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Malraux y la revolución china
El mayor prestigio de Malraux proviene de sus novelas sobre la revolución china, así como por su guerra de España que le permitió una gran novela y una gran película: L´Espoir.
Pepe Gutiérrez Álvarez (Para Kaos en la Red) [05.05.2008 10:24] - 694 lecturas - 0 comentarios

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                    El diálogo entre Trotsky y Malraux forma parte de la historia de la literatura y de la política. Comienza porque el primero muestra desde un principio su interés por ganar a Malraux a la causa de la oposición, y como es habitual en él, discute de igual a igual con unos y otros, también sabe que su influencia es superior entre escritores e intelectuales en una generación que cuando todavía vive la extrema tensión de la defensa de Octubre, se encuentran con un fenómeno extraño y monstruoso --el de su burocratización--, sobre el que carecen de información y la que existe no pueden diferenciarla fácilmente del alud denigratorio desencadenado por los poderes establecidos.  Además, las novelas de Malraux le brindan una oportunidad excepcional para volver a discutir sobre el trágico destino de la revolución china, cuyo primer protagonista, el proletariado industrial,  había sufrido en 1927 una derrota sin paliativos. Para Trotsky este capítulo histórico será, más trascendente que ningún otro en aquel período), el más dramático e importante de la revolución mundial, la máxima prueba de la actuación del comunismo invertido patrocinado por Stalin y cuyas características son:

a)      Aunque las tareas fundamentales de la emergente revolución china eran las propias de 1789, habían dos factores que impedían que la burguesía democrática  asumiera su papel histórico, uno era la existencia de un marco internacional determinado por el dilema entre revolución y contrarrevolución, el otro --y complementario-- era la potencia de un movimiento obrero concentrado en las grandes ciudades que hasta el momento había estado en primera línea…
b)      después de la aventura de la Comuna de Cantón (una insurrección sin condiciones), el objetivo central del partido comunista chino no es hacer la revolución sino garantizar por todos los medios la alianza de la burguesía china (representada durante décadas por el Kuomintang) con la URSS;
c)      en consecuencia, en vez preparar a los trabajadores contra la natural tendencia de la burguesía nacionalista a imponer el orden, a temer más a la revolución que a los amos de la china tradicional, el partido y sus consejeros (Borodin), los convencieron para confiar,
d)      para garantizar su autoridad el estalinismo tildará de "trotskismo" cualquier tentativa crítica, opuesta a la desastrosa línea oficial… 

            Situado en esta perspectiva, Trotsky llega incluso a magnificar la influencia de aquel con un joven todavía poco conocido, al que atribuye un tanto ingenuamente como coprotagonista de  unos acontecimientos que sí bien supo describir magníficamente, ignoraba en buena medida su significado político. Malraux por su parte, respondió con imperturbable seguridad los argumentos de su interlocutor, tomando igualmente por verdad histórica lo que, obviamente, no dejaba de resultar una trama novelesca cuyos datos de fondo eran parcialmente exactos, y cuyos personajes, exceptuando Borodine y Gallen, eran ciertamente imaginarios; de hecho, Malraux ofrecía una "interpretación" sobre la que se podía debatir siempre que no se olvidara esto, que era una interpretación. El novelista y el teórico revolucionario pendían sobre aquella historia como sí ambos hubieran estado en el mismo plano; y como sí  ambos discutieran sobre los planos de un campo de batalla. En un artículo sobre "Les Conquérants" (apareció en la "NRF" en abril de 1931) que más tarde  reproducirá más tarde en un trabajo más amplio sobre China ("La Revolución estrangulada"), Trotsky "abría fuego"

                "Un estilo denso y bello, la mirada precisa de un artista, la observación original y atrevida; todo confiere a la novela una importancia excepcional. Si hablo de él ahora, no es porque lleno de talento, aunque ese hecho no sea desdeñable, sino porque ofrece una fuente de enseñanzas políticas del más alto valor. ¿Provienen de Malraux? Se desprenden del propio relato, del autor y se manifiestan en su contra; lo que hace honor y al observador y al artista, pero no al revolucionario. Sin embargo, tenemos derecho a considerar igualmente a Malraux desde este punto de vista: en su nombre personal y sobre todo en nombre de Garine, su segundo yo, no regatea los juicios sobre la Revolución. . . "

.        Por su parte, Malraux partía de una concepción diferente. Para él, el proletariado tenía más significado como símbolo de una humillación eterna que como instrumento de una historia que se desarrollaba en una coyuntura concentra. Su visión del Komintern, también era pues diferente, en parte justificó algunos aspectos de la dirección del Komintern de la abortada revolución china,  sin embargo, su alter ego, Garine,  tenía poca fe en la mentalidad "ro­mana" de los bolcheviques, y se quejaba de que Borodin, el agente destacado en China por el Komintern, quería "manufacturar revo­luciones del mismo modo que la Ford manufactura automóviles". En su obra ulterior sobre China, La Condition Humaine, hace que los héroes revolucionarios, Kyo, Katow y Tchen pierdan la vida, y lo hagan en buena medida como consecuencia de la política de la Internacional estalinista. 

              Trotsky concluía su requisitoria  deplorando que al autor le hubiese faltado una "buena inocu­lación de marxismo (que) habría podido preservarle de errores fatales", y escribe:  "El libro se titula Les Conquérants. En el espíritu del autor, ese título de doble sentido en el que la Revolución se disfraza de im­perialismo, se refiere a los bolcheviques rusos o, más exactamente, a determinada fracción de ellos. ¿Los conquistadores?. Las masas chinas se levantaron en una insurrección revolucionaria, bajo la in­discutible influencia del golpe de Estado de Octubre Como ejemplo y con el bolchevismo como bandera. Pero "Los conquistadores" no conquistaron nada. Por el contrario, entregaron todo al enemigo. Si la Revolución rusa ha provocado la Revolución china, los epígo­nos rusos la han sofocado. Malraux no hace tales deducciones. Ni siquiera parece pensar en ello. No por ello dejan de surgir clara mente desde el fondo de su notable libro."

                Malraux responde al hombre de Octubre "en el tono intrépido de Saint-Just ante Danton" (Lacouture), y recordó que Borodine y los responsables de la Interna­cional eran marxista, y  sin embargo…Su respuesta es más literaria tanto en su sentido como en su forma: "Cuando Trotsky añade que no hay afinidad entre el autor y la Revolución, que "las enseñanzas políticas se desprenden del libro a mis espaldas", temo que no conozca en las condiciones de una creación artística: Ias revoluciones no se hacen solas. pero las no­velas tampoco. Este libro no es una "crónica novelada " de la Revolución china, porque principalmente se pone de relieve una relación entre individuos y una acción colectiva Considera que Garine se equivoca; pero Stalin considera que él, Trotsky se equivoca a su vez. Cuando. en su Vida, leemos el angustioso relato de su caída, olvidamos que es marxista, y quizás lo olvide él mismo." Al final, encadenaba con aplomo: "Como Trotsky reconocía en mis personajes, un valor de símbolos sociales, ahora podemos discutir sobre lo esencial."

              El novelista no ve como Trotsky que en 1925-1926, el Partido Comunista  pudiera  emprender  una política propia, para él no existía sino en la alianza con el Kuomin­tang. Era la tesis que iba a repetir a Kyo, casi palabra por pala­bra, el Vologuine de "La Condition humaine". Consideraba que:  "La Internacional... no tuvo elección... Dije que su objetivo era dar la más de prisa posible al proletariado chino la conciencia de clase que necesitaba para intentar la toma del poder; ahora bien, el obstáculo más poderoso con que se tropezaba entonces la con­ciencia de clase, era la conciencia de sociedad. Todo militante chino era miembro de alguna de aquellas innumerables sociedades, lla­madas secretas, cuya historia es la Historia de China desde 1911; el Kuomintang era la más poderosa de ellas; guardadas todas las distancias, se parece mucho más a nuestra masonería que a nuestro radicalismo. Antes de la fusión, la doctrina comunista era la de una sociedad naciente; inmediatamente después, se convertía en una de las doctrinas de la sociedad más numerosa".

                Trotsky no se conformó con esta reprimenda. Propuso una réplica en la propia Nouvelle Revue Francaise (NRF), que, empero no se publicó. Finalmente apareció en La Lutte de Classes transmitió su respuesta al hombre de "Les Conquérants": sin embargo, entonces la situación había cambiando, las divergencias sobre el papel del Komintern en China (reproducido luego en otros lugares), quedaba atrás, y ahora el escenario era ocupado por el ascenso de los fascismo, de los nazis en Alemania donde Stalin habían impuesto al PC la política suicida del "tercer período", y en la que "el enemigo principal" era la socialdemocracia, trastocada en socialfascismo. En julio de 1933, Malraux pidió una cita al compañero de Lenin. Un año después, en un viaje a la URSS invitado de Máximo Gorki, Malraux ofreció a León Davidovich su brindis en el mismo Kremlin como respuesta al propuesto por un personaje oficial que lo hizo a la salud de Ia "patria socialista", un término que años más tarde consideraría aberrante. Clara Malraux temió las consecuencias de aquel gesto audaz, por muchísmo menos desaparecieron muchos escritores en los años del "gran terror".

.

              Cuando pudo dejar Turquía, Trotsky fue recibido a regañadientes en Francia por el Gobierno del radical Eduard Herriot (8) que no le autorizó a residir en la región parisiense,  por lo que tuvo que instalarse cerca de Royan, en una casa de la pequeña estación de Saint-Palais donde abrió las puertas a Malraux el 26 de julio de 1933, una escena magníficamente descrita por el novelista y que Alain Resnais reconstruyó en su película Stavisky como un "contrapunto" revolucionario a un contexto marcado por la descomposición burguesa. En aquel momento, Malraux acababa de dejar lista para su edición su obra más importante, La Condition humaine, y unos meses antes, en marzo, se había com­prometido, junto con Gide, en el combate antifascista, dentro de la Asociación de Escritores y Artistas revolucionarios que todavía no estaba "hegemonizada" por el estalinismo. Malraux publicó nueve meses más tarde en la revista Marianne  el relato de la entrevista, coincidiendo con el hecho de que Trotsky acababa de ser expulsado por el Gobierno Doumergue en medio de una crisis (la del 6 de febrero de 1934), durante la cual la prensa derechista multiplicó sus advertencias contra aquel "judío bolchevique" al que acusaban de mover los hilos de una insurrección proletaria. Es un hermoso texto, vibrante de admiración, Malraux escribía:

              "... Avanzando poco a poco entre la luz de nuestros faros, tras un joven camarada prudente que llevaba una linterna, llegaron unos zapatos blancos, un pantalón blanco, una chaqueta de pijama hasta el cuello… La cabeza quedaba en la sombra nocturna. He visto algunos rostros en los que se expresarían vidas capitales: casi todos son rostros ausentes. Esperaba con mucha curiosidad aque­lla máscara enmarcada por uno de los últimos grandes destinos del mundo, que se paraba, deslumbrada, al lado del faro.

              "Desde que se concretó aquel resplandeciente fantasma con ga­fas, sentí que toda la fuerza de sus rasgos residían en la boca de labios finos, tensos, extraordinariamente dibujados, de estatua asiá­tica. Para tranquilizar a un camarada, se reía con una risa cerebral que no se parecía a su voz; una risa que descubría dientes muy pe­queños y separados; dientes extraordinariamente jóvenes en aquel rostro fino de blanca cabellera…

              "Trotsky no hablaba su lengua; pero, incluso en francés, la ca­racterística principal de su voz era el dominio total sobre lo que decía: la falta de insistencia por la que tantos hombres dejan adi­vinar que quieren convencer a otros para convencerse a sí mismos, la ausencia de voluntad de seducción. Casi todos los hombres superiores tienen en común, cualquiera que sea la torpeza de algunos en expresarse, esa densidad, ese centro misterioso del espíritu que parece nacer de la doctrina, que supera en todas partes y que da la costumbre de considerar al pensamiento como algo que hay que conquistar y no que repetir. En el dominio del espíritu, aquel hom­bre se había construido su propio mundo y en él vivía. Me acuerdo del modo en que me habló de Pasternak".

            La conclusión de este artículo era desafiante. Malraux oponía el recuerdo del proscrito a las imágenes de una película presentada por el Partido Comunista que acababa de ver, la de una fiesta en Moscú «aplasta­da por los retratos gigantescos de Lenin y Stalin». En forma de apóstrofe,  la conclusión era una adhesión a la causa del  "Viejo": "¿Cuántos pensaban en usted... entre esa multitud?. Seguramen­te, muchos. Antes de la película, hubo discursos, especialmente en favor de Thaelmann; el orador que se hubiera atrevido a hablar de usted, pasado el primer momento de inquietud, habría aplasta­do rápidamente la hostilidad burguesa y a la prudencia ortodoxa a la vez:. vive usted como un remordimiento en esa multitud que le silencia…Todos están con usted, contra el Gobierno que le ha expulsado: es usted uno de esos proscritos a los que no se consigue convertir en emigrados (…) Yo sé, Trotsky, que su pensamiento sólo espera su propio triun­fo del destino implacable del mundo. ¡Que su sombra clandestina, que desde hace casi diez años va de exilio en exilio, pueda hacer comprender a los obreros de Francia ya todos a los que anima esa oscura voluntad de libertad, hecha tan clara por la expulsiones, que unirse en un campo de concentración es unirse un poco tarde. Hay demasiados círculos comunistas en los que ser sospechoso de simpatía hacia usted es tan grave como serIo hacia el fascismo. Su marcha y los insultos de los periódicos muestran que la revolución es una..."..

                      Unas semanas antes, Trotsky había manifestado su simpatía  con el visitante: "Léanse atentamente las dos novelas del autor francés Malraux Les Conquérants y La Condition humaine. Sin darse cuenta de las relaciones y consecuencias políticas, el artista formula un acta de fulminante acusación contra la política de la internacional comunista en China y, de la manera más sorprendente, confirma a tra­vés de escenas y personajes todo lo que la oposición de izquierda había explicado por medio de tesis y fórmulas...".

            Durante todo aquel período (1933-1934), Malraux actuó abiertamente como activo simpatizante del que Churchill llamará el "gran negador", al que quería volver a ver en la URSS, como quería un partido unido en el que los "trotskistas" tuvieran su lugar.

          Era evidente que en esta opción tenía mucho que la condición de mito de Trotsky y su gesto en Moscú era un, pero también  es cierto que Malraux se sintió identificado por algunos criterios básicos de la oposición, comenzando por el planteamiento de "frente único" contra el fascismo (el 6 de febrero de 1934, firmó un texto en favor del «Frente único» que los comunistas desaprobaban); su simpatía iba tan lejos como para conducirle a acciones más arrogantes que hablar en Ios mítines parisienses organizados casi en todas partes contra la expulsión de Trotsky. En una apasionante reunión celebrada en la sala Albony por iniciativa de la Liga Comunista (oposición de izquierda) y con el sector de izquierdas del Partido Socialista de Marceau Pivert,  habló junto con éste, Pierre Frank e Iván Craipeau. En una reseña aparecida en La Vérite, órgano de la Liga Comunista se hizo ampliamente eco de la intervención de Malraux:  "El orador lanzó un vibrante llamamiento a la realización de la Unidad para la tarea que se impone, la revolución en Francia. "Sepamos comprender que la revolución es una"- Volviendo sobre la expulsión del jefe de los bolcheviques leninistas, concluyó en medio de calurosísimos aplausos, prohibiendo que se "humille a una parte de la fuerza revolucionaria que hizo temblar San Peters­burgo"

                No obstante, en el mes de abril  de 1935,  Malraux llevó  a cabo un gesto de ruptura a negarse a intervenir a favor de escritor revolucionario que tenía su leyenda en Francia, Victor Serge, deportado por las autoridades soviéticas durante la primera gran purga que siguió al asesinato e Kirov. Con evidente amargura, Trotsky subrayó aquel silencio en  La Vérite...Luego ya nada será igual, Malraux, aunque reticente –se niega a condenar a Gide-, Malraux  cree que hay que supeditarlo todo a la causa antifascista, de ahí su silencio sobre los procesos en Moscú o sobre el POUM. Cree que el estalinismo no empaña la causa del comunismo al igual que la Inquisición no lo hizo con el cristianismo…Con el pacto nazi-soviética basculará hacia el nacionalismo, se olvida de Lawrence de Arabia y de Trotsky, y se convierte en un “camelot” del general De Gaulle, y en un anticomunista.

                Como tantos otros, ya había logrado su prestigio cuando era un revolucionario.

                    Anexo

 

                    León Trotsky sobre Malraux

 

                  1.  De la revolución estrangulada y de sus estranguladores.

Respuesta a André Malraux

                    Un trabajo urgente me impidió leer oportunamente el artículo de Malraux, quien aboga, contra mi crítica, en favor de la Internacional Comunista, de Borodín, de Garín y en el suyo propio. Como escritor político, Malraux está aún más lejos del proletariado y de la revolución que en su condición de artista. De por sí, este hecho no bastaría para justificar las líneas que siguen, pues nunca se ha dicho que un escritor de talento tenga necesariamente que ser un revolucionario proletario. Si, a pesar de todo, vuelvo a- examinar una cuestión ya tratada, es por el interés del tema y no para hablar de Malraux. Las mejores figuras de su novela, dije, se elevan hasta convertirse en símbolos sociales. Debo añadir que Borodín, Garín y todos sus "colaboradores" son los símbolos de una burocracia casi revolucionaria de ese nuevo " tipo social" nacido, por un lado, gracias a la existencia del Estado soviético y, por otro lado, gracias a cierto régimen de la Internacional Comunista.

                      Me negué a asimilar a Borodín al tipo de los "revolucio­narios profesionales", aunque así se le caracterice en la novela de Malraux. El autor trata de probarme que Garín posee suficientes botones de mandarín como para tener derecho al título en cuestión. Malraux no juzga inoportuno añadir que Trotski posee algunos botones de más. ¿No resulta cómico? El tipo del revolucionario profesional no tiene nada de un personaje ideal. En todo caso, es un tipo bien definido, que tiene su biografía política y rasgos clara­mente marcados. Sólo Rusia ha sido capaz de crear, desde hace algunas decenas de lustros, ese tipo y, en Rusia, más cabalmente que cualquier otro partido, el de los bolchevi­ques.

                    Los revolucionarios profesionales de la generación a la que, por su edad, pertenece Borodín, comenzaron a formarse en vísperas de la primera revolución, pasaron la prueba de 1905, se templaron y se instruyeron (o se corrompieron) durante los años de la contrarrevolución. En 1917 tuvieron la mejor ocasión de verificar lo que eran. De 1903 a 1918, es decir, en el periodo en que se formaba, en Rusia, el tipo del revolucionario profesional, un Borodín, centenares y millares de sus semejantes se quedaron al margen de la lucha. En 1918, después de la victoria, Borodín entró al servicio de los soviets: ello le honra; es más honroso servir a un Estado proletario que a un Estado burgués. Borodín se encargaba de misiones peligrosas. Con frecuencia, los agentes de las potencias burguesas en el extranjero, sobre todo las colonias, corren también grandes peligros en el cumplimiento de su tarea, y no por ello son revolucionarios. En determinadas circunstancias, el tipo del funcionario aventurero y el del revolucionario profesional pueden tener ciertos puntos de semejanza. Por su constitución síquica, así como por su función histórica, son, sin embargo, dos tipos opuestos.

                      El revolucionario se abre un camino con su clase. Si el proletariado es débil, atrasado, el revolucionario se limita a hacer un trabajo discreto, paciente, prolongado y poco reluciente, creando círculos, haciendo propaganda, prepa­rando cuadros; con el apoyo de los primeros cuadros que ha creado, conseguirá agitar a las masas, legal o clandestina­mente, según las circunstancias. Hará siempre una distinción entre su clase y la clase enemiga, y no tendrá más que una política, la que corresponda a las fuerzas de su clase, y las fortalezca. El revolucionario proletario, ya sea francés, ruso o chino, considerará a los obreros chinos como un ejército suyo, para hoyo para mañana. El funcionario aven­turero se sitúa por encima de todas las clases de la nación china. Se cree llamado a dominar, a decidir, a mandar, inde­pendientemente de las relaciones internas entre las fuerzas existentes en China. Al comprobar que el proletariado chino es actualmente débil y no puede ocupar con seguridad los puestos de mando, el funcionario trata de conciliar y com­binar clases diferentes. Actúa como inspector de una nación, como virrey encargado de los asuntos de una revolución colonial. Busca un entendimiento entre el burgués conser­vador y el anarquista, improvisa programas ad hoc, edifica una política basada en equívocos, crea un bloque de cuatro clases opuestas; se hace tragasables y patina en los princi­pios. ¿Cuál es, pues, el resultado? La burguesía es más rica, más influyente, más experimentada. El funcionario aventu­rero no consigue engañarla. Por el contrario, ese funcionario logra embaucar a los obreros llenos de abnegación aunque inexpertos, entregándolos a la burguesía.

                    Este es el papel desempeñado por la burocracia de la Internacional Comunista en la revolución china.

                  Al estimar que el derecho de la burocracia "revoluciona­ria" es el de mandar, independientemente, desde luego, de la fuerza del proletariado, Malraux nos enseña que era impo­sible participar en la revolución china sin participar en la guerra, que era imposible participar en la guerra sin estar afiliado al Kuomintang, etc. A lo que añade que la ruptura con el Kuomintang obligaría al Partido Comunista a entrar en la acción clandestina. Cuando pensamos que semejantes argumentos resumen la filosofía de los representantes de la Internacional Comunista en China, MO podemos evitar decir: ¡SÍ, la dialéctica del proceso histórico les juega a veces trastadas a las organizaciones, a los hombres ya las ideas! Para intervenir COM éxito en los acontecimientos, dirigidos por la clase enemiga, habría que subordinarse a ésta en política; para escapar a la represión del Kuomintang, habría que adoptar sus colores... i He ahí todo el secreto que Borodín y Garín tenían que revelarnos!

                  La apreciación política dada por Malraux sobre la situa­ción, las posibilidades y los problemas de la China de 1925, es completamente falsa; apenas alcanza este autor el punto en que comienzan a delinearse los verdaderos problemas. He dicho a ese respecto todo lo que precisaba decir. En todo caso, el artículo de Malraux publicado en otro lugar no me da motivo para revisar lo que he dicho. Inclusive si nos situamos en el terreno del juicio erróneo que da Malraux de la situación, es absolutamente imposible reconocer como justa la política de Stalin-Borodín-Garín. Para protestar contra esa política en 1925, había que ser previsor. Defenderla en 1931 exige una ceguera incurable.

                ¿Procuró otra cosa al proletariado chino la estrategia de los funcionarios de la Internacional Comunista que humilla­ciones, el exterminio de los cuadros militantes y, lo que es peor, un espantoso confusionismo? ¿La vergonzosa capitu­lación ante el Kuomintang protegió al partido de las repre­siones? Muy por el contrario, de ello resultó un incremento y una concentración de las medidas represivas. ¿No tuvo el Partido Comunista que entrar en la acción subterránea de la ilegalidad? ¿ Y cuándo ? i En el periodo de desastre de la revolución! Si los comunistas hubieran comenzado actuando subterráneamente en la época del ascenso revolucionario, hubieran podido manifestarse luego abiertamente a la cabeza de las masas. Habiendo creado la confusión en el partido, desfigurándolo y desmoralizándolo con la ayuda de los Borodín-Garín, Chang Kai-chek tenía las manos libres para obligar al partido a entrar en la clandestinidad, en estos años de contrarrevolución. La política de Borodín-­Garín estuvo íntegra y totalmente al servicio de la burguesía china. El Partido Comunista chino debe recomenzar su obra desde el principio y sobre un terreno cubierto de escombros, atestado de prejuicios, de errores no reconocidos, y expuesto a la desconfianza de los obreros avanzados.

                        El carácter criminal de toda esta política es particularmente flagrante en algunas cuestiones de detalle. Malraux le apunta un mérito a Borodin y Cia, por haber entregado los terroristas a la burguesía, ya que de ese modo llevaban conscientemente al líder burgués Cheng-Dai a sucumbir bajo el terror. Semejante maquinación es digna de un Borgia burócrata o de esa nobleza polaca revolucionaria, que siempre ha preferido practicar el asesinato, disimulándose tras el pueblo. No, el problema no consistía en ejecutar a Cheng-Dai en una celada; la verdadera tarea consistía en preparar el derrocamiento de la burguesía. Cuando un partido revolucio­nario se ve obligado a matar, actúa asumiendo plenamente sus responsabilidades, invocando tareas y objetivos accesibles y comprensibles para la masa.

                      La moral revolucionaria no reposa sobre las normas abs­tractas de Kant. Se forma con las reglas de conducta que ponen al revolucionario bajo el control de su clase, en sus tareas y designios. Borodín y Garín no estaban ligados a la masa, no estaban impregnados de un sentimiento de respon­sabilidad ante su clase. Son superhombres de la burocracia, que creen que "todo está permitido"... en los límites de la delegación recibida de las autoridades superiores. La acción de esos hombres, por destacada que pueda ser en determinados momentos, se vuelve, en fin de cuentas, necesaria­mente, contra los intereses de la revolución.

                      Después de haber hecho asesinar a Cheng-Dai por Hong, Borodín y Garín entregan a los verdugos a Hong ya su grupo. Toda su política, como se ve, está estigmatizada por el signo de Caín. También aquí Malraux toma su defensa. ¿Cuál es su argumentación? Dice que Lenin y Trotski trataron con igual implacabilidad a los anarquistas. Es difícil creer que esto haya sido dicho por un hombre que, por lo menos durante algún tiempo, tuvo algo que ver con la revolución. Malraux olvida o no comprende que una revolución se hace contra una clase, para asegurar el dominio de otra y que, sólo ante esta tarea adquieren los revolucionarios el derecho a ejercer la violencia. La burguesía extermina a los revolu­cionarios, a veces también a los anarquistas (pero a éstos cada vez menos, pues se vuelven cada día más sumisos) para mantener un régimen de explotación y de infamia. En pre­sencia de una burguesía dirigente, los bolcheviques salen siempre en defensa de los anarquistas contra los Chiappe. Cuando los bolcheviques conquistaron el poder, hicieron todo lo posible por ganar a los anarquistas para la dictadura del proletariado, y la mayoría de los anarquistas fue efectiva­mente arrastrada por los bolcheviques. Pero, en efecto, los bolcheviques trataron muy duramente a los anarquistas que buscaban la ruina de la dictadura del proletariado. ¿Tenía­mos razón? ¿No la teníamos? Se apreciará según la opinión que se pueda tener de la revolución que llevamos a cabo y del régimen establecido por ella. Pero, ¿se puede imaginar un segundo que bajo el gobierno del príncipe Lvov, bajo el de Kerenski, en régimen burgués, los bolcheviques hubiesen sido los agentes de semejante gobierno para exterminar a los anarquistas? Basta con plantear claramente la pregunta para rechazarla con asco.

                      Al igual que el juez Bridoison descuidaba siempre el fondo de su asunto, interesándose sólo en la "forma", la burocracia seudorrevolucionaria y su abogado en literatura no se interesan más que por el mecanismo de una revolución, sin preguntar a qué clase ya qué régimen debe servir esa revolución. En ese punto, un abismo separa al revolucionario del funcionario de la revolución.

                    Lo que dice Malraux del marxismo es verdaderamente curioso. Según él, la política marxista no era aplicable en China, ya que, en su opinión, el proletariado chino no tenía aún conciencia de clase. En ese caso, parecería que el pro­blema consistiría en despertar esa conciencia de clase. Ahora bien, Malraux concluye justificando una política dirigida contra los intereses del proletariado.

                    Malraux utiliza otro argumento que no es más convincente, pero sí más divertido: Trotski, dice, afirma la utilidad del marxismo para la política revolucionaria; pero Borodín también es marxista, al igual que Stalin; por lo que hay que pensar que el marxismo no tiene nada que ver en la cuestión...

                    En lo que a mí respecta, defendí la doctrina revolucionaria contra Garín, al igual que defendería la ciencia médica contra un curandero pretencioso. El curandero me replica que los médicos titulares matan frecuentemente a sus enfermos. El argumento es indigno, no sólo de un revolucionario, sino de un vulgar ciudadano que posea una instrucción media. La medicina no es topoderosa; los médicos no llegan siempre a curar; entre ellos, hay ignorantes, imbéciles y hasta envene­nadores; no es en caso alguno una razón para autorizar a los curanderos, que no han estudiado nunca la medicina y que niegan su importancia.

                  Después de haber leído el artículo de Malraux, tengo que hacer una corrección a mi artículo precedente: había escrito que la inoculación de marxismo le sería útil a Garín. He cambiado de opinión.

                    Kadikoy, 12 de junio de 1931

                  2.  Sobre una interviú de André Malraux

                    La interviú de André Malraux en "El Nacional" sobre España, Francia, los procesos de Moscú y André Gide, tiene un carácter completamente oficial, lo mismo que su viaje a Nueva York, como puede suponerse.

                  Cuando Malraux rinde homenaje a la valentía ya la política perspicaz del gobierno del presidente Cárdenas con respecto a la revolución española, no tengo, ciertamente, ninguna objeción que hacerle en ese sentido. No puedo sino expresar mi pesar porque la iniciativa de México no haya encontrado apoyo alguno. Las duras palabras concernientes a León Blum tienen un carácter mucho más equívoco. No soy yo quien va a defenderlo. Pero en todas las cuestiones que conciernen a España, Stalin ha seguido y continúa siguiendo una política completamente semejante a la de Blum. Parece que la responsabilidad por las consecuencias de esta política que practican en Moscú esté hecha para caer solamente sobre Blum. Sin embargo, la misión de Malraux no consiste en una clarificación de estas cuestiones. Como otros diplomáticos, y sobre todo los "oficiosos", Malraux habla lo menos posible de lo que más le interesa.

                    Nueva York es actualmente el centro del movimiento, por la revisión de los procesos de Moscú. Este es, digámoslo de paso, el único medio de evitar nuevos asesinatos judiciales. No es necesario explicar cuánto alarma este movimiento a los organizadores de las amalgamas de Moscú. Están dispues­tos a recurrir a cualquier medida para detener este movi­miento. El viaje de Malraux es una de estas medidas.

                    En 1926, Malraux se encontraba en China al servicio del Komintern-Kuomintang, y es uno de los que comparten la responsabilidad del estrangulamiento de la revolución china. En sus dos novelas, Malraux, sin quererlo, ha dado un cuadro revelador de la política del Komintern en China. Pero no supo extraer las consecuencias necesarias de sus propias experiencias.

                    Malraux, como André Gide, forma parte de los amigos de la URSS. Pero hay una enorme diferencia entre ambos, y no sólo en la envergadura del talento. André Gide es un carácter absolutamente independiente, que posee una gran perspicacia y una honestidad intelectual que Ie permite llamar a cada cosa por su nombre. Sin esta perspicacia, se puede balbucear sobre la revolución, pero nunca servirla.

                  Al contrario que Gide, Malraux es orgánicamente incapaz de independencia moral. Sus novelas están todas impregna­das de heroísmo, pero él mismo no posee esta cualidad en el menor grado. Es oficioso de nacimiento. En Nueva York, lanza un llamamiento a olvidarlo todo, menos la revolución española. Sin embargo, el interés por la revolución española no impide a Stalin exterminar decenas de viejos revolucio­narios, Malraux mismo abandona España para llevar a cabo en Estados Unidos una campaña de defensa del trabajo judicial de Stalin-Vichinski. Hay que añadir a esto que la política del Komintern en España refleja perfectamente su política fatal en China. Tal es la verdad sin veladuras.

La Lutte Ouvriere, 9 de abril de 1937

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