|
  Cualquiera que esté un poco al corriente de la historia económica y social sabe que no hay fórmula alguna en materia organizativa social que no tenga un valor coyuntural; el valor de ensayo para que la maquinaria colectiva funcione a base de expectativas halagüeñas que es lo que confiere  el valor a la fórmula.
  Si se estudia la historia del capitalismo y se analiza cuidadosamente cada doctrina económica de cada época, desde la doctrina de los fisiócratas pasando por la de los mercantilistas, el liberalismo genérico hasta el confuso liberalismo nuevo, necon, se verá esto; se verá  que los principios y su validez  son efímeros, que sólo sirven para periodos de tiempo  siempre muy  cortos comparados con la historia. La prueba de que esto es así es que ninguna pauta economicista perdura, ninguna ha resuelto categóricamente nada en términos absolutos, y todas han ido preparando un terreno pedregoso a las cada vez más anchas diferencias sociales a la par que han generado beneficios ingentes a concretas clases sociales (aristocracia y burguesías, hasta ahora) y grupos de poder.
  Los fisiócratas ponen el acento en la renta del suelo agrario. Adam Smith insiste en la renta del suelo que incluye también el suelo urbano. Stuart Mill apunta a las plus valías como tracción de riqueza pero sólo para el estado no para los particulares. A finales del siglo XIX se intensifica el liberalismo económico en Estados Unidos y en Inglaterra, en España, en Francia... El liberalismo (al que corrije drásticamente el socialismo) ha sido desde siempre el padre de todas las ilusiones (nunca mejor dichas).
  Como se ve, todo intentos, ensayos, propuestas para comprobar que los beneficios de las fórmulas liberales, no intervencionistas, no tienen rival. Pero ninguno de los magos de la economía piensa en términos de redistribución de la renta y menos en la justicia distributiva. La igualdad es imposible. Entonces ¿para qué preocuparse de  intentarla? Esta es la aporía...
  ¿Quién podrá convencernos hoy día de que habrá alguna idea, vieja o nueva, que celebrar en esta materia de riqueza, justicia y distribución, sin reparar en que los caminos que preparan el liberalismo en cualquiera de sus teorías no son más que más de lo mismo para enriquecer ad infinitum a grupos sociales aunque sean extensos, y no para asentar lo que la racionalidad de este siglo de las Luces al alcance de todos exige imperiosamente?
  Es pasmoso que el ser humano siga dándole vueltas a las soluciones económicas y sociales, en cada país y para el mundo, sin tener en cuenta tres cosas que son imprescindibles para eso, para tenernos por "racionales": la escasez exponencial de los recursos, la inane justificación de la renta de la tierra que asimismo se agota (agraria y urbana), y la ineluctabilidad de la justicia social que demanda el reparto equitativo de la poca riqueza que queda. ¿Quién podrá refutar hoy día que la única solución a los gravísimos problemas planteados a la sociedad humana por la limitación progresiva de los recursos y por un imperioso igualitarismo social  pasan por  la ley universal  de que todo el mundo tenga resueltas sus necesidades básicas (techo, alimentación y asistencia sanitaria) y luego, ¡sólo luego!, ¡adelante con la libre concurrencia!?
  Mientras eso no sea así, mientras no se encuentre la fórmula bien por falta de imaginación bien por falta de voluntad de buscarlas, ningún teórico de la economía, ningún pretendido talento de país alguno podrá persuadirnos de que está al servicio de la humanidad sino sólo al de segmentos sociales exclusivamente.
  Si la sociedad humana fuese verdaderamente inteligente y no estuviese gobernada por un puñado de neuronas egoístas y perversas, volvería su máxima atención a Carlos Marx para actualizarlo y extraer la única solución ciertamente racional que aquí propongo y la única que cabe ya esperar.
  De momento, ya lo he dicho, ahí está China dando un aldabonazo de atención a la solución que menos atenta en el mundo contra el igualitarismo y poniendo en evidencia desde un bienestar para todos, al campeón de la irracionalidad, del liberalismo, de la desigualdad y del crimen: Estados Unidos.
  Termino como he empezado. Al tostón falso de que las democracias, falsas, occidentales son el menos malo de los sistemas posibles replicaré con la misma contumacia: existen otros modelos racionalmente superiores, pero la codicia, la ambición sin límites, el egoísmo atroz, sostenidos por la fuerza bruta y primaria no los quieren abrazar.
  Pero hay que partir de la base de que en la sociedad humana no cabe perfección. Lo único que cuenta es la voluntad de perfeccionarla como alternativa a la voluntad de poder. Y la sociedad occidental si no tiene ésta, que es mucho suponer,  tampoco  está interesada en  perfeccionarla. Lo que ciega es la voluntad contraria, la de la máxima degradación y la máxima desigualdad.