Todo esto empezó a cambiar por la mitad de la década. En una editorial del 25-03-1985, se dictaminaba que no había ninguna diferencia sustancial entre el estalinismo y el leninismo, y desde este momento, sus expertos (Santos Juliá, Antonio elorza, el actual ministro de cultura, etc), repitieron una y otra vez el precepto. Por los mismos días, otro editorial se arrodillaba ante la Virgen de Fátima, y reconocían el papel de ésta y del Wotyla en la “caída del comunismo” que se estaba precipitando.
          Las líneas que siguen son las de una carta que –por una vez, aunque una golondrina no hace verano- apareció en la sesión de los lectores. Creo que en lo fundamental, sigue teniendo sentido, sobre todo cuando la crisis del PCE suma y sigue, pero ya en una fase casi Terminal. Por cierto, se anuncia que la obra de Carr que fue editada por Alianza se reeditará. Carr lo tenía claro: los errores y horrores causados en nombre de la revolución no tenían porque cuestionar el valor emancipador de esta.
            “Como lector atento de El País he de confesarle que extraño es el día en el que no encuentro motivos sobrados para escribirle alguna misiva de crítica, lo cual no deja de ser natural sí tiene en cuenta que discrepo bastante de su línea editorial e informativa --¡esos obreros bolivianos que han soportado todos los horrores golpistas y que son tratados como un peligro para la democracia en tanto que Hugo Bánzer es tratado como un demócrata. . . de derechas!- que lo conforma. El que no lo haga se debe a que soy consciente de que sería un gasto de tiempo y de papel, mientras que veo con impotencia cómo la izquierda no tiene Io que un día no muy lejano fue uno de sus medios predilectos: órganos de prensa que lleguen a las masas.. Pero ya que El País es la única vela que arde en medio de tantas cerillas, quiero, aunque sea por una vez, hacer constar mi indignación con el editorial sobre la crisis estructural del PCE (26-3-85), y en la que se repite por enésima vez la consabida amalgama entre el comunismo de los tiempos de Lenin y su negación burocrático-estalinista.
                Esta simetría no es mucho más rigurosa que la que se pueda hacer entre el cardenal Romero y el señor D' Aubuisson (ambos cristianos), entre Jefferson y el .señor Reagan (ambos demócratas), Pablo Iglesias y el señor Barrionuevo…o entre EL Pais y El Alcázar, porque ambos defienden la propiedad privada de los medios de producción. Coincide plenamente con la que desde los tiempos de Stalin se repite desde ministerio de la verdad del país de los soviets (¿qué soviets?), y tiene la  virtud (?) de descalificar un proyecto revolucionario sin equivalente en la historia con su negación. Octubre y el Gulag se anudan con total indiferencia por una impresionante bibliografía (Deutscher, Liebmann, Carr, Broué, Claudín -el premodemo-, Mandel, etcétera), cuando a la hora de diferenciar un ex ministro de Franco con el jefe actual de la oposición se emplean los más matizados contrapuntos.
          Tenía la razón Nadheja Krupskaya cuando dijo en 1925 que, de estar vivo, Lenin podría estar en la cárcel. No se trata, sin embargo, de una cuestión de personalidad, sino de objetivos y métodos opuestos. No es en absoluto cierto que Lenin estuviera dispuesto "a expulsar a los discrepantes cuando ocupaba la mayoría o a encabezar una escisión cuando era dejado en minoría".
          La historia del bolchevismo hasta 1921 está repleta de hechos que niegan esta apreciación. Lenin nunca expulsó a nadie del partido cuando fue mayoría (ni siquiera a los que se opusieron la insurrección de octubre) ni lo escindió cuando estuvo en minoría (en plena crisis de Brest-Listovk las diferencias aparecían publicadas en Pravda). El centralismo democrático no fue un invento leninista: se aplicaba en la socialdemocracia alemana y lo aplicaban Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches en Polonia con mayor rigor sí cabe. En su concepción --que se modifica notablemente a cabo de las experiencias-- no hay nada que se parezca a lo que luego sería norma en los partidos comunistas en los que el congreso manda sobre el partido, el CC sobre el congreso, el BP sobre el CC y el secretario general sobre el BP. La organización leninista suprime las fracciones como una medida transitoria, y sin dejar por ello de permitir la libre discusión. Fue un grave error, pero estaba sujeto a una voluntad emancipatoria, en unir la ciencia revolucionaria y el pueblo trabajador.
          De todo esto no queda en el PCE más que la simbología. Sus contenidos, sus métodos, el carácter de sus protagonistas, se sitúan,  por decirlo de alguna manera, en otro planeta...”