En medio de la euforia mercadotécnica de unos juegos olímpicos donde el deporte está subordinado a la política (y la política lo está de la economía, y la economía, a su vez, dobla la cerviz ante el mercado, y el mercado aparece como el campo de batalla donde el abuso de las trasnacionales se traduce en relaciones sadomasoquistas entre centro y periferia), las noticias del imperio del crimen trascienden las páginas periodísticas para instalarse en la mente de los receptores. Cada cual tiembla a su modo y teme por el patrimonio logrado, sujetando la cuerda salvadora del paracaídas imaginario que la posición social, los contactos políticos, familiares, pone al alcance.
El sigilo de la criminalidad a veces se rompe por cuestiones de publicidad, dejando en el piso una mancha que evidencia la liquidez de la sangre y su capacidad pringante. Ese color rojo negruzco cubre los detalles de la foto, los difumina en la mente y la eritrofobia aparece como respuesta a la amenaza de una criminalidad agazapada en los entretelones de una sociedad que mira con morbosa nerviosidad cómo se desparraman los cadáveres sobre el pavimento o en las terregosas superficies del medio rural.
Cada vez queda más claro que de nada sirve salir a plena luz del sol y mirar a diestra y siniestra la posible silueta de un asaltante, los ademanes decididos del secuestrador, los movimientos reptantes del asesino, y el paso de tortuga epiléptica de la policía, tras los hechos consumados. A veces, en un ataque de nostalgia, se piensa en la antigua criminalidad, tan discreta y respetuosa de los demás.
En otros tiempos, previos al neoliberalismo mexicano, un ladrón, por ejemplo, cuidaba que su víctima no advirtiera su presencia, se valía de las sombras de la noche y del silencio que protege el sueño; abría las cerraduras de la casa o negocio asaltado sin aspavientos, sin ruidos que pudieran alertar a vecinos o propietarios, hacía gala de discreta eficiencia producto de largos períodos de entrenamiento. El ladrón profesional cuidaba los detalles, desarrollaba habilidades y destrezas que le permitían robar a un transeúnte sin que éste lo notara. En un santiamén, la billetera cambiaba de manos, y se decía que había personas capaces de robarle a usted los calcetines sin quitarle los zapatos.
El arte del robo, competía con la pericia del asalto, caracterizado por golpes sorpresivos, planificados, cuidadosamente ejecutados, tan bien ejecutados que las víctimas se sentían tentadas a recomendar al asaltante con vecinos y conocidos, de lo bien que hacía su trabajo y el cuidado que ponía en no lastimar a sus víctimas, quienes terminaban cooperando, y todos contentos. Se podía entender como un trabajo que requería de cierta calificación, lo cual es siempre un asunto que tarde o temprano acarrea los beneficios del reconocimiento público: “En la calle fulana asaltan muy bien, el trato es profesional, en cambio en la avenida zutana…”Por otra parte, los robos y asaltos eran escasos, en comparación con la cifra actual, porque antes había empleo y la gente tenía ingresos que le permitían sufragar los costos fijos y variables de su hogar. La carrera criminal era adoptada por exclusión, como último recurso en una sociedad que entendía el sentido de la solidaridad, que apreciaba la vecindad, que cuidaba a los hijos ajenos como propios, que sabía el nombre de los vecinos y sus vidas y milagros.
A partir de la década de los ochenta, el discurso neoliberal dejó caer con cada vez mayor insistencia los valores ligados a la individualidad, llegando al extremo de incentivar a profesores y padres de familia a convertir a los niños y jóvenes en “emprendedores”. ¿Cómo se puede ser emprendedor en un país donde se cierran las oportunidades? ¿Donde el desempleo se convierte en el estado natural de los jefes de familia? ¿Donde la solidaridad se convierte en una lucha individual por la subsistencia? ¿Donde tenemos la certeza de que estamos solos, y que cada quien se debe rascar con sus propias uñas? Detrás de la palabreja “emprendedor”, se esconde muerta de vergüenza la incapacidad del gobierno y los empresarios de generar empleo, porque el que hay es precario y carece de las prestaciones que, en otros tiempos, eran logro indiscutible de la clase trabajadora.
Cosa parecida ocurrió con la educación. De ser gratuita y obligatoria y tutelada por el Estado, según la Constitución, ahora se le abren boquetes al precepto legal y se saca dinero de los padres, a través de las “sociedades” que se forman en cada escuela, cobrando cuotas que dejan de ser voluntarias para convertirse en dinero administrado por la dirección de la escuela, protegida por el silencio cómplice de padres de familia sin mucha cultura cívica. La presencia del discurso de la privatización y el mercado en educación, es cada vez más notoria, al grado de que ya a casi nadie extraña el supuesto de la “corresponsabilidad” de padres y autoridades en el pago de bienes y servicios que eran de la exclusiva competencia de las autoridades: servicios de aseo, pintura, aparatos de aire acondicionado, ventiladores, enfriadores de agua, equipo para la banda de guerra, etcétera.
Actualmente, más del 50 por ciento de los ancianos en este país, carece de la protección del Estado en materia de seguridad social. Antes bien, el gobierno se empeña en privatizarla, y pongo por caso las Afores, lo que se lleva de corbata al ISSSTE y al IMSS. El trabajador ya no confía en recibir el beneficio de la solidaridad generacional, ahora tiene que rascarse con sus uñas mediante las cuentas individuales, que no le aseguran para nada uningreso digno y equitativo. Ahora se reportan pérdidas en el rubro de pensiones y jubilaciones, gracias a que sus ahorros fueron lanzados al tobogán de la especulación, asunto en el que se han especializado las operadoras y administradoras de fondos para el retiro. El ratero artista de antaño, cede el paso al gerente o administrador de afores, quien con absoluta impunidad propiciada por el gobierno, le roba a usted sus ahorros, que reporta como “pérdidas”.
En este estado de cosas, ¿le extraña a usted que los asaltos sean sangrientos? ¿Qué los robos tengan un alto componente de violencia? ¿Qué los secuestros signifiquen una especie de sentencia de muerte para la víctima? ¿Qué los criminales se disputen a plena luz del día los espacios y compitan por el territorio? ¿Qué los valores de respeto y solidaridad sean sustituidos por la violencia y la individualidad? ¿Qué ahora se enseñen “valores” en las aulas, en vez de aprenderlos en el seno familiar? ¿Qué el gobierno “pacte” con la sociedad lo que es legalmente exigible a él, en tanto que son obligaciones de quien representa la autoridad?
Se extrañan los robos inteligentes, bien planeados, discretos, silenciosos y sin violencia, los asaltos sorpresivos, limpios, que revelaban talento criminal, pero talento al fin. Parece que la inteligencia en tiempos del neoliberalismo es un bien escaso o a punto de extinción. Ahora se padecen criminales burdos, ridículamente violentos, incultos, de mal gusto, tanto como los de cuello blanco que asaltan al amparo de la ley a estudiantes y padres de familia, a ancianos jubilados o pensionados, a causantes cautivos, a empleados del sector público, a los maestros normalistas, a los profesores universitarios, al ciudadano común que ve con nostalgia lo que queda del país. Otro país.