Estos días la hermana de la mujer casada con el hijo del rey libra una dura y estúpida batalla con la prensa que no debiera haberse librado nunca si la prensa hubiera respondido a los fines que la dieron sentido al nacer. El litigio que mantienen Telma Ortiz y la prensa ante un juzgado de Toledo, y las apelaciones consiguientes, son un expresión cabal del poderío avasallador que tiene la prensa en general sobre la vida ciudadana y sobre el ciudadano individualmente considerado.
  Es incalificable, pero ante todo vergonzoso, que el deber de informar que se arroga la prensa y que la jueza de Toledo refuerza,  alcance a los detalles más insignificantes e íntimos de la vida de una persona por ser pariente consanguíneo de la casada con la realeza.
  Y si son incalificables los extremos a que ha llegado la prensa en esta cuestión, más insufrible y repulsivo es el argumentario de la jueza de Toledo. Todo este pulso tiene o tendría que tener una solución incontestable a poco que lo deseasen la jueza, la justicia y la sociedad.
  Una persona, aunque habitualmente sea pública porque tenga ocasionalmente funciones públicas, no es siempre y forzosamente pública hasta los extremos a donde llegan esos reporteros, paparazzi o como que se quiera llamar a asaltantes de la intimidad.
  Es aberrante lo que dice esta juez. Constreñir a Telma a los zarandeos de gentes provistas de cámaras de fotos y de vídeo allá donde va una persona porque haya "participado, como hermana de la mujer casada con la realeza, en hechos y actos públicos", y porque eso implica que "ha sido consentida de facto (la aparición) durante largo tiempo", no tiene nombre. La jueza ha perdido el norte.
¿Acaso una prostituta o prostituto por tener relaciones sexuales ordinariamente han de soportar el coito con quienes se empeñen, sólo porque son periodistas o del universo mediático? Se pena gravemente el acoso sexual y se obliga en cambio a una persona a tener que soportar de por vida el acoso de los medios.  ¿Pero qué clase de mentes depravadas informan y juzgan a este país?
  No se diga que no es igual, porque es peor. Es peor obligar judicialmente a una persona a soportar de por vida la presencia de otras en su intimidad en cuanto sale de su casa. Es peor vivir sin la esperanza de desenvolverse con absoluta libertad sin ser constantemente observada y espiada. Es una condena muy dura para cualquiera. Haya cedido gratis su imagen, haya figurado por el peso de la consanguinidad en actos públicos, o haya vendido alguna vez sus cuitas a la prensa. Sigo con el paralelismo de la prostitución del cuerpo (porque la del alma es infinitamente más nauseabunda): el hecho de haber puesto tú precio para mantener relaciones sexuales, ¿da derecho a un juez a obligarte a tenerlas siempre con esa misma persona, con otra o con quien no lo deseas?
  Si continuan por este camino los razonamientos forenses para someter a Telma a las pautas de la prostitución mediática, estará entregando la justicia a una persona al capricho de mil empresas.
  Y si este rastrero criterio judicial prevalece para que unos cuantos del periodismo vivan (lo del deber de informar es un cuento chino), se estará exaltando el envilecimiento. E incurren en él tanto los medios de esa miserable información, como la propia función judicial
  No sé si a estas alturas la prostitución del cuerpo está o no mal vista, pero lo que no puede ponerse en duda es que la vileza y el envilecimiento de las conciencias es el último peldaño de la depravación o corrupción moral.
  Lo más difícil de explicar es lo más obvio.