Los presos están en las cárceles. La mujeres- madre, amante, hermana…- consideran esa situación como un percance. Es pasajero, dicen. Cuando hayan pasado 20 años saldrá de prisión, dirá la madre del condenado. Pero mi hijo es compañero de Parot, y desde que “javito” ha establecido esa triquiñuela jurídica y tramposa en que se considera que alguien deja de ser quien es, cuando está de vacaciones o simplemente porque no realiza acciones consideradas delictivas, y deja de ser sujeto perseguido, y así que entre delito y delito ha dejado de delinquir, por lo que se le puede aplicar la suma de todos los delitos por temporada. “Javito” está de moda, y lo ha puesto más de moda un TS sulfúrico y trilérico, ha presidido un juicio importante, y se peina con el aire de la calle, es decir, no tiene ni un pelo de tonto, aunque los que tenga de medio pecho hacia abajo –incluidos los pendejos- nos indican que luce un narciso que le llega hasta el surco de todas las esencias. 
Los presos están como dios. Viven en un limbo en que nada transciende. Nada. Por más que la estrella de la ventana de la tarde les regale misericordiosamente unos minutos, a unos “pringuis” –con todo el respeto-,  para que nuestra conciencia de buena persona se quede tranquila el resto de la semana. Hipocresía. Los presos son presos. Y ya les gustaría a los presos ser solamente presos, porque lo cierto es que  están encerrados en sus jaulas durante horas para que se pudran de miseria y de recuerdos. Gracias legislador, un preso es un preso callado, obediente, delicadamente condescendiente, agradecido, arrastrado y sin dignidad, arrepentido – qué buenas personas los arrepentidos-, dolido. Un preso es un preso, como un perro es un perro. Hay presos que llevan 27 años en la cárcel, y algunos dirán –aquí en mi vecindario- que se lo tienen merecido porque han cometido delitos deleznables, pero uno que no perdona ni olvida nada, piensa ¿cuántos años han de pasar en la cárcel aquellos que fueron condenados por torturar y enterrar en cal viva a dos seres humanos?. Porque lo cierto es que los autores de tales crímenes están en su casita, de rositas, y sueltos o solteros, los pobres están tan enfermos o muy deprimidos, tienen tanta conmiseración por parte de los carceleros (entiéndase el Gobierno de España), que se ríen ante mis narices de lo que es la Ley (igual para todos). Y las carcajadas de estos criminales convictos y confesos se oyen en todo Madrid y toda España.  
Los presos van y vienen de un lado a otro de la celda, y en ese silencio que todo lo esconde recuerdan que hubo un día en que jugaban en los columpios. Los sueños ya no están fuera de la pared y del cemento, sino que se agolpan como caballos violentos entre las rejas, y es la cara del carcelero la que se sueña. Se habla de aquel preso que encerrado en su covacha, en su silencio, supo levantar un mundo de sueños y de realidades. Tan ciertas eran las historias que contaba que en el patio esperaban dos docenas de recién llegados para que relatara la historia que había soñado durante la noche. Se cuenta que en Uruguay metieron a los tupamaros en aljibes, y para ayudarles en su suicidio les arrojaban cascotes de botellas. Salieron mucho después los que pudieron salir y uno de ellos había inventado una partida de ajedrez infinita. Vencieron al silencio. 
A las 5 de la madrugada, la misma hora en que lo llevaron preso, la madre sale de su casa hacia el autobús que la llevará a Algeciras. Aún está dormida, pero ni el sueño ni el cansancio de tantos viajes a lo largo de los últimos  13 años la rinden. Mantiene el tesón de los que jamás entregan la espada al enemigo. Sabe que los españoles han inventado un ardid nuevo y muy feliz para los que buscan venganza, para los mismos que arrojaron cadáveres en las cunetas tiempo atrás. No conoce ella a  la doctrina Parot, pero sí sabe qué es lo que han hecho en el santo tribunal de la Audiencia Nacional. Su hijo tiene tres causas pendientes, y entre cada una ellas han mediado tres años. Lo tomarán como vacaciones, y ahora se le aplicará ese mostrenco jurídico (que ironía, sin ser jurista, tiene nombre propio por la barbaridad de lo dispuesto contra él). La suma de esas causas por separado superan los 90 años de cárcel. Pero ella es feliz, porque su hijo vivirá mucho más de un siglo. Piensa que vivirá tanto como su pueblo y su tierra, y cuando llegue al locutorio le sonreirá y no le preguntará si le aplican el “fies”, sus ojos quedarán prendidos de los recuerdos.  
Vuelve desde Algeciras. Dormida en el autobús que le dobla la espalda, siente una mano sobre su cara, es el aire de los que permanecen en Itaca.