P.P.P. |
Se dijo que los pobres no tienen dinero y los ricos no tienen tiempo. Para los primeros el dinero es como una promesa de tiempo posible, sin tener que trabajar por un salario o para comer, por ejemplo. Los felizmente ocupados haciendo dinero suelen a veces comportarse como si el tiempo fuera una pérdida de dinero.
Dinero para tener tiempo suficiente ¿para qué? ¿Para amar, como reza el libro de Heinlein que va de seres muy longevos? ¿Para volver a cometer los mismos errores como dice Camus en “La Caída”? Es posible que haya sido siempre demasiado tarde, pero está claro que comportarse así no lleva a vivir bien la vida, hace falta creer, incluso cuando uno se está muriendo “que queda tiempo”, que sabemos qué hacer con él mientras tanto.
¿Que qué hacer? desde luego agenciarse las mayores dosis de alegría y libertad que podamos. ¿Que eso lo conseguimos ayudando a alguien? pues mejor que mejor. A algunos, como Cioran, profundamente insociables, les gusta rodearse de gente pues les cuesta reír solos, cuando están solos se les vuelen las bromas veras, burlas las risas. Y si no dan ganas de reir la libertad no tiene gracia.
Pues no se ha abusado de la palabra libertad para esconder granujadas como para no sentir al usarla un cierto sonrojo, está claro que nuestro mundo se debe llenar de personas queribles para creérsela y si me apuras dudar de ella cuando no se presenta como liberación. Y aplicar a ella criterios de rigor espinozistas. Espinosa lleva tan lejos su análisis que hasta en la “esperanza” y en la “seguridad” encuentra ese poco de tristeza que bastan para hacer de ellas sentimientos de esclavos. La verdadera ciudad propone a los ciudadanos más amor a la libertad que esperanzas de recompensa o incluso la seguridad de los bienes; pues “a los esclavos y no a los hombres libres es a quienes se recompensa por su buen comportamiento”.
Eso de la libertad sin dinero puede sonar sarcástico, pero hay que dar la vuelta a las cosas para dudar de una libertad que se levante sobre él. Qué ocasión perdida por el cristianismo para seguir abanderando a los pobres, a los bendecidos por la pobreza. Eran días de miedo y su sombra pervive en el abyecto miedo a carecer de la burguesía de hoy.
Era un miedo se confirmaba a sí mismo y era imposible de erradicar, pues los procesos en curso de roturación de las tierras y el acaparamiento de la producción arrojaban cada vez más gente a los caminos, además de que la constante movilidad de los “hombres sin amo” multiplicaba su verdadero número en la conciencia pública. La reacción ante el desmoronamiento del control social tradicional fue rápida y radical. El concepto tradicional de los pobres como bendecidos por Dios y objetos de la caridad cristiana fue sometido a una revisión total. Se desarrolló el estereotipo del mendigo revoltoso, que se diferencia rotundamente de la idealización franciscana de la pobreza y que fue consagrado por la ley: el individuo desarraigado y sin amo, parecía formar parte de una conspiración para destruir la sociedad.
Hoy hemos olvidado que hablar del mal es muchas vecesmeramente hablar mal, florecen malhablados en los rincones, porque eso de bendecir o alabar a Dios se han vuelto anacronismos. Palabras y expresión que van dulcemente resbalando al albañal del olvido. La misma revolución se considera heredera del cristianismo mal entendido, de la religión entendida como manera de cambiar la dirección del resentimiento (si eres pobre es por tu culpa).
No sólo hay otros mundo posibles hay otras maneras de entender el camino hacia ellos. El volver a la gente descontenta de su suerte es una pesadez y una tristeza, el que los fines alcanzados con esos medios los justifiquen es una cosa difícil de sostener. Es una maldición, y hay que ir justamente por el camino opuesto ¿No has oído decir muchas veces que los bendecidos son aquellos que ocultan las imperfecciones de los demás, incluso de ellos mismos?
Me quedo con la manera de entender esto del bendito Pier Paolo:
“Las personas más adorables son las que no saben que tienen derechos.
También son adorables las personas que, pese a saber que tienen derechos, no los ejercen o incluso renuncian a ellos.
Y bastante simpáticas las personas que luchan por los derechos de los demás (sobre todo de quienes no saben que los tienen).
En nuestra sociedad existen explotados y explotadores. Pues bien: tanto peor para los explotadores.
Hay intelectuales, los intelectuales comprometidos, que consideran un deber propio y ajeno hacer saber que tienen derechos a las personas adorables que no lo saben; incitar a no renunciar a las personas adorables que saben que tienen derechos pero que renuncian a ellos; empujan a todos a sentir el impulso histórico de luchar por los derechos de los demás; y, en fin, consideran indiscutible y fuera de toda duda el hecho de que, entre explotadores y explotados, los infelices son los explotados”.