Consecuente con su vocación populista y neomilagrera, el actual Vaticano y la Iglesia en general, han renovado su apuesta la defensa de los “valores tradicionales”, y su pacto con los poderes establecidos. Una política que cuenta con siglos de tradición, y con muchedumbres que todavía comulgan, con mayor o menor fe, con más o menos hipocresía y/o sinceridad, con sus ritos y sus grandes palabras. En ese entramado, la historia de Lourdes sigue teniendo un papel. Ni tan siquiera la Francia laica, la que tanta envidia nos da, parece cuestionarse todo ese montaje con el que la Iglesia constantiniana mantiene sus negocios con almas dolientes y subyugadas.
    ¿A qué responde esta fascinación que Lourdes ejerce sobre miles de fieles? Esta pregunta inquietó al escritor realista francés Emile Zola que en el verano de 1891 asistió, estupefacto, a una impresionante peregrinación. El novelista había concluido prácticamente ya su saga sobre los Rougon-Mcquart y pensó otra nueva, Las tres ciudades, que trataría sobre Lourdes, Roma y París: “En el primero —escribió en una carta—, incluiría el ingenuo sueño del viejo catolicismo, el de la leyenda dorada, la necesidad de la fe y de la ilusión; en el segundo, el neocatolicismo, o más bien el neocatolicismo de este fin de siglo, de Vogu y los otros. El alto clero, el Papa, Roma, en fin, y Roma, tratando de adaptarse a las ideas modernas...” En otra carta añade: “En Lourdes mostraré la necesidad de ilusiones y de creencias que tiene la humanidad. La necesidad de felicidad y el amor a la vida, pues Lourdes no es otra cosa.” En su obra, escrita después de una minuciosa investigación en el lugar y en los archivos
    Zola escribe además de esta necesidad de fe, otras cosas.
Zola trata con emoción y respeto a esas multitudes que gritan: “Señor, curad nuestros males!, ¡Señor, curad nuestros males!”, pero los sitúa en un contexto real en el que subraya el acaparamiento y la explotación del culto de Bernadette por los Padres de la Gruta, el comercio de objetos piadosos y el mercantilismo triunfante, la venta del agua milagrosa y de las pseudo-reliquias, etc. También penetra en un recinto tabú: la vida de Bernadette, hija de un molinero arruinado y encuentra algunos personajes omitidos en las historias oficiales. Para Zola no hay duda: detrás de la inocencia de la niña se encuentran las manos de gente como el abate Ader que fu su primer guía espiritual y que profetizó previamente sus visiones celestiales. Analiza igualmente la situación de los humildes del lugar y descubre sus necesidades espirituales. La obra causó conmoción y Zola tuvo que enfrentarse nuevamente con el clero y las autoridades. Era una época en que el socialismo no respetaba el pacto establecido entre la Iglesia y las clases dominantes.
    Varias décadas más tarde, otro ilustre inconformista que también vivía indignado como Zola, pasó por allí. Se trataba de León Trotsky exiliado de incógnito en Francia, que escribió en su diario: “El año pasado, estuve con (Natalia) en Lourdes. ¡Qué grosería, qué impudicia, qué villanía! Un bazar de los milagros, un negocio comercial de gracias divinas. La propia gruta hace una impresión miserable. Es aquí, naturalmente, donde se encuentra el cálculo psicológico de los curas; no soliviantar a la pequeña gente por las grandiosas dimensiones de la empresa: la pequeña gente temen una vitrina demasiado magnífica. Al mismo tiempo ellos son los más fieles y los ventajosos compradores. Pero, lo mejor de todo, es esa bendición del Papa transmitida a Lourdes... por la radio. ¡Pobres milagros evangélicos, al lado del teléfono sin hilo...! ¿Puede haber algo más absurdo y más chocante que esta combinación del orgullo técnico con la brujería del super-druida de Roma? ¡En verdad, el pensamiento humano se revuelca en sus propios excrementos!”
    De lo que ya no se habla tanto es de Fátima, cuyo milagro fue consagrado como “indiscutible” en una inolvidable editorial El País, allá por principio de los ochenta, cuando Wotyla ascendía hasta las más altas cumbres mientras lo que había sido la izquierda comenzaba un acelerado declive. Ya no se habla tanto de aquel milagro que bajo el franquismo de los años más oscuros obligaba a los niños a dedicar todas las tardes del mes de mayo a ensayar los cantos a Maria con flores a porfía. Pero esto no quiere decir que ya no subsiste ese elemento que tan bien cuadra en una política en la que las ceremonias, las pompas y las buenas palabras les ofrecen la coartada para no hacer lo que realmente deberían de hacer: comprometerse con los más pobres, con los proscritos. De ser así, la Iglesia aprovecharía su “tirón” para movilizar para denunciar esa política que se resume en una palabra: pateras. 
#1.- En esto sí estamos enteramente de acuerdo, Pepe
Carlos Rivero Collado|26-11-2009 17:11
La religión --sobre todo en la concepción  del paraíso y el infierno-- es la maxima expresión  histórica del terrorismo.
Saludos
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#2
26-11-2009 19:15
Gracias pepe, nombras a tu preceptor ideológico  pero no nombras a tu  maldito, es de muy agradecer.
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#3.- peregrinació
29-11-2009 21:59
l'altre dia que vam anar a la mani de Perpinyà -qui va anar-hi- vaig tenir la sensació de que anavem a Lourdes, però be, cada secta té el seu Lourdes, digues-li Euskadi, Paris, Cuba, Veneçuela, etc.
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#4
29-11-2009 22:00
... Atenes....
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