Los vuelos del colibrí (I)
Soledad Cruz
Luego de comprobar la repercusión de mi texto El colibrí de la epopeya, publicado recientemente en Kaos, he considerado oportuno ampliar la información a los lectores del mundo sobre ese mito de la Revolución cubana que es Celia Sánchez Manduley. Pongo a consideración  de todos cuatro testimonios que forman parte de mi libro inédito Los amores de Celia. Cuatro testimonios de cuatro mujeres cubanas  que también hicieron historia en diferentes momentos y circunstancias y fueron testigos excepcionales de lo que llamo los vuelos del colibrí.
Melba Hernández, quien con Haydee Santamaría formó el pequeño destacamento femenino al Asalto al Cuartel Moncada, Heroína de la Revolución  desde entonces, hasta ahora que figura entre los diputados a la Asamblea Nacional con 87 años, ha recordado con particular gratitud aquellos meses vividos junto a Celia en 1974.
En once se vivía al estilo comunista, como pensamos que deber la convivencia de los comunistas. Todos aquellos niños que Fidel habìa traído para la casa de Cojimar, huérfanos de guerra, hijos de carboneros, damnificados por el ciclón Flora, que en 1963 acabo con la entonces provincia de Oriente, todos esos niños crecieron y se hicieron hombres y mujeres en casa de Celia. Una de las casas de la cuadra estaba llena de literas y aquello parecia una gran familia, como le gustaba a ella que era muy familiar.
Todos los habitantes de aquel clan teníamos la misma disciplina. Los muchachos y muchachas, los empleados, gente de la Sierra que se quedaba allí y se compartía todo por igual. Y habìa que ver a Celia haciendo cola a la hora de la comida o esperando su turno para lavar alguna ropa, como una màs, o cocinando junto con Ernestina, porque a ella le encantaba cocinar y lo hacia muy bien. Se comía en cualquier parte, como un campamento guerrillero y no se me olvida que una vez le regalaron una botella de vino que ella apreciaba mucho y después de repartirla apenas alcanzo un buchito. Se comía de la libreta, como en cualquier cosa, y si mandaban dulces o cualquier otra cosa de Palacio o los amigos de ella, de Manzanillo, se repartía igual.
Vivía sencillamente y se mortificaba mucho cuando conocía de privilegios, de gentes que se aprovechaban de su cargo y cuando Celia se ponía brava era una cosa muy seria. Incluso, cuando habìa apagón la casa se quedaba a oscuras y solo se ponía la planta si llegaba Fidel, en quien ella se habìa diluido, vivía para Fidel porque para ella era el símbolo de la Revolución. Y se preocupaba de trasmitirle las cosas con absoluta objetividad y era una gran confianza para todos saber que ello cuidaba de mostrarle las cosas como eran.
Yo habìa  oído hablar de ella en México, y después en uno de los viajes que hice para recaudar fondos para la expedición, Maria Antonia Figueroa, la hija de Cayita, del grupo de Santiago de Cuba, me hablò de ella. Y otra vez, en otro viaje, intenté llegar hasta Pilón pero el agua no me dejo llegar y regrese a México sin conocerla. Ella también habìa oído hablar de mi, pero no fue hasta agosto de 1958, cuando llegué a la comandancia, que nos encontramos. Yo seguí para el tercer frente con Almeida y ella ya era una leyenda por su ayuda a Fidel, porque habìa sido decisiva en la preparación de la comandancia, en todo el abastecimiento y porque así, menudita como era, lo seguía a todas partes, con aquella mochila a la espalda, en la cual con las medicinas y todo lo que necesitara guardaba con particular celo todos los documentos, que  muchas veces eran papelitos con mensajes, instrucciones, pero que a ella le parecían importante.
Eso era muy asintomático, porque ella, como Fidel estaba segura que ganaríamos la guerra y por eso consideraba que para contar la historia todos aquellos documentos serian necesarios. Y sin embargo, a pesar de aquella voluntad, de su firmeza de carácter y de criterios, era muy dulce. Nunca le vi ningún rasgo de prepotencia, ni ninguna manifestación de que se creyera con derecho a algo por todo lo que habìa hecho. Ella siempre se consideró una màs y era particularmente respetuosa y cariñosa con Yeyè (Haydee Santamaría) y conmigo, porque decía que éramos las primeras.
En realidad ella era una mujer extraordinaria, un ser de esos que lamentablemente no abundan. Era una mujer inteligente, que comprendía que los problemas habìa que resolverlos a escala colectiva, pero tenia una gran sensibilidad para los problemas individuales de cada cual, incluso los mas personales e íntimos y trataba de ayudar a la gente. Cuando supo que yo atravesaba un periodo difícil, me llevò con ella. Y siempre estaba al tanto de todos nosotros. A Yeye, Haydee, la llamaba todos los días para saber de ella. Igual era con los problemas del pueblo, de los campesinos. Recuerdo que un día a colaborador de la Sierra queria un sombrero de pajilla, como los de antes, y en ese momento no lo fabricaban aquí, pues lo encargo por todas partes, hasta que pudo complacer al campesino.
No se puede hablar de Celia sin hablar de Fidel. Su trabajo con el fue parte esencial de la vida de ella. Lo supo entender desde el principio y con verdadera pasión se entrego a escucharlo y actuar en función de Fidel  sin por eso tomarse atribuciones indebidas, ni presumir por ello, sino calladamente, con verdadera modestia y sin dejar de ser ella misma.
Ella se entusiasmó mucho con las tareas de la solidaridad. La revolución fue solidaria desde sus días iniciales. Cuando habìa un desastre natural en cualquier país, cuando los luchadores por la libertad necesitaban  apoyo y en ese espíritu solidario la guerra en Viet Nam fue una demostración grande. Ella me ayudó mucho en el trabajo con los vietnamitas cuando yo presidía el Comité de Solidaridad con Viet Nam. Y ayudó a los sandinistas, porque ella era muy latinoamericana y fíjate que no se olvidaba de las mujeres de la Sierra, las del pelotón Mariana Grajales. Las invitaba a encontrarse con las heroínas vietnamitas cuando vinieron y después con las comandantes sandinistas. Después se preocupó igual por la guerra en Angola.
Celia tenia la capacidad de estar al tanto de todo, de ser muy responsable y a la vez jovial, bromista y maldita como los muchachos. Mira lo que le hizo a Montanè cuando se organizaba aquella cena de año nuevo. Pero después él la perdonó, porque la queria mucho y siempre se llevaron muy bien.
Las cotorritas de once eran otro motivo de hilaridad. Se escapaban, hacían destrozos en el vecindario y ella se moría de la risa. Iba y ofrecía disculpas pero en el fondo gozaba con el revuelo que armaban y  como se llevaban el pan o cualquier otra cosa y luego regresaban. Es que ella amaba la naturaleza, las plantas, los animales, las flores. Le encantaba ponerse flores en el pelo y convivir con lo natural. Con ese espíritu convirtió el salón de recepciones del Palacio de la Revolución en un sitio encantado con los helechos y las piedras de la Sierra Maestra. Personalmente cuidaba los jardines.
Haydee Salas
En los sobrinos y los niños puso mucho de su cariño maternal y de su didáctica en la que se son principios básicos el afecto, la libertad, la proximidad a la naturaleza. Disfrutò de preparar los campamentos pioneriles y fue gratificada con el titulo de Presidenta de Honor de la Unión de Pioneros de Cuba, uno de los homenajes que más alegría le diò. Por amor a los niños apoyò con mucho empeño el trabajo de Haydee Salas en los jardines de la infancia.
Yo había tenido esa experiencia en Finlandia, cuando estaba allá en funciones diplomáticas. Existían unos parques estatales que por precio muy módico cuidaban a los niños y le permitían jugar. No era una escuela, era un lugar de juego para niños entre uno y cinco años. Un día que voy a la playa de Santa Maria, veo que en el stadium hay guardias y entro, y estaba Fidel jugando a la pelota. Entro y me siento en las gradas con una amiga y de pronto veo que se para el juego y Fidel se pone casi debajo de nosotras a quitare los zapatos. Y yo le digo. -            Óigame, Fidel, por que no trae telas que no se planchan para beneficio de las mujeres. - Él empieza a hablar de todo lo que se esta haciendo por las mujeres y menciona los círculos infantiles y dice que son incosteables, que son muy caros y yo le explico lo de los jardincitos que había visto en Finlandia y me dice. -            ¿ Que ustedes tienen que hacer esta noche? -            Bueno, nada en particular. -            Entonces vayan para mi casa, allí en los pinos. Y nos llevaron en un carro para la casa. Nos pasaron a un saloncito y él llega y se quita las botas y me dice.
- Cuéntame lo de los parques eso.
Entonces yo le doy una explicación mas detallada y él empieza a crear, a imaginar, como se podía hacer aquello.
- Vamos a hacer un pilotaje, para ver que tal funciona la idea, concluyo entusiasmado. - Escogimos la Habana del Este para comenzar porque había jardines, parques, espacios entre los edificios. Cercamos con una soga un pedazo de parque, donde había arena, cerca de una escuela, para usar los baños. Abrimos la matricula y a los tres días había cuarenta niños con el concepto de que el niño deja a la mamá porque va a jugar y no de que la mama deja al niño porque va a trabajar. Hicimos otra en 5ta y 26, en el Parque Zapata, aprovechando la caseta. Raquel Pérez, una mujer importante de la historia revolucionaria cubana, pone a su hijo en uno de esos jardines y considero que la experiencia era muy interesante, otros compañeros  también apoyaron, pero había algunos que no compartían nuestra experiencia y se crearon contradicciones fuertes en relación con los conceptos de que era más conveniente si los jardines o los círculos infantiles.
Entonces me citan a Palacio a una reunión con Celia. Yo no conocía a Celia y le digo a mi hermana Lola que me acompañe. Allí estaba Levi Farah, Basilio Rodríguez, Elena Gil, Clementina Serra, todos altos dirigentes en aquellos momentos. Celia dirigió aquello como un dialogo y nos dijo al final,  a mi hermana y a mí, que nos quedáramos. Quiero hablar con ustedes dijo y me escuchó toda mi explicación. No era una mujer que buscaba el halago, sino verdades. Como a los tres o cuatro días me llama. -            Haydee, ¿ qué estas haciendo? ¿ Por que no te llegas hasta ll?
Así comenzó nuestro diálogo. Ella se interesaba por todo. Le contaba mis cosas y ella cosas suyas. No era una mujer autoritaria, no se imponía, despedía confianza. La primera vez que fui a su casa me parecia que la conocía de toda la vida, que podía tratarla con franqueza. Hablaba de las cosas cotidianas, establecía un dialogo abierto y te demostraba respeto, que se interesaba realmente por ti.
Tenia un apartamento pequeño. Los taburetes estaban en la pared porque no cabían y los bajaba cuando eran necesarios. Yo andaba con una ropa de mezclilla, un vestido y un chalequito. Ella se fascinó y me pregunto dónde lo compré y dijo que era útil para usar como tela. Me pregunto mucho por mis viajes, como funcionaban las embajadas. Ella participaba de ese diálogo con anécdotas personales. Siempre daba opiniones pero a nivel de vivencias, no de forma esquemática.
Una persona muy sensible a los problemas del ser humano, una humanista que no solo se interesaba a nivel social, sino a nivel individual y eso te daba confianza, no te daba miedo a pesar de que sabias que ella tenia un poder tremendo. Cuando le hablabas de los problemas de la vida cotidiana, aunque le hablaras de cosas que funcionaban mal, ella no te rechazaba, sino que abundaba sobre lo que decías. Eso es para mí su fundamental característica que no he visto en otra persona de altas responsabilidades. En los siete años que tuve contacto directo con ella, sentí que había adquirido una amiga y yo que soy una persona liberal, me sentí muy identificada.
Me hicieron directora del Plan especial de jardines de la infancia. Celia me puso en contacto  con todos los ministerios y empresa que podían ayudar al plan del cual se enamoró. Yo le comunicaba todo lo que hacía, las ideas científicas que sostenían el proyecto, los fenómenos psíquicos, la necesidad del juego, de la libertad de movimiento. Ella era muy intuitiva y esto de la libertad en la crianza de los pequeños la impresionaba. Me contaba que se había criado libre. Nunca me trato como jefa. Y cuando yo le decía, ¿ qué usted cree? Ella respondía: Tú eres la que sabes y estás estudiando todo eso.
Nicia Agüero
Nicia Agüero comenzó su vida laboral con el entonces Ministerio de Bienestar Social en los años iniciales del triunfo revolucionario. Melba Hernández pidió técnicos en servicio social para trabajar con ella en la cárcel de mujeres de Guanajay, que era su tarea en aquel momento. Melba fue extraordinaria con nosotros, nos dio responsabilidad y nos hizo madurar entre los terribles problemas de una cárcel, donde había enfermedades de todo tipo, asesinas, prostitutas y se trataba de encaminar a aquellas criaturas y sus hijos, porque muchas tenían sus hijos allí. Yo la oía hablar de Celia, se veía una hermandad tremenda con Celia.
Después pasé a ser delegada de la ministra Raquel Pérez en Santiago de Cuba. Yo nunca había dirigido. Teníamos que ocuparnos de los menores, de los hogares de anciano, de los hogares de trànsito para los mendigos, clasificar las situaciones personales, las relaciones con la familia, los problemas económicos y de empleo, construcción de viviendas y me encantó aquel trabajo. Raúl Castro que entonces dirigía en Oriente, decidió cuando se creo la JUCEI que me ocupara de lo correspondiente a Educación social y salud. Estoy hablando del año 61. En todo ese tiempo Celia me llamaba a Santiago de Cuba, con mucha suavidad se dirigía a mí, interesándose por todo.
Por cierto que en aquel tiempo al Comandante Rene Vallejo, a Tico Ibarra y a mí nos acusaron de burgueses. Entre otras cosas porque siempre me ha gustado vestir bien, con colores y no de gris. Vallejo se vestía con saco para ir a la consulta y en aquellos años juveniles de la revolución aquello parecia inadecuado. Cuando Celia se enteró de todo aquellos y otras cosas, se moría de la risa y dijo que ni Fidel, ni ella tenían nada que ver con todo eso. Vallejo era tan agradable, simpático, profundo. Él fue el que me citó para la primera reunión con la ministra Raquel Pérez. El se ocupó mucho del medio rural. Un equipo de trabajadores sociales formaba a jóvenes para ir a las comunidades. El primer curso se hizo  en la Casa de las Americas. Haydee Santamaría nos diò el espacio. Vallejo impartía clases y también Faustino Pérez, que como mèdico fue a hacer el servicio social por allá. Faustino trabajò con modestia y humildad, no sòlo se ocupaba como mèdico, sino por las condiciones integrales. Vallejo ayudò mucho y Celia se interesaba por todo eso personalmente.
Ya en el año 65 vine a trabajar al Ministerio de Salud Publica con Machado Ventura, a trabajar en asistencia social. Allí tuve contradicciones y volví con Raquel Pérez que había sido llamada por Fidel para  trabajar en el desarrollo de las comunidades. Celia la llama porque queria crear albergues de transito para las familias que venían del campo a verse con el mèdico y no tenían donde quedarse. Y Raquel me pone en contacto directo con Celia para esta tarea. Así empezamos una relación màs estrecha. Celia nos pide ayuda para el Parque Lenin y allá fui con mis gentes de comunidades.
En ese tiempo me proponen para jefa del Grupo de desarrollo de comunidades. Fidel dice: yo la conozco. Y Raquel le explica que tengo un problema, que tengo relaciones con un compañero conocido, sin estar casada Ya eso es 1971 y Fidel le dice: ¿ que tiene eso que ver? No me importa el matrimonio, el amor es lo que importa y Celia le apoya y dice: Nicia esta por encima de todo eso. Celia me llamó riéndose, porque estaba segura de que me darían la responsabilidad. Yo le manifesté mis preocupaciones, pero ella me dio un respaldo absoluto.
El objetivo era adaptar a los campesinos a las nuevas condiciones, a la vida diferente que comenzaba en esas comunidades rurales. Llegamos a tener 177 comunidades en todo el país al estilo de la Agrupación genética del este en Jibacoa. Pero cuando empezó el proceso de institucionalización, en el año 76, se quiso desaparecer todo aquello. Celia estaba preocupada porque el programa era muy hermoso y avanzaba, pero los conceptos administrativos de ese momento no daban cabida a ese tipo de planes especiales.
Marta Arjona
A Celia no sòlo le interesaban las comunidades nuevas, el desarrollo social, sino también el arte, comenta Marta Arjona, quien fuera la presidenta  histórica del patrimonio cubano. Era muy interesada en el arte, tenia muchas inquietudes culturales y legó muchas cosas importantes al patrimonio nacional. Ella siempre buscaba a los que sabían. Trabajo mucho con el arquitecto Quintana. Esa era una gran cualidad suya, que se vinculaba con el talento y respetaba a los que sabían de algo. El Parque Lenin lo trabajamos juntas. Aquello era un páramo y lo convirtió en un monumento culto a la naturaleza. Un día hablò conmigo para ver si yo sabia algo de vitrales. Yo conocía a Nino Masterali, que entonces trabajaba en un almacén de libros. Y le propuse volver con Celia a los vitrales y el se fue para  ll, a la casa de Celia, y allí mismo empezó a trabajar. Hicieron el vitral del restaurant La Ruina y ese es el antecedente del posterior recuperación y desarrollo del vitral en Cuba.
Celia también creó un taller de reparación de muebles valiosos y ese fue otro aporte importante al patrimonio. Cada vez que tenían una casa recuperada, me llamaba para yo fuera a ver todo lo que podía ser patrimonial. Teníamos una relación muy buena, muy fraternal, muy respetuosa.
También se interesó por la cerámica. Le llevé a Portocarrero. Le preparo un tallercito por el Cerro, con horno continuo y la cerámica se quemaba allí y allí él empezó el mural del Palacio presidencial de 20 metros.
Otro aspecto importante de su preocupación por la cultura artística, fue la atención de las personalidades. Un día le comente que Amelia Peláez se estaba quedando ciega y ella la mandó a Suiza para que se operara. A Portocarrero lo ingreso en la clínica Cira García y me encomendó de traer a Víctor Manuel para que se hiciera un chequeo. Yo le había conseguido un estudio a Víctor Manuel en los altos del restaurant El patio. Posada, Fremez, Gallardo también tenían estudios allí. Celia queria ingresar a Víctor Manuel, pero el no queria saber nada de eso. Pero me dice: como sea, tu me lo traes para la clínica Cira García.
Bueno, pues tendría que ser a la fuerza. Le dije a los camilleros que entraran por el balcón y lo cogieran a como diera lugar. Víctor Manuel salió por al escalera diciendo pestes de mí. Celia  se moría de la risa cuando se lo conté. Ya Víctor Manuel estaba mal cuando lo empezaron a tratar. Cuando Celia se enteró que no había remedio me dijo:  Me le ponen un refrigerador con cerveza y con todo lo que él quiera, que no le falte nada. Entonces ya Víctor Manuel no estaba bravo conmigo y me dejó el ultimo dibujito que hizo y que està en el Museo Nacional.
Tantas gentes venían a buscar solución a sus problemas con Celia y ella los atendía, Entonces no había tantos artistas como ahora, pero el grupo que viene de los años 40 y 50 fue atendido personalmente por Celia. Era excepcional, con una energía tremenda, una pasión grande en todo lo que hacia. Una persona de carácter fuerte pero sensible. Sentí mucho su ausencia después, porque era muy necesaria. Fidel debe haberla extrañado mucho, ella era un apoyo enorme para él y para la comunicación con él.

#1.- Muchas gracias, Soledad, por atender los deseos de tus lectores.
Miguel Arencibia|21-01-2008 16:25
Y quedamos en espera de las próximas partes. Ojalá no nos las demores. 
Valoración: 0