Reflexiones que en realidad son un pretexto para decir en voz alta lo que hace mucho tenías ganas de decir. Sin embargo el autor envuelve su confesión, como acostumbra al declarar sobre sus gustos personales, en volutas graciosillas. Y así, no sé si habla en broma o habla en serio. Dice que le gustan mucho "los toros" pero luego divaga sobre el equívoco. Y entonces, si no me saca de dudas y aclara si su gusto se refiere al animal-toro o a la Fiesta puesto que por el contexto se deduce que le gusta ésta, me temo que no volveré a leer a este autor por muy talentudo que sea o lo parezca. Lo que no sólo por razones ideológicas sino también por su corcovado razonar hago -no leerles- con Vargas Llosa, Andrés Ortega Klein, Fernando Savater y tantos otros campeones de la escritura afamada. Lo mismo que espero y deseo hagan esos que insultan y persiguen las humildes publicaciones digitales como las mías.
  Y es que se puede uno vengar llamándole a otro de todo cuando descubrimos que nos la quiso dar con queso. Pero cuando hay confesión por medio o está muy clara la treta (es decir, cuando se nos revelan los propósitos manipuladores en cuya virtud algunos escribidores atraen lectores fingiéndose lo que no son), hay que suprimirles de la nómina, no flagelarnos con sus escritos. No leerlos. Y si algunos se deleitan con la lectura de lo que les repatea o lo que a su juicio son ideas peregrinas y disparatadas, allá ellos. Yo no.
  Por eso, cuando me tropiezo con una sola idea de la que es autor un "fabuloso" escritor moderno que choca brutalmente con mi general concepción del mundo, regreso inmediatamente a mis cuarteles de invierno. Y entonces me pongo a leer a Voltaire, a Séneca, a Nietzsche, a Gracián o a Wiggenstein, que nunca me defraudarán. Como Dios manda.
  Y es que en estos tiempos, aunque sean un amasijo de contradicciones, de chabacanería y de depravación por todas partes -o por eso mismo- no encajan para nada los policías ideológicos. Aquellos que, para incluir los libros en un "Indice" de prohibidos, había en la Inquisición y siempre en toda dictadura. Hoy, a diferencia de aquellos tiempos, mezclados con ejércitos de autores ortodoxos, hay también mucho heterodoxo aunque, incluso en este caso, dicen lo mismo que los otros y apenas nos sorprenden. Y la sorpresa es uno de los mayores deleites de la lectura. Por eso, hay que rebuscar mucho y a conciencia entre la hojarasca de la difícil originalidad sin extravagancia.
  Creo que ésta es la pedagogía que urge difundir hoy día desde primaria. Pues son demasiado los que en lugar de leer lo que les gusta y a quienes gusta, se dedican a leer basura y a quienes detestan. Y una sola ralea de impotentes los que, sin leerles, persiguen a quienes escriben: los fascistas.