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Mayo del 37 y la Alma Máter. Del neo-mandarinato liberal-estalinista.

Hay que comprender que tanto para Ferran Gallego como para Ángel Viñas, esos dos arquetipos del neo-mandarinato universitario,lo que cuenta es el orden.Lo subordinan todo a la derrota de la revolución
José Fergo | A contretemps. Boletín de crítica bibliográfica. | 9-10-2008 | 158 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/mayo-37-alma-mater-neo-mandarinato-liberal-estalinista

  • Ferran GALLEGO: Barcelona, Mayo de 1937. Barcelona, Debate, 2007, 628 p.
  • Ángel VIÑAS: El escudo de la República. Barcelona, Crítica, 2007, 730 p.
  • Cómo ha pasado el tiempo desde que, de regreso de España, George Orwell dio de los “disturbios” de Mayo del 37, en Barcelona, su conocida aclaración: más allá de la (fácil) eliminación del POUM, el ataque de la coalición liberal-estalinista – bajo tutela soviética – tendía a invertir irremediablemente la relación de fuerzas en el seno del campo republicando planteando a la CNT-FAI, auténtico objetivo de la ofensiva contrarrevolucionaria, la necesidad de elegir entre la guerra o la revolución. El resultado es conocido. El POUM fue definitivamente liquidado y, en nombre de intereses superiores del antifascismo, los cuadros dirigentes de la CNT-FAI abandonaron, a partir de Mayo de 1937, toda perspectiva revolucionaria. Dicho de otro modo, la coalición liberal-estalinista, firmemente sostenida, aconsejada y armada por la Unión Soviética, había ganado por todo lo alto.

    La lectura de este acontecimiento mayor de la revolución española – su punto de caída, en suma – delimitó dos interpretaciones diametralmente opuestas: una que justificaba, con matices, el fin de la dinámica revolucionaria en nombre de la necesaria reconstrucción del Estado republicano; otra que denunciaba el aplastamiento de la revolución española por el estalinismo y su aliado del momento: la burguesía republicana. De un lado de esta línea interpretativa, se encontraban, ya con formato liberal o con formato estalinista, todos los que ensalzaban el orden republicano; del otro lado, los defensores de la particularidad revolucionaria española, los análisis anti-estalinistas de distintas escuelas y algunos observadores sencillamente dotados de sentido común. Este desacuerdo marcó, durante decenios, la batalla historiográfica sobre la Guerra de España.

    Los mandarines contra los harapientos.

    En un célebre texto publicado a finales de los años sesenta[1], Noam Chomsky se interesaba en lo que denominaba “subordinación contrarrevolucionaria” de los “mandarines” en la interpretación histórica del conflicto español. Más precisamente, examinando con detalle las tesis emitidas por el historiador liberal Gabriel Jackson, en una obra entonces muy elogiada[2], subrayaba que esas tesis se tomaban prestadas de una especie de“partido contra la revolución social” y de una muy evidente “adhesión a los valores del orden social de la democracia burguesa” que tendían naturalmente “a presentar bajo una luz falsa acontecimientos de una importancia capital y a despreciar corrientes históricas mayoritarias”.

    Más allá del caso de Jackson, el gran mérito de Chomsky fue sin duda el de señalar, entonces, esa extraña convergencia de análisis entre una gran parte de la historiografía liberal anglosajona y la historiografía situada directamente bajo influencia estalinista. Y de explicar que, en el terreno de la historia, se operaba de facto, la misma alianza que se había coaligado, en Mayo del 37, esta vez en el terreno de los hechos, un frente liberal-estalinista que compartía un objetivo común: restablecer el orden republicano burgués para terminar con los “excesos” revolucionarios de sus harapientos

    A través de la historiografía reciente, la que se impuso al día siguiente de la “transición democrática”[3], y que domina hoy un mismo imaginario fundado sobre la razón de Estado, continúa privilegiando una lectura legitimista de Mayo 37. Por supuesto, los tiempos han cambiado lo suficiente como para que el asesinato de Andreu Nin sea, ahora, unánimemente condenado, pero el fondo de la argumentación permanece idéntico: era necesario, de una u otra forma, poner fin al desorden revolucionario para restablecer todas las prerrogativas del Estado republicano.

    Recientemente han sido editadas dos obras muy representativas de esta “subordinación contrarrevolucionaria” del neo-mandarinato universitario que ocupan, en estos momentos, la vanguardia de la escena editorial y mediática española. Glosadas aquí y allá por los diversos divulgadores de las páginas culturales de las gacetillas del beneplácito, ambos títulos forman parte ya del non plus ultra, en materia historiográfica. El primero – Barcelona, mayo de 1937 – emana de Ferran Gallego, profesor de historia contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista del fascismo: el segundo – El Escudo de la República – constituye el segundo volumen de una trilogía sobre la historia de la República española[4], cuyo autor es Ángel Viñas. Doctor en ciencias económicas, ex diplomático y antiguo funcionario del Fondo Monetario Internacional.

    Una visión post-estalinista de Mayo del 37.

    Para Ferran Gallego, lo principal está ya dicho desde las primeras páginas de su grueso pensum[5]. Jamás habría habido situación de doble poder en Cataluña, y aún menos una perspectiva realmente revolucionaria, ya que alineándose ésta al lado del antifascismo institucional después del 19 de julio de 1936, la CNT habría comprendido muy rápidamente, nos dice Gallego, que la revolución tal como la entendían los cenetistas – esto es, la instauración del comunismo libertario – no era viable. Según ésto, Mayo del 37 no sería una contrarrevolución que opondría los revolucionarios a los partidarios del orden institucional, sino un choque frontal entre los adeptos de una revolución imposible - entre los que estaría un POUM, que Gallego fusila página tras página ­- y los antifascistas responsables y consecuentes. Acorralados en este enfrentamiento, los cuadros dirigentes de la CNT habrían jugado inteligentemente la vía de la conciliación para preservar lo esencial: el mantenimiento de un buen lugar en el bloque antifascista. Por lo demás, la denuncia del POUM como “gestapista” sería condenable, pero no menos – que no se ría nadie – que la calificación de “contrarrevolucionarios” dirigida a los comunistas por los poumistas. Costumbres de otra época, nos dice Ferran Gallego, visiblemente satisfecho de vivir en un contexto mucho más civilizado, en el que la venta de viejas infamias le procura felicitaciones fraternales y genuflexiones mediáticas, en lugar de bastonazos críticos.

    El principal interés de esta mofletuda obra – 628 páginas, ¡nada menos! – no reside, al contrario de lo que afirma cierta crítica generalmente muy ignorante, en la mirada innovadora que su autor aportaría sobre Mayo del 37 – y aún menos en las informaciones inéditas que encerraría – , sino que reside en la manera en la que un eminente representante de la Alma Máter –por otra parte siempre cercano al PSUC (el partido comunista catalán) o de lo que éste queda – analiza un acontecimiento, cuya principal característica fue sencillamente la participación activa de las bases de la CNT-FAI en los combates callejeros, a partir del supuesto proyecto de sus dirigentes. La forma en la que Gallego lo hace, está totalmente infundada. Es una tontería - o una calumnia - dejar creer, por ejemplo, como lo hace Ferran Gallego, que la dirección de la CNT-FAI se habría situado entonces, ideológicamente, en el campo de los defensores del orden republicano. Aunque es indudable que la dirección cenetista, durante los disturbios, no dejó de apaciguar a sus bases, esta estrategia de pacificaciónreposaba en la íntima convicción de que la batalla de Barcelona podía seguramente ganarse localmente, pero que esta victoria desembocaría en un desastre, a escala nacional. La única lógica que animaba entonces a la dirección de la CNT-FAI era de orden puramente burocrático y la única tarea que se atribuyó – con éxito, por otra parte – consistió en hacer de forma que sus bases, que sabía prestas a todo para defender las conquistas revolucionarias, no se aventuraran más allá de cierto límite, que percibía como un punto de no retorno. Esto no debería inducir a creer que la dirección cenetista se había aliado al bloque antifascista, sino sencillamente que no se sentía con ánimo de tomar, ante la historia, la responsabilidad de su estallido. Numerosos testigos prueban, sin embargo, que las esferas de influencia de la CNT-FAI catalana percibieron muy pronto el desafío de este enfrentamiento, que lo sintieron llegar y que, en las semanas anteriores se prepararon con ahínco[6].

    Ferran Gallego, cuya argumentación reposa en su voluntad de disociar una CNT responsable de un POUM aventurero, se encalla evidentemente ante todos los elementos que indican que la CNT mantuvo en esa ocasión, varios ases en la manga. Creer, por ejemplo, que el odio consagrado por la CNT-FAI hacia el POUM explicaría porqué lo dejó caer con tal facilidad, es sólo una fantasía. Cualquiera que conozca los resortes sicológico-políticos de la CNT-FAI catalana de la época, sabe que, muy segura de sí misma y dominadora, desarrollaba un auténtico complejo de superioridad frente a todos los partidos obreros. Que esta absoluta imposición del anarcosindicalismo sobre la clase obrera en Cataluña le haya predispuesto a un cierto desprecio del POUM, no puede negarlo nadie. De ahí a extraer las conclusiones de Ferran Gallego - cuya obra, repetimos, es un ataque contra el POUM, directamente heredado del estalinismo - hay un abismo. En el fondo, la CNT – que Nin había querido embarcar, en los años veinte, en las turbias aguas del leninismo – no acordaba ningún crédito al POUM, lo que no le impidió acoger a sus militantes cuando el PSUC, tan caro a Ferran Gallego, los acorralócomo a perros sarnosos.

    En cuanto al papel de la Unión Soviética en este asunto es sistemáticamente minimizado, como corresponde a la tendencia dominante en la moderna historiografía. Como si, in fine, el Comintern no hubiera sido, en tierras de España, más que una simple agencia de reclutamiento de valerosos combatientes antifascistas. También aquí, la historia se muerde la cola: hasta tal punto el tópico se ha enraizado. Como ese estalinismo, del que la versión post-estalinista que nos libra Ferran Gallego no es más que una tortuosa resurrección[7].

    Acostaos, condenados de la tierra.

    El honorabilísimo Ángel Viñas se mueve en una esfera muy distinta, riguroso historiador y hombre de orden, cuya concepción de la historia, en suma muy clásica, no carece de una buena dosis de condescendencia hacia la gente común, muy ignorante en estrategia política. Armado con su saber y su ya larga experiencia en materia de gestión de conflictos – recordemos que este señor fue diplomático – , este experto se presta, pues, a darnos una lección ex cátedra, deseoso de terminar, nos dice, con “ciertos mitos” revolucionarios sobre la Guerra de España.

    Admitimos que la monumental empresa de Ángel Viñas – dos copiosos volúmenes de más de setecientas páginas, ya publicados, y el tercero prácticamente en prensa – es impresionante. En cuanto al peso, por supuesto. En lo que atañe al fondo, por el contrario, el efecto se disipa pronto, en cuanto las aserciones del autor se inscriben en la perfecta continuidad de una historiografía guiada por la idea básica– fundamentalmente burguesa – de que era necesario que se hundiesen los “sueños revolucionarios” para que la República pudiera hacer la guerra con eficacia. El problema radica en que, sin esos sueños revolucionarios, la República se hubiera volatilizado en apenas unos días y que, desprovista de esos sueños revolucionarios, no podía, evidentemente, sino perder la guerra. Que fue lo que pasó.Lo que falló, nos dice el engreído especialista, fue que las “exaltaciones libertarias” no fueron encarriladas con suficiente rapidez como para que la República recobrase esa necesaria “racionalidad política y económica” encarnada, después de Mayo de 1937 – es decir, demasiado tarde, según Viñas -, por su gran héroe, Juan Negrín, principal responsable de la represión contra los revolucionarios y director de orquesta del desmantelamiento de las colectividades de Aragón.

    Era, pues, deber de la bella República, prosigue su apologista, levantar un escudo contra sus enemigos interiores para terminar con sus excesos y sus inclinacionessubversivas. Porque, tras su exquisitez, el tal Ángel Viñas también sabe empotrarse el casco ideológico y armar el mosquetón conceptual para disparar sobre la chusma. Para convencerse basta con leer el capítulo trece de su obra, consagrado a las Jornadas de Mayo de 1937 y fundamentado esencialmente en el examen de los archivos de Antonov Ovseenko, cónsul soviético en Barcelona. Encontraremos efectivamente un análisis de los acontecimientos, estrictamente de acuerdo con los peores cánones propagandísticos estalinistas, en los que el “vector soviético” parece no haber jugado ningún papel en los Hechos de Mayo. Del mismo modo, los comunistas españoles definieron solos, por sí mismos, su línea política. Sobre estos dos puntos, el sutil experto en geopolítica internacional – aunque lo niegue, fascinado por Stalin: “ese maestro en táctica y estrategia” – se empeña en criticar frenéticamente los argumentos avanzados, hace treinta años, por Burnett Bolloten[8], su auténtica bestia negra, pero sin aportar el menor desmentido debidamente probado.

    Dado el severo ataque contra los insurrectos de Barcelona, que constituye este capítulo sobre Mayo de 1937[9], podemos inscribir la producción del señor Viñas en línea directa, y además muy bien situada, con esa casta historiográfica de “subordinación contrarrevolucionaria”, ya señalada por Chomsky. Calificación que estamos seguros no va a quitarle el sueño. Pero, más allá del imaginario banalmente burgués, que revela su interpretación sobre Mayo de 1937, el lector dotado de una mínima sensibilidad se sorprenderá por la brutalidad que manifiesta el autor respecto a las víctimas de la represión liberal-estalinista que, apenas derribadas las barricadas, se abatió metódicamente sobre todos los disidentes de la República-del-orden, existentes en Barcelona. Así, cuando evoca las diligencias del viejo menchevique Rafael Abramovitch para investigar la suerte de Marc Rein, su hijo desaparecido en Barcelona, Ángel Viñas se preocupa mucho más por la situación de Negrín,“aporreado” por las incesantes reclamaciones de Abramovitch, que por la de Marc Rein[10]. De la misma forma, y siguiendo idéntica predisposición, la prisión privada de Alcalá de Henares en la que torturaron a Nin, se convierte, bajo su pluma de experto, en un “hotelito”. En cuanto a su brutal interrogatorio, aprendemos, leyendo al muy puntilloso Viñas, que no duró varias semanas, como pretenden algunos historiadores, sino “sólo algunos días”. Evidentemente todo radica en ese “sólo”. En cuanto al sufrimiento que Nin pudo padecer durante “sólo algunos días”, los que precedieron a su ejecución, ¡el lector puede esperar sentado a que Viñas diga algo! Ese gran liberal llamado Ángel Viñas no se detiene en ese tipo de detalles. Cuenta, clasifica y cataloga. Metódicamente. Como un funcionario de policía, ni más ni menos.

    Del orden como valor supremo.

    Hay que comprender que tanto para Ferran Gallego como para Ángel Viñas, esos dos arquetipos del neo-mandarinato universitario, lo que cuenta es el orden; el orden de los engalonados del Ejército popular apaleando a los irreductibles que rechazan la militarización, el de los asesinos de Líster destruyendo las colectividades de Aragón, el del restablecimiento de la pequeña propiedad privada, el de las prisiones republicanas repletas de antifascistas, el del poder, el del Estado triunfante, el de la economía rendida al mercado, el del aplastamiento de todo proyecto emancipador consecuente. ¿Qué importa, después de todo, que esta República-del-orden haya quebrado de cabo a rabo, roto el entusiasmo popular, instaurado la penuria, incrementado las desigualdades y perdido la guerra, cuando lo importante era que aplastase la revolución?

    Para un post-estalinista y un neo-liberal de hoy en día, aún es y siempre será el orden lo que realmente cuenta; porque ese orden pone del revés lo que una revolución libertaria había intentado poner del derecho; porque ese orden restituye al poder sus atributos, pisoteados por la gente de a pie; porque ese orden convierte en nada toda perspectiva de auténtica liberación de los explotados. Y es precisamente ahí, precisamente ahí, donde se sitúa el punto de convergencia entre los herederos de la historiografía burguesa, como Ángel Viñas, y los de la tradición estalinista, como Ferran Gallego: en la misma aversión por el inmenso proceso revolucionario que acompañó, desde julio de 1936 hasta mayo de 1937, a la resistencia al golpe de estado fascista.

    Podríamos creer que Chomksy no se equivocaba cuando insinuaba que la historia no era otra cosa, en el fondo, que volver a tocar, de un modo más suave y sin riesgo, las partituras que sonaron en antiguos campos de batalla. Siguiendo esta hipótesis, Ferran Gallego y Ángel Viñas – a los que a fin de cuentas separan muchas cosas – han escogido el campo del orden, o dicho de otra forma, el campo de aquellos que hace setenta años, subordinaron su propia derrota – la de la República – al previo aplastamiento de la revolución.

    Dominante, este enfoque historiográfico “contrarrevolucionario” de la guerra civil parece tener, ahora, valor de verdad objetiva. Al igual que las charlatanerías revisionistas del histrión Pío Moa y de sus compadres[11] tenían, como podía preverse, la utilidad de oponer a la impostura neo-franquista la falange republicana de la Alma Máter; a fin de cuentas, y sin víctimas notorias, el fantasma de Negrín ha fulminado el espectro del Caudillo. En cuanto a los revolucionarios, éstos ya estaban muertos desde hacía mucho tiempo, fusilados por ambos campos.

    José Fergo.

    A contretemps. Boletín de crítica bibliográfica número 32, octubre 2008.

    Traducido del francés por Balance. Cuadernos de historia.



    [1]Noam Chomsky: “La objetividad de los intelectuales liberales”; en La objetividad y el pensamiento liberal: Los intelectuales de izquierdas frente a la Guerra de Vietnam y a la Guerra Civil española. Editorial Península, Barcelona, 2004. [Editado en lengua inglesa en 1969].

    [2]Gabriel Jackson, La República española y la guerra civil. Crítica, Barcelona, 1982. [Primera edición en castellano en Grijalbo, México, 1967].

    [3]Ver, a este propósito: “Guerre civile: les soubresauts d´une histoire sin fin” de Freddy Gómez, en A contretempsnúmero 25, enero 2007, pp. 3-6.

    [4]La soledad de la República. Barcelona, Crítica, 2006, constituía el primer volumen de esta trilogía, de la que el tercero – El honor de la República – está anunciado para fin de año en la misma editorial.

    [5]Término latino que significa trabajo enojoso, castigo. [Nota del traductor].

    [6]Sobre esta temática, se leerá con provecho, pese a sus excesos interpretativos, la obra de Agustín Guillamón, Barricadas en Barcelona. La CNT de la victoria de Julio 1936 a la necesaria derrota de Mayo de 1937. Barcelona, Ediciones Espartaco Internacional, 2007.

    [7]Sobre Mayo del 37, el lector interesado podrá consultar otras obras recientes que tienen el mérito de situarse en otra perspectiva histórica. Citemos, por ejemplo, además del libro de Agustín Guillamón, ya mencionado, el de Ferrán Aisa, Contrarrevolució. Els fets de Maig de 1937. Edicions 1984, Barcelona, 2007; y el de C. García. H. Piotrovski y S. Rosés, Barcelona, mayo de 1937. Testimonios desde las barricadas. Alikornio, Barcelona, 2006. También señalaremos la edición de un testigo destacado sobre la represión contra el POUM, hasta entonces inédito en español: Katia Landau, Los verdugos de la revolución española (1937-1938), traducido del francés por Miguel Chueca, Sepha, Málaga, 2007. Por otra parte, la revista Balance (Barcelona) propone, en su cuaderno número 31 (abril 2008), una reseña muy crítica de la obra de Ferran Gallego – pp. 33-36 – y publica la sabrosa polémica que ocasionó entre Ferran Gallego y Agustín Guillamón-pp. 36-44) - . [Reseña y polémica que pueden consultarse también en www.kaosenlared-net].

    [8] Burnett Bolloten, La Guerra Civil española: Revolución y contrarrevolución. Alianza Editorial, Madrid, 1989.

    [9]Sobre este tema véase la reseña – educada, pero firme – que el muy prolijo Agustín Guillamón hace de este capítulo en elya citado Balance, cuaderno número 31, pp. 51-56, señalando numerosas deficiencias o errores. [Esta reseña también puede consultarse en www.kaosenlared-net].

    [10]Aporreado o no, Negrín no aceptó ninguna de las peticiones de información de Rafael Abramovitch, cuyo hijo, Marc Rein, corresponsal en Barcelona de un diario socialdemócrata sueco y decidido adversario del estalinismo, no apareció jamás.

    [11]Sobre el fin de la era Aznar, Pío Moa, antiguo maoísta del tipo delirante, se auto-instituyó jefe de filas de una llamada escuela “revisionista”, cuya particularidad consistía enredescubrir a un público ignorante las peores pamplinas de la historiografíafranquista como si fueran novedades. La prensa que contribuyó muy notablemente al éxito del energúmeno y de sus acólitos, consiguió, con su insistencia, despertar algunas grandes conciencias del antifascismo universitario, adormilados desde hacía mucho tiempo en su propio confort. La cruzada, que se hizo en nombre de los grandes principios de una República calumniada por el extremismo de derechas, permitió, de paso, liquidar también “el extremismo de izquierdas”.

     
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