EL 18 DE JUNIO fue el día de la vergüenza. Los votos de los europarlamentarios de ultraderecha, de derechas y del PSOE aprobaron la directiva de la vergüenza. Una legislación que abre la veda a la caza del inmigrante y que aleja a Europa de la Declaración Universal de Derechos Humanos y la acerca al modelo del Guantánamo de Bush.
Con esta directiva de la vergüenza miles de trabajadores inmigrantes podrán ser encerrados hasta 18 meses simplemente por no tener los papeles en regla. A la cárcel por una simple infracción administrativa (porque cárceles son realmente los Centros de Internamiento de Extranjeros, CIEs, y porque la directiva contempla que cuando se cubra su capacidad podrá enviárseles directamente a prisiones).
También se convierte en papel mojado la Declaración Universal de Derechos del Niño cuando éste es inmigrante. La directiva permite retener igualmente a menores de edad no acompañados.
Se llega a límites absurdos utilizando términos como «persona ilegal» (hasta ahora creíamos que ilegales podían ser las acciones, pero jamás las personas).
Tenemos la memoria de los peces, para qué recordar que nuestros abuelos fueron emigrantes, que nadie le pidió visado ni papeles a Cristóbal Colón, ni a los colonos del Mayflower, ni a los ingleses en la India, ni a los franceses en Argelia, ni a los italianos en argentina, ni a tantos europeos, tantos españoles, que huyeron de las guerras o del hambre y fueron acogidos en los países más diversos.
Esta directiva de la vergüenza es el último ladrillo de la Europa Fortaleza que están diseñando las élites políticas y económicas, vulnera los derechos fundamentales, estigmatiza a los trabajadores inmigrantes, ignora la naturaleza y origen de los fenómenos migratorios y fomenta el sentimiento de inseguridad, la xenofobia, el racismo y la insolidaridad. Es el proyecto de sociedad esclavista y militarizada que nos propone la globalización capitalista.
Es necesario recordar que hace pocas semanas asistimos también a la escenificación en la reunión mundial de la FAO de la insolidaridad de los países ricos ante la crisis alimentaria. La subida de los precios de los alimentos básicos en los países del tercer mundo está provocada por las transnacionales de la agroalimentación, los agrocombustibles y la especulación financiera, es decir, por el primer mundo. Nuestras multinacionales se enriquecen con el hambre en continentes enteros como África.
De esos continentes vienen los emigrantes («el hambre viene, el hombre se va...»), para detenerlos Europa levanta muros y directivas de la vergüenza. Muros que abre (cuando hacen falta como mano de obra en los plásticos de la fresa o en la construcción) y cierra a su antojo.
Como escribe el filósofo Carlos Fernández Liria: «Los habitantes del primer mundo podemos tener la conciencia tranquila porque las estructuras económicas sobre las que se asienta nuestro privilegiado mundo matan por nosotros más allá de nuestras fronteras, sin necesidad de que nosotros mismos tengamos que mancharnos las manos de sangre... Se trata de un nuevo racismo, de un racismo tan devastador que ha encerrado en campos de concentración al 80% de la población mundial. Las alambradas son nuestras leyes de extranjería. Los planes de ajuste del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, la nueva solución final».
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