daba la sensación de estar destinado a hacer algo grande. No transcurrió mucho tiempo para que empezáramos a constatar la existencia de una avería en la línea de flotación. Rara era la reunión en la que no se contabilizaba una baja, alguien que pretextaba alguna discrepancia o hacía mutis por el foro, y servidor no quería bajar la guardia pero tampoco se sentía con la capacidad de tirar del carro.
        El virus alcanzó a gente que tenía “temple de acero”, aunque seguramente no tanto. El mismo desencanto se reprodujo en la agrupación de L'Hospitalet, que se fue vaciando como un saco roto. El goteo exacerbó las tensiones. Nadie quería asumir responsabilidades. Un día, el dinámico y bromista Pepe Lajara, se descubrió como “gai” parta estupor general y optó por otra barricada; otro día Mario presentaba la dimisión por discrepancias y desarreglos, el siguiente fue el abuelo Fondón por no sé que motivo discrepante, etc.  En una ocasión, Santi —Ricardo Huélamo— proclamó que mi tentativa de escribir no era más que un «alivio» para escurrir el bulto, y aquello me atravesó, yo no sabía escribir sin mi tiempo, y lo de escribir no lo hacía cualquiera, a mí me había costado horrores y todavía no lo tenía claro. No fue el único. Durante un tiempo, siguió esta acusación proveniente, sobre todo, de José Borrás y pendió, de mala manera, sobre mi acendrado honor militante. Llegó un momento en que casi nadie quería ocupar cargos centrales.
        Recuerdo que durante un apagado congreso catalán en 1982, no teníamos candidato para la secretaría general. Aparte de las numerosas bajas, teníamos que asumir el compromiso —a través de Martí Causa, Calito y Enric Prats— de reforzar la dirección central. La desgana de los posibles candidatos era patente. Barajando nombres para ocupar el puesto, algunas camaradas muy preocupadas me sondearon. «¿Por qué no tú?». No tardé ni un minuto en excusarme. Nuestro líder sindical de Miniwatt, Johnny —Juan Montero—, que estaba presente, exclamó indignado al oírme: «¿No veis que éste también está aletargao?».
        Afortunadamente, se pudo convencer a José Borrás, porque, según su propia confesión, «le habíamos cogió enamorao». Había que atravesar el desierto otra vez, pero Borrás y el nuevo equipo no lo quisieron hacer bajo el signo de la resignación. Se urdió, con entusiasmo, una respuesta leninista en una época en la que los cuarentaitantos volúmenes de las Obras Completas de Lenin —en Editorial Cartago o en Akal— se encontraban a precio de saldo.
      Apostaron «por todo lo que se movía», animando las actividades desde casi cero. La LCR cambió de piel. En lugar del muermo de la vieja guardia, aparecieron jóvenes insumisos de todos los colores. Las huelgas, ahora a la desesperada, se planificaban con audacia, pero el respaldo no llegaba. Nos convertimos en uno de los ejes de la movida gay-lesbiana. También, se ofreció un giro independentista y Borrás parecía Antonio Martero “Séneca”,  hablando en catalán. Nuestros cortejos cobraron un colorido extraordinario. Y todo pareció culminar en un radiante baño de masas cuando nos visitó el jefe de los escuadrones de la muerte de Centroamérica y del Cono Sur africano, Ronald Reagan. En el tiempo que preludió el referéndum anti-OTAN, todo indicaba que habría una recuperación de la iniciativa popular.
        No todo parecía perdido, y subsistía el sueño de una nueva fase. El día de la concentración anti-OTAN en Madrid, recordé cómo empezamos cuatro gatos delante de la embajada yanqui. Entonces, me emocioné como un crío contemplando las calles rebosantes de la capital, cubiertas por un cortejo interminable con nuestras enseñas. En este tiempo, reencontré numerosos rostros que creía ya perdidos para la causa. Pero aquel sueño no duró mucho tiempo; el felipismo lo destruyó. Felipe confirió a las sucias razones de Estado una legitimidad que no tenían. Aquello fue el fin de muchas cosas; la izquierda vendía su alma en el altar del pragmatismo. Hasta sus moderadas propuestas socialdemócratas de 1982 fueron sepultadas, y todas las buenas palabras dichas al pueblo sobre las reformas sociales impulsadas desde la legalidad se plegaron ante el verdadero Dios, el de la Razón de Estado. 
      Hace ya bastantes años, llamó a mi teléfono un estudiante de periodismo cuyo nombre no registré. Me preguntaba por mi experiencia en la etapa autogestionaria de El Diario de Barcelona, el periódico más antiguo del Estado. Le contesté que no era la persona más adecuada. Servidor, al fin y al cabo, únicamente conoció un breve período y me brindé a darle las señas de Juan Manuel Blanco o Mariano Delás, protagonistas en todo un largo proceso de decadencia. Pero el estudiante me contó que estaba más interesado en el perfil político de la publicación que en su historia última. Quería información sobre porqué durante la crisis del PSUC tomamos partido por los prosoviéticos, un detalle que me hizo levantarme para protestar tajantemente: «¡Te equivocas de medio a medio!, si era yo el que escribía la mayoría de Devantals —editoriales—. ¡Te habrán de dicho que soy trotskysta!, ¿o no?». El estudiante no aceptó mi invitación a tomar un café y me pidió, por favor, que le respondiera a algunas preguntas, que tenía a punto una grabadora.
      A mí no se me podía preguntar con ánimos de escuchar. No ofrecí, pues, resistencia, y me dispuse a explicarle la historia comenzando desde el principio. Me hubiera gustado ser como Ernest Mandel, que militaba local, nacional e internacionalmente, al tiempo que publicaba artículos, libros y documentos internos que servidor padecía serias dificultades de tiempo para asimilar. A mí, cada trabajo me costaba muchas fatiguitas y nunca estaba seguro de los resultados. Compaginar al tiempo escritura y militancia me creaba una crisis de identidad. El Diario de Barcelona apareció como una oportunidad de combinar ambas cosas. Además, después de tantas derrotas —especialmente en el terreno de los medios de comunicación— me pareció primordial empeñarse en una resistencia numantina frente a la izquierda resignada, que proclamaba que ya no había nada que hacer. En este sentido, Mariano Delás, que con Gerard Romy —también involucrado en el Brusi— era uno de los animadores de Leviatán —nuestra Joie de Lire barcelonesa— citaba con rabia unas palabras textuales de Huertas Claverías.
        Antes, le había dedicado un buen tiempo al proyecto de la revista Marxa, un nombre tomado del mítico diario uruguayo que dirigió Aníbal Quijano. Bajo los auspicios entusiastas de Ferrer —Lluis Zayas—, reunimos a un buen número de periodistas e intelectuales con la intención de crear algo especial. Una revista de periodismo analítico centrado en la vivisección de cómo se cocinaba la información al servicio de los intereses creados. El proyecto se dilató al no encontrar un caballo blanco financiero. Y también, porque el grueso del grupo se incorporó a la primera fase autogestionaria; la mejor. Luego, los problemas con el sector corporativista —ubicado en los talleres y orientado al sálvese quien pueda, y, si es necesario, por encima de quien fuera— les llevó a dimitir en peso. En mi opinión, tenían toda la razón. Sin embargo, a pesar de que la nueva redacción adolecía de una notable falta de profesionalidad —muchos nunca habían puesto los pies en una de ellas— y de que la tirantez con los talleres se mostró el pan nuestro cada día, nos embarcamos en una batalla con varios frentes, el de ofrecer una prensa de izquierda lo más seria y avanzada que la situación permitía, y el de resistir ante los corporativistas.
        Los corpos estaban también en la redacción, sobre todo en deportes. En su despacho, el objetivo era el beneficio —el quedar bien— y su talante quedó demostrado en la ocasión en que se nos presentó un arquitecto —que yo conocía como un antiguo militante del PTE y que me parecía alguien muy honesto— que nos traía un estudio minucioso sobre la política urbanística del señor Núñez y sus chaflanes que nadie le había querido publicar. Durante los días que hicimos algunas verificaciones, los de deportes se enteraron, y no hizo falta que el Barça o el señor Núñez dijera nada. El trabajo no apareció y, además, nos trataron de irresponsables para arriba. Teníamos otros más de la misma ralea, pero a mí me llamaba la atención el ya veterano crítico de cine Ruiz de Villalobos, que recordaba de mis primeros pinitos cineclubistas, y que, ahora, apenas sí aparecía por la redacción. Villalobos no escribía ni una sola crítica desfavorable; clamé a los dioses el día que me encontré una que justificaba la última película de Rafael Gil, adaptando a Vizcaíno Casas, salvada en su opinión,  por la profesionalidad del director y por el buen hacer de los actores. Otros ni si quiera tenían su historia o su dominio sobre algún tema, y estaban allí como podían haber estado en cualquier otro lugar que le pagaran un sueldo.
          En cuanto a nuestro equipo, coexistía, junto a un grupo de estudiantes más bien ajenos a la  participación política y  más bien planos en cuanto a las inquietudes, gente muy diversa. Teníamos varios ejemplos de procedencia ácrata, como Juan Manuel Blanco —que pertenecía al partido pestañista, o sea, a una socialdemocracia de izquierdas libertarias—, Eduardo Pons Prades —que trataba de recuperar la «memoria popular» y cuyo hermoso idealismo no le impidió cabrearse ante mis críticas al gobierno de Negrín, ni quedarse cuando toda la izquierda abandonó—. Estaba también María Ángeles Arreguí, que había participado en Ozono con artículos firmados por Mujeres libres.
            Asimismo, existía un ala con un marcado sentimiento nacionalista que comenzó a publicar páginas en lengua catalana y cuyo representante más señalado fue Carles Benítez, que se convirtió luego en uno de los líderes de Terra Lliure más buscados por la policía en medio de la cual recuerdo haber mantenido con él una apasionante conversación en un rincón del metro Urgell. Curiosamente, no recuerdo haber tenido la menor discusión con él en la redacción cuando servidor escribía editoriales bramando contra ETA, acusándola de invertir brutalmente las premisas que decía defender...Y estábamos, naturalmente, los trotskos, con Mariano y Gerard como antecesores, y con un equipo que se repartía el trabajo. Mientras los sindicalistas como Carlos Montes y Andrea componían, en interminables reuniones nocturnas, las sinuosas líneas tácticas que luego nos tocaba al tranquilo y cultivado Héctor Anabitarte y a mí representar, como parte de un comité de redacción de compromiso, lo que significaba tener que bailar entre dos opciones, la oficial y la radical. La tensión era tal que un viejo luchador como Héctor se cansó. Le sustituyó María Ángeles, que tenía la virtud de volver locos a los más babosos con sus escotes y con su sonrisa traviesa.
        Durante este tiempo, el Brusi trató de representar un tipo de periodismo que no respetaba la voz de su amo. Esto se hacía patente en su acogida a todas las disidencias, publicando una página feminista, otra nacionalista radical, una sección de economía que informaba a los trabajadores y daba su apoyo entusiasta a las huelgas, con Temas que, por ejemplo, ponía de vuelta y media a las monarquías con ocasión de la boda de Carlos y Diana, o arremetía contra el Vaticano, lo cual no pasó desapercibido a Jordi Pujol, que declaró off the record que el Brusi era «déu ni do». A veces, nos llegaban colaboradores tradicionales que, seguramente por despiste —nos llegaban cartas de suscriptores que nos hacían reír hasta la extenuación, porque no entendían nada—, y si el asunto era polémico, podían encontrarse con un vapuleo al día siguiente. Así ocurrió con el buen hombre que homenajeó a mi odiado José María Pemán restringiendo su estampa a la última época y contra el que escribí una diatriba inmisericorde recordando todo su historial.
            Se fraguaron pinitos de periodismo de investigación y aumentamos considerablemente la tirada informando sobre el asalto del Banco Central, haciendo las preguntas que nadie se quería hacer y sacando las opiniones de la calle. También se trabajó en dirección a un periodismo de investigación y se contó con una amplia nómina de firmas disidentes que, en mi caso, eran buscadas en el área de Mientras tanto.
            Sin embargo, el producto estaba muy lejos de resultar satisfactorio. A la falta de medios había que añadir la torpeza y la desidia de los talleres, más el cansancio de los que no creían en el proyecto y el de los que trabajábamos desde por la mañana —a mí se debe el genial gazapo en el titular del primer aniversario de la muerte de Sartre que se publicó como el «primer centenario», un lapsus freudiano y una ironía que me causó desesperación— y el de los que no ganaban para tantas reuniones. Sentado sobre la mesita del teléfono, me di cuenta que ya había pasado mucho tiempo en que sólo hablaba yo e inquirí a mi interlocutor sin rostro en qué se basaba para hablar de prosovietismo.
            No tenía una respuesta clara, aunque el hecho de que Germán le hubiera facilitado mi teléfono era una buena pista. Germán me reconocía que le importaba un rábano que 1917 hubiera sido otra cosa de lo que se decía. Lo importante era que ahora tocaba denigrarla —una lección que se podía aplicar al muy ilustre Ludolfo Paramio que, en 1981, traducía la síntesis de E. H. Carr, La revolución rusa. De Lenin a Stalin, 1917-1921, para Alianza, que sería también la última y más madurada defensa crítica de Octubre, y que ya estaba preparando su volta face de consejero de El Príncipe—. Le detallé datos sobre los abundantes artículos de fondo que, como era de rigor, criticaban a la burocracia y al estalinismo, que en los Delantales defendíamos a Solidarnosk y que durante la crisis del PSUC, si bien era cierto que la principal artillería fue dirigida contra el eurocomunismo, y que esto nos valió un enfrentamiento con un periodista del PSUC llamado Toni Batista —que, para colmo, tomó partido por los reaccionarios de los talleres—, también lo era que en nuestros trabajos se criticaba duramente el bloquismo, que hablamos de Comorera y de otros affaires, etcétera.
      Llegó un momento en el que ell futuro periodista que me preguntaba dejó de hacerlo y la conversación concluyó un poco bruscamente. A mí me hubiera gustado decirle cuatro cosas a la cara.
        Nunca supe más de la tesis hasta que un día, tratando la historia, un viejo amigo me contó que había leído un trabajo sobre los últimos tiempos del Brusi en el que se afirmaba que había mantenido una línea editorial prosoviética durante el cisma del PSUC. La verdad es que, después de ver tantos milagros, aquello hasta me pareció pintoresco.

#1
lucas|29-09-2008 18:43
Buen articulo.  Sigo con asiduidad y casi devoción tus colaboraciones en Kaos. Es bueno para la gente mas joven conocer experiencias militantes de la vieja guardia.
Yo empecé a participar en colectivos libertarios en 1987 y en esa epoca en algunas luchas (estudiantiles, insumision, antirepresivas) trabajamos codo a codo junto a gente de las JCR.
Fruto de esa colaboración en algunas luchas fuí invitado y acudi a varios campamentos de verano de la IV Internacional de los que guardo grato recuerdo.
Veinte años despues aun mantego amistad y respeto con alguno de ellos. De la misma manera hay que señalar que por sus filas, igual que por mucha izquierda radical pasaron algunos trepas e impresentables.
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#2.- Anodino
29-09-2008 19:33
Deduzco que, a partir de una edad, y en función de la intensidad de la militancia pasada, está justificado vivir "por encima del bien y del mal" sin comprometerse con nada?
¿La actualidad militante de un antiguo militante es para otro capítulo?
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#3
Grossi|30-09-2008 02:28
Anodino, ¿qué te hace pensar que Pepe Gutiérrez no tiene militancia en la actualidad? No estar en primera línea no implica que no estés involucrado o trabajando todo lo que puedes en un partido, sindicato o movimiento social. En el caso de Pepe puedo asegurarte que no es precisamente de los que se quedan en su casa viendo pasar la vida.
Un buen trabajo Pepe, aunque me recuerda al reciente sobre la historia del Diario de Barcelona, pero interesante de todos modos y mucho más para quienes no solo no vivimos esa época, sino que ni siquiera somos catalanes y así podemos ver lo que se movía en otros sitios.
Un saludo.
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#4.- la Izquierda Estatal Española... y nosotros que la quisimos tanto
Zaratustra|30-09-2008 13:50
Una frase Genial de Trotski, recordando a los revolucionarios de su época pasada: "ENTONCES, TODOS NOS LLAMÁBAMOS SOCIALDEMÓCRATAS..."
Igualmente, entonces todos nosotros éramos COMUNISTAS ESPAÑOLES.
La Izquierda Estatal era "Nuestra Familia" (Addams) no sólo en la Ex España, sino para la mayoría de la clase obrera inmigrada en el resto del Estado.
Hubo una serie de factores que determinaron su muerte-viviente y posterior zombificación, hasta llegar a una situación en nuestros días, que la EX IZQUIERDA de la Ex España... ya reclama un sepelio estable.
Quizás el mayor golpe lo supuso la Caída del Este... fue de cierto modo nuestro "Al Nakba" por así decirlo.
Supuso un golpe para todos los revolucionarios, pero al contrario que nuestra IEE y otras Izquierdas Estatales infectadas del NEurocomunismo, los MLNV supieron encajar dicho trauma mucho mejor, pues tienen su propia dinámica.
El mayor motivo de su crisis fue el hecho de tener un axfisiante marco Estatal, y ni siquiera plantearse la posibilidad de romperlo.
En fin... ESPAÑA YA ESTÁ MUERTA... PERO AÚN LA QUEREMOS, PORQUE SU CALAVERA ES MUY BONITA.
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#5.- los 80´s como los 70´s, incluso peor: El gal-felipismo o socialfascismo
01-10-2008 11:52
Los años 80´s fueron, los del golpe de estado de 1981 consolidado posteriormente por el gal-felipismo de infame historia: Robos de estado, asesinatos y terrorismo de estado y tortura, estafas, espionaje, etc etc.............Fué, literalmente, la continuación de la dictadura, que nunca cesó. El gal-felipismo, fué comparable con CRECES a lo peor del tardo-franquismo de los 70´s
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