Pepe Gutiérrez-Álvarez                Les avantguardes. Surrealismo i revolució (1914-1939) 
              Ferran Aisa acaba de publicar Les avantguardes. Surrealismo i revolució (1914-1939), en una hermosa edición de Base (Barcelona, 2008, ISBN: 97-84-85031-92-4), obra que conecta surrealismo y revolución con su repercusión en Cataluña. 
            Esta es, sin la menor duda, una historia apasionante. Una de las páginas más hermosas y convulsivas de la relación entre la fiebre artística y moral más rupturista con las izquierdas revolucionarias. Y por más que se trata de apagar, o de explicar trivializando (en una doble página de estudio bibliográfico sobre el surrealismo aparecido en El País no se mencionaba el Manifiesto por un arte revolucionario e independiente, y se justificaba el encuentro con Trotsky en la siguiente clave: a los surrealistas le gustaban los perdedores. Es evidente que al estudioso le podían gustar los surrealistas más educados, pero no los perdedores), cuando no abominando como haría el último Octavio Paz mientras rezaba arrodillado mirando hacia Wall Street...
          Se trata de una historia que comienza a finales de los años veinte, en Francia. Es un momento en el que todas las fuerzas vitales de la creatividad artística y la protesta social parecían canalizarse a través del surrealismo. Se trataba del primer movimiento artístico de protesta, de una derivación el dadaísmo, nacido de la repulsa contra la burguesía, o mejor dicho contra todo un sistema de moralidad y cultura oficial al que los dadaístas acusaron un crimen que hoy se trata cuidadosamente de borrar: de apoyar las masacres de la primera guerra mundial. El movimiento fue tan negativo que sufrió una implosión, y en 1924 algunos de los espíritus más vitales implicados fundaron un nuevo movimiento, el surrealismo. Un movimiento cuyo alcance artístico e influencia sería el más importante desde los tiempos del romanticismo, con el compartía la parte más fantástica y oscura.
          Dicho movimiento tenía como objetivo nada menos --que la transformación radical de la sociedad a través de una revolución en el arte. Surrealistas como André Breton, Louis Aragón y Paul Eluard se convirtieron en escritores de primera línea y muchas figuras clave de la cultura francesa de vanguardia, como Jean Cocteau, Antonin Artaud, Michel Leiris y Georges Bataille, por no mencionar a Picasso y Dalí, pasaron por una fase surrealista; su contaminación será impresionante, por ejemplo, sin el surrealismo no se podría explicar la generación española de 1927. Igualmente tuvo una impactante irrupción en el cinema, de entrada con dos grandes aportaciones que al mismo tiempo reflejaba la fiebre cultural republicana. Estamos hablando claro está de Un chien andalou (El perro andaluz, 1929) y L âge d'or (La edad de oro, 1930) realizadas por los españoles Dalí y Buñuel, estuvieron inspiradas por el movimiento de Bretón. Abas tropezaron con todas las policías. También se puede rastrear la huella del surrealismo en buena parte de Las Hurdes, tierra sin pan.            Estas películas aparentan una lejana conexión con las inquietudes políticas del movimiento, pero cobran un significado mayor vistas también desde lo que se estaba gestando en la crisis española de los años treinta.
          Ya en 1924, desde su Manifiesto del surrealismo, Breton, conocido como “el papa negro”, reivindicaba que la poesía surrealista podía surgir de la imaginería de los sueños y el deseo sexual cuyas bases había desvelado Freud. La creatividad artística, derivada de asociaciones que tienen su origen en el inconsciente particular o de los resultados de la escritura automática colectiva, se convierte en el deseo libidinoso incontrolado, con su verbalización o visualización fortuita…No obstante, esta estética autoexpresiva todavía coexiste, en los primeros números de su revista La révolution surréaliste, en 1924, con una cierta anarquía política apremiante, invocando al margen de cualquier movimiento concreto, y por lo tanto del potencial que lo podía hacer posible, el fin de la familia, la nación, el ejército, las cárceles y la religión. -"Abrid las cárceles, disolved el ejército", exigía Bretón en la segunda entrega de La révolution surréaliste. No hay duda de que estos gritos tenían mucho que ver con la bandera negra que Breton siempre llevó en su bolsillo desde siendo un muchacho quedó fascinado por una manifestación de obreros cegetistas.
        De ahí que el asesino anarquista Germaine Berton que había matado a tiros a un líder de Action Française en 1923, fuese debidamente mitificado, en tanto que otro número de la revista, Antonin Artaud publicó una delirante carta abierta al Dalai Lama. La liberación artística, erótica, espiritual y política parecían coexistir felizmente en los primeros momentos del surrealismo. Este sueño sin límites de una liberación anarquista, pacifista y erótica (heredado sin duda de Fourier, Proudhom y Sorel) parecía incongruente a la vista de las realidades del poder político, Por entonces, la fuerza del colonialismo francés, manifiesta en la represión francesa del alzamiento marroquí de 1925 ( "La guerre du Riff", la misma que había llevado al primer PCF a desencadenar una “guerra a la guerra”) no se podía combatir simplemente con los métodos digamos poéticos.
            Todo este potencial libertario fue entonces revisado, sobre todo cuando Breton accedió a cooperar con militantes que trabajaban para Clarté, una revista comunista dirigida por Jean Bernier. Para facilitar la aproximación, el movimiento tuvo que rechazar públicamente el utopismo y aceptar la declaración de Bernier en L' Humanité de que proclamaba que no había "ninguna teoría surrealista de la revolución", lo cual no era cierto, simplemente se trataba de otra revolución, la que ponía su mayor énfasis en la divisa de Rimbaud de “cambiar la vida”. El comunismo comenzaba a padecer la creciente regresión burocrática, y los problemas no habían hecho más que empezar. Pero habiendo admitido oficialmente que la revuelta anarquista individualista no era efectiva, Breton abrazó la teoría de la lucha de clases y se unió al Partido Comunista en 1927 junto con Eluard y Aragón --aunque, según Legitime défense (1926), todavía tenía esperanzas de subordinar este programa "mínimo" a una revolución mental trascendental. La revista de Breton, con un cambio de título en 1930 de La révolution surréaliste a Le surréalisme au service de la révolution, continuó persiguiendo sus revoluciones, una tarea que debió parecer  muchos o bien demasiado mundana o incluso demasiado contradictoria. Continúa exponiendo una rígida compartimentalización de ideas sobre el papel del artista, argumentando simultáneamente que la actividad artística debería ser libre aunque primero era necesaria una revolución proletaria a fin de liberar el pensamiento.
          Pero el surrealismo se mantuvo fiel a sus criterios, y desde el Segundo Manifiesto, obra también de Breton, y desde el que todavía promulgaba un programa casi remarcadamente de tintes anarquista: ridiculizando a la familia, la bandera francesa, al clero y la moralidad sexual tradicional, e incluso proponiendo como última acción surrealista la absurdamente gratuita violencia de disparar un revólver sobre una multitud al azar. Más adelante, la revista  abogaría por las mujeres asesinas como las hermanas Papin (dos doncellas parisinas que habían asesinado a sus señores) y Violette Nozière (una prostituta adolescente que había envenenado a su padre corrompido, y a la que Chabrol dedicaría una de sus mejores películas con Isabelle Huppert, una de las menos vistas por cierto).
            Entre tanto, Breton proseguía su revolución del pensamiento simultánea en sus esfuerzos artísticos, desarrollando aportaciones como su meticulosa imitación del lenguaje de la demencia en L Immaculée conception (1930), escrita en colaboración con Eluard. En 1930, olvidado temporalmente Trotsky y su “planeta sin visado”, Breton entró en relación con la Tercera Internacional y envió a Aragon a la ciudad soviética de Jarkov, junto con Georges Sadoul, con el fin de representar a los surrealistas en el Segundo Congreso Internacional de Escritores Revolucionarios. Pero para Breton no se trataba de decir amén sino de defender los principios surrealistas, y por lo tanto se sintió justamente traicionado por sus dos emisarios, que denunciaron pública y paradójicamente tanto a Freud como Trotsky, y renunciaron a cualquier acción fuera de las propias del partido en nombre del cual harían una patética carrera funcionarial. El poema violenta y explícitamente revolucionario de Aragon (que antes había hecho desden de la opción revolucionaria), "Front rouge", incitó a Breton a reafirmar su idea de la irrelevancia política de la poesía que tenía a su parecer, sus propios caminos. Aragon acabó abandonando el surrealismo por este motivo en un momento en el que el entusiasmo inicial de Breton por el Partido Comunista se estaba viniendo abajo.
            Ya en pleno estalinismo (1933),  Breton, Eluard y Crevel finalmente fueron expulsados del Partido Comunista. Sin embargo, a pesar de su proclamada independencia, Breton continuó como activista político uniéndose a un grupo de intelectuales antifascistas que firmaría una Appel a la lutte el 10 de febrero de 1934, un paso delante de sino trotskiano de la creación de un "frente unido" obrero de oposición radical al fascismo que había dado un paso mortal en Alemania y que comenzaba a levantar cabeza en Francia. Esta iniciativa vino precipitada por la tentativa abortada de los fascistas franceses el 6 de febrero de tomar el Parlamento por asalto. Breton también firmó un folleto que protestaba por la negativa francesa a garantizar un permiso de residencia a Trotsky en abril de 1934 y se unió al Comité de Vigilancia de los Intelectuales junto con André Malraux en 1935 quien hasta entonces había aparecido como semitrotskista. Pero la historia sufriría n nuevo giro cuando en mayo de 1935, Stalin y Laval firman un pacto de ayuda mutua en la que el colonialismo francés resulta justificado en el Magreb y en el Vietnam.
            El PCF que por vez primera dejó a un lado su objetivo de derrocar al gobierno mediante la violencia revolucionara y se situaba de hecho, a la derecha de los socialistas a los que hasta hacía poco había tildado de “socialfascistas”, apoyó esta política imperial con una famosa “cartelada” en la que proclamaba: “Stalin tiene razón”, apoyando con ello la posición colonialista de sus enemigos de clase, años más tarde, ya en pleno Frente Popular, el PCE no movió un dedo contra la actitud de León Blum de negar a la República española su derecho de ofrecer una autonomía a los nacionalistas marroquíes que sep estaban a luchar contra Franco.
            Hay un texto muy importante titulado "Position politique de l'art aujourd'hui", en realidad una conferencia pronunciada por Breton en Praga el 1 de abril de 1935, y en el que ataca la política del nuevo frente-popular tratándola de traición a los fines revolucionarios de los comunistas y critica a Stalin por destruir la democracia en "la patria de la clase obrera". Breton dirige un enérgico ataque al arte servil, señalando que el drama devoto de Claudel L'Annonce faite a Marie (La Anunciación a Maria, que aquí tradujo José Mª Pemán), en gira por la URSS. También apunta contra el concurso organizado por L´Humanité al mejor busto de Stalin, una costumbre iconográfica que se mantendrá durante años, y el que escribe es testigo que se vendían bustos de Lenin y de Dolores Ibárruri en la caseta del PCE situada en la fiesta de L´Humanité. Acusa abiertamente a la URSS de conducir a poetas como Maiakovski y Esenin al suicidio, al obstruir todos los intentos de "plasmar el mundo en un nuevo lenguaje, al tiempo que sugiere un siniestro paralelismo con la fórmula represiva de Hitler refiriéndose al arte de la vanguardia y al totalitarismo cultural soviético que acabará con la muerte de la mayor parte de los escritores y poetas que habían estado al lado de la revolución.  También el estalinismo utiliza el concepto de “arte degenerado", y establece en la URSS una normativa llamada “realismo socialista” que en realidad significa el sometimiento de cualquier manifestación artística al Estado y al culto de la personalidad del “Padre de los Pueblos”.   
      Éste enfrentamiento del surrealismo contra el estalinismo conoce un importante episodio en el "Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura" celebrado en París en junio de 1935 cuyos organizadores fueron los prestigiosos escritores Romain Rolland y Henri Barbusse,,dos antiguos progresistas que habían renunciado a cualquier criterio propio. Se trataba pues de una plataforma de gran importancia para los partidos comunistas europeos, que intentaban sumarse a la corriente principal de la cultura democrática después de más de una década de autoexclusión. La política del nuevo frente unido estuvo dramatizada por la luz central vertida sobre escritores  como E.M. Forster (Pasaje a la India), Aldous Huxley (Un mundo feliz), Boris Pasternak, así como André Malraux y un Gide radicalizado. Ante todos ellos, Breton elabora su "Discours au congrès des écrivains" de junio de 1935. La suya es una crítica en toda regla hacia el reciente pacto entre la URSS de Stalin y la Francia burguesa de Laval, que para él daba aliento a un nacionalismo capaz de incitar a los trabajadores franceses a que atacasen a los trabajadores alemanes.
            La postura política y militante de Breton en los años veinte y treinta se había basado en predicar constantemente la revolución internacional. Pero Breton continuó pensando que esta revolución debía estar acompañada por una liberación revolucionaria de la mente y la moralidad. Incluyó en su discurso la exigencia aparentemente tangencia! de que no fueran consideradas obras de arte genuinamente prerrevolucionarias las clásicas burguesas (como se desprendería, por ejemplo, de la defensa de Balzac hecha por Lukács o de Pushkin o Zola por Trotsky), sino las de Baudelaire, Nerval, Lautréamont y Arthur Jarry. Sin duda hay algo de subversivo en esta recuperación del arte vanguardista del pasado, en un momento en que la defensa de la revolución vigente en la URSS se supone que debería ir codo con codo con un retorno a los estilos artísticos tradicionales. Toda la filosofía de Breton queda amenazada si no se puede perseguir simultáneamente la liberación psíquica y moral junto con la revolución social: "Transformar el mundo", dijo Marx; "Cambiar la vida", dijo Rimbaud: estos dos lemas son inseparables". Se trata de una divisa que atraviesa todo el mayo del 68 que Breton no pudo conocer.
            Pero en 1935, Breton ya estaba “fuera de la ley”, y no se le permitió hablar en este "Congreso” organizado en nombre de la “Democracia”, y en Defensa de la Cultura", aunque Paul Eluard sí fue autorizado in extremis a leerlo en su nombre por intervención expresa de Malraux y Gide. Pero un oportuno corte de la luz eléctrica sospechosamente zanjó el debate posterior al discurso. Antes,  Breton ya había intercambiado puñetazos en la calle con Ilya. Ehrenburg, antiguo intelectual “blanco” ahora el presidente del Congreso de 19935, quIen había guardado la esperanza de desacreditar a los surrealistas antes del Congreso motejándoles en un artículo de periódico de "pederastas". Después del Congreso Eluard fue debidamente atacado en L Humanité por Barbusse por haber criticado el pacto franco-soviético.
              En agosto del mismo año, Breton, Dalí, Eluard, Magritte, Ray, Tanguy y Ernst devolvieron el golpe en "Du temps que les surréalistes avaient raison" con una exigencia de libertad creativa y crítica del realismo socialista en el cinema soviético y en el arte "proletario". Recordemos que a partir de 1934 Zdanov había intentado imponer el realismo socialista como estética comunista oficial con un éxito variable, sobre todo en la URSS. En  el texto alabaron las ponencias  de Gide y Malraux. El primero todavía no había publicado su reflexión decepcionada sobre la Unión Soviética, Regreso de la URSS (1936), provocando en su contra una campaña que llegaría hasta el Congreso de Valencia de 1937. En cuanto a Malraux que había sido elogiado por Trotsky por su mejor novela, La condición humana (1933), en la que exponía la  cínica realpolitik de Stalin al dar apoyo al movimiento nacionalista Kuomintang de Chang Kai Shek contra los comunistas chinos durante el alzamiento abortado de Shangai en 1927, cambió de actitud y trató de situarse por encima de la pelea.
            Desde su insumisión, Breton no necesitaba oponerse a la bochornosa “deificación" de Lenin, y no tardó nada en superar la sistemática acusación de ser un trotskista o un fascista o ambas cosas a la vez, categorías habituales dirigida contra discrepantes de cualquier orientación, para él discrepar era una obligación. Está claro que con todo su marxismo libertario, sus argumentaciones eran objetivamente trotskistas, al menos en lo que se refiere a los procesos de Moscú, a los criterios del arte revolucionario, o a la defensa de la revolución española en la que estuvo fuertemente implicado, Benjamín Peret, al que algunos consideraban su mano derecha. Su actuación pues era, inaceptable para el Komintern y para el PCF. Esto no le hizo variar un ápice.  Para Breton el objetivo fundamental de la revolución en Francia, más que intentar salvar lo que consideraba una democracia capitalista condenada al fracaso en Europa. Su rechazo del reformismo de la política de la izquierda oficial era total, tal como manifestó en el congreso de 1935.
          Por este tiempo, Breton contribuyó a fundar Contreattaque, union de lutte des intellectuels révolutionnaires, mano con mano con otro inamovible adepto a la revolución permanente trotskista que era Georges Bataille. Contreattaque, acometió en octubre de 1935 a la política del Frente Popular que supeditaba a socialistas y comunistas a los odiosos “radicales” que era algo así como la burguesía hecha partido, y que desde Moscú y el PCF, se le caracterizaba de “pequeño burgués”.  Breton mantenía una concepción de la lucha de clases de signo marxista, pero le añadía argumentaciones de su propia cosecha, con una inclinación muy fuerte hacia la violencia física y verbal. En este curso, acabó rompiendo sus relaciones con Bataille, después de una serie de panfletos y mítines conjuntos clamando por "La destrucción física de los esclavos del capitalismo" y de que Breton acusara a Bataille nada menos que de ser un surfasciste. Estas tonalidades empero no le impidieron tomar parte en todo tipo de plataforma para denunciar  la “noche oscura” de los procesos, al POUM y a Andreu Nin, o de movilizarse por la creación de la Fédération de l'art révolutionnaire indépendant (FIARI).
            En su trayectoria,  Breton nunca acabó de resolver el conflicto entre su idea de un espíritu artístico y un pensamiento, totalmente libres y ambos ligados a una revuelta anárquica individual, y una revolución proletaria disciplinada con la que intentó comprometerse. En su asociación con Georges Bataille que serviría para fundar la alianza antifascista Contreattaque en 1935, o en su acuerdo con Trotsky en México en 1938 para crear la FIARI, Breton ejerció ciertamente como agitador y publicista efectivo. Pero, en general, Breton sobreestimó el impacto público del experimento poético y debilitó la fuerza de la revuelta surrealista al pelearse repetidamente con sus rivales antisurrealistas, así como al insistir en el divorcio existente entre las actividades políticas y las poéticas. Los surrealistas, con sus películas, sus pinturas, su poesía y objets trouvés, no obstante, emprendieron una especie de subversión cultural a la apropiación capitalista del arte. Sabotearon su sentido moral, así como su sentido comercial, de tal manera que fueron merecedores de la admiración de Walter Benjamín. El problema está en que también socavaron el sentido revolucionario potencial o socialista del arte.
        Cada uno a su manera, Breton, Trotski y Gramsci tomaron una alta conciencia de las enseñanzas del pasado, de las trampas artísticas del compromiso político y de la arbitrariedad de las visiones teoréticas del futuro. Basaron su crítica de la sociedad en un horizonte ideal -el inconsciente liberado de Breton, el pueblo educado de Gramsci, la sociedad post-industrial de debate artístico de Trotsky. Con su rechazo a romper con Ios valores del pasado y lo irracional, con su insistencia en la importancia social del experimento artístico, demostraron una valentía intelectual y una visión que convierte en parodia la llama a teoría "postmoderna" que argumenta que los "modernistas"" eran esclavos de una fe ingenua, positivista, en el progreso. Breton, Trotsky y Gramsci sabían que cierto tipo de búsqueda positivista de una cultura para el futuro se había venido abajo. Sin embargo, quisieron avanzar hacia un futuro que habrían de construir más que sufrir y se dispusieron a abrir un diálogo estricto con el pasado a fin de centrar su visión…
            A pesar de su lealtad fundamental a la revolución marxista, cada uno a su manera dio preferencia a la superestructura cultural de la sociedad sobre su infraestructura económica. Sus ideas parecen tan relevantes como siempre, o incluso ahora más que antes ya que el neoliberalismo ha convertido en mercancía todo lo que ha tocado, y por supuesto, el arte y la cultura hasta tal extremo que el mayor acceso de las personas a los medios culturales se ha visto mediatizado por su banalización y falsificación. El viejo sueño del socialismo por enlazar la cultura con el pueblo -un ideal tan presente en la República y en la revolución española, sigue requiriendo de aquellas grandes palancas a las que se refería Trotsky cuando a finales del año 1916, contempló una pelea callejera entre la gente del pueblo.