A pesar del enorme dispositivo policial frente a la manifestación en protesta por el asesinato de Carlos, la respuesta antifascista fue masiva. Foto: Quieres Callarte
Los medios de comunicación mayoritarios y los representantes institucionales suelen tratar las agresiones fascistas como incidentes aislados perpetrados por jóvenes violentos de ideología neonazi. No se considera la enorme amenaza que supone la existencia de estos grupos ni tampoco se intenta explicar las causas de su surgimiento y crecimiento. La magnitud del problema se mide en términos únicamente cuantitativos: el número de agresiones, la cantidad de miembros de los grupos ultra… A partir de esta visión tan simplista, la conclusión consiste en apelar a la represión policial y judicial contra estos “fanáticos” y “extremistas”, del mismo modo que si se tratara de una banda cualquiera de delincuentes.
             
Considerar los ataques fascistas como simples agresiones cometidas por fanáticos no ayuda en absoluto a enfrentar el problema. Los incidentes más dramáticos y de mayor repercusión mediática tienen detrás un entramado organizativo e ideológico que utiliza diferentes disfraces y estrategias para alcanzar unos objetivos que van mucho más allá de las agresiones que realizan cada día. Ni se trata de hechos aislados ni de grupúsculos que debamos ignorar.
             
Conocer la realidad en la que se enmarca el movimiento fascista es esencial para explicar tanto sus fundamentos como la posibilidad de conseguir su objetivo de imponer un sistema totalitario que aplaste toda resistencia a los intereses de la clase dirigente. A la hora de organizar la resistencia al fascismo resulta necesario identificar correctamente al enemigo tanto para valorar la amenaza que representa como para conocer sus puntos débiles. Es muy importante no adoptar concepciones vagas que identifiquen fascismo con capitalismo, neoliberalismo o derecha y desorienten así al movimiento antifascista. El fascismo implica mucho más.
Identificar el fascismo
Desde el ámbito académico han corrido ríos de tinta analizando los regímenes fascistas, describiéndolos, comparándolos entre sí y estableciendo largas listas de similitudes y diferencias, en algunos casos escandalosamente superficiales. De estos trabajos no se ha derivado ninguna propuesta estratégica consistente para luchar contra el fascismo, sin ir más allá de la mera interpretación o descripción, generalmente al no prestar la atención que merecen su origen, evolución y el papel histórico que jugaron estos movimientos. En lugar de analizar sus causas, únicamente se consideran sus consecuencias y formas.
             
Por otro lado, desde el compromiso real con la lucha antifascista, es común encontrar una concepción excesivamente amplia y ambigua del fascismo. Desde esta perspectiva, los militantes neonazis serían los elementos más crueles y odiados de un sistema socioeconómico fascista, con medios de comunicación fascistas, una policía fascista, partidos políticos fascistas, etc. Así, para estos sectores del movimiento antifascista, el rostro de la bestia se encontraría tanto en los grupos neonazis como en los partidos mayoritarios como el PP, en el aparato represor del Estado, las grandes empresas… , a la vez que se rechazaría el trabajo conjunto con fuerzas políticas y sociales dispuestas a movilizar contra el fascismo, pero que no entendieran la necesidad de acabar con el sistema capitalista actual y todas sus instituciones.
             
Si bien hay una relación muy íntima entre fascismo y capitalismo, se trata de dos realidades diferentes. El fascismo es un movimiento político y social que representa la forma más sanguinaria y brutal de gestionar el capitalismo, con un proyecto basado en la implantación de un sistema autoritario que penetre todas las esferas de la sociedad con el objetivo de aplastar cualquier resistencia u organización autónoma. Implica la eliminación y prohibición de toda forma diferente de pensar o actuar, la negación de cualquier libertad, derecho o estructura mínimamente democrática que no sea corporativa mediante una represión brutal, sistemática e institucionalizada.
             
Los fascistas alimentan su discurso con las contradicciones y prejuicios existentes. De este modo, el racismo, el españolismo, el imperialismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia… son ideas que explotan para explicar sus soluciones ante problemas como la precariedad, el paro, el precio de la vivienda… Los medios de comunicación y los partidos mayoritarios, al difundir en muchos casos argumentos que alimentan este tipo de ideas reaccionarias, están propiciando el caldo de cultivo que necesitan los fascistas para crecer.
             
Se trata de un movimiento que goza de cierta autonomía, no surge de los grandes capitalistas, sino que ha recibido su apoyo en momentos determinados de crisis en los que no había otra alternativa para aplastar el avance de las organizaciones obreras y campesinas. Puede verse como una herramienta a la que recurre la clase dirigente en momentos de crisis para continuar manteniendo sus privilegios y beneficios. Sin embargo, no supone el sistema ideal para el funcionamiento del capitalismo, cuyo afán de beneficios prefiere la relativa estabilidad y legitimidad que otorgan la democracia representativa y sus instituciones, aunque esto suponga repartir algunas migajas.
             
Así, la vinculación del fascismo a los contextos de crisis económica y política es doble. Por un lado, su falsa retórica anticapitalista y antioligárquica, a menudo inspirada en los movimientos socialistas, conecta en estas situaciones de desesperación y pobreza con un mayor público potencial. Culpar a las minorías étnicas o nacionales de los problemas de la mayoría, defender los valores e intereses de la gran nación… son argumentos que en momentos de crisis pueden convencer ante la falta de alternativas y el descrédito alcanzado por las ideas dominantes de una sociedad en decadencia. Y por el otro lado, en los momentos de crisis, ante el crecimiento de las opciones revolucionarias desde la izquierda y una organización de la clase trabajadora que empieza a desarrollar alternativas al orden capitalista, los grandes empresarios empiezan a ver en los grupos fascistas un aliado dispuesto a enfrentarse físicamente a unos movimientos y organizaciones sociales que amenazan sus privilegios.
             
Un elemento esencial para entender el fascismo consiste en su carácter de clase, alineado con los defensores de la propiedad privada. Ante las supuestas amenazas extranjeras y los traidores a la patria, defienden férreamente a los medianos y pequeños empresarios (hoy, por ejemplo, las organizaciones fascistas disfrazadas de localistas y ecologistas Plataforma por Madrid y Foro Verde declaran su preocupación por este tipo de comerciantes). En los ejemplos históricos, el partido fascista italiano y el nazi alemán contaban con una sobrerrepresentación de estos sectores. La proporción de esta pequeña burguesía en el interior de ambos partidos era entre un 50 y un 80% superior a su peso en la población real. Al contrario, la proporción de trabajadores dentro de estos partidos era aproximadamente la mitad que su proporción en la sociedad.
             
Precisamente este carácter de clase de las organizaciones fascistas produce la atracción de los grandes empresarios en momentos de crisis para imponer su orden y su acumulación de beneficios. Pero para que estos partidos logren ganarse el apoyo del Estado y de los más poderosos, en primer lugar, necesitan una dinámica propia y crecer en base al apoyo que encuentran en los pequeños y medianos propietarios y en miembros de las clases más desfavorecidas que, sumidos en la desesperación, asumen unas ideas que canalizan su odio hacia inmigrantes, minorías nacionales, etc. Por lo tanto, aunque el fascismo represente un movimiento de masas que parece muy poderoso en sus marchas y acciones, en realidad se trata de un movimiento basado en la suma de individuos aislados y cuyo único espacio natural son las calles. “Polvo humano”, en expresión de Trotsky. No cuenta con la fuerza social y el poder estratégico propios de la clase trabajadora organizada en su lugar de trabajo, capaz de realizar huelgas que paralicen la economía. El propio Hitler, en este sentido, decía que “las manifestaciones de masas deben marcar, en el alma del pequeñoburgués, la convicción de que a pesar de que sea un gusano pequeño, forma parte de un gran dragón”.
             
Recapitulando, podríamos decir que el fascismo consiste en un movimiento de masas que sienta sus bases sobre todo en las clases medias, alimentándose de las ideas más reaccionarias de la sociedad y encontrando en momentos de crisis profundas el apoyo de la clase dirigente para defender sus intereses ante el auge de los movimientos sociales y la autoorganización de los trabajadores y trabajadoras. Ante la enorme amenaza que representan estos movimientos, identificarlos bien y combatirlos antes de que sea demasiado tarde es una necesidad imperante.
Los fascistas que llegaron al poder
En los años 20 y 30 en Europa encontramos todos estos elementos: crisis política y económica, enorme polarización social, auge de movimientos obreros y organizaciones revolucionarias, apoyo del Estado y la clase dirigente a los partidos fascistas… Estas experiencias tendrían que servirnos a los antifascistas de hoy para no caer en los mismos errores, como de hecho en parte está sucediendo en varios sentidos que deberíamos analizar.
             
El problema principal ante el auge del fascismo consistió en la falta de unidad y contundencia de la lucha antifascista, especialmente en los casos italiano y alemán. En los años veinte se desarrolló por toda Europa una importante ola de luchas de una clase trabajadora organizada mayoritariamente en sindicatos y partidos socialistas y comunistas. En un contexto de fuertes convulsiones sociales, la pequeña burguesía se encontraba presionada entre los grandes empresarios y la clase trabajadora, sintiéndose cada vez más atraída por los movimientos fascistas.
             
Al principio estas organizaciones fascistas eran muy vulnerables y gozaban de un escaso apoyo electoral. La llegada del fascismo al poder no fue en ningún sentido inevitable. En Italia, ante los ataques y la violencia fascista, los trabajadores organizaron en 1921 una red de comités de autodefensa conocidos como Arditi u del popolo. El éxito de esta organización popular provocó incluso la dimisión del ejecutivo fascista de un Mussolini que se declaraba “deprimido”. Sin embargo, los influyentes Partido Socialista Italiano y la central sindical CGL se desmarcaron del Arditi del popolo y firmaron un “Pacto de Pacificación” con Mussolini, denunciando las prácticas violentas para enfrentar a los fascistas. Por su parte, el Partido Comunista Italiano también instó a sus bases a dejar de participar en el Arditi para construir comités de defensa netamente comunistas, necesarios en un escenario donde definían a la izquierda socialdemócrata como igualmente capitalista y calificándola de socialfascista.
             
En el caso alemán, el movimiento nazi en sus inicios también contaba con escasos apoyos. En 1928 sólo consiguió unos 800.000 votos, un 2’6%. Poco antes de llegar al poder, Hitler reconocía que “sólo una cosa hubiera podido pararnos: si nuestros adversarios hubiesen comprendido los principios de nuestro movimiento y, desde el primer día, lo hubiesen machacado con la máxima brutalidad”. Sin embargo, el nazismo no se aplastó en sus inicios debido a una falta de comprensión de su proyecto y a un problema de unidad en la lucha. Por su parte, el partido socialdemócrata SPD no reconoció la amenaza que representaba. Uno de sus dirigentes, Kautsky, se congratulaba porque “hemos contenido a los nazis en el terreno de la legalidad”. Al obsesionarse con la legalidad y la constitución, los socialdemócratas no actuaron contundentemente contra los nazis hasta que fue demasiado tarde.
             
El partido comunista alemán, el KPD, rechazaba cualquier tipo de unidad con la socialdemocracia y optó por luchar en solitario. Consideraba que el SPD era un partido capitalista y, por tanto, era igual de detestable que los nazis. Algunos llegaban a afirmar que los socialdemócratas eran más peligrosos porque tenían un discurso más engañoso y menos honesto, mientras que los nazis era obvio de qué iban.
             
Trotsky escribió una fábula para ilustrar las terribles consecuencias de estas ideas. Cuenta que un comerciante de ganado condujo unas vacas al matadero. El carnicero se acercaba con un cuchillo afilado y una vaca sugirió que se unieran y embistieran con sus cuernos al asesino. Otras vacas le contestaron preguntándole en qué sentido era peor el carnicero que el ganadero que las había llevado hasta allí. La primera vaca replicó: “¡Pero también podemos ocuparnos del ganadero después!”. “No –respondieron las vacas, firmes en sus principios–. Estás intentando, desde la izquierda, defender a nuestros enemigos. Tú mismo eres un socialcarnicero”. Y rechazaron unirse.
             
En el Estado español también estuvo presente la acusación del socialfascismo, aunque en un sentido inverso. Con la revolución social desatada en 1936, los trotskistas defendían la unidad revolucionaria para combatir al fascismo y transformar la sociedad, mientras que los comunistas apostaban por ganar primero la guerra y hacer después la revolución, aliándose con partidos capitalistas y frenando el proceso de cambio social. Los trotskistas fueron acusados así de colaboracionistas y socialfascistas.
             
En diversos contextos, la idea del socialfascismo implicó que los comunistas no buscaran la unidad necesaria para aplastar a los fascistas. Definir ahora al fascismo de forma ambigua y generalista puede volver a imposibilitar la construcción de un movimiento unitario.
Combatir hoy al fascismo
En la manifestación con lemas racistas de Democracia Nacional el 11 de noviembre en un barrio madrileño donde viven muchos inmigrantes, el asesinato del antifascista Carlos Palomino evidenció el serio problema del auge de la extrema derecha y su violencia. La respuesta en los días siguientes fue fulminante, con decenas de miles de antifascistas saliendo a las calles en más de cien movilizaciones por ciudades de todo el Estado. Especialmente en Madrid, las convocatorias exitosas se sucedían desde el mismo día del asesinato, demostrando el gran potencial de un movimiento antifascista consternado por el asesinato del joven compañero.
             
Sin embargo, hubo demasiada dispersión en las convocatorias, lo que creaba confusión entre la gente no organizada. La única convocatoria realmente unitaria reunió en Vallecas –barrio de Carlos– a más de 10.000 personas, desde anarquistas hasta miembros del PSOE, en un contexto mediático de criminalización del movimiento antifascista.
             
Dentro de los sectores más combativos del antifascismo, predominó la postura que rechazaba presionar a las fuerzas políticas y sociales más moderadas para movilizar conjuntamente. Por su parte, el papel de los referentes de la izquierda institucional fue nefasto, denunciando tímidamente la agresión fascista y criminalizando al movimiento de respuesta. El gobierno del PSOE prohibió la manifestación de la Coordinadora Antifascista de Madrid que se viene realizando cada año con motivo del 20N y desplegó un enorme dispositivo policial para intentar impedir un homenaje a Carlos que aún así tuvo lugar. La cobardía de la izquierda institucional quedó patente en la manifestación convocada el 2 de diciembre con el ambiguo lema Por la convivencia democrática. Madrid en pie de paz, que decidieron desconvocar tras el asesinato de dos guardias civiles por parte de ETA.
             
Aunque las manifestaciones antifascistas fueron muchas más y mucho más numerosas, los fascistas siguieron con su actividad tras el asesinato, por ejemplo, con varios actos públicos homenajeando el 20N. En una convocatoria de la Confederación Nacional de Combatientes en honor a Franco y Primo de Rivera, el líder de Acción Juvenil Española, José Luis Corral, calificó de “héroe nacional” a Josué Estébanez, el asesino de Carlos. Además, en diciembre se sucedieron el apuñalamiento a un joven antifascista en Cáceres, las agresiones a un militante de Joves d’Esquerra Verda en Terrassa, a un miembro de la asociación cultural y musical La Quimera de la localidad valenciana de Mislata, a estudiantes latinoamericanos en Salamanca, el ataque de 10 neonazis con palos y bengalas al centro cultural La Piluka de Madrid o la agresión en RENFE de un segurata nazi a un militante de UJC-Madrid.
             
El fascismo en Europa representa una seria amenaza que aumenta desde hace varios años, como demuestra su auge electoral y su entrada en numerosas instituciones. Un informe de ACNUR denuncia que en Europa se produce un acto xenófobo o de violencia racista cada tres minutos. En el Estado español, aunque las organizaciones fascistas se encuentran divididas y carecen de un referente aglutinador al estilo del Frente Nacional de Le Pen en Francia, hay movimientos en este sentido, aumentan su presencia en las calles y multiplican sus manifestaciones y actos. Según un informe del Movimiento Contra la Intolerancia, en el Estado español, desde 1991, se han producido más de 75 crímenes motivados por el odio xenófobo, racial o neonazi, así como millares de agresiones graves, afectando en su mayoría a inmigrantes e indigentes. Otros datos inquietantes en este informe serían las más de 20 organizaciones políticas de extrema derecha legalmente registradas, las más de 100 webs racistas, 70 bandas de música fascista o los más de 10.000 ultras y neonazis. Valorar la amenaza no debe implicar paralizarnos por el miedo: nosotras y nosotros somos muchísimos más.
             
Como muestran las cifras, el fascismo, además de representar un proyecto muy peligroso, también consiste en un movimiento que cada día provoca sufrimiento y ejercita la violencia contra los más desfavorecidos y la gente de izquierda. Aunque para combatirlo también es necesario luchar contra sus fundamentos –las situaciones de precariedad y marginación, el racismo, la islamofobia, el sexismo, el españolismo… en definitiva: el capitalismo y su ideología dominante–, el peligro real y potencial que representan los grupos neonazis requiere una respuesta específica y contundente. Pensar que todo el capitalismo es fascismo conduce a menospreciar la necesidad de combatir a este último de forma especial, como sucedió dramáticamente en el pasado.
             
En este sentido, manifestaciones antifascistas que mezclan en sus convocatorias lemas anticapitalistas, como por ejemplo algunas de las realizadas en Madrid con motivo del 20N, dificultan la creación de un movimiento lo más amplio posible. La necesidad práctica implica construir un movimiento antifascista fuerte y unitario y, desde su interior, luchar para que éste adopte posiciones anticapitalistas, en lugar de construir un movimiento desde un principio revolucionario que necesariamente excluirá a muchos sectores y, por lo tanto, perderá la fuerza que otorga la enorme superioridad numérica ante los neonazis. Los neonazis agreden tanto a moderados como a revolucionarios, así que podemos actuar desde una resistencia común.
             
Como se decía al principio, es muy importante reconocer a los fascistas y desenmascararlos. No podemos permitirnos ignorarlos o menospreciarlos como grupúsculos sectarios y menos aún legitimarlos como opciones respetables. Esto último resulta especialmente relevante en la actualidad, puesto que, ante el enorme descrédito que el fascismo ha sembrado en la opinión pública, muchas organizaciones fascistas están readaptando su estrategia presentándose como democráticas, que propugnan los controles a la inmigración aunque rechazan el apelativo de racistas, por ejemplo.
             
Las calles son el lugar donde los grupos fascistas se organizan y crecen. Es fundamental no dejarles ningún espacio para actuar públicamente y ganar influencia, lo que implica la necesidad de enfrentarlos físicamente si es necesario cuando intenten manifestarse o realizar actos, movilizando al máximo de gente posible contra sus expresiones xenófobas y fascistas. Su libertad de expresión implica la negación de cualquier otra libertad, así como la apología de las agresiones fascistas y su puesta en práctica.
             
Para no repetir los errores del pasado es necesario identificar bien a los fascistas, quitarles cualquier disfraz democrático que intenten adoptar y no dejarles ningún margen de maniobra. La unidad con todas las fuerzas de izquierda que rechacen el fascismo, por muy débiles o conformistas que sean sus planteamientos, proporcionará la capacidad numérica para frenarles en todos los ámbitos. Una combinación del trabajo de sensibilización, educación y propaganda antifascista con la confrontación a los nazis allí donde intenten realizar cualquier acto público es fundamental para negar su libertad de “expresión”, es decir, su libertad de dar palizas, agredir, realizar discursos xenófobos y crecer.
#1
12-02-2008 21:38
Se trata de un movimiento que goza de cierta autonomía, no surge de los grandes capitalistas...¿que estás de broma o eres un intoxicador?
"En el Estado español también estuvo presente la acusación del socialfascismo, aunque en un sentido inverso. Con la revolución social desatada en 1936, los trotskistas defendían la unidad revolucionaria para combatir al fascismo y transformar la sociedad, mientras que los comunistas apostaban por ganar primero la guerra y hacer después la revolución, aliándose con partidos capitalistas y frenando el proceso de cambio social. Los trotskistas fueron acusados así de colaboracionistas y socialfascistas.
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#2
12-02-2008 21:48
¿que los troskistas defendían la unidad revolucionaria mientras que los comunistas apostaban por "ganar primero la guerra y hacer después la revolución" aliándose con los partidos capitalístas  frenando el proceso de cambio social?
Me parece que has escuchado campana y no sabes en que pueblo estás, la frase entrecomillada de primero ganar la guerra y después hacer la revolución" fue de Dolores Ibarruri  a Federica Monsetny  (esta grabado en filme) para que apoyase con las milicias catalanas y aragonesas el frente antifascista preciso para parar a Franco  que subía desde el sur.
Esta claro en tu propia exposición que los troskistas se aliaron con el anarquismo dándoles una oportunidad a los fascistas con la que no perdonaron hasta culminar el genocidio.
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#3
12-02-2008 21:55
 
"Para no repetir los errores del pasado es necesario identificar bien a los fascistas, quitarles cualquier disfraz democrático que intenten adoptar y no dejarles ningún margen de maniobra".
"Su bajestad mande!!
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#4.- Fascistas
Blas de Lezo|25-02-2008 21:41
Sois un tantico pelmas ¿a que sí? ¿con que agresiones fascistas? El saco de agresiones de  grupos de izquierda calificables o incalificables  está a rebosar, el taleguillo de lo que llamais "agresiones fascistas" además de pequeño, está casi vacío. Cuatro casos aislados, posiblemente peleas contra gente también peleona pero más vien cobarde, como suele ser la tropilla de las izquierdas, no hacen verano. En primer lugar es mejor que os entereis de lo que quiere decir fascista porque no se pude aprender historia o política en sellos de correos o en pintadas en las paredes. Vuestra ignorancia es tal que llega a conmover.
Bueno, pues a seguir siendo pelmas que es algo que llevais en vuestra sangre de horchata
Dosvidania tavariches...
Blas de Lezo
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